Delitos y Cine: Diez Años con Zero Grados

Jorge Marco, Julio Beltrán y Pablo Gracia//

Muchas veces, resulta complicado interiorizar el paso del tiempo. Los días se suceden, uno detrás de otro, a tal ritmo que su transformación en semanas, meses, años y lustros suele tomarnos por sorpresa. Zero Grados cumple diez años, y para celebrar una década de periodismo, hemos querido preparar una edición especial de nuestra sección, Delitos y Cine, que ha acompañado a la revista durante más de la mitad de su historia. A lo largo de los seis años de colaboración con Zero Grados, hemos construido este pequeño rincón cinéfilo del que nos sentimos profundamente orgullosos y agradecidos. A través de estas publicaciones, hemos tenido la oportunidad de vivir el cine de un modo completamente diferente al que estábamos acostumbrados. 

Las reseñas y las críticas que torpemente hemos querido compartir con vosotros han sido un precioso aprendizaje a través del cual hemos descubierto cineastas y corrientes al tiempo que pulíamos nuestra capacidad para analizar las obras. También, hemos podido vivir experiencias tan inesperadas para nosotros como ser acreditados en festivales de cine de la talla de San Sebastián o asistir a importantes galas de premios, como los Forqué. Asimismo, por medio de las entrevistas que hemos tenido la inmensa suerte de realizar, hemos conocido perfiles de la industria de todo tipo y hemos descubierto cómo se trabaja detrás de la cámara. 

Por todo lo ya mencionado, por todo el aprendizaje, por todas las experiencias vividas y, sobre todo, por todo el disfrute que nos han dado estos años de cine, nos sentimos profundamente agradecidos hacia el medio que nos ha proporcionado una sección desde la cual daros a todos “la turra”. 

De esta manera, queremos que los protagonistas sean, esta vez y de cierta forma, aquellos que con su trabajo y su pasión hacia el periodismo sacan adelante este proyecto al que tanto le debemos. Zero Grados son las personas que lo conforman y, por eso, hoy les hemos preguntado por sus películas favoritas. ¡Esperamos que las disfrutéis! 

Maite Gobantes, directora adjunta: Arrebato (Iván Zulueta, 1979)

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Cuando uno piensa en películas “cinéfilas” le vienen a la mente grandes homenajes llenos de emotividad como Cinema Paradiso o La noche americana, films que muestran el poder del séptimo arte para influir en la vida cotidiana y acompañarnos a lo largo de todo nuestro desarrollo y crecimientos como seres humanos.

Sin embargo, hay otra cinta influida por ese poder del cine pero visto desde una posición muchísimo más oscura y enfermiza: Arrebato, de Iván Zulueta. Estrenada en el contexto de la movida madrileña, la película parece explorar la relación vampírica que se establece entre aquellos locos que viven obsesionados con el poder de las imágenes en movimiento.

La historia narra el encuentro entre José, un director de serie B adicto a la heroína cuya vida parece condenada al fracaso en todos los aspectos, y Pedro, que rueda compulsivamente películas caseras con su cámara Super 8. A partir de ese momento, ambos quedarán profundamente marcados por el otro, aunque el tiempo hará que sus caminos se separen hasta que un día José recibe una misteriosa grabación de Pedro en la que le cuenta su temor a desaparecer por culpa del propio cine.

A pesar de ser una película que durante mucho tiempo estuvo fuera del mapa, Arrebato es a día de hoy una film de culto que se mantiene como testigo de una época en la que nuestro país parecía atravesar profundos cambios, y ese aire de libertad que soplaba se refleja a la perfección en este trabajo de Zulueta, que muestra una juventud que se mueve entre las adicciones y las obsesiones, donde parece que el amor no existe y que las aficiones que aparentemente pueden resultar inofensivas acaban convirtiéndose en condena y ejecución para aquellos que de tanto mirar a través de una cámara dejaron de ver la realidad.

María Angulo, directora de Zero grados: Anatomía de una caída (Justine Triet, 2023)

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Durante el confinamiento hubo quien se puso las pilas con los estudios, se dedicó a sus hobbies o, sencillamente, procuró no volverse loco. Entre largas tardes de series, videojuegos o miradas al vacío es probable que surgiera, fruto de este encierro con nosotros mismos y la ausencia de nuestros quehaceres habituales, la dichosa y molesta introspección. Yo creo que este fue el motivo que empujó a Justine Triet y a su marido, el cineasta Arthur Harari, a escribir conjuntamente el guion de Anatomía de una caída

Sandra (Sandra Hüller), una escritora de éxito que vive junto a su marido Samuel (Samuel Theis), también escritor, y su hijo Daniel (Milo Machado) en una cabaña de los Alpes franceses, ve su vida descalabrarse tras el repentino fallecimiento de su pareja. La policía, que no es capaz de dilucidar si se trata de un accidente o un homicidio, ve en Sandra a una posible asesina, lo que desembocará en un trepidante juicio en el cual Sandra deberá demostrar su inocencia. 

Sí, es cierto, la sinopsis parece un tanto manida. Pero no debe caerse en el prejuicio, esto no es un drama judicial al uso bañado en el tópico del “falso culpable”. Tras los dos escenarios principales de la película, la sala del juicio y el hogar que aún comparte con su hijo, se esconden las cuestiones fundamentales que Triet y Harari querían explorar en su guion. El resentimiento, el robo del tiempo, la depresión, los celos profesionales, la apropiación del estilo de vida, la frustración… lo que parecía un feliz matrimonio se va revelando, poco a poco, como una complejísima relación bajo la cual habían sido enterrados demasiados problemas. En medio de este confuso marco, encontramos la pieza clave y más brillante de toda la película, el pequeño Daniel. 

Daniel, pese a su corta edad y haber quedado ciego tras un accidente, es un muchacho increíblemente sensible, lúcido e inteligente. Pese a ello, no deja de ser un niño y, para un niño, resulta absolutamente traumático descubrir cómo el matrimonio de sus padres, que siempre consideró cordial, escondía tal nivel de engaños y hostilidades. Pese a ser el único testigo presencial, su ceguera le impide acceder a ese elemento que, a lo largo del film, todo el mundo ansía y a todo el mundo se le escapa, la verdad. Y es que este es el auténtico drama que la película trata de presentarnos, la imposibilidad de acceder a una verdad objetiva y clara. Como nos comentó María al recomendarnos la película, incluso las narrativas que solemos dar por verdaderas – la judicial, periodística o policial – nunca serán más que una simple aproximación. Nada más que una posible verdad. 

A Daniel le tocará entender esto para así poder encarnar la madura filosofía que Triet trata de inculcar al público. Pese a ser incapaz de ver el mundo directamente, explorándose a sí mismo y su relación con sus padres, Daniel será el único capaz de buscar una solución tanto al conflicto judicial como al que desarrolla él, personalmente, con su madre. 

En el apartado técnico la película no es menos espectacular que lo ya expuesto. Sandra Hüller, Samuel Theis y Milo Machado nos regalan unas actuaciones espléndidas, especialmente la primera, que encarna a una mujer sumamente complicada y abordada por un sinfín de conflictos. De hecho, el papel fue escrito especialmente para Hüller, que tuvo que aprender francés para poder interpretarlo. También merece una mención la viperina actuación de Antoine Reinartz, que interpreta al astuto fiscal que, hurgando en la vida de Sandra, va destapando la verdadera naturaleza de su relación con Samuel. 

La obra que Justine Triet y Arthur Harari han escrito, y que versa sobre otro matrimonio de escritores, está dando la vuelta al mundo. La intensidad de la cinta, la trascendencia de lo tratado y la solvencia en todos los apartados explican fácilmente el éxito que está cosechando en las salas y los festivales de cine. Tras finalizar el visionado, y con muchos sentimientos encontrados, a uno solo le queda preguntarse: ¿Es la verdad algo tangible y accesible, o tan solo un cierto compromiso al que llegamos con nuestra propia percepción de la realidad? 

Irene Ibáñez, redactora jefa: Orgullo y prejuicio (Joe Wright, 2005)

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La más conocida adaptación de la novela de Jane Austen nos traslada a una época llena de convencionalismos, reglas y estratos sociales en los que el amor parece tenerlo muy complicado para triunfar. 

Es de agradecer la mano de Joe Wright a la hora de trasladar este famosísimo escrito a la pantalla, ya que en vez de caer en convencionalismos y una dirección mecánica, puebla la película de grandes hallazgos visuales, demostrando ser alguien con ideas y consciente de que no todo tiene que ser verbalizado. Así observamos momentos como aquel en el que Mr. Darcy ayuda a Elizabeth Bennet a subir a un carruaje, primer contacto físico entre dos personajes que parecen hallarse siempre entre la atracción y el aborrecimiento. Y en ese gesto cargado de significado no escuchamos ninguna palabra, ninguna voz en off que trate de sobreexplicar lo ocurrido. Simplemente observamos sus reacciones y cómo Darcy estira los dedos de su mano tras lo sucedido.

Consciente también de lo que está adaptando y la etapa histórica en la que se desarrolla la historia, es también digno de alabanza que una película donde el amor, las pasiones y el rechazo parecen aplastar constantemente a todos los personajes nunca —y repito, n u n c a— hay ningún beso. Algo que podría resultar extraño de primeras, o incluso una ausencia que podría lastrar una historia de estas características, pero sin embargo esto consigue que cualquier mínimo gesto, o palabra de cariño, o lágrima derramada adquiera una importancia capital. Todos los personajes están enfermos de amor porque bajo ninguna circunstancia se les permite vivirlo y llevarlo a cabo.

Orgullo y prejuicio lejos de ser naif o intrascendente, es una película que debería usarse más como ejemplo de adaptación literaria. La mano de Wright —acompañada, eso sí, por un reparto espectacular entre los que se encuentran nombres como Keira Knightley, Carey Mulligan, Rosamund Pike o Donald Sutherland— sabe cargar de la emoción adecuada una historia repleta de momentos bellísimos a nivel visual, huyendo de la sensiblería para transmitir a la perfección ese peso que las pasiones amorosas ocupan siempre en el corazón.

Candela Canales, redactora jefa: El olivo (Icíar Bollaín, 2016)

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En la vida, como a lo largo de la historia, siempre acaban perdiendo los mismos. Y si esto no fuera completamente cierto es, como mínimo, una sensación recurrente que nos invade en el día a día. David solo gana a Goliat en la Biblia, y los finales felices y acaramelados existen tan solo en las películas. Y no en todas. En esta, desde luego, no. Tampoco caigamos en el catastrofismo, pues la realidad es más agridulce que amarga y, aunque a veces nos quite más de lo que debiera, algo siempre nos deja.

En una pequeña comunidad rural, y alejados del bullicio de las grandes metrópolis, viven Alma (Anna Castillo), su abuelo y el resto de su familia. El anciano, que durante la infancia de Alma le inculcó el amor por la tierra y la naturaleza, pasa ahora por un terrible estado de lenta pero imparable degradación. Los años le han reducido a un cascarón vacío, incapaz de comunicarse, alimentarse, recordar o identificar a sus seres queridos. Todo parece haberse borrado de su mente. Todo… excepto un olivo. Un árbol, supuestamente milenario, que durante toda su vida fue el orgullo de sus campos hasta que, debido a la crisis económica, fue forzado a venderlo. El majestuoso olivo fue trasplantado y enviado a un destino desconocido y, tras su partida, pareciera que la mente del anciano se hubiera fugado detrás de él. 

Cuando Alma, obsesionada por aquel árbol y lo que representa para ambos, descubre que fue comprado por una empresa energética alemana, decide emprender un delirante viaje hacia Dusseldorf junto a su tío (Javier Gutierrez). El objetivo de Alma será recuperar aquel gigantesco olivo a cualquier costo, con la esperanza de que, al llevárselo de vuelta a su abuelo, su estado mejore. 

Icíar Bollaín es, sin mucha discusión, una de las figuras más relevantes del cine patrio de la última década. A ella le debemos el poder disfrutar de una filmografía cargada de conciencia social y reflexión acerca de las grandes cuestiones de nuestro tiempo. Las desigualdades, el ecologismo, el racismo o el feminismo suelen ser los verdaderos protagonistas de sus películas. Entre sus obras más destacadas encontramos También la lluvia (2010), Yuli (2018), La boda de Rosa (2020) o Maixabel (2021). Para armar estas fábulas sociales, suele contar con un inestimable aliado, su pareja, Paul Laverty, uno de los guionistas más interesantes y laureados del panorama europeo – especialmente gracias a su prolífica relación con el director Ken Loach, junto al cual ha colaborado en numerosas ocasiones–. Si a todo este talento tras las cámaras le sumamos el que se sube al escenario, el éxito está asegurado. Las emotivas y sincerísimas actuaciones de Anna Castillo y Javier Gutiérrez soportan sin problemas el peso de la película planteada por Bollaín. Anna recibió, de hecho, el Goya a la Mejor actriz revelación gracias a su trabajo en esta película. 

El olivo nos habla de un país en el que, debido a la crisis, todo estaba en venta. La tierra, la herencia, los proyectos de toda una vida e incluso la infancia de una niña, pueden comprarse cuando la necesidad aprieta. Esa desigualdad insoportable, entre aquellos que deben venderse a sí mismos para sobrevivir y aquellos que gustosos y faltos de escrúpulos se benefician de la desgracia, es el motor de la lucha en esta película. Una lucha probablemente destinada al fracaso y protagonizada por aquellos que, hartos de siempre perderlo todo, buscan al menos no ser humillados

Finalmente y fundamentalmente, El olivo es también una preciosa parábola que nos habla acerca de la herencia generacional. Acerca de los abuelos y los nietos. Acerca de dejar ir y acerca de entender qué nos están dejando aquellos que se van. En todos nosotros hay algo de las personas a las que quisimos y ahora no están. De estas amargas despedidas siempre nos queda algo que guardaremos preciosamente y, quien sabe, tal vez leguemos a alguien más en el futuro. 

Eva Mesonero, redactora y encargada de redes sociales:  This is England (Shane Meadows, 2006)

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Las secuelas en la sociedad inglesa durante el thatcherismo (1979 a 1990) se han convertido en un tema central de la producción británica. Su neoconservadurismo disfrazado de políticas neoliberales ha sido tratado desde el principio por el teatro vanguardista con autoras de renombre internacional como Caryl Churchill en Top Girls (1982), o casi veinte años después desde la tradición más asentada en la cinematografía inglesa: El realismo social. Este es el caso de This is England, que indaga en el devenir de una clase social abandonada por el neoliberalismo salvaje y en una guerra totalmente anacrónica (Las Malvinas). En este contexto presenciamos el verano de un niño de doce años, Shaun. Conocerá su primer grupo de amistades, su primer amor, y el adoctrinamiento nacionalista, orientado hacia el racismo y la violencia. Los argumentos nacionalistas (recuperación de la vieja gloria, deber histórico, proteccionismo económico frente al robo de puestos de trabajo por parte del extranjero, etc.) están todavía presentes en el día a día de la política británica. Esta búsqueda de la raíz de la violencia en las clases más desfavorecidas despertó el interés de que otros creadores contemporáneos, como Pat Holden, que en Awaydays, película un año posterior a This is England, habla del hooliganismo violento durante los mismos años de la infancia de Shaun.

This is England se ancla en esa corriente realista que nació primero en el teatro por el grupo de los Angry Young Men y luego se afianzó en el cine durante la conocida free cinema wave en los años sesenta, cuyo más conocido exponente sigue siendo Ken Loach, activo aún a sus 87 años. Los críticos suelen situar su inicio en 1956 con el éxito de Look Back in Anger, de John Osborne, llevada al cine, y que por primera vez situaba a sus personajes en una clase trabajadora, sin recursos, e incapaz de encontrarse a sí misma en el papel que la sociedad les había asignado (de hecho también se conoce esta corriente como Kitchen sink realism, por la elección de espacios domésticos y rutinarios, como observamos también en esta película). This is England, se ubica, como tantos otros dramas de esta generación, en los Midlands, zona central de Inglaterra que fue de gran importancia durante la revolución industrial y con un amplio sector de la población perteneciente a las clases sociales desfavorecidas. 

Este movimiento cinematográfico también se define por narrar desde una fina línea entre el documental y la ficción. De hecho, el principio y el final del film lo constituyen imágenes documentales de situaciones inconexas como pueden ser la princesa Lady Di, juegos de rol, Thatcher, o la guerra de Las Malvinas. Hay un fuerte contraste en el montaje entre planos cerrados y abiertos, y se emplea la cámara en mano para crear una estética espontánea. Aunque la obra construye así su propio realismo, en ocasiones se distancia de él. Por ejemplo, al final de algunas escenas desaparece el sonido diegético y aparece la música compuesta por Ludovico Einaudi, dándonos así un momento de reflexión sobre la discusión que estábamos escuchando. También sería un ejemplo los planos frontales y ralentizados del grupo marchando por las calles, en una clara referencia a La Naranja Mecánica, ambas películas británicas vinculadas por la violencia en grupos callejeros. 

El guión es sin duda la mayor fortaleza del film, pues se despega del maniqueísmo y nos ofrece un lado muy humano en todos los personajes, especialmente Woody. Este primer grupo acoge a Shaun y le da una identidad (le rapa el pelo, lo viste, lo introduce a sus pequeñas salidas delictivas) a la vez que apela a nuestra empatía por querer ayudar a Shaun, que ha sufrido bullying en el colegio. Combo se une después y divide al grupo. También quiere al niño y lo protege, y lo vemos sufrir un desamor, pero esa simpatía no nos impide en ningún momento juzgar categóricamente su peligrosa violencia, su racismo y su manipulación psicológica a Shaun y sus secuaces. 

El éxito fue tan grande que se hicieron tres series más alrededor de los mismos personajes, con saltos temporales para ampliar el retrato de esa generación perdida británica de los años ochenta.  

Eduardo Ramírez, redactor: Aftersun (Charlotte Wells, 2022) 

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Pedacitos de memoria. Tratar de recordar. ¿Qué podría haber hecho para evitarlo? Viajar al pasado es siempre algo complejo, y cuando es el de uno mismo el riesgo se multiplica por cien. Sophie vuelve a rememorar las últimas vacaciones que pasó con su padre veinte años atrás. Y como siempre que alguien regresa a sus recuerdos los huecos parecen llenarse solos, ¿sucedió entonces todo así? Seguramente no. Pero los vídeos, única prueba que sobrevive de ese momento, no son suficientes para entender por qué lo hizo.

Charlotte Wells nos transporta a ese limbo en el que se convierte la memoria. Porque nadie recuerda un hecho de manera ordenada. Quedan momentos, a veces inconexos, otras pegados casi a la fuerza. Contemplamos situaciones, sobre todo la absoluta tristeza que asola a ese joven padre, cuando Sophie no estaba presente, por lo que toca preguntarse si es una justificación de su mente, un pequeño engaño de su cerebro que le sirva como explicación de esa decisión irrevocable. 

Aftersun se convierte de una manera suave y casi invisible en un profundo reflejo de la depresión y de todas las consecuencias que ese mal conlleva. Sophie recuerda a su padre tratando de mostrarse alegre y de aprovechar el tiempo con ella todo lo posible. Pero en ese viaje a Turquía no dejaba de ser una niña y él una persona al borde del colapso. Y una de las peores cosas de los recuerdos es que no se pueden cambiar. Entre los flashazos de las luces de una discoteca parece que la salvación está a un paso, que el reencuentro es posible, pero como siempre se llegará a esa devastadora despedida en el embarque del aeropuerto. Posiblemente la última imagen que atesora de su figura, siendo incapaz de observar cómo volvía, solitaria, a la oscuridad. 

Aunque siempre nos quedará un último baile: Under Pressure.

Teresa Pérez de Azpillaga, redactora: La vaquilla (Berlanga, 1985)

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Ideada en el año 48 y escrita en los años cincuenta, La Vaquilla es un ejemplo de las grandes películas que se quedaron sin rodar durante la dictadura, en este caso con final feliz por ver la luz en democracia. En cualquier caso, la existencia del guion indica la calidad y la sintonía que tenían nuestros autores con Europa aún a pesar de las enormes dificultades políticas bajo el franquismo. De hecho, de haber sido rodada en su momento se podría haber mostrado junto a films italianos como La grande guerra (Mario Monicelli, 1959), o Tutti a casa (Comencini, 1960), que también desmitifican la guerra desde la trinchera y en clave de humor. 

Este retraso de décadas no la hizo menos actual, y la prueba es tanto el gran éxito que tuvo en su estreno, como la vigencia de su mensaje de reconciliación, donde la Guerra Civil no ofrece ni vencedores ni vencidos, y la ideología solo existe de trincheras para atrás, puesto que en el frente solo prima la supervivencia. 

El argumento se ubica en el frente de Aragón, donde el bando franquista va a celebrar un encierro y un baile en un pueblo cercano. Un pequeño grupo de republicanos son enviados de madrugada para robar la vaquilla y ofrecerla como vianda a su regimiento. El robo se les complica y terminan en el bando contrario hasta la madrugada siguiente, viviendo una serie de escenas que les salen al paso y que nadie resumiría mejor que el propio Alfredo Landa: “Hemos corrido un encierro, nos hemos tragado una misa, hemos llevado una virgen, hemos cargado con un marqués, usted ha afeitado a un fascista, a mí me han pegado una cornada, este se ha cagao, a este le han vestido de sacristán, a este le han puesto los cuernos. Y todo por la jodida vaca. Que le den mucho por el saco a la vaca. Yo me voy a comer.”

Muchas escenas tienen ese carácter de sátira tan característico del dúo Berlanga-Azcona, que nos hacen reír mientras retratan nuestra propia sociedad. La desmitificación de la guerra se ejemplifica en escenas como el baño desnudo donde todos son iguales, “Aquí en pelotas, ni enemigos ni nada. Y además, nos invitan a desayunar.” También destacan las dos escenas en las que meten presión al pobre torero para matar a la vaca (escenas que tanto nos recuerdan a esa obra maestra de Berlanga, El Verdugo), la hipocresía del duque, irónicamente paralizado, y la marquesa, etc. En breves pinceladas retratan la complejidad humana de algunos personajes secundarios. Quizá Guadalupe sea el mejor ejemplo. Rechaza a Mariano, su novio republicano, porque se ha buscado la vida con Carrasco, un alto militar franquista, pero es capaz de enfrentársele y jugarse su futuro cuando ve que la vida de Mariano está en peligro. En cualquier caso, cada espectador preferirá una u otra escena, y la gracia de unos u otros personajes. 

Todo el humor se torna de golpe en catástrofe con la imagen emblemática del film (aunque Berlanga siempre afirmara que no le gustaban los finales emblemáticos). Tras un travelling (en realidad un tanto aparatoso para el tono del film) la vaca muerta en tierra de nadie nos devuelve a la cruda realidad y nos dice que nos hemos reído, sí, pero lo que hemos visto no es para tomárselo a broma. 

Sara Rodríguez, colaboradora: Flashdance (Adrian Lyne, 1983)

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Fantasía ochentera llena de auténticos temazos. Escenas de baile que marcarían un antes y un después y se convertirían en una clara influencia para la MTV, cuyo alcance masivo está hoy fuera de toda duda. Esta es la historia de Alex, una joven soldadora que por la noche trata de cumplir su sueño bailando en una bar —con más presupuesto para vestuario y decorados que algunas superproducciones de Broadway—. 

Si la premisa suena algo rebuscada, el guion se basa en la vida real de Mauren Marder, una trabajadora de la construcción canadiense que, al igual que la protagonista de esta película, se convertía en bailarina por la noche. Un periodista se hizo eco de este curioso suceso plasmándolo en un artículo, tras lo que la productora Paramount compró los derechos. Y el resto es historia: más de doscientos millones de dólares recaudados.

Flashdance presenta una estructura cuanto menos curiosa. No es un musical, aunque está poblada de momentos de baile, y la trama amorosa parece no interesar ni siquiera al director de la película —aparte de ser bastante problemática vista con ojos actuales, ya que el jefe de la fundación en la que trabaja Alex comienza a ligar con ella cuando le dobla la edad y ella apenas tiene 18 años—.

 Pero si se excusa al tratarse de una película de hace varios lustros, lo que queda es una colección bastante impresionante de canciones que aún a día de hoy suenan habitualmente en plataformas digitales y redes sociales como Tiktok acompañadas de algunos bailes que están rodados como auténticos videoclips. Es ahí donde podría considerarse casi una película vanguardista, si se me permite el atrevimiento, en la que lo único que parece importar es mostrar unas coreografías alucinantes al ritmo de Flashdance… What a Feeling, Manhunt o Maniac.

Daniel Cargol, redactor: Saltburn (Fennell, 2023)

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Saltburn nos habla de la compleja relación de atracción entre Oliver y Félix (Jacob Elordi y Barry Keoghan). Ambos se conocen en Oxford, universidad elitista donde las haya (y en la que estudió la propia directora, cuya familia pertenece a la alta sociedad británica), y Félix invita a Oliver a su palacio para pasar el verano. A raíz de ahí se desarrollan unas relaciones de poder basadas en la sumisión y el erotismo entre Oliver y la familia aristocrática.

La atracción y el odio por la alta aristocracia como motor de la acción dramática tiene un largo recorrido, que no hace más que incrementarse conforme está aumentando en nuestros días la desigualdad entre países y dentro de los mismos. Un ejemplo cercano a esta película sería The Talented Mr. Ripley (Minghella, 1999), donde la amistad y la ocultación de la identidad para ascender de clase social también está muy presente, o The Servant (Losey, 1963), que nos cuenta cómo un mayordomo consigue manipular a su señor a través de sus debilidades sexuales. En este sentido otra gran influencia, reconocida por la directora, es Teorema (Pasolini, 1968), donde un extraño llega a un hogar burgués (compuesto por un matrimonio, hijo e hija), y a través del erotismo modifica la vida de cada uno de ellos, con un carácter simbólico y provocativo que quizá falte a esta película. 

Como indica nuestro redactor Daniel Cargol, la fotografía a cargo de Linus Sandgren, (director de fotografía de La La Land) es un trabajo a destacar en toda la producción del 2023. La fotografía consigue mucha textura, saturación de colores, y un juego de luces y sombras muy sugestivo para los primeros planos de los personajes. Quizá lo más sorprendente sea la apuesta por el formato 4:3 para dar un aspecto más antiguo a la imagen, llevándonos al verano de 2006. 

Daniela Maella, redactora:  Parásitos (Bong Joon-ho, 2019)

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Siendo Zero Grados una revista profundamente solidaria y consciente de las desigualdades imperantes en la sociedad en la que vivimos, a nadie debería sorprenderle la presencia de una película como Parásitos en esta lista. 

Bong Joon-ho, que ya era moderadamente conocido antes de esta obra, llenó todas las portadas de la prensa cinematográfica cuando su película, una producción coreana, fue nominada al Oscar a la Mejor Película. No a Mejor Película Internacional, que también, a Mejor Película. Que los estadounidenses consideren una cinta rodada fuera de Hollywood para este galardón es extremadamente raro y, si la memoria no nos falla, solo dos películas rodadas más allá de la maquinaria norteamericana se habían alzado con esta estatuilla antes: The Artist (2011) y El último emperador (1987). No contento con ello, Parásitos tiene el notable mérito de ser la primera película que se alza tanto con el Oscar a Mejor Película como con el Oscar a Mejor Película Internacional.

Tal vez hayáis oído alguna vez aquella frase que reza “La lluvia cae igual para todos”. Si esta frase fue alguna vez cierta, escenario poco probable, desde luego no lo es en nuestros días, y Bong Joon-ho lo sabe muy bien. Parásitos nos cuenta la historia de la familia Kim, que pese a llevar una vida plagada de trabajo y sacrificios no logra escapar de la precariedad de su clase social. Cuando el hijo de la familia consigue introducirse en el hogar de los Park, mucho más acomodados que ellos, para dar clases de inglés a su hija, los Kim ven al fin una vía de escape de su dura existencia. Comienza así un relato, entre el drama y la comedia en el que los Kim irán introduciéndose poco a poco, mediante diferentes empleos fraudulentamente obtenidos, en casa de los Park. Lo que nadie sabe, ni tan siquiera los Park, es que esa casa alberga bajo sus cimientos un secreto que cambiará completamente la dinámica de la película. 

Parásitos radiografía el mundo en el que vivimos, mostrándonos terribles e incómodas verdades acerca de la imposibilidad de ascenso social, las desigualdades y la absoluta inconsciencia, tanto de opresores como de oprimidos, de cómo es este sistema en el que viven. Ante la ausencia de meritocracia y oportunidades, los más desfavorecidos, en lugar de unirse empáticamente contra quienes los mantienen en tan penoso estado, se desangran y pisotean entre ellos, buscando ser los únicos en alcanzar una tierra prometida que no existe. Para reforzar esta idea, la cámara y los escenarios se disponen de forma vertical a lo largo de toda la película. Escaleras, rampas, cumbres luminosas y pozos oscuros pueblan los escenarios y construyen una parábola visual que rima a la perfección con el guion. 

Poco más se puede añadir de esta obra por la cual se han vertido ya ríos de tinta. Una despiadada crítica al sistema de consumo, pero también a sus víctimas y verdugos. Dos horas que se pasan volando en las cuales el espectador encuentra tiempo para reírse y horrorizarse con una obra sumamente inteligente.

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