Elvira Navarro: La ciudad como ser animado

Texto: Mario Soro. Fotografías: Elba Fernández//

La novela de la escritora Elvira Navarro, La trabajadora (Random House, 2014) sirvió para poner punto y final al ciclo de conferencias ‘Lecturas urbanas. Pasajes de la ciudad’. Y lo hizo con un claro protagonista: el entorno urbano.

El salón de actos de la biblioteca María Moliner de la Universidad de Zaragoza acogió el pasado viernes 28 la sesión Capitalismo y periferias urbanas. La trabajadora y la ciudad. Arropada por la doctora en Filología Española Mª Ángeles Naval y por un buen puñado de estudiantes de diversos grados, Elvira Navarro usó su libro La trabajadora como eje vertebrador del discurso.

La autora onubense ejemplificó cómo los paisajes urbanos han servido para modelar los caminos por los que ha discurrido su vida. Tras acabar sus estudios de Filosofía, se encontró con grandes dificultades para encontrar un empleo. Una circunstancia que puede resultar paradójica si se tiene en cuenta el boom económico que España inició en los años ‘90 y que condujo unos años después a los menores índices de paro desde la llegada de la democracia, pero en consonancia con la crisis en el sector de las Humanidades. Saberes,  competencias y cualificaciones desprestigiados que dejaron de dar trabajo a sus jóvenes egresados o lo precarizaron años antes de que la palabra “precario” se pusiera de moda. En consecuencia, Elvira se vio forzada a mudarse a la periferia de Madrid; en concreto, al barrio de Carabanchel.      

‘La trabajadora’ empieza a escribirse a finales de 2009, pero tiene su origen en un pequeño texto de diez folios de extensión escrito siete años antes. Sus páginas narran la convivencia entre dos mujeres, Elisa Núñez -mismas iniciales que las de la autora- y Susana, una teleoperadora de 44 años que esconde un pasado que se intuye tormentoso. Como telón de fondo, la ciudad, desde la que se indaga la relación entre la crisis y la enfermedad mental.

Elvira Navarro

El libro tiene marcados tintes autobiográficos: tanto su protagonista como su autora han sido correctoras de grupos editoriales y han sufrido en sus carnes la precariedad laboral. Han trabajado sin cobrar durante meses o con promesas de hacerlo en cuanto mejorara la situación. Navarro analiza la invasión del trabajo en la esfera más íntima de la persona, es decir, su propio hogar, y lo relaciona con la enfermedad mental: “Elisa está todo el día corrigiendo en casa. No se mueve. El trabajo lo impregna todo; no diferencia sus hábitos y rutinas de este”. Las crisis de ansiedad sufridas, relacionadas con esta precariedad, son una nueva proyección de Elvira Navarro sobre su personaje.

La escritora percibía Madrid, en sus momentos de ánimo más bajos, como un monstruo que crecía sin ningún orden y que la iba a devorar. Una visión que, aunque atenuada, sigue conservando: “Salvo su centro, es una ciudad dura. Especialmente los barrios del sur -donde se sitúa Carabanchel -, que están pensados para la gente obrera. Son barrios de ladrillo, donde se ha construido mal y barato. Muchas veces parecen sitios en los que almacenar gente; son feos y apenas tienen espacios verdes”. La dureza de la ciudad se vio acrecentada por una percepción totalmente distorsionada. Elvira Navarro manifiesta una preocupación constante por este espacio configurador de identidades, reflejo de lo que somos.

La construcción de la identidad personal es otro de los temas que aborda La trabajadora, no sin cierta paradoja en la creación de los personajes. Susana se construye y entiende desde la locura. Asume sin demasiados problemas que se desvía de lo que se considera ‘normal’. En uno de sus delirios romperá los convencionalismos sociales al afirmar que le gustaría que “le lamieran el coño un día de regla con luna llena”, en un grito con un posible componente de empoderamiento femenino. Sin embargo, Elisa -en teoría el personaje cuerdo de la novela- va a salir más perjudicada de sus crisis de ansiedad al haberse construido desde una estabilidad psicológica que la precariedad se va a encargar de trastocar. Se trata de alguien a quien las patologías mentales atacan casi por sorpresa. La reflexión acerca de qué es la normalidad mental sobrevuela la obra en todo momento. La propia autora reconoce que no sabe cómo la locura se introdujo en el libro, ni tampoco cómo Elisa mutó del personaje paródico que estaba destinado a ser a la loca en que finamente desembocó.

Elvira Navarro

En este particular descenso a la locura, los entornos urbanos -claves en los mundos ficticios de esta escritora -, juegan un papel esencial: “Las ciudades no son un mero escenario. Tienen un protagonismo a modo de metáfora; son un personaje más”, explica. Así lo hace ver su obra, cuyos dos primeros títulos son La ciudad en invierno (Caballo de Troya, 2007) y La ciudad feliz (Mondadori, 2009). Detrás de esta pasión quizá puedan estar los paseos -en coche- que su padre acostumbraba a darle a través de ellas. Navarro incluso cuenta con un blog, Periferia, en el que relata los espacios urbanos como mera paseante combinando la crónica con elementos de ficción. No hay duda de que la ciudad la ha atrapado.

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