En vivo

Irene Ibáñez//

Es como un templo romano, con sus seis columnas blancas de capitel corintio, en pleno barrio de Covent Garden. La figura de una joven bailarina metálica atando sus puntas permanece congelada al otro lado de la calle. En la Bow Street, el Royal Opera House de Londres abre sus puertas al caer la tarde.

Al mismo tiempo, aunque una hora menos en el reloj, el sol también empieza a bajar en Zaragoza. En el complejo del Hotel Palafox, la Sala Cervantes continua hoy en funcionamiento tras el cierre de su compañera, la Sala Quijote. Aquí no hay columnas y capiteles, no es un edificio neoclásico, majestuoso en el centro de la ciudad. Aquí no hay una estatua guardando la entrada día tras día. Pero tras la piedra blanca y lisa en Londres, y tras las puertas de cristal en Zaragoza, se narra y se baila la misma historia.

Romeo y Julieta morirán por amor en los dos sitios al mismo tiempo. Serán las mismas personas, idénticos pasos, idéntica música pero distinto escenario.

En el Royal Opera House, una cúpula inmensa con cenefas doradas custodia la sala desde arriba. Cuatro pisos de palcos dispuestos en forma de herradura cierran el patio de butacas. Terciopelo rojo, madera oscura, motivos dorados y color crema. Un foso negro y profundo, guarida de la orquesta, se extiende a los pies del telón. Los bailarines ya están preparados entre bambalinas para deslizarse sobre sus puntas, los músicos ya han afinado cada cuerda y cada tecla, el público ya se ha acomodado en sus asientos rojos. Son las 19:30 y los acordes de Prokofiev comienzan a resonar en cada rincón de aquel lugar en Londres.

La Sala Cervantes no tiene cuatro pisos con palcos de estilo barroco. Es un pequeño cine con varias filas de butacas verdes, telón a juego y suelo enmoquetado. No se necesita nada más para disfrutar del séptimo arte, si la película es buena.

En Zaragoza son las 20:30 y aquí también aparecen en el silencio de la sala las primeras notas que Prokofiev escribió para el ballet de Romeo y Julieta. Es la misma partitura y la misma orquesta, la misma coreografía y los mismos bailarines, a miles de kilómetros, en la gran pantalla. Aun así, no es lo mismo.

Traspasar las columnas de orden corintio en Londres puede costar entre 50 y 200 euros, dependiendo de la distancia entre la butaca y las disputas entre los Montesco y los Capuleto. En el cine Cervantes no importa el lugar, el precio es siempre el mismo, 17 euros.

Es, desde luego, una buena opción para viajar a Londres y entrar en el Royal Opera House sin ir más allá del centro de Zaragoza. Pero la música clásica, el ballet y la ópera, no fueron creados para la pantalla.

El sonido parte de la vibración de las cuerdas, del viento que se desliza por tubos metálicos, del choque entre baquetas y membranas. Se alza y expande por todo el auditorio, rebotando en cada esquina y llegando a cada oído. Al mismo tiempo, en el escenario aparecen cuerpos que se mueven, que flotan, bailando con cada nota. No importa que ocupes la butaca más alejada del último piso en el palco lateral. Ahí dentro, el exterior ya no existe, tú ya no existes. Ya solo es lo que ves y lo que escuchas.

Julieta despierta con la melodía de violines más triste del mundo. Al principio baila eufórica, su plan ha salido bien. Entonces repara en su amado tirado en el suelo y corre a estrecharlo entre sus brazos. Demasiado tarde. Romeo ya ha bebido el veneno que le llevaría a la muerte junto a ella. Julieta no lo piensa ni un instante. Hunde un puñal en su vientre para dormir con Romeo para siempre. El viento y la cuerda se funden en un acorde final y, poco a poco, cae el telón.

El público vuelve a la realidad, a su asiento, bajo la cúpula, en el templo romano en pleno Londres. El primer aplauso despierta a las 2268 personas de la ensoñación en la que les ha sumido Prokofiev durante dos horas y media. En la Sala Cervantes, la pantalla se apaga y se encienden las luces. Quizás aquí también se han sumergido en la historia, han sufrido la tragedia y han sentido el llanto de los violines. Pero nunca podrá ser lo mismo. Una pantalla no puede envolverte con las melodías que surgen desde el foso de la orquesta, ni ponerte la piel de gallina con cada pirueta, ni hacerte sentir alguien más en el escenario. La música clásica y el ballet son artes de distancias cortas.

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