“Trabajar en prisión no es tan sórdido como puede parecer”

Texto: Laura del Río Gómez. Fotografías: Sandra Lario//

Alcalá Meco y Alhaurín de la Torre han sido su casa durante veintisiete años. J.S. aprobó las oposiciones a funcionario de prisiones en 1989 y nos desvela en esta entrevista el funcionamiento de algunas de las cárceles más famosas de España.

Ella espera en el baño mientras las otras mujeres entran y salen desnudas de las duchas o con toallas enrolladas en el cuerpo. Que de los tres váteres que hay solo uno tenga puerta reduce mucho las posibilidades de tener intimidad, pero ella acaba de llegar y aun no se acostumbra a hacer sus necesidades mientras las demás reclusas pasan por delante. Ella no es otra persona que Piper Chapman, la protagonista de la ficción estadounidense Orange is the New Black, y esta solo es una secuencia del segundo capítulo de la primera temporada de la serie. Sin embargo, al verla me pregunto si esta situación de privación, ya no de libertad, sino de intimidad a la hora de realizar las funciones más básicas del ser humano se puede dar en una prisión de un país democrático. La cárcel ha alimentado la trama de muchas historias en el mundo del cine y la televisión, sin embargo, según J.S, funcionario de prisiones desde hace veintisiete años, la vida en la cárcel no siempre es como la pintan en las películas, “al menos en las prisiones españolas”, apunta.

J.S. es de Atienza, un pueblo de Guadalajara, pero tras perder su puesto en la cantera en la que trabajaba, se fue a vivir a Alcalá de Henares, en la Comunidad de Madrid, donde lleva residiendo veintiocho años. “En Atienza había muy pocas oportunidades laborales ya por aquel entonces, por lo que mi mujer y yo nos trasladamos a Madrid”, cuenta. Precisamente fue una hermana de C.L., su mujer, la que le comentó al matrimonio que habían salido muchas plazas para funcionarios de prisiones y J.S. no dudó en intentarlo. “Tenía miedo de que se precisaran estudios universitarios para presentarse a las oposiciones pero con tener el título de Bachillerato era suficiente, por lo que comencé a trabajar en una lavandería de la Seguridad Social los fines de semana mientras estudiaba la oposición los días de diario”, señala J.S. Finalmente aprobó la oposición en 1989. “Fueron tiempos duros, iba a una academia donde me preparaban sobre Derecho Penal, Penitenciario…no fue nada fácil”.

J.S. ha trabajado en dos prisiones de sobra conocidas en España por haber albergado a entre sus rejas a personalidades célebres tanto del mundo de la política como de los negocios y la farándula; Madrid II, más conocida como la prisión de Alcalá Meco, y Alhaurín de la Torre, en Málaga. “Cuando tuve que hacer las prácticas elegí como destino Alhaurín porque mi mujer es cordobesa y si tenía que ir a algún sitio, ella prefería que fuese a Andalucía”, indica J.S. “De Despeñaperros para abajo donde quisiera”, apuntilla C.L. entre risas sentada al lado de su marido. Allí estuvo trabajando un año y medio.

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Fue padre de dos niñas antes de su traslado a Málaga, pero en la ciudad andaluza su hija menor comenzó a sufrir una artritis crónica juvenil. “Los mejores especialistas para tratar este tipo de patologías estaban en el hospital de La Paz en Madrid, por eso mi mujer y yo quisimos volver a vivir a la capital”.

Finalmente, su hija acabó curándose de su dolencia, a pesar de que esta fue calificada como crónica. Sin embargo, J.S. y C.L. nunca sintieron Alhaurín de la Torre como su hogar y en junio de 1993 toda la familia volvió a Alcalá de Henares después de que un compañero les comentara que en la prisión de Madrid II estaban pidiendo comisiones de servicio. “Se había quedado una vacante en la prisión de Alcalá Meco y buscaban otro funcionario para cubrirla. Yo pedí el puesto y no tardaron en dármelo”, aclara J.S. satisfecho. Desde entonces el funcionario no ha trabajado en otra prisión que no sea Madrid II aunque, según cuenta, ha ejercido en los más de quince módulos que existen en una prisión. “Ahora llevo cinco años trabajando en el de los ‘menores’”, que según explica, es como llaman al de los presos que van de los dieciocho a los veintiún años.

“El módulo de los jóvenes no es tan conflictivo como se pueden llegar a pensar en un primer momento, a pesar de que los chavales son muy impulsivos debido a la edad y las hormonas”, clarifica J.S. con un gesto que refleja comprensión. A la hora de hablar del módulo de Aislamiento se pone más serio; para él es el peor. Aquí es donde se encuentran los presos más peligrosos y donde ha trabajado tanto en Madrid como durante toda su estancia en Alhaurín. “En Aislamiento no hay tampoco muchas peleas entre presos porque solo salen al patio con los demás reclusos dos veces al día, dos horas cada vez. Sin embargo, nada más entrar se siente un ambiente más tenso, esa gente tiene condenas de hasta treinta años de prisión”. Por otro lado, los módulos de Respeto son los más cómodos para trabajar porque requieren menor vigilancia por parte de los funcionarios: “allí solo van los presos que han cometido delitos de segunda grado o menos y tienen buen comportamiento”. Una mayor libertad de horarios, y más diversidad de actividades, entre las que se incluyen hasta excursiones fuera de la cárcel, son algunos de los privilegios de los que pueden gozar los internos en este módulo.

Algo que sí ocurre en las cárceles españolas se cuenta en la ficción es la corrupción de algunos funcionarios: “hay compañeros que hacen favores a los presos como introducir droga o bebidas alcohólicas a cambio de dinero que les dan las familias de estos presos fuera de la cárcel”. J.S. se ha enterado de estos trapicheos de compañeros una vez que han salido a la luz y asegura que son casos aislados. Si él viera a otro compañero haciendo este tipo de negocios no dudaría en denunciarlo porque “es una práctica que nos perjudica a todos, aunque no todos mis compañeros lo denuncian”.

Las familias son las que nutren de dinero a los presos en la cárcel, ingresándoles la cantidad que sea en una tarjeta que los encarcelados usan en el economato. Compran comida o artículos de higiene personal, aunque lo más básico como papel higiénico, pasta de dientes o gel de ducha se lo dan gratuito hasta una cierta cantidad al mes: si la superan tienen que comprar más con su tarjeta. “El dinero en metálico no tiene valor en prisión”, apunta J.S. También les cobran las llamadas telefónicas. Tienen derecho a ocho a la semana de una duración de cinco minutos cada una, “cuando llegan a los cinco minutos la llamada se corta sola”.

Solo recuerda un momento en el que sintió verdadero miedo ejerciendo su profesión. Fue en junio de 1991 cuando un preso intentó escaparse de la celda en la que otro compañero y él volvían a meterle después de la cena e intentó secuestrarlos. “Finalmente el preso fue reducido con la ayuda de mis compañeros y otros dos presos”. Otro episodio que J.S. recuerda como especialmente desagradable fue cuando encontró ahorcado a un preso de ETA en su celda, “se había colgado con un cinturón y tenía los ojos tapados y las manos atadas”, cuenta J.S. con la voz entrecortada. Por estos dos últimos hechos se pudo llegar a pensar que podía haber sido un asesinato, y J.S. tuvo que quedarse cinco horas prestando declaración para esclarecer lo ocurrido. Finalmente, se dictaminó que había sido un suicidio y que probablemente se había atado él mismo las manos para no poder soltarse si se arrepintiera en el último momento. “También dejó una nota en la que decía que dejaba todas sus cosas a otro preso de ETA, que estaba en ese momento interno con él en Madrid II. Ese preso era Josu Ternera”, relata J.S.

carcel_zgrados_2La mujer de J.S. recuerda otra situación dura que ocurrió nada más entrar a trabajar su marido en Alcalá Meco, en 1990. Hubo un motín organizado por diecisiete presos que retuvieron a seis funcionarios y dos médicos durante doce horas. “Afortunadamente yo no estuve retenido pero me quedé allí hasta que acabó el secuestro por si precisaban de mi ayuda”, cuenta J.S. “Por aquella época no había móviles y yo no tuve noticias de él hasta que me llamó desde la cárcel pasadas por lo menos cinco horas desde que el secuestro saliera en los medios de comunicación”, cuenta C.L. con gesto de angustia. En este episodio, el funcionario relata indignado el papel que jugó la por entonces jueza de guardia de la presión, la actual alcaldesa de Madrid Manuela Carmena, que no apareció por la prisión en ningún momento debido a que estaba en Segovia. “No recuerdo bien si por motivos de trabajo o personales” detalla. “Hechos como estos muestran la desprotección que a veces vivimos los funcionarios en las cárceles, que tenemos que enfrentarnos a esta clase de problemas nosotros solos”, cuenta J.S. ya más disgustado que enfadado. “Carmena en la época que estuvo trabajando como jueza de guardia en nuestra prisión siempre beneficiaba a los presos, aunque a veces eso supusiera desautorizar a los funcionarios frente a los mismos”, opina J.S.

En cuanto a los suicidios, solo se retiran elementos susceptibles de un mal uso como cinturones o cordones si el preso está en Aislamiento o el psicólogo ha considerado que el preso está en riesgo de quitarse la vida. “De todas formas, los presos pueden utilizar sábanas o chaquetas para lo mismo y eso no podemos retirárselo”, añade J.S.

J.S. tiene buena relación con casi todos los presos, y aunque se recomienda a los funcionarios que no den datos de su vida privada a los reclusos por razones de seguridad, J.S. no niega haberse tomado alguna cerveza con algún preso una vez ha cumplido su condena, “al fin y al cabo, son muchas horas juntos y es difícil no entablar cierta relación”. Incluso asegura haberse encontrado por su ciudad, Alcalá, a algún preso en libertad condicional, ambos con sus respectivas familias, y haberse saludado: “Las relaciones entre presos e internos son más sanas y normales de lo que la gente pueda pensar”. La mujer de J.S. aprovecha para recordarle divertida cuando un narcotraficante les invitó a pasar unas vacaciones en su chalet de Puerto Banús.  “Es cierto que me invitó, pero por supuesto no fuimos”, resalta J.S. Yo me llevaba bien con él, fue uno de los presos que nos ayudó a mí y a mis compañeros a reducir al recluso que se quería escapar para secuestrarnos. Pero lo de su chalet no nos podía traer más que problemas”, admite J.S. con una media sonrisa recordando aquella historia.

El ex secretario de estado durante el Gobierno de Felipe González, Rafael Vera; José Barrionuevo, Ministro del Interior durante el mismo Gobierno; el empresario Mario Conde; el polifacético Jesús Gil o ‘El Dioni’ son algunos de los casos de presos más conocidos con los que ha trabajado J.S. “La verdad es que estos reclusos sí que gozaban de más miramientos o de la simpatía de algunos funcionarios”. En la cárcel no se pueden hacer favores, pero sí regalos de cierto tipo, “como por ejemplo libros”, que a algunos de ellos les hacían, “quizá atraídos por su fama”.

Celdas y reclusos pueden ser cacheados aleatoriamente: “mínimo cinco presos tienen que ser registrados”. Según cuenta J.S., las celdas de los presos de ‘vida normal’ son para dos personas, con un lavabo y una televisión en cada celda que pueden ver el tiempo que ellos quieran mientras estén en el habitáculo, “sólo las celdas de los módulos de Aislamiento son individuales”.

Desde la entrada en vigor de la Ley de la Igualdad en 2007,  los funcionarios y funcionarias de prisión pueden trabajar indistintamente con presos y presas. A J.S. le ha tocado alguna vez colaborar en un módulo de presas pero le gustan más los presos, según él “son menos problemáticos, se pelean menos”. Además, afirma que algunas presas “se insinúan a los funcionarios intentando seducirles para conseguir un trato de favor por parte de estos” y a J.S. le incomoda esta situación. “Ha habido compañeros que han tenido relaciones con presas”, admite. J.S. asegura no haberlo visto directamente, pero sí conoce casos de compañeros que han salido en los medios de comunicación y han sido sancionados suspendiéndoles de empleo y sueldo. “Un funcionario de Alcalá Meco incluso entró preso por la denuncia de violación de una de las reclusas”, añade.

Las cárceles en España, al menos las que J.S. conoce, están en buenas condiciones según su criterio. Sin embargo, el funcionario considera que debería destinarse más presupuesto por parte de la Administración para generar más plazas, “se necesitan más funcionarios, las prisiones están superpobladas”. Según el informe Space 2012 presentado ese mismo año por el Consejo de Europa, entre 2003 y 2012 ha habido un aumento de reclusos en las cárceles españolas de un 11,1%, y las penas en nuestro país son cada vez son más largas ya que los presos en España pasan una media de 19 meses en prisión —por encima de la media europea de 10,4 meses—. Lo que no ha aumentado es el sueldo de los funcionarios, que sube ligeramente cuando son destinados a un módulo de Aislamiento por plus de peligrosidad, pero que lleva congelado varios años . “En la actualidad nuestro sueldo ronda los 1.700 euros”, puntualiza J.S.

J.S. cree en la reinserción, aunque no de todos los presos, “hay casos en lo que incluso te planteas que la pena de muerte sería la mejor solución”. Por lo menos ahora los funcionarios reciben cursos de defensa personal para defenderse de los presos más violentos en caso de que fuera necesario, algo a lo que antes no se le daba tanta importancia: “nosotros solo llevamos encima una porra, ninguna arma más, por eso es importante que aprendamos técnicas de defensa. Hay en ocasiones que te sientes intimidado”.

Otra clase de presos, como los que padecen una enfermedad terminal, son puestos en libertad. El sida es considerado una enfermedad de este tipo según el grado en el que esté, sin embargo —según dice J. S. — muchos presos que salen a la calle por este motivo vuelven entrar al poco tiempo. “De sida ya es raro que alguien se muera con la medicación que hay hoy en día, por eso muchos presos no mueren sino que vuelven a delinquir y a entrar al poco tiempo de ser puestos en libertad. En la cárcel por lo menos tienen un plato de comida, una cama y todos las medicinas que necesitan, que son muy costosas”, cuenta J.S.

A pesar de vivir momentos duros, a J.S. le gusta su trabajo y quiere transmitir que “la cárcel no es un lugar de relaciones sórdidas donde se despoja a los reclusos de las capacidades básicas para desarrollarse en una vida normal”, aunque recalca que todo puede mejorar.

Ilustración: Mariano Millán
Ilustración: Mariano Millán

Un comentario sobre ““Trabajar en prisión no es tan sórdido como puede parecer”

  • el 11 marzo, 2018 a las 3:15 am
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    Lo que cuenta este compañero es parte de la verdad de la vida de los funcionarios durante su servicio. He sidido funcionario penitenciario durante más de treinta años y también he estado destinado en Alcalá Meco. En Herrera de la MAncha y en varios Centros penitenciarios más de la península y de las Islas Canarias. El servicio del funcionario es duro y peligroso pues no estamos con hermanitas de la caridad. Con el tiempo hace mella en tu personalidad trastornando incluso tu conducta y tu vida familiar pues muchas veces estas sometido a un profundo estrés. Y no quiero hablar del servivio en dos Centros Penitenciarios para enfermos mentales en los que también estuve destinado. Para hablar de la vida dentro de las priones hay que estar siempre de servicio en los módulos y en los patios en contacto directo con toda clase de reclusos.

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