Gusmán: las peripecias del escritor sombra

Texto: Andrés Lasso Ruales. Fotografías: Romina Franceschin//

El escritor y ensayista argentino, Luis Gusmán, publicará en España a través de la editorial de Nueva Granada, Ediciones PG.  Este año acaba de reeditar en su país Epitafios, de la editora 17 grises. Publicado originalmente en 2005,  este ensayo circula por la muerte  y utiliza como artificios  relatos como En busca del tiempo perdido, de Marcel Proust; El corazón de las tinieblas, de Joseph Conrad;  y la literatura gauchesca. Epitafios, como todos sus ensayos, es una mirada minuciosa de un lector de cabotaje que también se transforma en novelista. 

Las holgadas bolsas amurallan los ojos negros saltones y se expanden hacia los costados como lo han hecho en estas siete décadas, a través de seis líneas que por su ubicación parece que desean salirse de la cara. La frente brilla. El entrecejo está dominado por un lunar que deslumbra por el fulgor del neón blanco que cae con intensidad hacia la mesa del bar en la que está sentado. Sobre el ojo izquierdo existe una raya oblicua que se ve como un siete invertido; el párpado del mismo lado está invadido por dos lunares de carne. La nariz larga y ancha es la única montaña que reina en ese territorio fragmentado por el tiempo. Los labios son delgados y están rodeados por las líneas de expresión. Las orejas son grandes y parece que sostienen a esa enorme nevisca que ha poblado la cabellera despeinada. Las ojeras protuberantes enmarcan ese rostro fraccionado por los días.

El “flaco”, como lo llaman sus amigos, ahora está con la cara más redonda. Los ojos del escritor y psicoanalista Luis Gusmán Vásquez siguen un poco saltarines, como queriendo salirse de la retina, tal vez sea porque en su niñez fue bizco. En el cuello lleva colgado un par de anteojos transparentes.

Gusmán nació en Buenos Aires en 1944. Su primer libro, el best-seller El Frasquito -novela experimental en forma de dictado, que llamó la atención a la comunidad literaria argentina- salió en 1973 y se vendió como pan caliente. Tres años antes que se instaurase la Dictadura Militar en ese país, la rompió, como dicen sus paisanos, pero también fue censurada por los militares tres años después por su alto contenido erótico y social. Luego llegaron Brillos y Cuerpo Velado, para completar una trilogía que tal vez sea un primer indicio de autobiografía.  Su obra ha navegado por casi todos los géneros: escribió diez novelas, cuatro libros de cuentos incluyendo De dobles y bastardos, que es una antología, pero tiene relatos inéditos, dos tomos autobiográficos como La Rueda de Virgilio, y nueve ensayos entre los que destacan La ficción calculada, Epitafios, Kafkas.

Sus tres últimos están por salir: La pregunta amotinada, sobre Leónidas Lamborghini, Héctor LIbertella, y Ricardo Piglia. Esas imbéciles moscas, sobre las moscas en la literatura argentina y extranjera; las moscas lectoras, las moscas escritoras, desde Marguerite Duras, Jonh Fante, hasta Ramón Gómez de La Sena y Witold Gombrowicz. Y La valija de Frankenstein, la historia de las valijas literarias, tomándolas como metáfora de la historia de la literatura que se arma como una valija con restos de escritores que van reemplazando uno a otro. El género rescata de vez en cuando algún cadáver literario.  

Luis está vestido con un chaleco plomo, y una camisa azul marina con flores grises. Su voz es rota y parece que sale en pedacitos. Tiende a fragmentar cualquier tema para luego asociarlo, destruirlo y unirlo con otro. Todo lo cuenta en trocitos extraños.

Levanta la mano izquierda y llama al mozo para pedirle un mate cocido y una factura. Son las diez de la mañana. Un letrero estrambótico, estilo setentero, con el nombre Manhattan adorna la barra. Alrededor de la mesa donde se sienta Gusmán hay varios adultos mayores comiendo galletitas, medialunas, facturas y tomando café.

El mozo trae el pedido. El escritor agarra el bocado de grasa con sus enormes manos, lo rompe en pedacitos y se mete uno en la boca. Mientras tanto, observa cómo dos mujeres de sesenta años con bolsas de boutique y revistas de moda saludan y se  acomodan en la mesa de una tercera de tez morena, rulos y labios escarlata. Luis traga rápidamente el alimento, toma un poco de mate cocido y dice: “¡Mirá! son de Puig. Es increíble. Éstas son de Puig”.

Tose un poco y vuelve a beber. “Soy el mayor de los hermanos. Uno se llama Jorge, la hija es actriz, él enseña teatro. El último se murió y se llamaba Óscar. Yo soy gemelo y el otro, a los pocos días de nacer, falleció”.

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Jorge Gusmán toma un cortado en la mesa exterior de la Confíteria del Jardín Botánico, norte de la ciudad de Buenos Aires. Es morocho, de cuerpo atlético, sus vestiduras están pegadas a su figura y se puede constatar que no hay ningún indicio de gordura en su físico. Jorge fue operario, betunero, futbolista juvenil de San Lorenzo y de Lanús, documentalista y militante peronista. Ahora es director y profesor de teatro en el Complejo Histórico Cultural Manzanas de Las Luces, que queda cerca de Plaza de Mayo, y colabora con el área de cultura del Museo Evita. El cabello negro azabache de Jorge apenas tiene canas. Su voz es gruesa como las manos que en sus ademanes demuestran que son ágiles y se mueven acorde a la historia que está contando.

Jorge es el segundo hijo de Alfredo Gusmán y Nélida Vásquez; Luis es el mayor y Óscar el menor. Cuando Jorge habla de la historia familiar se transforma en un juglar que relata las memorias de sus orígenes.  Dice que tiene buena memoria y se acuerda del mínimo detalle y eso lo demuestra cuando cuenta las anécdotas del padre. Cuando habla de él se le dilatan los ojos: “Mi viejooo —sube el tono—. Tenía mucha pinta y desde el nombre, Elodoro Alfredo, era un dandy, un tipo de facciones lindas, alto, empilchado. Tengo una anécdota muy linda sobre él. En la casa de mi abuela materna, Gregoria, que se ubicaba en la zona de Avellaneda, ahí teníamos una tortuga macho. Y siempre cuando llegaba él, Luis, Óscar y yo observábamos cómo el reptil se le montaba en sus zapatos y luego dejaba la orina en su calzado. Yo miraba esa escena y me cagaba de risa. El viejo se ponía colorado. Tal vez esa era nuestra venganza, porque él tuvo dos hogares y venía muy de repente y lo quería matar al tortugo. Imagínate un hombre como él, tan elegante”. Sonríe y toma el cortado.

Alfredo Gusmán fue imprentero de la editorial Malinka Poka, que publicaba libros de Nieztche, Joe Jurado, Rosas y Lucio Mansilla. Algunos de esos ejemplares los llevaba a sus dos hogares, porque era bígamo. Su otra mujer se llamaba Ana Angeloni, con la que concibió a Alfredo y a Graciela. Vivían en la esquina de Córdoba y Gascón, cerca de un café llamado Fechoría. Años más tarde, Luis Gusmán escribiría en La rueda de Virgilio una sentencia memorable de su madre: “Eligió el lugar adecuado para hacer sus fechorías”.

“Mi viejo fue un padre ausente pero con mucha presencia”, dice Jorge. “Aparecía dos veces por semana: el miércoles y el sábado.  En nuestro barrio, en esa época, las calles eran de tierra, entonces mi papá iba a visitarnos con remis, y a veces se quedaba dos días. Incluso fue así hasta el final, de una casa a la otra, de una mujer a la otra”.

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Jorge cuenta que la mayoría de las veces Alfredo llegaba con una canasta de  jamón cocido y queso, pero ni él ni Luis lo aceptaban porque su abuela Gregoria no se los permitía. Los observaba con mirada inquisidora, de jefa de la tribu, porque nunca quiso al padre de sus nietos por la forma en que trataba a su hija.

Nélida Vásquez trabajó de secretaria para Ernesto Palacios, abogado, periodista, escritor y editor de la revista Finanzas. Según Jorge, su madre fue una mujer encantadora, carismática que hechizaba a todos los hombres que se cruzaban por su camino: “Nosotros la llamábamos de “madrecita”. Jorge achica los ojos y frunce el ceño.  Ella tenía tres religiones: la católica, el cristianismo y el espiritismo. Para Jorge, Nélida entró en ésta última por los libros del fundador de ese movimiento, el francés Allan Kardec (1804-1869), y su pasión fue tan grande que hasta se convirtió en médium.

Nélida de forma frecuente llevaba a sus dos hijos mayores a las sesiones espiritistas. Cuando Jorge fue por primera vez observó cadenas, cabezas que se golpeaban contra la pared y una medium en trance. “Con el espiritismo tengo un linda historia. Yo estaba en primer grado con fiebre y gripe, y mi vieja me indicó que me desnudara y, cuando estaba sin nada, me dijo: “quédate quieto”. Ahí imploró algo, me sacudió, balbuceó y bueno, no sé que pasó, a la media hora estaba jugando a la pelota”.

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Luis Gusmán, vestido de gris, abre la puerta de su consultorio y en la entrada se puede observar un perchero café que sostiene a una gabardina verde y un paraguas negro. La cocina se ubica a un costado del hall. En todas las paredes del espacio hay cuadros, los que más resaltan son los trazos multicolores de la serie Presencias plasmadas, de Noemi Spadaro, y un retrato en lápiz de Jorge Luis Borges de terno y corbata. Gusmán, con un ademán de cortesía inglesa, enseguida presenta, en el hall, su mayor orgullo: su biblioteca desordenada. No sabe cuántos libros tiene ni tampoco le importa. Lo que le interesa es que ahí puede refugiarse cuando le plazca. En un estante destacan dos fotos de Franz Kafka, el mapa de la novela Ulyses de James Joyce y, en otro, un libro de su autoría, La pregunta freudiana.

Gusmán se acerca al otro extremo de su biblioteca y agarra un plato del Hotel Edén, incluso tiene una novela con ese nombre donde cruza la historia de los nazis que llegaron a ese parador de la provincia de Córdoba con la de la Argentina de los setenta. “A veces colecciono este tipo de restos históricos”, explica. De pronto se escapa de su biblioteca y aparece como un fantasma cerca del baño y grita: “¡Mirá!”. Entonces,  desenvaina un cayado-sable de mango blanco, lo tira hacia arriba, lo agarra de nuevo y se pone en posición de ataque. El báculo proviene del Imperio Otomano, y es uno de los 21 bastones que colecciona con mangos particulares: tigre, oso, águila, serpiente… Lo coloca en su lugar y sigue directo al cuarto principal del consultorio. Se sienta y está listo para seguir narrando su vida.

“No describas nada del despacho, por favor. Este es mi lugar de trabajo”, pide cortés. Se acomoda, toma agua, tose un poco y comienza a hablar sobre su madre y el espiritismo. Nélida, según él, lo llevó cuando era pibe a una sesión espiritista. Luis esperaba que apareciera su ídolo, Carlos Gardel, o al menos eso le pidió a su madre, la cual accedió y le prometió que así sería. Pero al final el ritual transcurrió y Gardel bajó a través de una rubia gorda de ojos verdes llamada Irene, lo cual fue decepcionante para el muchacho porque esa mujer no tenía nada que ver con ‘El Morocho’ del Abasto.

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En el documental La otra orilla, de Eduardo Montes Bradley, Luis Gusmán comenta que en el espiritismo cada suceso que acontece es interpretado como un signo del más allá. En la casa materna del escritor, por ejemplo, si se escuchaba un ruido decían que era un espíritu burlón. Los espíritus estaban en toda la vivienda de los Vásquez, y cualquier sonido simple podía ser tomado como una manifestación del más allá.

Además de las religiones Nélida, según Gusmán,  fue una mujer seductora y con secretos encantadores. Cuando llegaba por la noche de la revista Finanzas, los hombres la esperaban para acecharla con piropos desubicados y por eso su abuelo Jesús salía a espantarlos. El magnetismo de Nélida también se complementaba con el poder que tenía ella para contar las vivencias y los secretos de su trabajo o especialmente de su jefe, Ernesto Palacios:

Entonces yo no podía creer como ese hombre tan importante perseguía a mi madre por los pasillos de una redacción. Mi madre también sabía que sus bigotes no eran postizos ni teñidos. ¿Acaso no lo había visto una mañana en su casa con su elegante robe de chambre y su bigotera, y él había pedido que probara, tirando de ellos, sí sus bigotes eran falsos o verdaderos?

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Ese tipo de misterios e historias alimentaban la infancia del escritor. Ahora se calla, se acomoda los anteojos y revisa un poco la revista Los Inútiles de Siempre (fundada por el cronista Sebastián Basualdo), que le dedicó un número especial. Al escritor le fascinan las anécdotas, sobre todo las de su infancia y adolescencia.

Cuando mi madre discutía con mi padre,  ella le hacía brujería, me llevaba a la otra casa de él y depositaba  unos yuyos en la puerta principal. Era terribleee…─ sonríe, parece que se atora, pero traga saliva─.  Otra, a mi padre le gustaba jugar al póker y mi madre cuando se enteraba en qué casa iba a ocurrir el juego de baraja se iba a tocar el timbre y salía corriendo. Sus amigos más tarde, contaba el viejo, decían: “¡Muchachos, la policía!”.

Luis Gusmán no era un pibe apto para los juegos con el cuerpo. Sufría de estrabismo, según su hermano Jorge.  No sabía jugar al fútbol, ni bailar. Inventar historias y leer novelas fueron sus escudos para deambular sin premura por Villa Perro. El barrio donde creció Gusmán, según se lee en La Rueda de Virgilio, en la década de los cincuenta, sólo tenía pocas calles como Helguera, Reconquista, Agüero y el pasaje  Angaco, hoy barrio de Gerli en Avellaneda.

La casa del escritor se ubicaba en Helguera 1257. La calle colindaba con Reconquista y Agüero, está última era cercana a la estación de ferrocarril y al cementerio. Muy próximo se encontraba el pasaje Angaco, conocido por los vecinos como el callejón de las religiones. En la parte posterior de la casa de los Vásquez se localizaba la avenida Presidente Domingo Faustino Sarmiento que desembocaba en el Policlínico que alguna vez se llamó Perón.

El nombre de Villa Perro tiene varias anécdotas sobre su apodo, una de las más destacadas sucedió en  un bar cuando Gusmán acababa de dar una charla. Su excompañero de sexto, Omar Mantovani, lo agarró del brazo y le dijo: “¿Sabés por qué se llamaba Villa Perro nuestro barrio?”. Ante la negativa de su ex colega, Mantovani sentenció: “El Cuartel de Bomberos quedaba tan lejos, que cuando había un incendio los bomberos siempre iban corriendo detrás del coche y siempre con la lengua afuera por el trote, parecían perros”.   Gusmán sonríe y comenta: “Es buenísima. No sé si es verdad y qué importa”.

Al psicoanalista siempre le llamó la atención algo muy particular del barrio de su niñez: el sexo. En la adolescencia el erotismo se apropió de Gusmán por la influencia de los libros de su abuelo Jesús, que fumaba hasta altas horas de la madrugada leyendo westerns, historias de piratas y policiales eróticos como los de la colección Pandora, Cobalto y Linterna.

En la película de Montes Bradley, el escritor indica que esos policiales eróticos fueron unos objetos deseados por todo el piberío de Villa Perro. Así, como explica Gusmán en el documental, el libro Memorias de una princesa rusa, que trataba de una historia sobre una princesa ninfómana, pasaba de amigo a  amigo cada tres días.

En esa época el pequeño Luis junto a su abuelo iban cada semana al puente de Avellaneda a conseguir ejemplares baratos e interesantes y cuando murió Jesús, él fue a su cajón y le dijo: “No te preocupes abuelo, yo voy a seguir yendo a la librería a cambiar los libros. Te lo prometo”.

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Jorge indica que la situación económica en su niñez fue complicada y que por eso trabajó desde muy chico para ayudar a su mamá, hermanos y abuelos. Fue una vida dura, pero para él todas esas vivencias formaron un carácter fuerte en su personalidad. Una de esas historias que lo marcó fue cuando vio a su abuelo Jesús muerto en su cama: “Mi abuelo murió en 1957,  yo estaba jugando a la bolita con mi amigo Pepe y mi abuela me dice: “Vení un segundito, ¡saludá al abuelo!”. Yo me acerco despacio y lo veo a él con un hilito de sangre que le corría por la nariz. Voy, le doy un beso y todavía estaba caliente, y  le pregunto a mi abuela: “¿qué le pasó?”, y me responde: “Se murió, anda decirle al doctor Tato a la vuelta”. Esas cosas tenía mi abuela Gregoria”, explica.

Para Jorge, Gregoria siempre fue dura con él, en cambio con Luis fue más maternal y sobreprotectora. Según él, su hermano mayor se acostumbró a que todo el mundo le resolviera la vida, y lo mismo pasó con su hermano menor, Óscar, que le decían `mate cocido´ porque era nervioso. En cambio a él lo maleducó su madre, afirma  el segundo de los hermanos Gusmán Vásquez. Todos los problemas que sucedían en la casa de Helguera 1257, según Jorge, los resolvía él. Incluso cuando su papá y su mamá peleaban por las madrugadas, él los mandaba a callar a los dos.

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“Yo a los doce años ya laburaba y a las seis de la mañana comenzaba la jornada, y mi viejo ,cuando iba a verla a mi vieja,  se quedaban despiertos siempre porque no se veían. Un día me desperté a la una y media de la mañana, porque estaban peleando y yo tenía que levantarme a las cinco para ir a laburar. Mi habitación era un galponcito que estaba a diez metros del cuarto de mi vieja. En cambio Luis agarraba sus almohadas y se dormía quince horas, el hijo de puta -sonríe-. Esa madrugada me levanté y empecé a golpearle la puerta. “¿Qué pasa?” -implicó mi padre-. “¡Basta!, que mañana tengo que trabajar”, le dije. “¡Lárgate de aquí, pendejo!”, me respondió él. Y  yo le dije “¡qué pendejo!” y le di una trompada al vidrio de la puerta, la abrí y entré con una cuchilla así de larga -extiende  los dos índices para mostrar la longitud de la faca-, a la habitación y estaban los dos en bolas. “Por suerte, mi viejo  me pegó un cachetazo”, dice entre carcajadas.

Según Jorge ese episodio dramático le sirvió para construir su ego. “A mí me  salvó el superyo. En cambio, me parece que a Luis lo salvan las sombras de esos hechos  y todas las fantasías que él ya iba construyendo”.

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La oscuridad en la calle Constitución, en el barrio San Cristóbal de la ciudad de Buenos Aires, a las ocho de la noche de un lunes de primavera se expande como la niebla. Cada tanto aparecen las luces de algún coche. La calle está casi vacía. Uno que otro transeúnte pasa con un caminar acelerado.  Se llega a un timbre de una casa de fachada blanca. Y, de inmediato, una puerta  de hierro negra larga se abre y de adentro sale  un hombre alto que parece un gigante. El cabello crespo largo grisáceo combina perfecto con la cara triangular, el bigote, la nariz aguileña y la barba tiene un aire del siglo XIX. Por su facha parece un caballero decimonónico. Junto a él le acompaña una perra bóxer llamada Popea. Salvador Marcelo Gargiulo invita a su morada por un pasadizo oscuro como la noche.  

Luz.  Un millar de libros. Parece la biblioteca de un sabio monje del siglo XVI. Según su dueño en su acervo existen cerca de unos 10 mil libros  y los que más destacan son ejemplares del principio del siglo XIX, como una edición de la Divina Comedia de Dante Alighieri. Gargiulo se sienta cerca del escritorio y de su computador de monitor blanco de los años noventa. Cruza la pierna y hojea la revista Los Inútiles de Siempre dedicada a la vida y obra de Luis Gusmán.

“Luis es un fabulador nato”, dice Gargiulo con una voz delicada, “lo cual supone que un interlocutor obvie la veracidad de lo que él dice. Luis se construyó para sí su propia mitología, que es la de sus orígenes, de sus intereses, de sí mismo, de sus hermanos, de sus amigos. A todos ellos los convierte en personajes de su ficción”.

Gargiulo conoció a Gusmán  en los noventa en la editorial Alfaguara. En esos años el escritor de El Frasquito, que iba por su séptima edición,  ya había escrito la novela Villa y ya era un autor reconocido. Fernando Fagnani, actual gerente de Edhasa, lo contrató para que ayudara a Gusmán a editar unos cuentos. Los relatos fueron trabajados durante un invierno de 1996 o 1997, según recuerda el hombre de los diez mil libros y fundador de la librería Club Barton, ubicada en uno de los barrios más tradicionales de Buenos Aires, San Telmo. Todas las noches él y Gusmán editaban y corregían  los cuentos que se transformarían en el libro De dobles y bastardos.

“Fue un laburo muy intenso en lo literario. Teníamos que simplificar el aliento de su prosa, lo cual partía de una necesidad de él. Venía de una etapa muy barroca desde Brillos, entonces todo apuntaba a simplificar el relato y en quitar todo tipo de perifollo u adorno”, explica.

Gusmán fue mutando como escritor: El Frasquito fue una especie de  experimento: un dictado oral,  ya en su segundo libro Brillos (1975) su prosa se volvió más barroca:

Eleodoro  apareció vestido con ropas de mujer, con largas polleras perfumadas y anillos que adornaban cada uno de sus dedos; colgaban ornamentos de su cuello. Todo su cuerpo tenía un vago color rojizo debido al azafrán con que impregnaba su piel.

Brillos

Para Gargiulo, la prosa de Gusmán no es contemplativa, es veloz, es verbal  por eso le cuesta describir, y no le importa si el verbo es ir, es llegar, es acudir. Es un escritor de imaginación y un excelente inventor de personajes. “Está encandilado con cierta clase de figuras que son los que componen sus fantasías. Son siempre las mismas, o muy parecidas: siempre hay un alter ego, un yo en la narración que es protagónico y esos sujetos podrían ser un elenco fijo que van cambiando de caras”.

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Aparece como fantasma de forma rauda y sorpresiva. Su facha quijotesca distorsiona con los comensales y bebedores de cortaditos de la  Tienda Café ubicado en Santa Fe y Callao.

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Los extensos rizos blancos desordenados no desatinan con la barba gris  caballeresca, sus ojos oscuros no desentonan con sus ojeras que se ensanchan cuando encuentra  algo, en este caso a la persona con la que había acordado una charla sobre un amigo. Luis Chitarroni está vestido con un jean, saco, camisa oscura con pequeñas rayas blancas, se sienta pide facturas y una lágrima.

Chitarroni nació en  Buenos Aires en 1958,  es escritor y editor desde la década de los ochenta.  Hasta 1991 integró la revista literaria Babel donde escribió su implacable sección Siluetas. Como  literato , se bifurca: es novelista, ensayista, crítico, profesor. Su primera novela fue El carapálida, en 1997. Sus ensayos Mil tazas de té y  La muerte de los filósofos; su antinovela, Peripecias del no: Diario de una novela inconclusa, lo ha  llevado a ser reconocido como un vanguardista contemporáneo que se fragmenta  como lo describe la crítica literaria y pensadora argentina, Beatriz Sarlo, en este artículo en la Nación el 29 de marzo del 2008: “Chitarroni escribe una novela desde el lugar del ensayista y del cronista de una historia parcialmente cierta y paródicamente apócrifa”.

El timbre de voz del fundador de la editorial La Bestia Equilátera cuando comienza hablar sobre su camarada es de volumen medio, ya es el indicio de un tipo que invita a la reflexión.

Chitarroni antes de conocer a Luis Gusmán, ya había leído su primera novela, aunque cabe mencionar que leyó al mismo tiempo Sebregrondi retrocede, de Osvaldo Lamborghini. De la primera, él piensa que fue interesante para la literatura argentina, porque construye una nueva idea de la marginalidad a través de un novedoso experimento: el narrador dicta la historia, algo arriesgado para la época.     

                 Pepes. Pepes. Pepes. ¿Pepe le rompería el culo a la madrecita? Ella siempre nos gritaba que para traernos de comer  se tenía que hacer romper el culo por ahí, que a nosotros nunca nos importó que se tenía que rifar el culo o ir a dar la vuelta al perro para traer la comida.

El Frasquito

Hasta que llegó el gran día de su primer encuentro, comenta Chitarroni con ese tono  de jilguero, él estaba recién salido de la colimba (1977-1978) y visitó la librería: Martín Fierro que quedaba entre Corrientes, Libertad o Talcahuano. Su misión era comprar un libro de Thomas Pynchon, pero el ejemplar no estaba en los estantes así que prometió volver. En la segunda visita, el joven librero -Gusmán- le obsequió dos libros, el único que recuerda con exactitud fue La verdadera vida de Sebastián Knight, de Vladimir Nabokov. “En esa época, Luis llevaba bigote, y yo ya había leído sus artículos en la extinta Literal ”.

La revista Literal fue creada a principios de los setenta y se publicaron cinco números. Fue una magazine de culto importante para la época porque unía a la literatura con el psicoanálisis,  el inconsciente con la palabra, como lo explica Héctor Libertella en su libro Literal. En ella, escribió incluso el psiquiatra y psicoanalista francés Jaques Lacan. Luis Gusmán fue uno de los miembros fundadores del comité editorial, formado porOsvaldo Lamborghini, Germán García, Lorenzo Quinteros y Tamara Kamenszain, entre otros, y todos bajo la tutela del ensayista, semiólogo, crítico de arte y psicoanalista Óscar Massota.

Después de ese primer encuentro Chitarroni recordó que ya en los ochenta  su nuevo amigo se puso una librería llamada Viridiana, como la película del español Luis Buñuel, que quedaba cerca de Diagonal Norte y Corrientes, y  ahí lo convocó para colaborar en un nuevo suplemento literario.  

“Son los comienzos de los ochenta. Ahí creamos  Sitio, una revista  literaria con tinte político. Ahí estaba un tipo genial como Ramón Alcalde, que era profesor de griego de la universidad de Stanford; Jorge Jinkis, Eduardo Grüner, Gusmán, José Bianco y a veces todos nos reuníamos en el  Petit Café, cerca del Teatro Colón”, explica. En esas reuniones de café y en las visitas a Viridiana la amistad entre Gusmán y Chitarroni se afianzó como la democracia en Argentina.

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Después de El Frasquito Gusmán escribiría Brillos y Cuerpo velado. Ya en los años posteriores la prosa de Gusmán llegó al olimpo con En el corazón de junio (Premio Boris Vian, 1983). En ese relato, explica Chitarroni,  su amigo ya comienza a construir una unidad de sentido, porque armó la novela con episodios consecutivos que podrían ser cuentos.  “A mí me gusta  En el corazón de Junio porque es una novela de inventiva, y Gusmán se pierde en la historia. También es el primer intento de texto largo y con irrupciones raras, como la peculiar muerte de un escritor secreto”.

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El psicoanalista vuelve agarrar el vaso con agua para llevárselo a la boca y así refrescar la garganta. Es un conversador nato, se emociona cuando se le pregunta por nombres de su pasado y sus aventuras. De nuevo, deja el vaso en la mesa que está al lado del sillón del consultorio donde está sentado y ahora con la mano derecha vuelve a agarrar el número dedicado a él de la revista Los Inútiles de Siempre, tal vez como una ayudamemoria. Hasta el momento ha contado sobre su infancia, adolescencia, los años setenta y sus primeros libros. Ahora responde con una sonrisa y mirada pícara sobre su novela premiada, En el corazón de junio.

“Yo en esa época quise escribir  sobre un hombre que necesitaba un trasplante del corazón, por ese asunto del doble. Y Ricardo Piglia me dijo “Vos sabés que el escritor ítaloargentino, Juan Rodolfo Wilcock,  se murió leyendo un libro del corazón, solo que de Medicina. Entonces, en la novela yo invierto eso y colocó lecturas de El corazón de las tinieblas de Joseph Conrad,  El corazón sencillo de Gustave Flaubert y El corazón débil de Fiodor Dostoievsky y ahí  se me va armando las tramas a través de esas ramificaciones y de esas coincidencias”.

Desde que traduzco Obra en curso, muchos ríos recorren mi memoria. Esa novela río  que comienza su curso en el monte Wicklow, que se confunde con mi apellido: Wilcock. El color del río va tomando los matices de los lugares por los que pasa.

En el corazón de junio

Las anécdotas y las casualidades para Gusmán suelen ser artificios para inventar mundos posibles.  Por ejemplo, en la novela Villa (1995),  el personaje  es un médico cobarde y timorato que  ingresa a trabajar para el Estado en el gobierno de  Arturo Humberto Illia (1963-1966) y después va subiendo hasta llegar a  ser una especie de secretario del doctor Firpo:

¿Podría decir que aún después de tantos años, trabajo de mosca? ¿Qué es ser un mosca?, me había preguntado Firpo. “Un mosca es el que revolotea alrededor de un grande. Si es un ídolo, mejor”, le respondia

Villa

Este hecho en la novela viene de una anécdota propia que vivió el autor  cuando tenía 18 años. Gusmán, hincha de Racing Club de Avellaneda,  se ofreció  a ser secretario-cadete de unos de sus máximos ídolos en esos años del cuadro de sus amores, Rúben Héctor Sosa. Hasta el apodo de Sosa era de dandy, El Marqués.  A ese oficio informal en esa época lo llamaban de `mosca´. En esos años ‘los moscas’ compraban cigarrillos, flores para las amantes o mujeres, y hacían todos los mandados para sus jefes. Sosa, por tanta insistencia de ese muchacho alto y flaco nativo de Villa Perro, accedió para que fuera su asistente personal.  Gusmán seguía al goleador a todas; ni los zagueros del `rojo´ (Independiente) como el `hacha brava´ Rubén Marino Navarro lo perseguían tanto como su mosca personal. Pero un día, el corazón del cadete quedaría destrozado por el desplante de su ídolo. Racing jugaba contra Chacarita Juniors en el estadio de Vélez Sarsfield y el joven secretario no logró pasar el molinete porque no tenía ingreso y, para su mala suerte, el ariete, su máximo ídolo, se hizo el de la vista gorda.  

Hace unos años, el escritor no recuerda con exactitud, el poeta Luis Tedesco, su amigo, le regaló una foto grande de Sosa parando la pelota  y ese mismo día su mujer lo enmarcó y lo colocó a lado de la cama. “Después de eso – sonríe y su mirada se ilumina como para contar algo mágico-,  al día siguiente y lo juro por mi vieja, agarro un taxi por la mañana y el tipo viene escuchando al polaco Goyeneche, y le digo: “Qué bueno escuchar al polaco por la mañana”, y es de Saavedra, como Sosa, y él me responde: “Yo jugué con Sosa”. ¿cómo qué jugó con Sosa? le pregunto. Sí, asienta la cabeza, entonces me empieza a contar su historia y me dio su celular. Después de eso  ya en casa le comento esta anécdota a mi mujer y ella no lo podía creer – sonríe-. A mí siempre me pasan esas cosas. ¡Ojo! que Lopéz Rega personaje de Villa es de Saavedra”, dice.

La casualidad es la otra arma que utiliza Gusmán para sus relatos.  Se debe a la capacidad de asociación que posee. Esa apreciación también la tuvo la revista española Teína, en su número 17,  cuando entrevistó al escritor:Basta charlar un rato con Gusmán para darse cuenta de que es una imparable máquina asociativa”.

Todo hecho lo conecta al pasado. Toda circunstancia la ensambla a su vida. Lo cotidiano para  él es el hilo acertado para tejer su obra. Otro acaso que le sirvió para escribir un nuevo relato, actualmente en proceso, fue cuando asistió a un concierto en los años noventa del famoso cantante de tango Alberto Morán, más conocido como ‘El Turco’:

“ Mi hermano Jorge y yo viajamos un día a Lugano para escuchar a Morán. Primero hubo otros cantantes.  Y a las dos de la mañana, antes de su participación, ambos salimos a fumar un pucho y, de repente, vimos que venía una imagen fantasmal,  como una sombra, que luego cuando salió a la luz nos dimos cuenta de que era un hombre con el cuello de la camisa levantado y musitando un tango:

Humilde pebeta, de todos los barrios

Almita que sueña, rayito de sol,

Muchachos que ponen el alma en un tango

Y que se estremecen al compás del bandoneón”.  

Su voz carrasposa por un instante sonó clara y sin interferencias.  Esa escena lo impactó demasiado. Tanto que decidió escribir la que será su última novela, según afirma con seguridad.  Gracias a esa imagen de Morán, el escritor originario de  Avellaneda piensa terminar su carrera como narrador con un relato sobre dobles, porque siempre le persiguió el recuerdo del gemelo que no nació. Su vida ha sido  un fuego cruzado entre la realidad y la verosimilitud de la ficción, se siente un constructor de mitos: “Gracias a la casualidad de ese encuentro estoy escribiendo una novela y ya tengo como 300 páginas.  Y se va a llamar Dos extraños”. El relato es un malentendido, cuenta.

Luis Gusman_2

La historia se desarrolla en la ciudad de Mar de Plata, donde se realiza un homenaje a un gran cantante de tangos, con la interpretación de sus dobles. Pero el personaje principal llega a escondidas a esa ciudad y con acúfenos en los oídos. No quiere ser reconocido porque él viajó para visitar a su madre que estaba internada en el geriátrico.  Cuando llega al asilo de ancianos, la hermana le dice: ‘Yo te escucho todas las noches’, y él en ese momento se acerca a su madre y le canta bajito como lo hacía ella cuando él era chico. Después de esa visita, el cantante decide no cantar más. Entonces,  se va a una peluquería, se corta el pelo, se modifica el look y decide cambiarse el nombre para participar de su homenaje, como el doble de sí mismo.

“Cuando llega al concurso los otros dobles comienzan a contar  la vida de él, cada uno a su manera. Unos decían que era un hijo de puta,  que tenía bastantes minas; otros que era un buen tipo. De pronto saca un encendedor y es uno más. Ahí empieza la novela. Es lindo”. Se levanta del sillón de su consultorio, deja la revista, recoge los vasos, se levanta, y cede el paso.

Sigue comentando sobre los cuadros de Noemi Spadaro y, cuando llega al hall, agarra su libro La pregunta Freudiana que le rindió tantos réditos  como El Frasquito.  Abre la puerta, cierra el consultorio se dirige al ascensor y comenta que no le gusta ir a la cancha de Racing, porque un día se fue con Luis Tedesco  a un partido y salió aterrado. Parece que sufre de enoclofobia, no le gustan las multitudes.

Llega el ascensor.  El elevador baja. Abre la puerta y dice: “¿Quéres que te lleve en taxi?”. Ante la negativa, se despide y sale corriendo porque aparece un auto negro y amarillo que para bajo el pedido de su mano izquierda. Se da la vuelta y grita: “Ojalá tenga suerte y me cuenta una anécdota que valga la pena”, se ríe. Y Gusmán se pierde  en el coche Sedan por la calle Charcas cerca de la parada Agüero del subte D  y en unos instantes, seguramente, se encontrará con Marcelo Salvador Gargiulo para  fragmentar la vida en títulos memorables, libros futuros, posibles novelas, casualidades y  escritores amigos.

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