Je suis Charlie

“Es duro ser amado por gilipollas”. Y qué razón tenía ese Mahoma rojo por la ira, de cara tapada por la vergüenza, que apareció hace nueve años y un mes en la portada de febrero de Charlie Hebdo. A estas horas, casi 24 horas horas después de que se haya matado salvajemente a doce personas por llenar y defender una publicación que abría los ojos a Francia, todavía no hay confirmación oficial, pero ya se sabe que los gilipollas de los que se avergüenza Mahoma han vuelto a actuar.

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Ellos han accedido a lo que piensa Dios sobre esto, y se han arrogado descaradamente el “derecho” a matar. Doce personas, con padres, hijos, amigos. Todo para vengarse de las ofensas proferidas contra su profeta. Burlas necesarias que, sometidas a una lectura más crítica que la que realizaron los gilipollas, denunciaban, paradójicamente, ese fanatismo que ha teñido de sangre el hall del número 10 de la calle Nicolas-Appert.

Se ha atacado a uno de los máximos exponentes de la libertad de expresión de los que puede presumir un país: las publicaciones satíricas. Su relevancia y simbolismo social trasciende la libertad (a menudo teórica) de publicar informaciones que molesten al poder. Va más allá y se mete de lleno en la posibilidad de reírnos de las figuras públicas cuando se lo merezcan. Porque para eso son figuras públicas. Y estas, gracias al Estado de Derecho en el que vivimos, lo tienen que aceptar. Mahoma incluido, siendo esta una de las figuras públicas más relevantes junto con Jesús, Buda o el mismísimo Dios.

Simplemente, es imposible no quedarse helado ante esta matanza cobarde. Mahoma, una vez más, se ha cubierto el rostro por la vergüenza.

 

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