Olaya Carcas: la felicidad que trae Jehová

Cristina Morte//

Jehová le cambió la vida a los 16 años. Predicar y estudiar la Biblia se convirtió en la prioridad para Olaya Carcas (Zaragoza, 1995). Se casó con 21 años. Ahora trabaja en un supermercado. Dice que cambiar de vida le ha dado una felicidad de la que antes carecía.

Hoy hace seis años desde la última vez que la vi. Era un día soleado y caluroso, propio del verano en Zaragoza. Ella llevaba unos pantalones cortos y un top de tirantes ajustado que dejaba entrever su ombligo. El flequillo le caía recto por la frente y casi tapaba sus ojos maquillados –sin demasiado esmero– con una gruesísima línea negra que más que resaltarlos los escondía bajo tanta oscuridad. Teníamos 16 años y estábamos en un cumpleaños en el que no había regalos, solo vasos de litro llenos de alcohol caliente y un altavoz en el que sonaban los temas más bailables del 2012. No era su cumpleaños porque ella no lo celebraba. Asistía a muchos, pero para ella cumplir años no era motivo de fiesta. Ni su madre ni su hermana habían celebrado nunca uno. “Dios no quiere que lo hagamos”, le decía siempre su madre.

Ella no lo entendía pero sabía que ese dios era diferente al que estudiaban en la clase de religión católica del instituto. Jehová llevaba mucho tiempo presente en su familia pero a ella le daba igual. Se limitaba a imitar a su hermana y a su madre que cumplían con rectitud la palabra de Jehová en la Biblia. Ahora, seis años después, ha encontrado la razón de sus actos.

Hoy hace seis años desde la última vez que la vi. Entonces se sentía vacía, pero yo no lo sabría hasta ahora. Tenía una vida “normal”. Sus acciones no distaban de las del resto de amigas: salía, bebía, fumaba, ligaba y estaba igual de enganchada a Tuenti que las demás. Estudió en el instituto Luis Buñuel en la Almozara, donde se sacó la ESO e hizo dos PCPI (Programa de Cualificación Profesional Inicial). Decidió enfocar su carrera profesional hacia el comercio y trabajó en algunas tiendas. Sin embargo –y a pesar de esforzarse en aparentarlo– “no era feliz”. Llegaba a su casa, colindante con la Estación Delicias, y sentía que todo el amor que tenía en su vida no era suficiente para llenarla. Necesitaba algo. Ahora lo ha encontrado.

Hoy hace seis años desde la última vez que la vi y, como entonces, también hace sol; aunque pronto nos resguardaremos de él en el café Chicago en La Almozara. Seis años en los que ha conseguido llenar un vacío gracias a la religión. Seis años desde que su vida “es lo que siempre había esperado” y seis años desde que se siente Testigo de Jehová.

Ella siempre lo ha sido, pero no siempre lo ha sentido. Conoció esta rama del cristianismo por su madre Maribel y su hermana mayor Natalia, con las que acudía religiosamente –nunca mejor dicho– a los Salones del Reino. Es ese el nombre que le otorgan a su lugar de reunión y no iglesia debido a que, según sus creencias, ese término hace referencia a un grupo de fieles y no a un sitio para la reunión. Allí, en un local situado en Torrero, que se me asemejaba más a un salón de conferencias que a un lugar de culto, acudía cada martes y jueves a escuchar las palabras del anciano. El anciano es el rango más alto que un hombre –solo hombre– puede alcanzar en la congregación. Hace las veces de un cura en la religión católica. Se encarga de leer un pasaje de la Biblia en cada sesión para compartirla y comentarla con el resto de hermanos. A ella no le interesaban los pasajes bíblicos entonces, pero reconoce que las cuatro horas semanales se le hacían cortas debido a que “había mucha interacción”. Cuando el anciano finalizaba la lectura del pasaje de aquel día, ella seguía siendo una adolescente con muchas ganas de divertirse y pocas de predicar lo que aprendía en las reuniones. Hasta que cambió.

Se podría decir que sentí la llamada. Ese momento en el que algo te dice lo que tienes que hacer. Una llamada de Jehová.

A partir de ese sentimiento tuvo que tomar una decisión: seguir siendo testigo sin sentirlo, abandonar la religión o serlo y sentirlo. De todas, eligió la última. Se alejó de la amistad para adentrarse en la religión. Las tardes de botellones y compras por el centro quedaron reducidas a un reiterativo “no, chicas; no puedo salir, estoy castigada”, que hoy reconoce como excusa. Dedicaba esas tardes, y esas mañanas, a llenarse con palabras de la Biblia y a investigar sobre la religión.  Huyó de nosotras y de todo lo que le rodeaba porque necesitaba “encontrar su forma de vivir”. Una forma de vida que se presentó ante ella para cambiarlo todo: su modo de ser, de actuar y de pensar.

Y el primer cambio es aquel que me entra por los ojos cuando la veo llegar al bar donde hemos quedado. Atrás quedaron los años de maquillajes imposibles y flequillos kilométricos, ahora lleva el rostro al natural y una coleta que recoge su melena cobriza y despeja por completo su frente. Su outfit  refleja una sencillez y una discreción de las que carecía –todas carecíamos– en nuestros tiempos de botellón. Un pantalón vaquero con el bajo muy doblado –quizás por su baja estatura–, una camiseta blanca y unas zapatillas deportivas grises evidencian una transformación física que es una nimiedad en comparación con el cambio en su persona. En Olaya conviven el pasado y el presente, transformándola en una persona tan conocida como ajena para mí. Es ella, la de siempre, pero a la vez no lo es. Una calma, antes inexistente, parece haberse apoderado de ella. Habla con un ritmo pausado y con un deje madrileño que llega con cada “ejque”. Ha vivido y vive en Zaragoza y su pueblo, Boquiñeni, se encuentra también en la provincia maña, así que no puedo más que sorprenderme ante este cambio de acento. Tiene mucha fluidez y facilidad para hacerme llegar lo que me quiere contar. Utiliza palabras como grandilocuencia, exacerbado o magnificencia que hacen que el ambiente cotidiano que nos rodea se desvanezca dando paso a una formalidad atípica de dos antiguas amigas. Al responder no desvía la mirada, me mira a los ojos con intensidad queriendo transmitir un sentimiento aún más intenso.

“Fue el paso más importante que he dado. Simbolizó una promesa que le hice a Dios de amarlo y poner su voluntad sobre todas las cosas”. Se bautizó a los 17 años en el Pabellón Príncipe Felipe de Zaragoza, lugar donde se realizan las “reuniones especiales”, celebraciones de domingo, asambleas regionales de los testigos. Antes tuvo que estudiar la Biblia para estar segura del “gran paso que iba a dar”.

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Desde el año 1950 los miembros de esta vertiente del cristianismo, que acumula nueve millones de fieles alrededor del mundo –los suficientes como para llenar 100 veces el Camp Nou–  utilizan su propia versión de la Biblia en la cual basan todas sus creencias: la Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras. Creencias como no aceptar las transfusiones de sangre en situaciones médicas críticas, no tener relaciones sexuales antes del matrimonio, no celebrar los cumpleaños, la Navidad o que su Semana Santa solo dure un día. Difieren del cristianismo en que para ellos Jehová es el hijo de Dios, no Jesús, y en el milenarismo que profesan –creen que Cristo volverá para reinar sobre la Tierra durante mil años antes del Armagedón–. Respetan la homosexualidad, al menos en la teoría, pero comparten que la Biblia creó al hombre y a la mujer para tener relaciones sexuales exclusivamente entre ellos. Los Testigos de Jehová fueron prohibidos en Rusia en 2017 por considerarse una organización extremista que promueve la “alienación” de los fieles. A Olaya le dicen, en muchas ocasiones, que pertenece a una secta. Pero para ella ese término no es ofensivo. “A mí me da igual lo que me digan, no me han lavado el cerebro ni han hecho conmigo lo que han querido. Son solo un conjunto de prejuicios que la gente tiene porque no se molesta en conocer”.

Mientras ella habla, yo sorbo mi café pensando en cómo abordar la siguiente pregunta: ¿Qué pensará Olaya sobre los homosexuales? Pertenece a una generación que, en su mayoría, normaliza y respeta la diversidad genérica actual. Ella lo hacía antes de entrar a la congregación puesto que uno de sus mejores amigos era gay. “Yo lo respeto, porque Dios me ha enseñado a respetar, pero no lo comparto ni entiendo. Igual que no entiendo que un hombre tenga sexo con un animal, pues lo mismo”. Intento que no me cambie la expresión, aunque creo que ha sido inevitable. La comparación de la zoofilia con la homosexualidad me extraña y me espanta. Las personas cambian aunque a mí todavía me cuesta creer que tanto. Intento reconducir la conversación, pero creo que voy a tener que esforzarme mucho en entenderla.

Quizás una de las creencias más juzgadas es la de las transfusiones de sangre. La Biblia dice que hay que abstenerse de sangre y los testigos le hacen caso. Las transfusiones de sangre en situaciones medicas críticas no están permitidas “porque hay otro tipo de salidas”. Olaya añade que, además, “no son higiénicas” debido a que pueden transmitir enfermedades y que su postura en esto es “radical”.

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Ahora trabaja en Alcampo tres horas al día porque el resto del tiempo lo pasa predicando para que la palabra de Dios “sea conocida por todos y llegue cada vez a más gente”. Todos los días se dedica a ir, junto a otro testigo varón, puerta por puerta para contarle a la gente qué es lo que dice realmente la Biblia. Ambos muy arreglados: ella con vestido o falda siempre por debajo de la rodilla, él con traje o camisa y pantalón formales. Muchas veces la respuesta que reciben es una puerta que se cierra en sus narices sin explicación, a la que ellos siempre contestan con una sonrisa. A veces resulta inquietante, pero siempre sonríen. En una vida centrada en la religión, el tiempo que le queda lo utiliza para asistir –como hacía hace seis años– al Salón del Reino de Torrero, aunque ahora lo que aprende lo predica y las reuniones son “una fiesta”. El domingo es su día más especial porque es cuando todas las congregaciones de todos los Salones del Reino de Zaragoza se reúnen en el Pabellón Príncipe Felipe. Allí se hace un “discurso público” en el que se analizan revistas de temas específicos, como por ejemplo la muerte de Jesús.

Hace un año que vive en su piso de Torrero porque se casó con Natanael García (Zaragoza, 1995). Los testigos de Jehová aconsejan –Olaya aseguran que nunca la obligaron– que las parejas no vivan juntas antes de casarse porque es sinónimo de inmoralidad. Se justifican con el libro de los Corintios y afirman que es un pecado tan grave como el adulterio, el espiritismo, la borrachera, la idolatría, el asesinato y el robo.

Antes de casarse Olaya y Natanael estuvieron cinco años como pareja formal. Se conocieron en una asamblea y allí comenzó su relación. Una relación que no hubiera podido darse si él no hubiera sido testigo. “Siempre nos aconsejan que inicies una relación con personas que crean y sientan lo mismo que tú, que consideren a Jehová como Dios. De no haber sido así, en la congregación no hubiesen visto bien que yo me casase con un “ateo” –un término que usan para todo el que no cree en Jehová–. Cinco años que sirvieron a ambos para conocer mucho la parte espiritual del otro y nada la física. “No te voy a negar que no fue difícil porque somos jóvenes y había muchas tentaciones, pero me sirvió para conocerle de otra manera. El tema de no tener sexo antes del matrimonio no ha sido un problema”.

El día de su boda fue otro de sus días más felices. Ella, con un vestido blanco de cola y él, con traje negro. Se casaron en el Salón del Reino de Torrero y luego hicieron un banquete en una finca. “Como una boda normal”, contesta con una carcajada ante mi ignorancia al preguntar cómo son las bodas de los testigos de Jehová. Había muchos invitados; algunos eran testigos y otros no. Es más, había gente con creencias opuestas, como su amiga Eva Sanjuán (Boquiñeni, 1997). “No entiende muchos de mis sacrificios, pero yo le digo que no son sacrificios, es mi forma de vivir. Tengo amigas que no creen en nada, pero me junto mucho más con gente que tiene mis mismas metas en la vida”, confirma.

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Como dicen que el amor todo lo puede, o quizás solo sea porque me interesa su respuesta, pongo a Olaya en la situación de enamorarse de una persona que no fuera testigo de Jehová. Me responde con su ya permanente sonrisa: “Si me hubiera enamorado tendría que poner en una balanza la religión y el amor en mi vida. Aunque, claro, la religión me da mucho amor. La verdad es que no sabría lo que hacer”. De lo que no tiene duda es que su madre Maribel se desilusionaría mucho con ella si se diese ese supuesto. “No se enfadaría, pero se pondría muy triste y seguro que nos distanciaríamos muchísimo”.  Maribel se casó con su marido Antonio allá por la década de los 90. Ella no era testigo de Jehová, él tampoco. Ahora, cuando ya han celebrado las bodas de plata, ella lleva 15 años por y para la religión. Él sigue sin querer formar parte de eso.

“Mi padre siempre ha sido muy tolerante con nosotras, pero no comparte nuestras creencias”. La única vez que la fe ha ocasionado una disputa –ideológica– en la familia fue allá por el 96 cuando llegó la hora de bautizar a Olaya por la Iglesia Católica. “Mi familia paterna quería bautizarme por lo católico y eso hizo que se enfrentaran a mi padre, pero el siempre defendió que mi madre nos llevaría por buen camino”.  Un camino que ha ocasionado la separación de la familia de Olaya durante la Navidad. “Mi padre siempre celebra la Navidad en Boquiñeni con su familia mientras que nosotras nos quedamos solas aquí en Zaragoza”.

La religión se ha convertido en el núcleo de su vida porque siempre ha estado ahí, aun cuando ella parecía no necesitarla. Le ha ayudado a madurar, a evolucionar y a encontrar su razón de ser, dice. Le ha ayudado, también, a superar un hecho traumático: la muerte de su abuela. Falleció en septiembre de 2017 llevándose con ella la “mitad de la vida” de Olaya. Ella intentó encontrar consuelo en la Biblia aunque las palabras de Jehová parecían no calmarla en ese momento. Hasta que encontró el pasaje de la resurrección de Cristo y comprendió que la religión la “estaba ayudando y guiando”.

El creer en la resurrección hizo que dentro de todo el dolor que yo sentía se despertase algo, una especie de felicidad que yo no entendía. Luego lo supe, la volvería a ver porque iba a resucitar. No sé cuándo pero estoy segura de que la voy a volver a ver viva conmigo.

Sus palabras me estremecen por el sentimiento que desprenden. Pienso y siento lástima a la vez que incredulidad. Lástima porque veo la seguridad con la que se aferra a esas creencias ciegamente. Incredulidad porque no era consciente de hasta qué punto puede llegar la fe a modificar todos los aspectos de tu vida. Ella sentía dolor y lo transformó en esperanza leyendo ese libro. La religión transformó un sentimiento. Y también la transformó a ella.

Cuando Olaya se levanta de la silla, me percato de que son las siete y que ella tiene que irse a predicar, como me dijo al principio de nuestro encuentro. Me dice que le ha gustado la conversación. Sonrío. Una sonrisa tan falsa como verdadera. Falsa porque me cuesta creer y verdadera porque puede que haya entendido más de lo que imaginaba. Me cuesta entender muchas de las cosas que me ha contado. Me cuesta creer que dejaría morir a familiares si la única solución fuera la transfusión de sangre y me cuesta creer la seguridad y convicción con la que me lo cuenta. Me cuesta creer su opinión sobre los homosexuales y la resurrección. Pero he llegado a entender que es su forma de vivir. Una forma tan respetable como cuestionable. Como respetables y cuestionables son otras muchas formas de vivir. Ella es feliz así, aunque a mí aún me cuesta creerlo.

Muchas veces ha sido prejuzgada, cuestionada y ha escondido sus creencias para evitarlo. Sabe que su forma de afrontar la vida despierta tanta curiosidad como críticas. Sabe que ha cambiado, aunque ella lo llama evolucionar. Ahora se siente agradecida. A sus padres, su marido, sus amigas y a ese dios que le ha dado tanto. Cuando le digo que me describa lo que supone la religión en su vida solo dice una palabra: felicidad. Y cualquier persona hubiese podido comprobar el brillo en sus ojos.

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