Tacaña

Sandra Benedí Lázaro//

Hace un par de meses trabajaba los sábados y domingos de dependienta en una tienda de cosmética y belleza situada en la calle Alfonso, uno de los paseos más transitados de la ciudad de Zaragoza. No había fin de semana en el que la tienda no estuviese abarrotada de personas de todas clases: clientes que entraban únicamente con la intención de perfumarse con todo lo que encontrasen en la sección de alta gama -algunos de ellos salían del local oliendo peor que antes-, hombres que preguntaban si podían probar los desodorantes en las axilas, mujeres que querían muestras de cremas de alta gama por cada producto que comprasen -incluso cuando se trataba de una lima de uñas de 1€. Sin embargo, una de las clientas a las que atendí en mi último mes de trabajo me recordó a un personaje de mi infancia: el tío Gilito. Ese pato gruñón, codicioso y sobre todo tacaño, pariente de Donald. Le cuesta gastarse el dinero en cualquier cosa, y, si lo hace, no puede costar ni un céntimo más de lo que espera. La clienta en cuestión posee estas características que remiten a ese personaje.  

Se trataba de una señora de mediana edad, rondaría los 55 años. El pelo castaño largo con ondas voluminosas, los labios pintados de rojo pasión, los pantalones vaqueros ajustados, el abrigo con estampado de leopardo, las botas altas y el bolso -o falso bolso- de Louis Vuitton denotaron la presencia de esta mujer en la tienda. Todas mis compañeras estaban atendiendo, mientras que yo estaba cambiando los precios de los productos, hasta que se acercó a mí. 

-Hola, ¿me puedes ayudar? Es que estoy buscando un pintalabios rojo, pero muy rojo. Como el que llevo. ¿No tendrás este por casualidad? Es de Maybelline.

Le pregunté por el número del tono de pintalabios. Ante lo que me respondió que no lo sabía. Se supone que debía adivinar entre los 10 tonos de rojo posibles cuál era el suyo y acertar. Le recomendé que volviese otro día con ese pintalabios para poder comprar exactamente el mismo sin equivocarse. Se negó y me pidió ayuda para encontrar un tono que le gustase, ante lo que accedí, ya que ese era mi trabajo. Después de probarme varios tonos de rojo en la mano y parecer que me estaba desangrando, la clienta no estaba contenta con ninguno. Le pregunté por el rango de precio que estaba dispuesta a gastar y me dijo que si no era el de Maybelline no quería gastar más de 5€. Estaba empezando a ser “una clienta tiquismiquis”. Encontré un pintalabios rojo pasión, como el que ella estaba buscando. Tenía un precio de 6€, pero no pensé que la diferencia de un euro le fuese a importar. El color le encantó, al contrario que el precio. De hecho, me comentó que hace mucho ella utilizaba ese pintalabios y, en ese momento, se acababa de enterar de que había subido de precio. No daba crédito a que los 4,50€ hubiesen pasado a ser 6€. No estaba dispuesta a comprarlo, e incluso se molestó conmigo por enseñarle un producto 1€ más caro del precio que me había dicho. No sabía que un euro podía suponer tanto para una mujer que, por su apariencia, parecía tener más de 6€ en el bolso.

Me causan gracia este tipo de personas que quieren aparentar que tienen un gran poder adquisitivo y gastan mucho dinero, pero, a la hora de la verdad, se enfadan porque su champú favorito ha subido cincuenta céntimos. Estoy segura de que tienen problemas mucho mayores, sin embargo, el escándalo que generan esta clase de personas al ver una mínima subida de precio parece un espectáculo. No falta la crítica a Pedro Sánchez o sus socios de gobierno: “¡Es que todo es culpa de los socialistas!”. ¿De verdad crees que Pedro Sánchez quería que tu pintalabios subiese 1,50€? No soy experta en economía, pero sé que las marcas cambian sus precios cada cierto tiempo en función de la demanda y popularidad que van adquiriendo con el tiempo. No es ni mi culpa ni la de Pedro Sánchez que tu pintalabios favorito haya subido de precio. Es parte de la oferta y demanda. Los precios suben y bajan, al igual que los productos aparecen y desaparecen, pero los tacaños y tacañas, o tíos Gilitos, siempre están ahí para hacerle el trabajo imposible a las dependientas y dependientes.

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