Arde

Lorena García//

El otro día estaba en la terraza de un bar con mis amigas. Aunque todavía era abril, el termómetro de la farmacia de en frente marcaba 33 grados. Me levanté un momento y cuando me volví a sentar, la silla ardía. Entre caña y caña, una de ellas dijo lo que todas nos preguntábamos: “¿Cómo puede hacer tanto calor?” No sé muy bien cómo ni por qué pero la conversación cambió a partir de esa pregunta para convertirse en un debate sobre contaminación y reciclaje. Entre las presentes había una de cal y otra de arena. Algunas decían estar muy concienciadas, mientras otras pasaban como si la cosa no fuera con ellas. Se dijeron muchas tonterías como “qué más da, si el mundo se va a acabar igual”. Recuerdo especialmente el sugerente comentario de una de ellas: “¿Para qué vas a reciclar si luego llega el camión y lo mezcla todo?”. Sonó a broma pero no era la primera vez que lo escuchaba. Quizá es la excusa a la que se agarran quienes no reciclan. Entre el debate, la temperatura y las cervezas, la cosa empezó a calentarse y decidimos poner un punto y aparte en la conversación. Aún así, yo me quedé con la duda: ¿Qué es la concienciación ambiental? 

Hace no mucho leí que quemar combustibles fósiles mata más que una guerra, aunque, claro, de una forma más indirecta y sinuosa. Sequías, inundaciones, calentamiento del agua, tormentas, olas de calor,… Nos estamos cargando el planeta. Ahora mismo, mientras cada uno va a lo suyo, hay cientos de tuberías inmensas que no paran de echar vertidos químicos al mar en todas partes del mundo. ¿Y qué hace el ser humano para contrarrestarlo? Tomar medidas valientes y proporcionales al problema. ¿Como qué? Pues algunos –que ni siquiera la mayoría– dividimos la basura en cuatro: “Aquí pongo el plástico, aquí el vidrio, este otro para el cartón y al orgánico lo que no sé dónde va”. Y hala, ya estaría. Pero, a la vez, tenemos el grifo de la ducha dos horas abierto mientras estamos en TikTok; abrimos las ventanas de par en par mientras la calefacción está puesta como si calentase un iglú; dejamos el cargador enchufado todo el día para no tener que hacer semejante esfuerzo de cogerlo cuando vuelva a conectar el móvil; estamos con la luz porque da pereza levantarse a subir la persiana; dormimos plácidamente con el sonido de la televisión de fondo; o sacamos el coche del garaje para recorrer tres calles y media. Son algunas de las muchas estupideces que hacemos. Me incluyo. Pero, oye, si dividimos la basura ya nos colgamos la “medallita” y, sin saber casi ni qué es, decimos estar muy concienciados con el medio ambiente, el cambio climático, bla bla bla… ¿Eso es concienciación ambiental? No es solo lamentarse ante el problema, también implica actuar para intentar solucionarlo. Intentarlo de verdad; de nada sirve a medias. Los pequeños cambios en tonterías como esas mejorarían mucho las cosas. Porque quienes podrían hacer grandes cambios no están muy por la labor. ¡Sorpresa! La preocupación de las empresas, por el medio ambiente, en la mayoría de casos, está dirigida a cuestiones de imagen y de publicidad. A algunos políticos la concienciación ambiental les llega –si acaso– cuando se acercan las elecciones. Y a otros ni eso. Hace solo unos meses en un acto para jóvenes, el vicepresidente de Castilla y León por Vox les invitaba a dudar si el CO2 realmente contamina. ¿Qué vamos a cambiar así?

Los humanos somos seres llenos de contradicciones. Estamos todo el día preocupados por nuestra propia salud y nos olvidamos de la salud de lo que nos rodea y de la que también dependemos. La salud del planeta. ¿Cuánto tiempo le puede quedar? Nos lo estamos cargando nosotros solitos y no lo vemos. O sí. Sea como sea, cuando queramos reaccionar ya será tarde. Porque no sólo las sillas del bar, todo el planeta arde poco a poco. Pero bueno, si no vamos a cambiar nada más, al menos, separemos la basura. Porque no; el camión no llega y lo mezcla todo.

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