Las heridas de un cuerpo amotinado

Andrea Aragón//

La fisura entra por las manos es el nuevo libro de Patricia Figuero Correa, publicado el pasado enero por Libero Editorial, en el que la autora aborda temas como la infancia desgarrada, la rebelión del cuerpo o el miedo a la enfermedad y la muerte.

Patricia Figuero Correa (Madrid, 1975) decide echar sal a las heridas. A través de La fisura entra por las manos, escoge diferentes etapas vitales y las disemina para hablar de una infancia magullada, de una madurez seca y de una vejez áspera que, en conjunto, supuran dolor pero también rebeldía.

La autora se posiciona en los márgenes de una vida para repasarla y para, desde esa perspectiva, apelar de manera directa a distintas personas que han configurado dicha vida. Así observa a las abuelas desde un recuerdo cargado de cariño innato, como las grandes consejeras de la infancia: “Lo decían las abuelas: tened cuidado cuando volváis tarde, y se quedaban junto a la ventana con la luz encendida y se tejían entre los dedos margaritas y guardaban crisálidas dentro de los bolsillos de su bata roída”.

Figuero Correa expone la violencia de una infancia, de una niña, de una “mancha rosada tan inmensa que asusta”. Es una criatura quebradiza pero fuerte, que toma dicha violencia para darle la vuelta y reivindicarla para sí: “Algunos hombres no sabrán qué hacer cuando descubran que no queremos parecernos a sus zapatos, que ahora tenemos nuestro propio conjuro anudado a un rosal y que mientras alzamos nuestra vergüenza, con las manos silenciamos a las bestias”.

Cuando apela al padre, ecos de esa violencia pasada resuenan todavía: “esa estirpe que despelleja conejos muertos con la misma calma de quien traza líneas rectas sobre la espina dorsal de una fotografía antigua”. En este caso, es una crueldad que también hace propia (“yo sola me basto para desatar los galgos colgados de los árboles, yo sola me puedo vendar los dientes”), y a la vez transforma, la modifica para convertirla en algo más puro, “¿y si lo dijeras tú, padre? ¿Y si acercaras tu vientre al mío y en el temblor pronunciaras nosotras?”.

Así se produce una transformación en la que la niña parece convertirse en la madre de su padre, una nueva figura cargada de comprensión y amor que se dirige a un padre-niño cuya infancia también fue maltratada: “yo, padre, recogería tu cuerpo liso e inocente de entre los páramos y lo acunaría con guirnaldas de primavera alrededor de nuestros cuellos desnudos, muy despacio te cantaría una nana en el centro de tu ombligo y entendería que a ti tampoco se te permitió ser raíz ni jardín ni una piel infinita debajo del uniforme”.

Patricia Figuero Correa
Patricia Figuero Correa. Créditos: Isabel Wagemann

Con su prosa poética, la escritora remite también a una madre asociada al hogar. Desde aquí reconoce otra infancia tortuosa, la de esa madre ligada al campo, a la vida de labrador, a la dureza de la tierra: “que sus vértebras no carguen la sequía de las mulas”, “que el pasto de tu orfandad siga tejiendo la azada”, “nunca temiste la arcilla ni el grito en el cuenco nunca ocultaste la cicatriz del pobre ni la cavidad que se abre en los estómagos vacíos”. Esto le sirve para pedir perdón por sentir vergüenza de la pobreza, por creer que el hambre es una humillación, le sirve para abrazar a esa madre-niña, para nombrarla y honrarla: “tú defendías tu sangre de arado golpeando a los hombres con tu fe de hoguera”, “Lo siento, madre, cómo pude olvidar que guardas en tu piel la sabiduría del barro, cómo pude escupir sobre tus ramas o en la memoria de tu trenza”.

Por último, hacia una hermana se demuestra una admiración profunda, vista aquella como una figura fuerte, casi beata: “te veía como una orquídea que con su belleza erosiona la roca y es capaz de matar los gusanos que crecen en la almohada”. Es el familiar al que trata de imitar esa niña violentada, esa hermana pequeña que plagia los gestos de la mayor: “yo quería ir detrás de ti a cualquier lugar que tú fueras subirme a tus huellas y caminar así yo también”, “a veces abría la ranura de un armario y olía tu ropa la estrujaba contra mi pecho y me la ponía para parecerme a ti”.

Cuando el personaje niña crece, Figuero Correa plasma a una mujer más sólida, una consciente de la realidad opresora que la rodea y dispuesta también a revelarse contra ella. Se declara en contra de las figuras, generalmente masculinas, que tratan de apresarla y amonestarla: “hay un hombre con el torso árido que arroja pájaros rotos sobre mis manos”, “una memoria recuerda el peligro del caos, esa puerta no se abre, mujer, persigue mis pasos por el puente, llega hasta mi lecho y escupe, escupe como caníbal pero yo hace tiempo que cubro la picadura con arcilla y he convertido mi cuerpo en un espacio de liturgia”.

Para esta mujer, es importante reconocerse en aquello que la sesga, “mujer, edad, lugar”, para poder así “atravesar cada intersección”, construirse a sí misma y desde esa postura consciente rebelarse: “recordad que autodefensa también es devorar vuestras camisas limpias, que no quede impune lo torturado así me acuséis de inmisericorde cuando vea vuestras alcobas arder y no grite, así nombréis ofensa mis delgadas rodillas manchadas de ceniza”.

La autora incluye además de la fiereza de este personaje, algunos de sus miedos, como la vejez o la enfermedad. Tiene miedo por desconocimiento, le asusta no saber cómo será, a dónde la llevará el enigma de “descifrar el revés del cuerpo”, lo malo que alberga. Y no solo habla de la muerte con símbolos como el árbol del Teneré, sino que también incluye el papel de las personas que contemplan al enfermo, al moribundo: “sospecho de quienes desprecian lo que palidece en el torso, sospecho de todo aquel que reclama el brillo indisoluble en las encías, son los mismos que en lugar de gasas ponen lombrices sobre la frente agonizante y deambulan como devotos alrededor de la corola encendida”.

Porque este tipo de personas son las que desprecian la podredumbre de la carne, las que solo soportan una materialidad firme, un cuerpo compacto y terso, son el tipo de personas que no entienden que “allí donde no hay peligro de muerte ni raíz que partir tampoco existe milagro ni posibilidad de hallazgo”.

Ficha técnica:

Título: La fisura entra por las manos

Autora: Patricia Figuero Correa

Editorial: Libero Editorial

Año: 2022

Número de páginas: 76

ISBN: 978-84-123651-3-9

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