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Viva Guanajuato: tradiciones que llegan a la frontera norte

Autores: Melina Illian Ramírez Bello, Rosanne Quintana Chang y Fernando Domínguez Pozos

Centro y norte de México convergen en una celebración que une a generaciones y geografías por medio de la música. Las callejoneadas con raíces en el centro de México son un recorrido musical encabezado por estudiantinas o tunas (grupos de músicos originarios de España) que recorrían las calles interpretando canciones populares, una costumbre que con el tiempo se adoptó en distintas ciudades del país. Guanajuato es reconocida por esta tradición, donde turistas nacionales e internacionales recorren callejones y espacios coloniales en donde, con sonatas jóvenes, hacen la narrativa de mitos y leyendas del lugar.

Hoy, esta tradición también se puede vivir en Tecate, el pueblo mágico de Baja California, y, aunque pequeña, logra crear un escenario único, llevando la ambientación de los callejones del centro de México, a las calles principales de un pueblo fronterizo. Así, la música une territorios distantes, transformando cada recorrido en un puente cultural entre regiones.

Tuna de Tecate

La versión fronteriza de la callejoneada inició en El Mejor Pan de Tecate, lugar que ha sido punto de partida en las cinco ediciones anteriores. En la panadería, alrededor de las 7 de la tarde, las personas comenzaban a reunirse, atraídas por “Lola” y “Cornelio”, dos mojigangas (figuras gigantes de cartón, papel maché y telas) elaboradas por artesanos oaxaqueños que vestían el uniforme característico de la Tuna Real de Tecate, un vestuario negro y cintas rojas. Los anfitriones aprovecharon el momento de reunión para agradecer al establecimiento por ser la “casa de las callejoneadas” una vez más. Así, esta callejoneada de origen guanajuatense pero adoptada por bajacalifornianos dio inicio con su primera canción.

Mojigangas

Caída la tarde cálida del verano tecatense, en el recorrido frente al parque del centro, el cielo se teñía de rosa capturando la esencia de la ciudad. La tuna invitada comenzaba a entonar una canción que con los años ha tomado un significado especial para todos los mexicanos, pues en cualquier parte del mundo con tan solo entonar Ay, ay, ay, ay, canta y no llores”, del Cielito Lindo, los mexicanos se hacen notar. Así, el recorrido comenzaba a capturar cada vez más la emoción de los presentes, quienes con efusión y a una sola voz cantaban la emblemática música mexicana, mientras algunos otros sacaban sus celulares para documentar el momento.

Atardecer en Tecate(1)

Después de unas cuantas canciones, la callejoneada llegó a la primera parada, y en cada una de estas se encontraba una razón para celebrar. La Tarasca, una tienda de artesanías mexicanas en el Pueblo de Tecate, fue una parada obligatoria desde los comienzos de este festival en la ciudad, el cual este año, recibió con gran cariño y amabilidad a toda la comunidad con pequeños cantaritos de barro llenos de Charanda, un aguardiente tradicional, que calentó las gargantas de los presentes para continuar entusiasmados el resto del recorrido. Tras un buen trago y una buena canción, fue el turno de la Tuna anfitriona de poner a bailar y cantar a su público, al ritmo de “Puro Cachanilla” de Vicente Fernández, canción que forma parte de la identidad de los bajacalifornianos, todos se unían con orgullo al coro Soy de Baja California, Norteño de corazón. En medio de la emoción, una señora se unió al baile con el panderetero, y entre risas bromeaba: “¿Seguimos nosotras, no? Uyy, estamos baile y baile”, tropicalizando el fenómeno guanajuatense en una auténtica verbena del mero noroeste de México.

Lo especial de las serenatas son la honestidad con la que salen del corazón, y en esta callejoneada se vivió un momento así. Pasadas las ocho de la tarde, casi por terminar el recorrido, la callejoneada dejó atrás la Avenida principal Benito Juárez para dar paso a la calle Presidente  Elías Calles, un escenario mucho más estrecho, lo que convirtió el ambiente en uno más íntimo. Desde ahí, resaltaba al fondo el edificio rojo y el tradicional letrero del logotipo de la cervecería Tecate, originaria y característica de esta ciudad. Algunas señoras se servían más vino en sus vasos, bailaban y reían al ritmo de la música, mientras al otro lado ocurría un momento muy emotivo: la Tuna invitada de Ciudad de México se reunía poco a poco alrededor de una muchacha en silla de ruedas para cantarle especialmente a ella la Serenata Huasteca de Pedro Infante, “Qué voy a hacer si de veras te quiero, ya te adoré y olvidarte no puedo”, coreada al unísono por la Tuna y el público, acto que conmovió hasta las lágrimas al joven que la acompañaba. Este momento de la noche demostró que más allá de una simple fiesta, es una experiencia que forma una comunidad, pues no solo se comparte un recorrido, se comparten risas, lágrimas, bailes y cantos, uniendo tanto a niños en los brazos de sus padres como a adultos mayores.

Tunas

A pocos metros del final de la callejoneada se encontraba el último puesto a cargo de unos jóvenes locales que realizaron una dinámica diferente  para la diversión de quienes pasaban por este, convirtiendo un simple momento de cortesía en una serenata colectiva, “cantando por un pan”, dijeron quienes se reunían. Los jóvenes estaban intercambiando cochitos de pan de piloncillo a cambio de una serenata personalizada, lo que convirtió el momento en una demostración de talentos con canciones mexicanas.

Finalizando con un concierto en el parque y al ritmo de la bikina, ambas tunas demostraron su amor por la ciudad y por su público, logrando unir a locales y turistas en una envolvente noche de música y tradiciones. Porque en momentos donde la cotidianidad está en grabar y tomar fotografías, no solo vivir y estar presente en el evento es especial, sino verdaderamente sentirlo: sentir la música, el cariño detrás de quienes la interpretan para su público, el recorrido por la ciudad acogedora y sobre todo la comunidad que se forma, quienes, entre cantos, bailes y aplausos, hacen la fiesta. Porque, como mexicanos, sabemos unirnos para convertir una tarde en disfrute y diversión. Esa es la esencia de nuestra cultura, y no siempre nos detenemos a pensar lo bonito de esto. Por una vez en la vida, quienes están compartirán esa emoción aunque sea solo del momento, y lo que se vivió fue único y especial, por quienes lo hicieron así con su presencia en la ciudad que más cerca está del territorio nortemaericano, pero que más fuerte tiene un arraigo en las raíces de México: Tecate.

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