Anábasis benetiana en Rueda
José Antonio González-Blanch (Instagram: @pepe.g.blanch) //
Once años atrás me puse en contacto con el pintor Eugenio Benet (Instagram: @eugniobnt), a quien no conocía, para preguntarle dónde estaba un cuadro suyo que descubrí movido por la curiosidad hacia todo lo de su padre, el escritor e ingeniero Juan Benet. No recuerdo si en Iberlibro o Todolección había comprado una monografía de Rafael Calvo Serraller titulada “La tertulia de los Juanes, en José Luis”, como su cuadro, en el que aparecen dos escritores señeros de la literatura española de la segunda mitad del siglo XX, Benet -en adelante a veces don Juan, como le llamaban amigos y familiares- y Juan García Hortelano, junto a otros personajes conocidos. Algunos me eran familiares (el actor Sancho Gracia, los periodistas Javier Pradera y Pablo Lizcano, el político Joaquín Leguina) y otros me sonaban más o menos; casi todos han muerto, como los epónimos de la estampa.
El cuadro era luminoso aun jibarizado en una reproducción más pequeña que un folio. Una espléndida mañana madrileña, matizada por estores verticales, entra por el ventanal detrás del grupo de quince retratados, que forman un círculo alrededor de tres mesas copadas por vasos y botellas, dominados, como no podía ser de otro modo, por García Hortelano, de pie, mirando al espectador, y don Juan, que parece estar en posesión de la palabra con un dedo levantado a la altura de los labios. El grupo no está orquestado. Unos parecen pendientes del momento pictórico, otros abstraídos o escuchando. Detrás se atisban varias parejas de oyentes y a la derecha, casi fuera de campo, un camarero con una bandeja a cuestas mira con ojos desorbitados. En la calle se ven coches aparcados. El pintor, se diría, no solo quiso retratar a cada integrante de la tertulia sino captar una atmósfera, y lo consiguió a partir de fotografías y recuerdos. El retrato de Benet se inspira en una foto que se puede ver en el catálogo de una exposición que le dedicó el Colegio de Ingenieros de Madrid. La escena nunca se dio como aparece, el grupo nunca posó para Eugenio Benet, lo que hace más admirables su instinto y destreza para crear el conjunto y el aire del cuadro, fechado en 1997, cuatro años después de la muerte de su padre.
Pero no soy Ruskin y el arte se presta tan poco al trasvase en palabras como una pieza de música o una comida, así que tomo la senda del egotismo. Hay una empresa de Madrid en la que los comerciales inoportunos o las llamadas que no apetece atender se remiten a un tal Juan Benet. Lo menciono, no sin pudor, porque me parece la cifra perfecta de mi obsesión por él. No contento con leer y hacer acopio de primeras ediciones lo impongo como santo y seña en mi lugar de trabajo. “Eso lo tiene que ver el señor Benet”. “Llame mañana y pregunte por Juan Benet”. “El señor Benet tiene un horario caprichoso, lo siento”. Quiero creer que al propio don Juan le divertiría semejante charada (hay testimonios de sobra de su gusto por la subversión cómica): verse citado en una oficina de Madrid como si fuera una presencia inminente igual le recordaba un personaje de una obra de su predilección: el convidado de piedra del Tenorio.
En mi primer contacto vía Facebook con Eugenio Benet callé estas extravagancias. Me limité a declararme admirador de su padre, elogiar su cuadro y contarle que había enmarcado la reproducción para tenerla a la vista en casa. Semanas después, cuando ya había olvidado el asunto y me daba por ignorado, me contestó por la misma vía que el cuadro estaba en las Bodegas Mocén, en Rueda. Le agradecí la respuesta e hice votos para ir a verlo algún día. Tuve la tentación de añadir que era misterioso que una obra avalada por un crítico como Calvo Serraller fuera poco más que un secreto imposible de escudriñar por los buscadores de la red. La visita virtual a la pinacoteca de la bodega lo muestra seccionado por la barandilla de la entreplanta, con lo que es imposible apreciarlo. Es un cuadro olvidado del mundo. Pero no en mi casa: la reproducción enmarcada ha estado estos años apoyada en la Historia de la Literatura Universal, diez tomos, de Riquer y Valverde, bien a la vista en la biblioteca del salón. El flequillo de don Juan es uno de sus manes, y no descarto su influencia en el incidente que viene a continuación, digno de Auster, tan improbable que admite invocar poderes taumatúrgicos como explicación.
En Madrid proliferan las empresas dedicadas a vaciar casas. Organizan jornadas de puertas abiertas de dos o tres días en las que extraños compran los objetos que contienen desde el salón hasta el cuarto del servicio. Su misión es limpiar el continente como un pescado para hacerlo más apetecible al paladar del mercado inmobiliario. El negocio está en vender sofás, mesas, la nevera, cuadros. Los libros, mi objetivo, valen tanto como los trapos de cocina. Al final de esa cadena trófica los parásitos nos alimentamos de ellos a precios de risa. Si una primera edición de Lorca llegara a esos arrabales del comercio, la señora sentada en la puerta con su mesita y la caja de caudales encima lo despacharía a cambio de un euro con una sonrisa seráfica acompañada de un comentario maternal, qué viejito; probablemente añadiría algo sobre la trasnochada costumbre de leer en papel. Unas veces la visita es un fiasco, solo sirve para atisbar cómo viven los ricos; otras uno sale de allí con los dedos estrangulados por bolsas sobrecargadas de papel.
Aquella tarde de marzo había cola en la entrada del edificio de Pintor Rosales con el chaflán en curva y los balcones dispuestos en curiosa simetría de inspiración art decó: señal de que el género valía la pena. Las primeras horas de la jornada de puertas abiertas suelen ser con cita previa. Después la entrada es libre con un aforo limitado, no pueden comprimir una casa particular con gente de la calle, de modo que alguien se queda en la entrada del edificio para asegurarse de que el aforo respeta el principio de Arquímedes: salen tantos como entran. Como los libros no son la prioridad de los otros compradores se les puede dar ventaja; llegué sobre las cinco, la rapiña había empezado siete horas atrás. El piso estaba en la octava planta y al entrar nos dejaron claro que usáramos la escalera de servicio, ante cuyo ascensor esperaba más gente, así que me animé a subir a pie y pude comprobar que en esa casa señorial hasta la zona menos noble radiaba lujo, con vitrinas de colores, mármoles y pasamanos dorados.
Dieciséis tramos de escalera después entré hiperventilando en el bullicio de compradores ávidos de chollos. En el vestíbulo había una pared mal iluminada llena de libros; me resigné a buscar la mena en medio de la ganga de bestsellers y manuales de medicina. Pronto encontré alguna pieza interesante y lamenté, a la vista de las calvas en las estanterías, no haber madrugado esta vez. El que formó esa biblioteca era un lector con gusto, políglota, de intereses variados, con preferencia por la ingeniería y San Sebastián. Había bastantes libros de Benet a los que normalmente -en Moyano o una librería de viejo donde hubieran pasado por manos de profesionales- no prestaría atención porque los tengo; aquí quise hojearlos siguiendo una quimérica intuición…. “Para Josefina, ella sabe con qué”, se leía en la página de respeto de un ejemplar de su última novela, “El caballero de Sajonia”, y debajo su firma. Me sobresalté como el ludópata al ver la misma fruta alinearse por partida triple en la máquina del bar. Abrí otro libro de Benet, “El aire de un crimen”: “Para Alberto, el aire de una pasión”. Trepidando comprobaba todos los libros de Benet a la vista, y casi todos iban con su dedicatoria; y no solo los suyos, también los de García Hortelano y otros nombres con un aire de familia benetiano: la periodista y escritora norteamericana Barbara Probst Salomon (colaboradora en la mítica fuga de Cuelgamuros que ideó el hermano mayor), Rosa Regás, Eduardo Chamorro, y hasta su madre, Teresa Goitia, que en 1979 publicó una curiosa autobiografía, “Recordando mi vida”. Los fui apartando hasta formar un rimero considerable, exultante y nervioso, con ganas de salir a la calle a recrearme en las presas cobradas y a la vez ansioso de seguir buscando en otras habitaciones donde se podrían esconder más tesoros. El ludópata, no importa su suerte, siempre quiere más.
A la vista de lo acumulado en las estanterías del vestíbulo, me atreví a pedirle a las señoras de la entrada, con su mesa y su caja de caudales, que me guardasen el botín mientras seguía mirando. Ya no tenía dudas: aquel piso era o había sido de la familia de Alberto Machimbarrena, amigo de la infancia de don Juan; una persona capital en su vida como él mismo atestigua en la cronología biográfica que elaboró a finales de los setenta. Me interné con una sensación de vergüenza familiar en ese trance, aprensivo de toparme con un conocido, encuentro que sería no menos vergonzante que en un burdel o la cola de paro. Una vez la muerte o la ruina han hecho su trabajo, las termitas como yo ahora hacíamos el nuestro en la intimidad aún caliente del hogar ajeno. Los precios del Rastro o de un anticuario eximen de la indignidad de hurgar los muebles y enseres huérfanos de sus dueños en la misma casa en que vivieron.
El piso era espectacular, trescientos metros cuadrados abiertos a una vista limpia del parque del Oeste, con la terraza circundando el salón de varios ambientes. Hubiera querido entregarme a lo que llaman porno inmobiliario, pero iba de una habitación a otra con la mirada humillada, restringido el campo de visión al objeto de busca. Así encontré, por ejemplo, el raro ejemplar de “Teatro civil”, una edición no venal de la Orden de Caballeros de don Juan Tenorio, un grupo de amigos entre los que se contaba Pepín Bello y Domingo Ortega, con un prólogo en el que Benet ya ensaya su humor solemne y fotos de varias representaciones, en una de las cuales hizo de marinero, uniforme blanco y sombrero incluidos. Supongo que desde el prisma bibliófilo la mejor captura fue un tomo de sus memorias dedicado por Pío Baroja en noviembre de 1948: “A mi querido amigo Alberto Machimbarrena”, reza. La enrevesada grafía del apellido se le resistió, comprensiblemente, al primer intento: tiene una pequeña tachadura sobre escrita. En uno de sus textos más celebrados, “Barojiana”, Benet cuenta que empezó a visitar la tertulia de don Pío en 1946, y que Machimbarrena y él no se ponían de acuerdo sobre quién introdujo al otro en ella.
El corazón acelerado, bañado en sudor, con más libros desbordándome los brazos, llegué a una habitación pequeña. Entre la puerta y una estantería había un cuadro de un tamaño mediano en el suelo. Cuatro amigos posaban en un bar, dos de los cuales no me fue difícil identificar. Mis trepidaciones devinieron en arritmia cardiaca. Don Juan me miraba con su flequillo cano y sin el bigote faulkneriano de sus últimos años; a su lado García Hortelano, con una cazadora blanca, sacaba un cigarrillo del paquete. Los señores que les flanqueaban, uno con gorra inglesa y pipa y el otro con chaqueta y corbata, no me sonaban. ¿Era posible? Levanté el lienzo a la altura de la cara. Los dos escritores eran inconfundibles. El retrato representa un instante de finales de los setenta o principios de los ochenta, anterior al de la tertulia de José Luis. El señor de la pipa y la gorra, al que más tarde identifiqué como el propio Machimbarrena, está un poco adelantado sobre el trío de amigos apalancados a su izquierda en la barra de lo que parece un bar de carretera; los cuatro tienen edad parecida, los cincuenta años de hace tres generaciones, y se muestran relajados y contentos. Detrás de ellos se ven expositores de chicles y cigarrillos y una ringlera de revistas sujeta con una cuerda, un detalle de otra época, cuando todos los puntos de venta eran pocos para la prensa escrita; encima un ventilador de techo y dos lámparas rectangulares, la principal fuente de luz; la luz natural solo se discierne en el señor con barba que al fondo a la derecha mira hacia afuera.
Llevé el cuadro a la caja improvisada de la entrada. El precio era absurdo por ínfimo. Mientras me hacían la cuenta a razón de cincuenta céntimos el libro (un ejemplar dedicado por Baroja a cincuenta céntimos, la realidad siempre desborda la humilde escudilla de nuestras expectativas) pregunté a quién pertenecía la casa y si sabían algo sobre el cuadro. “Ese”, la vendedora señaló a Benet, “era el dueño”. Yo porfié un poco ofendido: no, ese no podía ser el dueño porque era Juan Benet, un escritor… a qué seguir, me dije, y fingí dudar sobre mi propia certeza, y pagué y salí de allí con varias bolsas henchidas y grávidas y un cuadro en precario equilibrio, sin embalaje o protección alguna, temeroso de golpearlo pero aún más de que me lo custodiaran en ese ambiente confuso y correr el riesgo de que lo volvieran a vender o lo rompieran o lo perdieran. En el ascensor, al que no tuve más remedio que recurrir, me apreté con dos señoras ligeras de compras, en patente contraste con mi impedimenta; se quedaron mirando a don Juan y sus amigos, y no sabiendo qué decir, por aparentar simpatía, alabaron el marco de madera repujada.
La duda me reconcomía. No veía la firma en el lienzo ni en su reverso. El retrato de los cuatro amigos compartía algún rasgo de estilo con el de la tertulia de los Juanes, el más llamativo para un lego la cara de García Hortelano: facciones, entradas, labios eran intercambiables. Benet, sin embargo, parecía en otro avatar de su vida, más joven, quizá también menos distinguido sin el bigote. Consideré la posibilidad de que el autor fuera Eugenio pero era demasiado improbable, y no me atrevía a importunarle con la consulta. Sin embargo, al día siguiente, la duda reanudó el asedio y venció mis defensas con un argumento bifurcado: a Eugenio le interesaría tener noticias de un retrato de su padre, no importa de qué mano, y de la familia Machimbarrena, el remate de cuyos muebles y enseres seguiría accesible a cualquiera dos días más, igual se acercaba. De modo que adjunté una foto del cuadro, le pregunté si sabía algo de él y le pedí que identificara al cuarto personaje a la izquierda. Contestó de inmediato. El cuadro era suyo, un encargo de Josefina, y el cuarto personaje se llamaba José Espinosa, “El Almirante”; estaba fechado en 2000 y firmado por él en un azulejo de la barra entre García Hortelano y Benet junto al título: “Alberto y las 3 Jotas repostando en Galapagar”. Estupefacto comprobé que en efecto la carta robada estaba allí: en la parte baja, entre las piernas de los dos escritores, camuflada por el ocre de la barra, se podía leer toda esa información. “Hostia”, escribí en mi siguiente mensaje. Eugenio me pidió que lo cuidara y que estaría encantado de recuperarlo si me estorbaba. Mi respuesta, estimulada por la adrenalina, fue que me estorbaba más mi hijo de diez años: “Si me da su dirección se lo envío”. Para no quedar como un idiota rapaz añadí que con gusto le daría un ejemplar de “Puerta de tierra”, un libro de ensayos de Benet dedicado por sus padres en comandita a sus amigos los Machimbarrena.
Acordamos vernos esa misma tarde. Camino de la cafetería, con el libro prometido en un sobre, reparé aprensivo en el cortocircuito del que era agente: un objeto personal que pasó de una mano a otra en virtud del afecto llegaba a mí sesenta años después por los azares del comercio y ahora yo lo devolvía a su heredero moral, que bien podría reclamarme el resto de la herencia rapiñada. A los que compramos cosas antiguas nos cuadra el aserto de Janet Malcolm sobre los periodistas: cualquiera que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible. Libros, cuadros y muebles cambian de manos porque estorban a unos herederos sin la aquiescencia de otros que quizá hubieran preferido evitar la transacción, conscientes de que con el objeto vendido se pierde sin remedio una parte de su aura, la memoria de sus primeros propietarios.
Eugenio se levantó al verme entrar. Filiforme como su padre, el parecido era aún mayor de cerca. El pelo lacio despistaba pero ahí estaban la nariz aquilina y la mirada irónica de don Juan. Él había resucitado a su padre en dos cuadros y yo me estaba tomando un café con su espectro, como en cierta forma todos los hijos lo son. Sacó el libro del sobre y leyó para su coleto la dedicatoria de puño y letra de Nuria Jordana, la madre. Confesé que aún no había ido a Rueda a ver el original de “La tertulia de los Juanes”. Me contó que lo empezó con su padre aún vivo y lo terminó años después, no sin esfuerzo, al contrario que el que ahora obraba en mi poder, menos trabajado. Hablamos también de lo rara que es la vida. La conversación me supo a poco y sin embargo la recuerdo mal por la turbación de estar ante la imagen vicaria de don Juan.
“Donde nace el arte” es el lema de Bodegas Mocén, pero también podría ser “Donde muere la paciencia del visitante (con moderadas inquietudes enológicas)”. Antes de llegar a la pinacoteca uno debe someterse a una visita guiada de una hora y media en la que se le instruye sobre los orígenes y los tesoros del lugar, el Xanadú de José Luis Ruiz Solaguren, que empezó de limpiabotas, se hizo tabernero y con la tortilla de patata como plato estrella erigió un emporio de la restauración al que no le faltaba su apéndice cultural, el lugar donde nos encontrábamos, destino de las varias colecciones que hizo en vida. Bodegas Mocén pertenece a su modo a la estirpe de la Frick Collection o la Morgan Library, mementos de una vida acumulando riqueza; la diferencia cualitativa hay que atribuirla al origen de las respectivas fortunas de los fundadores, la tortilla en este caso, el carbón y la banca en el de los oligarcas americanos, pero el espíritu es el mismo, la transferencia del prestigio de lo atesorado a la memoria del dueño. A este Xanadú no le faltaba su Rosebud, la semilla del árbol: la caja de limpiabotas a la vista en la primera estación de la visita, una taberna decorada profusamente con fotos taurinas, Manolete y Hemingway multiplicados en las paredes.
Luego empezó el descenso por una espiral de galerías que hacen las veces de cava hasta una profundidad de treinta metros bajo tierra. Dejamos una mañana de primavera calurosa y nos internamos por escaleras de caracol y pasillos con arcadas de ladrillo rojo en dependencias húmedas y frías olorosas a vinagre, con puntos de luz en el suelo que creaban un ambiente de catacumba, las caras en claroscuro, las voces resonantes. El efecto hubiera sido más persuasivo si, como en un cuento de terror, la guía, en camisón, portase una vela en la mano que iluminara barricas legañosas y botellas polvorientas mientras enumeraba las personalidades que nos antecedieron en el lugar, cada una de las cuales tenía su propio mosaico de azulejos enmarcado con su nombre, profesión y la fecha de la visita, cientos de nichos conmemorativos de folklóricas, toreros, periodistas y políticos. Eran tantos que se les deslizaron erratas al editarlos; por un momento temí encontrar el recordatorio de que tal día estuvo allí Juan Venet, su mosaico entre los de un futbolista y un embajador de Japón.
En la galería más profunda un boquete marcaba la dirección por el que con el tiempo, nos explicaron, seguirían excavando. El monóculo negro en la roca parecía contemplarnos sin clemencia. Acepté su condena por ser comparsa de aquella profanación subterránea. ¿Qué hacíamos ahí un sábado por la mañana, entregados a esa extraña espeleología? No habíamos venido a eso. Por suerte una vez tocado fondo solo podíamos ir hacia arriba y lo hicimos por otros vericuetos que no eran los de ida pero mantenían el patrón decorativo de alternar aperos vitícolas y mojones del pseudo famoseo. Uno de los que ocupaban más espacio era el de Cela, que vino con su corte poco antes de morir a inaugurar la biblioteca que luego visitaríamos (¿pero el cuadro de don Juan cuándo?) y tuvo que ser trasladado y alzado por ese edificio inverso de varias plantas en silla de ruedas. A Cela le estaba destinado lo que llaman un rincón: una sisa en la roca donde cabe una barrica con su firma, varias fotos de la efemérides y el consabido mosaico de azulejos.
Cuando salimos a la luz del día nos llevaron a la biblioteca que lleva su nombre. Más pequeña y lujosa que una biblioteca pública, oblonga, con alfombras y mobiliario de madera, en el techo lucía un tríptico que era un trampantojo del cielo. El lugar producía una vaga sensación de atrezzo; era más el símbolo de una biblioteca que la cosa en sí. La mesa corrida del centro tenía varias sillas en los dos lados con un volumen delante de cada una, como si los monjes de aquel scriptorium hubieran sido abducidos sin tiempo para devolverlo a su lugar. Las estanterías estaban atiborradas; para que no quedara espacio libre emplearon alguna punta de ejemplares repetidos, restos de edición. La guía mencionó 20.000 libros, incunables, manuscritos valiosos. Un ejemplar encuadernado en cuero rojo llamaba la atención: “Mi lucha”. Tunear esa inmundicia y dejarla a la vista desacreditaba el lugar irremisiblemente. Después de una hora leyendo los nombres en los azulejos hasta el visitante menos perspicaz podía deducir un denominador común, casi todos eran gente de derechas de un modo inequívoco, pero eso era pasarse.
Entré en la pinacoteca adelantándome al resto de la partida, dispuesto a no perder el tiempo. Sabía dónde estaba por la visita virtual, en lo más alto de aquel pabellón a dos aguas enorme, con eco, plagado de remedos de Sorolla y Romero de Torres; a la carrera subí hasta el voladizo de la entreplanta, y bien podría haber exclamado como los mercenarios de Jenofonte: “¡Don Juan! ¡Don Juan!” ante la visión largo tiempo anhelada. Todo se esclarecía: el emplazamiento y el arduo recorrido de la visita respondían a un designio providencial para realzar la impresión en los ojos salidos de la sima; las brumas del cansancio y el mal humor se desvanecieron al transformarse como una larva la imagen conocida en una mariposa de más de dos metros. Lo que yo tenía en casa era una foto de carnet; aquello sí era la cosa en sí, el instante eterno vitrificado en el óleo pleno de luz y colores, vivo. El dedo índice de don Juan cobró un sentido nuevo. Era un dedo platónico; como el de “La escuela de Atenas”, de Rafael, conminaba al expedicionario que había llegado hasta allí a seguir ascendiendo, a no conformarse con lo trillado y lo mediocre y buscar otros pabellones de ideas y vida.
Esa tarde recordé un poema de su viuda, Blanca Andreu:
A un ciprés de la Acrópolis
Verás, ciprés, hermano
de los lirios
me recuerdas a un hombre
que amé y murió
y que era como tú alto y oscuro.
Delgado como música de cuerda
también su alma era ática
ascendía en la noche
por la secreta escala
de sí mismo
buscándose
buscando al alto cielo
como tú.







¿La lista de personajes es oficial?
Sí. El croquis del cuadro lo proporcionó Eugenio Benet, el autor.
Saludos,
José
Aquí José Benet desde México ¿podría decirme de qué población de Cataluña, supongo, provienen Juan y su hijo Eugenio?
Gracias. WhatsApp+52 6691371294
Este artículo es muy ameno, me encanta cómo cuenta la historia de la visita al piso. La pintura de Eugenio Benet es una maravilla. Creo que tendría que estar expuesto en algún museo.
Muchas gracias al autor.
Dolors
Gracias a ti, amiga, por tu atención.