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Asociación de Mujeres El Eco: El murmullo de la piedra

Aínsa tiene esa belleza mineral que, a veces, se siente un poco muda. Paseas por la Plaza Mayor, bajo los soportales que han visto pasar siglos de ferias y fueros, y todo parece perfecto, casi demasiado estático. Es la postal ideal, el encuadre que el turista busca para Instagram antes de seguir camino hacia el Parque Nacional de Ordesa. Pero si te quedas un poco más, si te sales del circuito de la foto rápida y te sientas a escuchar el aire que baja de Peña Montañesa, empiezas a notar que el pueblo tiene un pulso que no viene de los monumentos. Es una vibración humana, constante y obstinada.

Jonathan Barranquero// @jonabg__

Geógrafos colaboradores: Juan Carlos Cano Moreno y Lina Montes Montes

Ese murmullo tiene nombre propio: Asociación de Mujeres El Eco.

No es una metáfora poética sobre la acústica de las callejuelas medievales. Es una red de carne y hueso que nació hace tres décadas y que hoy es, básicamente, el sistema nervioso de este rincón del Sobrarbe. Hablé con ellas y me llevé esa bofetada de realidad rural que solo te dan quienes han entendido que, en un pueblo, la soledad es el enemigo más peligroso. Mientras nosotros, en las grandes ciudades, nos sentimos solos rodeados de millones de desconocidos, en Aínsa han conseguido que 260 mujeres se pongan de acuerdo para que ninguna se quede atrás. 

Para entender de qué hablo, hay que mirar las cifras, pero no con la frialdad de un contable, sino con la curiosidad de quien intenta entender un fenómeno físico de resistencia. Aínsa tiene unos 2.300 habitantes censados. La asociación cuenta con unas 260 socias.

Hagamos la cuenta despacio, una de cada cuatro personas que te cruzas por la calle es parte de «El Eco». Si quitamos a la población masculina de la ecuación, la conclusión es abrumadora: prácticamente todas las mujeres del pueblo están metidas en este «lío». No es una agrupación recreativa; es una fuerza civil. 

Todo empezó en 1993. En aquel entonces, España todavía olía a la resaca de la Expo y las Olimpiadas, pero en el Sobrarbe el ritmo era otro. Elena Cereza y un par de compañeras más decidieron que ya estaba bien de que la vida social de una mujer consistiera en ver pasar las estaciones desde la ventana, esperando a que el calendario dictara cuándo tocaba limpiar la casa o atender el huerto. Se inventaron una excusa para reunirse, para viajar, para colaborar con el ayuntamiento y, sobre todo, para existir fuera del ámbito doméstico. Lo que empezó como un pequeño grupo de amigas en torno a una mesa es hoy una institución que el pueblo respeta como si fuera el propio castillo. 

Hobbies para señoras

Lo que hacen dentro de la asociación podría parecer, a ojos de un urbanita cínico o de un burócrata de ciudad, una lista de «hobbies para señoras». Pero cuando te sumerges en sus talleres y ves la intensidad con la que manejan las herramientas, te das cuenta de que hay una carga de profundidad mucho mayor. No están «pasando el rato»; están salvando el mundo. O, al menos, su mundo. 

Esa música hipnótica que hacen los palitos de madera al chocar, el tintineo seco y rítmico de los bolillos, no es solo un pasatiempo artesanal. Es una forma de resistencia cultural. Cuando las socias de El Eco mueven los hilos con esa agilidad que marea, están librando una batalla silenciosa para que su historia no se borre. No están haciendo simples tapetes; están tejiendo la memoria del Pirineo. Se recorren medio Aragón, de Monzón a Barbastro, cargadas con sus mundillos bajo el brazo para participar en encuentros de bolilleras. Lo hacen para demostrar que, mientras ellas sigan moviendo las manos, el pasado sigue respirando. Si ellas paran, la tradición muere. Y ellas no tienen ninguna intención de parar. 

Asociación de Mujeres El Eco haciendo bolillos
Asociación de Mujeres El Eco haciendo bolillos

Lo mismo pasa cuando se lían a lijar y barnizar muebles viejos. Me fascina la imagen de estas mujeres atacando la madera carcomida con lija y paciencia. Rescatar lo que otros tiran, quitarle el polvo y el olvido a una silla rota para devolverle la utilidad, es la metáfora perfecta de su propia existencia en el valle. Se niegan a que Aínsa sea un frío museo de piedra para disfrute ajeno y lo convierten en un hogar que todavía tiene mucho que decir. Le dan brillo a lo que el tiempo intentó descartar, demostrando que la edad solo es un valor añadido si se sabe cuidar. 

Mientras el ganchillo, la costura o el “patchwork” van tomando forma, el hilo se convierte en la verdadera fibra óptica del Sobrarbe. En esas salas, las manos van solas, automáticas y precisas, pero las conversaciones van mucho más allá de la labor. Es entre nudos y puntadas donde se procesa la vida del valle. Allí se comparten las penas por una enfermedad, la alegría por un nieto que vuelve al pueblo o la preocupación por el cierre de un comercio local. 

No están solo uniendo trozos de tela de colores; están remendando la comunidad entera. Cada puntada es un nudo que sujeta a la vecina de al lado. Si una socia falta un par de días, el «Eco» se activa. No hace falta una aplicación de mensajería de última generación cuando tienes una red humana que se preocupa de si has encendido la chimenea o de si necesitas que te traigan algo de la farmacia. Es la red social más eficiente que he conocido jamás, y no necesita cobertura 5G.

Sabor identificatorio

Si hay algo que define el espíritu de esta asociación, es el crespillo. Si no eres de esta zona, el nombre te sonará a chino, pero para un habitante de Aínsa es el sabor de la identidad. La receta es de una sencillez que desarma: coges una hoja de borraja, esa verdura humilde y algo áspera que crece en los huertos aragoneses, la rebozas en una masa de huevo y harina, la fríes en aceite bien caliente y la pasas por azúcar. 

Parece simple, pero es un rito de paso. Una vez al año, las mujeres de El Eco se encierran a cocinar miles de ellos. El esfuerzo es titánico, pero el objetivo lo justifica todo. El domingo, después de misa, bajan a la Plaza Mayor y los reparten entre vecinos y visitantes. 

Asociación Mujeres El Eco elaborando crespillos
Asociación Mujeres El Eco elaborando crespillos

Es una ocupación pacífica del espacio público. En una plaza que suele pertenecer al turismo, las mujeres de El Eco plantan sus bandejas y dicen: «Aquí estamos nosotras, hemos hecho esto juntas y queremos que el pueblo sepa nuestra historia a través del paladar». Es un acto de generosidad que convierte una verdura de huerto en un símbolo de orgullo colectivo. 

Hablaron de viajes y se les iluminaba la cara al hacerlo

Me contaron también lo de los viajes, y se les iluminaba la cara al hacerlo. En otoño, cuando el valle empieza a oler a leña quemada y el invierno largo asoma por las cumbres de los Pirineos, las socias de El Eco hacen la maleta. Han estado en Tarragona, en la Costa Brava, han cruzado la frontera hacia Francia y han recorrido media geografía española. 

Asociación Mujeres El Eco de viaje en Tarazona
Asociación Mujeres El Eco de viaje en Tarazona

Para muchas de ellas, ese autobús que sale de la parada de Aínsa es mucho más que un transporte turístico; es un pasaporte a la libertad. Es el momento del año en el que se olvidan de las obligaciones diarias, de las comidas que preparar y de las preocupaciones de la casa, para ser simplemente viajeras. Un espacio de independencia que muchas de estas mujeres no habrían tenido de no existir esta red. Es el eco de la visión de Elena Cereza llegando hasta las costas mediterráneas o las ciudades francesas, llevando consigo el orgullo de ser del Sobrarbe, pero con las ventanas bien abiertas al mundo. 

El cemento invisible de Aínsa

Al final, después de pasar tiempo con ellas, mi visión personal es que El Eco es el cemento invisible de Aínsa. Las piedras de la muralla son impresionantes y las torres de la iglesia son soberbias, sí, pero lo que evita que el pueblo se desmorone emocionalmente son estas mujeres. Ellas son las que rellenan las grietas de la soledad y las que mantienen la temperatura humana en un entorno que, a veces, puede ser hostil por el clima y el aislamiento. 

Esto no es un panfleto publicitario, porque la Asociación de Mujeres El Eco no vende nada que se pueda comprar con dinero. No buscan beneficios, buscan vínculos. Es un modelo de resistencia frente a la deshumanización. En un mundo donde todo es efímero, digital y desechable, ellas proponen algo tan simple y tan revolucionario como juntarse a coser, a restaurar un mueble viejo o a cocinar borrajas para los demás. 

Me fui de Aínsa con la sensación de que el verdadero progreso no tiene nada que ver con la velocidad de la conexión a internet. El progreso es que una mujer de ochenta años sepa que tiene a doscientas cincuenta compañeras dispuestas a escucharla. El progreso es que la Plaza Mayor huela a crespillos recién hechos una vez al año. 

Aínsa es, sin duda, uno de los pueblos más bellos de España, pero sin el murmullo constante y valiente de las mujeres de El Eco, sería un lugar mucho más frío y silencioso. Menos mal que todavía queda gente que sabe que la vida no se registra en cifras, sino en las historias que se cuentan mientras los bolillos no dejan de sonar. Porque mientras ese eco siga resonando entre las piedras del Sobrarbe, habrá esperanza para la vida rural.


Este reportaje forma parte del Proyecto de Innovación Docente de la Universidad de Zaragoza (PIIDUZ_2 Consolidados), Comunicar buenas prácticas de desarrollo territorial en la Unión Europea en relación con los Objetivos de Desarrollo Sostenible (Quinta edición) con “Ellas son campo”.

Puedes leer el resto de artículos en la sección «Reportajes».

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