Los límites de la biología en el deporte, ¿una nueva categoría competitiva?
Zoe Rubio//
El deporte de élite se ha estructurado casi siempre a partir de dos categorías: masculina y femenina. Durante décadas se consideró que esta separación era “justa”, puesto que pretendía equilibrar condiciones de fuerza, masa muscular y capacidad aeróbica según el sexo biológico. Sin embargo, la realidad demográfica y científica hoy es más compleja. Atletas trans, intersexuales y mujeres cis con niveles hormonales atípicos han provocado que muchas federaciones revisen la validez de un sistema binario.
Las hormonas, especialmente la testosterona, han pasado a primer plano. En el caso de la categoría femenina, hay un esfuerzo por “controlar” los niveles de esta hormona para evitar ventajas desmedidas. Pero ¿de verdad tener más testosterona significa un rendimiento superior? ¿por qué se habla casi exclusivamente de las mujeres trans y no de los hombres trans o de las intersex?
El planteamiento esencial es que las personas con diferencias hormonales podrían desestabilizar la “equidad deportiva”. Pero, al mismo tiempo, es innegable que la sociedad ha avanzado hacia el reconocimiento de identidades y biologías diversas. Se exige, por un lado, que las competiciones sean justas, y por otro, que nadie se vea obligado a someterse a terapias invasivas para encajar en una categoría.
Para las mujeres trans la normativa suele exigir la reducción de testosterona por debajo de cierto umbral durante un periodo (12 meses o más). Se argumenta que así se compensan las ventajas musculares adquiridas. Aun con estos requisitos, algunos estudios observan diferencias persistentes en masa y fuerza respecto a las mujeres cisgénero. Pero ¿son lo bastante grandes como para invalidar su participación?
En contraste, a los hombres trans no se les imponen prácticamente restricciones si inician terapia de testosterona. Se asume que, aunque esta mejore su rendimiento, difícilmente superarán a hombres cis que llevan toda la vida con niveles masculinos de andrógenos. Estas suposiciones se basan en datos todavía insuficientes.
Un fenómeno es el de las atletas intersex, como Caster Semenya, que tienen cromosomas XY y órganos femeninos. Las normas de la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) han obligado a estas deportistas a reducir sus niveles hormonales para competir en categoría femenina. Muchas cuestionan por qué una variación natural debería “corregirse” con fármacos.
Tampoco se habla de mujeres cis que, de forma natural, presentan niveles altos de testosterona. Si su organismo produce más hormonas que el promedio, ¿debería obligárseles a medicarse? El asunto rebasa la cuestión trans: es un problema de biología diversa.
El respaldo científico
En el estudio Muscle strength, size and composition following 12 months of gender-affirming treatment in transgender individuals: retained advantage for the transwomen hallaron que, después de un año de supresión hormonal y terapia cruzada, las mujeres trans pierden entre un 4 y 5% de masa muscular en las piernas y algo de fuerza. Sin embargo, seguían mostrando niveles absolutos algo superiores a los de las mujeres cis, lo cual sugería una ventaja residual. Este estudio, no obstante, analiza únicamente 12 meses de terapia. Se desconoce si, pasados varios años, la brecha se reduce más.
Por otro lado, en el Strength, power and aerobic capacity of transgender athletes: a cross-sectional study se evaluaron 65 personas, incluyendo hombres trans, mujeres trans y controles cisgénero. Concluyeron que las mujeres trans mostraban mayor fuerza absoluta de agarre que las mujeres cis, aunque menor rendimiento aeróbico. Respecto a hombres trans, su fuerza no igualaba a la de los hombres cis, pero la aproximación dependía de la dosis de testosterona y el tiempo de tratamiento.
Muchos trabajos se basan en tamaños muestrales pequeños y periodos cortos de seguimiento. En realidad, no se sabe cuánto influye la experiencia deportiva previa, la densidad ósea, la capacidad aeróbica o el historial de entrenamientos.
La masa muscular y la fuerza no dependen solo de la testosterona. Existen factores genéticos, composición de fibras musculares, biomecánica y economía de movimiento. Además, hay estudios que enfatizan la importancia de los estrógenos, la densidad ósea y el sistema de entrenamiento sostenido.
Protegiendo la categoría femenina
La narrativa repetitiva de “las mujeres trans se llevan todas las medallas” persiste, aunque las estadísticas no muestren una avalancha de victorias trans en el deporte de élite. El foco mediático suele ignorar datos objetivos sobre la escasa proporción de atletas trans que logran posiciones destacadas.

Varias federaciones han redactado normas específicas para la testosterona. El COI en su momento estableció el límite de 10 nmol/L de testosterona para la categoría femenina, que luego redujo a 5 nmol/L en algunos deportes. Para que os hagáis una idea, la testosterona normal en las mujeres ronda entre los 0.5 y 2.4 nmol/L, en cambio en los hombres es de 10 a 35 nmol/L. Estas cifras a veces son arbitrarias o no contemplan diferencias de disciplina deportiva.
Obligar a alguien a suprimir su testosterona puede derivar en efectos secundarios no deseados. ¿Se justifica desde el punto de vista ético? El deporte argumenta que es para mantener la equidad, pero se corre el riesgo de vulnerar derechos humanos si no existe claridad sobre la verdadera magnitud de la ventaja.
Posibles soluciones
Algunos han propuesto una categoría abierta para quienes rompan los patrones binarios. Aquí entrarían mujeres trans que no quieran suprimir hormonas, atletas intersex y toda persona con variaciones hormonales. La categoría femenina quedaría para quienes cumplan parámetros hormonales más estrechos.

En artes marciales y boxeo, se establecen divisiones según el peso, y la gente lo ve natural. ¿Podría el deporte de élite inspirarse en algo así para las hormonas? La idea sería compleja: ¿cómo definir cortes hormonales justos? ¿sería práctico?
Otra línea sugiere tratar cada disciplina de forma distinta, pues la testosterona influye diferente en halterofilia que en maratón. Sería un proceso largo de análisis y validación que podría resultar confuso e inconsistente para el público general.
La ciencia y la ética
La inclusión de las personas trans e intersex es un tema con implicaciones de derechos humanos. Muchas veces las federaciones se ven presionadas por agendas políticas: algunos grupos claman por la exclusión completa, otros exigen la admisión sin condiciones. En medio, la evidencia científica no es tan contundente como se quisiera.
Aun así, el presidente de los EEUU, Donald Trump, ha vetado por completo el acceso a las deportistas trans con la orden, titulada «Mantener a los hombres fuera de los deportes femeninos«, que los obliga a competir en la categoría de su sexo biológico. Y, aunque el COI permita la participación de los deportistas trans en los Juegos Olímpicos, Trump ha avisado que en los de 2028, que se celebrarán en Los Ángeles, hará todo lo posible para que no puedan acceder estos atletas.
En España está vigente la Ley Trans de 2021 que permite la participación de los deportistas trans según su identidad de género. Pero desde finales de 2024, cuando el PSOE decidió eliminar la «Q» y el «+» de LGTBI, el debate resurgió, llegando al punto de que el Ayuntamiento de Toledo prohibirá a los deportistas trans competir en categorías distintas a su sexo biológico y el PP quiere presentar una proposición de ley para modificar la «Ley Trans» y la «Ley del deporte» con el objetivo de garantizar la igualdad de oportunidades en las competiciones femeninas.
Los estudios aluden al efecto de la pubertad “masculina” en mujeres trans, pero el deporte no siempre analiza la experiencia de entrenamiento anterior a la transición. Una persona con bagaje atlético intensivo podría conservar ciertas ventajas de fuerza, pero nadie sabe a ciencia cierta si, tras 3 o 5 años de supresión hormonal, la brecha persiste.
La literatura científica es más escasa todavía. Algunos hombres trans logran competir sin problemas, pero no abunda el análisis de si la testosterona extra recibida les da ventaja significativa sobre hombres cis. Hasta ahora, la impresión general es que los hombres trans no dominan las categorías masculinas, lo cual reduce la polémica.
Equidad y diversidad
En el fondo, el deporte aspira a medir habilidades humanas en contextos equitativos. Pero la biología no se limita a XX o XY, ni a un nivel fijo de testosterona. Como especie, somos diversos. Hemos aceptado durante mucho tiempo la existencia de ventajas naturales en la altura o la capacidad pulmonar de ciertos atletas, sin penalizarlos por ello.
Las diferencias hormonales, sin embargo, se han convertido en un punto de conflicto porque la categoría femenina es concebida como “protegida”. Quienes rompen esa barrera —por biología atípica o por transición— son vistos como amenazas a la misma. Pero también hay voces que denuncian transfobia y argumentan que la evidencia de ventajas insalvables no es tan robusta.

