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…A NADIE LE IMPORTA YA NADA UNA MIERDA

¿La pandemia nos volvió a todos gilipollas? Empiezo a pensar que sí. Incluso puede que en las vacunas nos metiesen algo para hacernos aún más gilipollas de lo que veníamos siendo. Más allá de los gustos que podamos tener cada uno y de las afinidades, estamos hablando de una estupidez, dejadez y conformismo que afecta a varios espectros de la sociedad actual. Por supuesto, no me moveré de mi campo, el cine, más concretamente, el cine de entretenimiento, para ejemplificar lo que quiero decir, aunque tampoco creo que hagan falta muchas metáforas ni paralelismos. ¿Que por qué, preguntáis? Esperad, vamos a hacer un breve resumen: 

// Dani Calavera

Un dictador senil, un pedófilo baboso y ridículo, que apenas sabe hablar, maneja una guerra mundial creyéndose un estratega del “risk”. Oriente arde, occidente protesta creyendo que va a conseguir algo, Europa se reúne e indigna… bla, bla, bla. Siempre ha sido igual, lo que ocurre es que ahora todos nos creemos Dios gracias a lo que tenemos en la mano. Sin salir de España, no hay más que cuchilladas y el más repugnante y retrógrado de los partidos cada vez gana más adeptos. Definitivamente, somos gilipollas. Todos nosotros. No es que no hayamos aprendido la lección, como aseguran nuestros ancianos, es que no vemos más allá de nuestro propio ego y el individualismo ha ganado la partida al pueblo, a la comunidad y al consenso. Si nadie lo evita, dejaremos de hablar en persona, porque ya no sabemos comunicarnos y lo único que haremos será postear o tuitear lo que nos interesa, esperando que alguien le dé un like. 

Somos gilipollas. Y la prueba más clara está en la cultura. 

Antes de la pandemia, antes del 2020, había pequeños avisos de lo que se avecinaba. Pero eran muy pequeños. Siempre ha habido repeticiones narrativas, eso lo sabemos todos, porque al final las grandes historias siempre tienen la misma estructura. Pero de ahí a que últimamente haya películas que, de forma literal, copien frases, escenas y planos de otras, ya no recientes, sino a veces incluso coetáneas, es escandalosamente real. Tanto, que uno mira a su alrededor, estupefacto, leyendo críticas positivas que ensalzan esas copias de copias de copias como “cine nuevo, bien contado” o “por fin una película original” o “historias nuevas para enganchar al público”. Todos estos detalles me llevan a una tristísima conclusión: a nadie le importa ya nada una mierda, porque si no, sabrían que se la están colando, o al menos, sospecharían que así es. 

El cine antes de la pandemia 

Sí, había diez Star Wars al año. Sí, había diez Superman y en el thriller occidental, Agatha Christie seguía siendo el ejemplo a seguir. Sí, para los pedantes con monóculos que lo saben todo y el resto no sabe nada, Kurosawa era la semilla en la que todos plantaban sus árboles y Bergman el espejo del cine trascendental. Sí, Intocable y Green Book son la misma película, Pretty Woman y Ocho apellidos vascos son en realidad Bienvenidos al Norte. Somos todos muy inteligentes y nadie nos la da con queso.

¡Pero! Había pequeños avisos de lo que se avecinaba, creedme. Y no son solo los que acabo de deciros, esos son ejemplos que entraban dentro de “lo normal” porque siempre ha pasado lo mismo. Una película como El orfanato de Bayona, producida por Guillermo del Toro, es uno de esos ejemplos más contundentes. Ocho minutos de ovación en su estreno, nominaciones, millones, premios… Os invito a ver un filme francés de Pascal Laugier de 2004 titulado aquí El internado. No es que El orfanato la copie, no es que tenga la misma historia. Me recuerdo en el cine viendo la película de Bayona y pensando “estos planos ya los he visto”. No sólo calca la puesta en escena, también guarda paralelismos con su trama, muy disimulados, pero los tiene. ¿Problemas? Bueno… Quizá se trate de una adaptación. Busqué información. No, no era una adaptación. Tampoco inspiración. No encontré nada al respecto. 

No soy el único que vio esta coincidencia, también os lo digo. Tampoco me extenderé en mi opinión hacia Bayona —me parece un mercenario que se vende como un autor, cuando en realidad es un empresario— y me centraré en el productor de su primer filme para el siguiente ejemplo, Guillermo del Toro. Me encanta del Toro, como a todos. Es bonachón, gordito y genial y El laberinto del fauno es de las mejores películas en lo que llevamos de siglo en mi opinión —adoro esta frase, os invito a decirla todos los días cuando no digáis cosas como “el fascismo y la guerra son una mierda que deberíamos erradicar y los políticos deberían cobrar diez veces menos de su salario” que sí son hechos y no opiniones— pero en 2014, el genio gordito mexicano estrenó su filme más aplaudido, más premiado… y con menos alma, más complaciente y menos inspirado: La forma del agua. Además de sus más que evidentes inspiraciones —es como si el director intentase decirnos con cada plano fuera del laboratorio que le encantó Amélie de Jeunet— y sus escenas más claras —casi todas—, previsibles y fáciles… ¿Oso de Oro en Berlín? Bien, de acuerdo, es un reconocimiento a su carrera, supongo. Pero que el mismo año que Tres anuncios en las afueras, este filme de del Toro arrasara en los premios gordos, es algo que funciona como confirmación de que el cine es únicamente industria y como vaticinio de lo que se acercaba, lo que se barruntaba, lo que está ocurriendo: A nadie le importa ya nada una mierda. 

Pero todo esto que os digo, ni es nuevo ni fue nuevo en su momento. Sencillamente, está tan claro como lo lleva estando claro desde siempre en mercados como Hollywood o como en el mundo musical actual, artístico —el plátano en la puta pared. Esto es un hecho— o literario —os recuerdo que el señorito Juan del Val es premio Planeta. ¿Podéis decirme un ejemplo más claro de una derecha que se ríe en la cara del ciudadano medio?— ¿La diferencia? Que ahora Dios somos todos y vive en nuestra mano. ¡Gritemos! ¿Servirá para algo? Hasta que uno de los nuestros no llegue al poder, no. No servirá de nada. En un capítulo de la maravillosa South Park, James Cameron se empeñaba en buscar el listón y subirlo, para que todos seamos conscientes de que la estupidez y la dejadez deben ser erradicadas. Este capítulo es una utopía que debería haber estado basada en hechos reales. 

South Park
South Park

La cultura de masas, el entretenimiento de masas… El dinero, que todo lo mueve, se aprovecha de algo terrible: No cree que seamos idiotas, lo que ocurre es que sabe perfectamente que a nadie le importa ya nada una mierda. Y se aprovecha de ello.

El cine después de la pandemia 

Qué bien que Parásitos de Joon-ho tuviese el éxito que tuvo. Qué bien que McDonagh escribiese Almas en pena de Inisherin, qué bien Paterson de Jarmusch, qué bien que Coixet sea cada vez más Allen —a su pesar— y que sepa hablarnos siempre de su tema pero de diferentes formas, qué bien que directores y directoras usen las plataformas para bien a veces, qué bien que Shyamalan no se haya rendido y siga escribiendo. Qué bien que Flanagan siga adaptando y contribuyendo al desafío del espectador de grandes producciones o qué bien —y me sorprendo de ensalzarla— que Netflix de vez en cuando ofrezca cosas originales —la reciente Algo terrible está a punto de suceder de Haley Z. Boston— y no basura reciclada, aunque entretenida, como El juego del calamar. O qué bien que las plataformas busquen el interés de mentes hambrientas con propuestas interesantes en adaptaciones o guiones originales como El problema de los tres cuerpos o La fábrica de sillasY tantas cosas que me dejo, desde luego. 

Desde la pandemia, el entretenimiento actual, casi en su totalidad, es el recopilatorio de los grandes éxitos de los últimos cuarenta años. Es el mismo disco, tocado una y otra, y otra, y otra vez. Y sonaba antes, pero ahora ya no hay vuelta atrás, está en todos los rincones. ¿Alien Romulus, la mejor de la saga desde Aliens de Cameron? Claro… Sus mejores momentos son las mismas frases que habéis oído en toda la saga y las aplaudís. Seguro que formaban parte, ya no del guión, sino del contrato cuando el equipo firmó para hacer la película. Las secuelas de Ridley Scott serían malas, pero al menos fueron por caminos distintos, del mismo modo que George Lucas con sus precuelas y no con las últimas entregas de la saga galáctica que… bueno, ahí están. J.J. Abrahams es otro Bayona fabricado en el mismo almacén, uno que fundó Spielberg, pero que el Rey Midas abandonó, a su suerte, para niños ricos que copian. Los pecadores es un filme divertido y tiene cosas geniales… pero, ¿16 nominaciones, en serio?, ¿Proyecto Salvación original? ¡Pero si ya la hemos visto diez y veinte veces! Está bien, sí, pero a ver, por favor, ¡no caigáis en la trampa! 

Vivimos en una era en la que los propios creadores viven en una mentira en la que crean historias basadas en las cosas que les gustan sin inspirarse en ellas, ¡si no copiándolas directamente! Demos al público historias que se repitan por si miran al Dios de sus manos mientras las ven. Demos lo de siempre una y otra vez, hasta la náusea y cuando vomiten, que vuelvan a comer. Más Marvel y DC, más estrellas, más “nuevas” propuestas, otro Batman, otro Spiderman, otro Superman diferente —¡Es la misma Stacy Malibú, pero ahora tiene sombrero!— más, más, más, ¡más! ¡Más de lo mismo, una y otra vez! Secuelas, vuelve, vuelve, vuelve. ¡Ha vuelto el personaje que esperábais! ¡Pero si nadie lo ha pedido! ¿¡Qué más da!? Gladiator 2 roza el ridículo, ¿qué más da? ¿Para cuándo una secuela de Notting Hill, ahora en el universo de Jungla de cristal? ¿¡Y por qué cojones no iban a hacerlo!? ¡Si a nadie le importará una mierda! Pero cuidado, el cine “culto” o “para minorías” que en realidad se vende con estas etiquetas precisamente para que el gran público nos creamos más cultos de lo que somos, también peca de estas vagas interpretaciones porque La sustancia es una mezcla de Cronenberg y La muerte os sienta tan bien y Pobres Criaturas de Lanthimos no es estéticamente rompedora, es Guilliam y expresionismo metidos en una batidora.

¿Harry Potter otra vez, ahora en serie? Si son fieles a la narrativa de los libros, tendrá un pase y es HBO —que son fiables, aunque recordad que es una gran empresa y como todas solo busca una cosa: el dinero— y yo seré el primer idiota que estará deseando verla porque ¡he aquí la conclusión, lectores y lectoras! 

Fotograma Harry Potter HBO
Fotograma Harry Potter HBO

Las grandes firmas juegan con un factor que ya habréis adivinado y que, desde que empezó el milenio, se barrunta y la pandemia ha usado como el clavo definitivo para cerrar el ataúd: la nostalgia. Hace poco leí un post que afirmaba: “La nostalgia nos va a matar a todos” y esto es terriblemente cierto. Todo esto tuvo un detonante definitivo en el entretenimiento y ha definido gran parte de la cultura audiovisual actual: Stranger Things. Desde Stranger Things, ¿cuántas Stranger Things hemos visto ya? Porque yo ya he contado unas cuantas Stranger Things. ¿Y vosotros, cuántas Stranger Things habéis contado? ¿Queréis que repita el puto nombre de la serie otra vez? No os enfadéis. A mí me gusta Stranger Things, como a todos. Pero he ahí el problema. Hay un gran y poderoso razonamiento, casi terrorífico, que sé que entenderéis a vuestro pesar. En los setenta se afirmó que fue una pena el éxito de Star Wars, porque nos dejó sin mucho gran cine y grandes historias que formaron unos muros muy poderosos entre el 69 y el 77. Tomad esto como queráis, pero desde 2015 y hasta ahora, ha ocurrido algo extremadamente parecido. Y es que todo es cíclico, como las grandes historias, las estructuras narrativas e incluso la puñetera política. 

El poder, chicos y chicas. El poder sabe de nostalgia, sabe que todos queremos sentirnos a salvo en la época de mejor posteridad que ha tenido la civilización occidental, sabe que el capitalismo funciona porque repite patrones una y otra vez, sabe de lo único que importa realmente, de dinero. Y ahora sabe lo último que le quedaba por saber: Que a nadie le importa ya nada una mierda. Y aunque creo que todo está terriblemente conectado, aunque creo que los ejemplos que os he dado son claros visos desde hace años de toda esta gigantesca bola de redundancia, repeticiones e hipnotismo, también queda esperanza. Y esa chispa está en nosotros, los consumidores, el público, los lectores, los espectadores. Porque la masa grita, pero el individuo es capaz de hablar con raciocinio. Recomendemos filmes cuya estructura aún no hayamos visto, hablemos de libros que aún no habíamos leído en ninguna parte, escuchemos música que nos haga erizar el vello de la nuca porque es nueva y buena. Usemos el Dios que tenemos en las manos para cosas que creamos puras. Porque los ochenta y los noventa estuvieron de puta madre, pero está en nuestra mano crear unos años treinta y cuarenta que sean memorables para las próximas generaciones. Subamos el listón y no nos conformemos con lo de siempre. Si yo, que soy idiota, me he dado cuenta, ¿cómo no vais a hacerlo vosotros? 

Invito a los cientos y miles de personas mucho más cultas que yo a compartir sus gustos con todos nosotros. Pero os voy a dar una clave, personas cultas: sustituid la arrogancia que os caracteriza por el entusiasmo. Sustituid la condescendencia y la superioridad por la ilusión. Por favor, hacedlo. 

Quizá así entre todos salgamos de este listón bajo en el que vivimos. Quizá así consigamos que a la gente deje de importarle ya todo una mierda.


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