Adiós al macho

Eduardo Ramírez

 

El concepto de “hombre” ha sufrido una gran evolución a lo largo de las últimas décadas. La masculinidad tradicional o hegemónica va configurándose como tóxica e indeseable, al mismo tiempo que los defensores de ella sienten que su virilidad está siendo amenazada. Surgen nuevas masculinidades tolerantes y positivas, apoyadas gracias al feminismo. El colectivo LGBTIQ+ abandera parte de esta revolución, pero también sufre de conductas tóxicas.  

A mediados de febrero, todo Estados Unidos (y parte del mundo) se paralizó durante 13 minutos: el tiempo que duró la actuación de Rihanna en el descanso de la Super Bowl, el mayor evento deportivo del mundo anglosajón. Allí, anunció por sorpresa su segundo embarazo. Días después, la cantante volvió al foco mediático al protagonizar la portada de British Vogue, en la que aparece con su pareja, el rapero ASAP Rocky, y su primer hijo. Pese a ser una estampa familiar sin maldad, los internautas comenzaron a discutir y encolerizarse por un motivo concreto: la masculinidad de Rocky en la imagen.

“Esto es lo que los medios de comunicación promueven en estos días, ningún líder, hombres débiles y fáciles de controlar”, expone un tuitero en respuesta a uno de esos comentarios. Otros, por el contrario, defienden la decisión de la portada: “La historia central es sobre ella, porque el nombre poderoso es ella, y Rocky es parte de su vida”. En cualquier caso, era el caldo de cultivo perfecto para que saliese a flote uno de los grandes temas de la discordia contemporánea: cómo debería ser un hombre.

Beatriz Ranea, en su libro Desarmar la Masculinidad,  expone al género masculino como un concepto social: a través de una serie de conductas, sentimientos y valores, forjamos un concepto de “ser hombre” que es, tradicionalmente, excluyente con los conceptos de feminidad. Un hombre es fuerte, asume riesgos y no deja espacio para lo sentimental. Lo masculino se forja a través de la socialización y el reconocimiento constante. Dicho reconocimiento pasa también por cualquier manifestación pública, lo que incluye, por supuesto, aparecer en una portada de revista. 

 

Portada de British Vogue, marzo 2023

Cualquiera de las dos posturas frente a la imagen supone una muestra de que, indudablemente, el concepto de masculinidad ha cambiado. Si consideramos lo anterior como “hombre”, este concepto está quedando fuera de juego. Es más, el mantenimiento de dicho rol es perjudicial para la sociedad actual. La figura del “padre de familia” de la sociedad tradicional o patriarcal va quedando poco a poco al margen, relegada al baúl de los recuerdos de un pasado que algunos tratan de reabrir a golpes. 

 

El “alfa”beto de la hombría

Hablamos de golpes, y no de palabras, porque el modelo que aboga por imponer ese sector de la población es uno basado en la violencia y la competitividad. La socióloga australiana Raewyn Connell le puso nombre: masculinidad hegemónica. Se trata de aquella basada en las prácticas que promueven la superioridad de los hombres respecto a las mujeres, el rechazo a lo femenino y el deseo de una feminidad exagerada y tradicional. Incluso esta masculinidad está presente en aquellos sectores de la población que no la cuestionan. 

Si bien podría parecer que este modelo es minoritario en la década de los 2020s, ha surgido todo un fenómeno que busca perpetuar ese tipo  de valores. Uno de los más sonados ha sido el caso de Andrew Tate, un millonario ex kickboxer que ha ganado gran fama en redes sociales por sus polémicas declaraciones sobre las mujeres que, según cuenta “tienen un rol distinto” al de los hombres en la sociedad. Pero, junto a Tate, miles de usuarios han promovido en redes sociales el papel del hombre alfa en una sociedad que consideran dañada. Aunque parece que este discurso sea incongruente con la creación de una sociedad más feminista y menos patriarcal en los últimos años, no es sino una consecuencia natural de ella. Cuenta Beatriz Ranea en Desarmar la Masculinidad que, ante una etapa de incertidumbre general -como puede ser la pandemia de la COVID-19 y su período posterior-, es sencillo hacer que cale en el imaginario colectivo una sensación de amenaza a la masculinidad tradicional y los valores, que es aprovechada por determinados sectores de la población. Es una contraofensiva, comenta, al feminismo, que busca restituir la masculinidad a la hegemonía y dominio.

 

Andrew Tate vía Twitter (@Cobratate)

Junto a gurús de la virilidad, también existe el fenómeno del hombre sigma, un paso más allá del alfa: un hombre caracterizado por la arrogancia, la frialdad emocional y la misoginia, que actúa como un lobo solitario y encarnación de valores capitalistas extremos. Los defensores de esta forma de actuar citan a personajes emblemáticos de películas para colocarlos como ídolos. Un ejemplo de ello es Patrick, el protagonista de la cinta American Psycho, un hombre adinerado de Wall Street que va desarrollando una actitud psicopática y robótica a medida que avanza la película. Este hombre y, a grandes rasgos, el sujeto de la masculinidad hegemónica obedece a un único patrón: debe ser varón, blanco, heterosexual y carente de diversidad funcional. El resto de los modelos masculinos quedan subordinados a un segundo plano. 

Según un estudio de la Delegación del Gobierno contra la Violencia de Género, existe una correlación entre el mantenimiento de esta masculinidad hegemónica y la violencia machista, la “cultura de la violación” e incluso el acoso a ciertas minorías sexo-genéricas. Supone así un peligro para la integridad femenina y la sociedad en su conjunto, debido al desarrollo de conductas agresivas intrínsecas a su naturaleza. De hecho, Ranea detalla que las únicas emociones socialmente aceptables para este tipo de masculinidad son el enfado, la rabia o la ira. Crean una imagen de “guerrero” que reprime la empatía y normaliza la crueldad. La autora cita al fascismo o nazismo como movimientos ligados a la exaltación de la violencia, el militarismo y el superhombre que definen, en cierto modo también, a la masculinidad hegemónica.

El rechazo a los valores femeninos genera una jerarquía donde lo masculino posee un mayor valor, por lo que se relega a un rol secundario a las voces de las mujeres. También, choca frontalmente con los avances del feminismo durante las últimas décadas, bajo el pretexto de sentirse “amenazados”. 

 

Feminismo, cambio y deconstrucción

El feminismo ha contribuido a esta transformación del concepto de masculinidad. Esto explica que personajes mediáticos alejados del canon hipermusculado y vigoroso, que se muestran como emocionales y empáticos, se conviertan en los amores platónicos de las nuevas generaciones. Solo hay que dirigir la mirada a celebrities como Harry Styles. Prácticas como pintarse las uñas, llevar falda, utilizar el rosa… Son tendencias que cada vez observamos más en aquellos deslumbrados por el foco mediático. La socióloga Mariana Subirats sostiene que los cambios sociales de las últimas décadas (crisis de empleo, precariedad, movimiento feminista…) han convertido en obsoleto y disfuncional al modelo de masculinidad tradicional. 

Frente al discurso de los defensores de la masculinidad hegemónica, que ven este cambio como un “retroceso” según su concepción de virilidad. Acusan a las nuevas masculinidades de “blandos”, aunque lo cierto es que la liberación de las mujeres conlleva también la supresión de algunas cadenas que retienen a los varones. Supone un reconocimiento en positivo de su vulnerabilidad, que insta a los hombres a expresar sus emociones libremente, así como a ejercer todo tipo de oficios (incluso aquellos tradicionalmente reservados a mujeres). 

Se puede eliminar la presión de la demostración constante de hombría, con conductas peligrosas para el individuo y el resto de la sociedad, ya que la masculinidad tradicional premia la asunción del riesgo. Junto a esto, se abandona o pone en cuestión el ideal de belleza masculino pasado en la extrema musculatura, que provoca trastornos alimenticios y físicos en varones jóvenes. Podemos establecer una relación entre masculinidad hegemónica y suicidio, pues la tasa de individuos que se quitan la vida es mayor en hombres. 

Harry Styles posando en los Grammys. Fuente: LaPresse

 

La creación de nuevas masculinidades conlleva y favorece la lucha contra la violencia de género y las prácticas con las que la ejercen contra sí y los demás. Una nueva masculinidad, alejada de la agresividad y la opresión, permite una sociedad más justa. De hecho, los países con mayor Índice de Desarrollo Humano son los más igualitarios en estos aspectos (Suiza, Noruega, Islandia…), algo que puede leerse al revés: una sociedad más igualitaria provoca un mayor desarrollo. 

Desarmar esta masculinidad, como nombra Ranea, supone encaminarse hacia una sociedad más justa, donde estos hombres sean conscientes de sus cadenas, pero también de sus privilegios. Este nuevo modelo de hombre es propenso a aceptar ciertas responsabilidades, a ceder el espacio que merecen las mujeres y a colaborar en la mejora social. Este cambio en la forma de ver el feminismo en positivo está creciendo poco a poco entre los hombres. Muestra de ello es una mayor presencia de varones en manifestaciones y concentraciones feministas, aunque otros sean contrarios a estas. 

 

Hay masculinidad fuera de lo heteronormativo  

La masculinidad hegemónica siempre ha concebido al “hombre de bien” con ciertas características. Y tenía un atributo imprescindible: la heterosexualidad. Ranea detalla que esta era la forma “aceptable” de vivir la sexualidad para un hombre, pues, de otro modo, se reconocía, juzgaba y problematizaba públicamente.  Los hombres LGBTIQ+ eran vistos como débiles, debido en parte a una cultura sexual falocentrista, que generaba la visión del hombre homosexual como quebrado. La visión del miembro masculino como “fortaleza” genera esta jerarquía que sitúa a los hombres heterosexuales en la cima. Pero también es un símbolo para vivir otra forma de vivir la masculinidad, que convierte al colectivo en una de las puntas de lanza para combatir el concepto de masculinidad hegemónica. Esta virilidad es a menudo parodiada y satirizada por mujeres, en la práctica conocida como Drag King, una contraparte del drag clásico. Tal y como afirma Sara Rodríguez, creadora del Colectivo Drag King, se busca “generar otro tipo de masculinidades y generar arte a través de todo eso de una manera exagerada y artística”.

Más allá de la orientación, es cierto que dentro del propio colectivo también hay conductas que perpetúan la masculinidad tóxica. Es la llamada “plumofobia”: el rechazo al comportamiento feminizado dentro del colectivo LGBTIQ+. Algo que también genera desigualdad dentro de las parejas sexuales “activas” (consideradas más masculinas) y “pasivas” (que son más denostadas). Esta circunstancia ha provocado que surjan iniciativas como #StopPlumofobia, una campaña sin ánimo de lucro del bufete creativo López Rekarte, que reúne a influencers, celebrities y personajes públicos para defender cualquier forma de comportamiento masculino (pero también dentro del ámbito femenino): “De eso se trata: de ser quienes somos sin engañar a los demás, pero, sobre todo, sin engañarnos a nosotros mismos”. La iniciativa expone que estos comportamientos suponen una opresión dentro de un colectivo ya oprimido. Instan a pintarse la uña del dedo corazón y realizar una “peineta” en contra de la represión que conlleva estas actitudes. 

Nadie puede prever el futuro, pero ahora se ha abierto el camino para reinventar una forma de vivir la masculinidad. Los viejos posters de Rambo o Chuck Norris se deshilacharán en las paredes, desgarrados quizá con las uñas pintadas de nuevos referentes masculinos, diversos e igualitarios. Puede que sea hora de revisar viejas melodías: Boys do Cry

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