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Entre el humo

Mariangel Barra Navas /X: @mar_journalist

Soy parte de esa generación de niños que nacieron llorando por la libertad, aunque no sabíamos lo que significaba. Recuerdo ver a mi madre sollozar desesperada frente al televisor sin saber por qué. Ella me decía en secreto que lo hacía porque nos robaban ese tesoro por el que tanto luchábamos.

Crecí escuchando las historias sobre nuestros próceres, aquellos que desafiaron a los colonizadores y nos dieron la libertad. Estudié a grandes hombres y mujeres, cultos e importantes para la historia del mundo. Aprendí que nací de la sangre de Simón Bolívar, de Andrés Bello, de Luisa Cáceres de Arismendi y de Francisco de Miranda. No importaba a dónde fuera, mi gente tenía la cara pintada de color esperanza, sed de pelear y una armadura que durante siglos nos permitió seguir adelante. 

Crecí sabiendo que no hay mal que dure mil años ni cuerpo que lo resista. Lo entendí en 2013, cuando vi más feliz que nunca a mi madre tras la exclusiva televisiva que cambiaría el rumbo de mi historia y la de todo un país: la muerte de Hugo Chávez Frías. Aquel que era culpable de las lágrimas de mis familiares, objetivo de los insultos de las personas en la calle y que casi parecía en mi memoria una leyenda urbana. Acompañé a mi madre en su regocijo porque -para mí, una niña de 10 años- eso significaba que la libertad estaba tocando la puerta de mi casa

No podía estar más equivocada. Yo era una de tantas niñas que crecieron creyendo que la libertad se conseguía con votos y protestas, que un día la “gente mala” se cansaría de hacer lo que hacía y se iría. Este deseo, casi innato del venezolano, se destruyó en el año 2014, cuando descubrí lo que verdaderamente hacía llorar a mi pueblo. Un pueblo que se levantó de sus propias cenizas y se alzó para reclamar la dichosa libertad en una serie de protestas que duraron tres meses. Se cobraron la vida de 43 personas, casi 500 heridos y cerca de 3.400 detenidos, además de unos 138 casos de tortura, según el Foro Penal Venezolano.

Mi casa se volvió mi refugio, mi cuarto, mi búnker y mi ventana: mi mundo. Desde sus cristales brillaba el fuego de las bombas. Gritos, golpes, tiros y explosiones me hablaban al oído mientras veía cómo todo pasaba: en el edificio de enfrente -más bajito que el mío, que era de 17 pisos- los jóvenes más rebeldes se subían a la azotea para preparar cócteles ardientes, en la calle las personas cargaban piedras para defenderse y colocaban objetos pesados para impedir el paso. Los días y las noches eran similares, pero yo sabía que en cierto momento escucharía cómo mataban la libertad de las personas. 

Libertad

Un día desperté oliendo el humo de las bombas lacrimógenas que invadían mi casa -me asfixiaban-. Todavía no sé si era su efecto o mi miedo. Mi madre me levantó entre gritos y me llevó hasta el pasillo central -donde no había ventanas- junto con mi hermano. “Cuida a tu hermano y no te muevas, es peligroso”, nos dijo mientras se acercaba al balcón de la sala. Afuera se escuchaban los lamentos de personas heridas que se mezclaban con los gritos de mi madre. Las piedras cayendo y el humo que entraba en las habitaciones. Recuerdo el frío -en un país tropical- que recorría mi cuerpo al ver a mi madre desesperada, llorando por todos esos destellos de cuerpos de jóvenes muertos que se reflejaban en las ventanas de mi casa… 

Lloraba pensando que entre esas personas podían estar mis familiares, lloraba porque pensaba que yo también tendría que luchar, lloraba porque pensaba que jamás podría conocer el mundo tras los cristales. Pero también lloraba porque imaginaba sus vidas: quizá el chico de la azotea era un universitario que llevaba años en el paro estudiantil porque no había transporte, profesores o dinero para la educación; a lo mejor la señora de la calle era mi vecina, sus hijos llevaban años fuera del país pero ella seguía peleando para poder verlos de nuevo; tal vez los hombres que se reunían para cerrar las calles eran padres, tíos y abuelos que se aseguraban de dar los abrazos más fuertes a sus familiares antes de salir de casa -por si acaso no regresaban-. 

El año 2014 quedará marcado en la historia de todos los venezolanos. Con el tiempo la tormenta se disipó y la gente volvió a sus casas como quien vuelve de una guerra. Salir de nuevo se sintió casi tan difícil como permanecer entre las paredes de mi casa. Ahora escribo esto desde la libertad, rodeada de ventanas que solo muestran la tranquilidad de otro país en paz. Salir a la calle se siente como el primer día. Los gritos siguen ahí. La esperanza también.


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