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La danza de la vida

Sheila Lafuente // @sheilafuentte

Bajando las escaleras del local Wuwei Armonía y Bienestar huele a eucalipto. La luz es tenue como un suspiro. Arcos de medio punto decoran la sala en la que doce personas descalzas –ocho mujeres y cuatro hombres—sentadas en círculo intercambian miradas y silencio. Un silencio que compartiremos durante dos horas que dura la sesión de la danza de la vida, la biodanza. No quiero pensar en dónde me he metido.

Rosabel me invita a participar: “No puedes escribir sobre la biodanza mirando a los demás, tienes que experimentarla”. Es la ‘facilitadora’ de la clase. Habla como si el tiempo no pesara. Creo que nota mi tensión y me insta a evadirme, a disfrutar de lo que acontece. No puedo negar que, si me hubiese fumado un porro, hubiese estado mucho más relajada.

La biodanza es una herramienta terapéutica desarrollada por Rolando Toro –psicólogo, antropólogo y poeta chileno– que combina música y movimiento. Es un estímulo de emociones para reforzar vínculos humanos, sin pasos complicados ni coreografías. Una forma de sentirse vivo, de llegar hasta la raíz de uno mismo. Me sorprende cómo un vaivén de movimientos puede causar sensaciones tan opuestas en las personas que lo ejecutan. Un hombre, que para nada pasa desapercibido por su larga barba que lleva consigo los pasos de una vida ya vivida, alza la voz y cuenta qué siente cuando sube las escaleras hacia el mundo exterior.

  Después de practicar la biodanza no puedo dormir.

Sentada frente a él, una mujer rubia de cabello lacio y largo, con rasgos delicados y postura firme, se extraña.

  ¿En serio? Yo duermo mejor que ningún día.

El efecto que produce esta danza terapéutica es dispar, pero hay una conclusión a la que llegan todos: es tal el alivio que tienes tras practicarla, que es como si te quitaran un gran peso de encima.

No sé cómo se llaman los integrantes del grupo. Tampoco sé por qué están en la clase de biodanza. Llevan mucho más tiempo que yo practicándola (es mi primera vez). Algunos de ellos –los que llevan desde septiembre— se consideran novatos. ¿Qué seré yo, entonces? Para mí, desde principio a fin, son completamente desconocidos. Saben que voy a escribir sobre ellos y pido, por favor, que no se corten.

  Sé que puede incomodar la idea de que escriba sobre esto, pero no quiero que os cohibáis.

La misma mujer rubia, que anteriormente se extrañó por el comentario del hombre con barba, se sorprende todavía más con mi aclaración.

  No nos hace sentir incómodos. Lo que escribas no va a coincidir con lo que experimentamos, cada uno vive la biodanza a su manera.

Esto lo descubriré después.

Dicen que es normal sentir miedo, nervios o ansia al comenzar algo nuevo, al salir de la zona de tu confort… y yo reúno todas esas emociones. Hablan de mirar a los ojos, de abrazar a los desconocidos, de agradecimientos y de despedidas. No sé qué llevo peor.

A través de la llamada ‘ronda’ procedo a tener mi primer contacto. De pie, nos cogemos de la mano y, en círculo, nos miramos a los ojos. Espejos del alma de todos los colores miran al centro de mis pupilas, como si ellas fuesen a contarles mi secreto mejor guardado. Me dejan sin respiración los ojos azulados de una señora con sonrisa desbordante. He visto muchos ojos azules a lo largo de mi vida, pero estos tienen algo especial –quizá porque me recuerdan a alguien–. 

Al son de la música, giramos. 

La sala es grande y, aun así, siento claustrofobia. “Esto es un lugar seguro, aquí no se juzga” es el mantra del grupo, el cual no consigue quitarme la rigidez del cuerpo (ni de la mente).

Al comienzo del taller me han asegurado que aquí aprendería a abrazar. Un ejercicio en parejas me obliga a ponerme en semejante situación, que me parece, cuanto menos, incómoda. A mi alrededor, todos sonríen, se abrazan, se miran, se sienten. No es un ambiente al que esté acostumbrada; es, más bien, una de las situaciones más extrañas que he vivido nunca. No es hasta el tercer abrazo en el que me despojo de aquello que me impedía reaccionar de una manera más auténtica, más mía.

Ocurre con un hombre mucho más mayor que yo. De estatura media, lleva una camiseta ancha color mar; tiene un semblante que transmite paz y una sonrisa completamente genuina, de esas imposibles de fingir. Me agarra de la mano como si fuese alguien a quien no quiere soltar nunca, pero con una delicadeza que nunca antes había experimentado con un desconocido. Esto es lo que parece hacer la biodanza: demostrar que la conexión entre extraños existe.

Nunca sabré sus nombres, edades, en qué trabajan; si tienen pareja o un amor imposible, perro o gato; si son más de playa o de montaña, de café o de té. Podría hacer muchas aproximaciones que resultarían fallidas. Lo que puedo decir con total certeza es que todos están ahí por alguien: por ellos mismos. Llegan cada miércoles a encontrarse a sí mismos, a buscar su propia libertad.

Con un simple ejercicio de caminar con zancadas grandes al son de la música puedo captar algo esencial de cada persona. Yo veo en los grandes espejos que rodean la pared que mi andar pasa de inseguro a decidido. Muchas de las personas que pasean a mi vera caminan con seguridad, con creatividad, con firmeza.

Las miradas no cesan.

Las luces se atenúan y suenan los primeros acordes de Let it be, de los Beatles. No me había percatado de que llevo varios ejercicios involucrada en el arte de dejarme llevar por las notas musicales y los movimientos involuntarios. Rosabel pide que cerremos los ojos en varias ocasiones, pero decido observar. Cada uno de ellos tiene una personalidad diferente: algunos son más introvertidos, hay quienes son culos inquietos (literalmente) y otros prefieren fluir. La canción saca lo mejor –o no– de cada uno. Piernas arriba, roces de manos, pelos al vuelo. No me muevo apenas, pero disfruto de lo que veo y de lo que experimento con la música de fondo. Llega un momento en el que me duelen las mejillas de sonreír y siento la grata necesidad de cerrar los ojos. Por fin.

El ambiente no es pesado, sino más fresco a medida que la clase va llegando a su fin. Después de abrazar, tocar y mirar a otras personas, tengo un cosquilleo en las manos. ¿Será ese vacío del que hablan? En esa misma sala donde todos hemos conectado, les digo gracias y hasta siempre. He aprendido a despedirme.

“En ese pequeño espacio sin límite abandónate. Vuelve al dorado holograma fuera del tiempo. Inventa allí tu libertad”, proponía Rolando Toro. Y en ese habitáculo de un local situado en una calle en pleno centro de Zaragoza, doce personas disfrutan de un ratito de desconexión. Una vez subo las escaleras advierto de lo que me dijo el hombre de la barba prominente: “En cuanto subes las escaleras te das cuenta de que estás de vuelta en el mundo real”.

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