35 Milímetros

Laura de Luis Leonarte //

La fotografía analógica, a pesar de sus inconvenientes frente a su homónima digital, parece resurgir entre profesionales y aficionados como una forma distinta de experimentar el arte de capturar un instante. En España, varios negocios han encontrado aquí su nicho de mercado en los últimos años.

El molesto beep beep beep del móvil nos anuncia el comienzo de un nuevo día. En la muñeca, el reloj marca las 07:45, que no las ocho menos cuarto. Al café con leche le acompañan las incesantes notificaciones que se amontonan sin tregua en la parte superior del móvil. Sales de casa y el aleatorio de Spotify sustituye el traqueteo del autobús. A media mañana, Facebook te recuerda que hoy es el cumpleaños de alguien a quien hace años que no ves. Vivimos permanentemente conectados y rodeados por lo digital.

En este sistema tardo-capitalista frenético hay quien opta por ralentizar el ritmo de la máquina para apreciar los pequeños detalles. La fotografía, al igual que otras disciplinas como el periodismo, apuesta por ir ‘slow’ en un mundo en el que prima la inmediatez. La fotografía analógica en todos sus formatos resurge tímidamente ante la mirada atónita de lo digital. No, no es casualidad ni un intento de ir a contracorriente, el fotógrafo, aficionado o mero consumidor, busca cada vez más una experiencia cercana a lo real; poder cazar un instante de lo efímero con las manos. La fotografía tradicional representa lo contrario de una sociedad que vive acelerada y preocupada por el incesable paso del tiempo.

La fotografía analógica implica vivir una nueva experiencia para aquellos que forman parte de la Generación Y y posteriores. En 1975 la compañía Cromenco creó la primera cámara completamente digital; pero no sería hasta 1991 cuando Kodak introduciría en el mercado el modelo DCS-100, por un precio de 13.000 dólares. Hoy por hoy podemos encontrar cámaras digitales por menos de 60 euros que tienen una vida media de más de 10,000 disparos, la capacidad de poder visualizar al instante la fotografía tomada y de cambiar los ajustes para que se adapte a lo que queremos retratar.  Si la fotografía digital nos ofrece tantas ventajas, ¿por qué hay personas que apuestan por lo analógico?

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No hay una única razón estética, productiva o cultural que explique el resurgimiento de la fotografía química, sino que es el hecho de que sean dos procesos diferentes lo que atrae a curiosos a experimentar con los negativos. La fotografía analógica no puede sustituir a la fotografía digital, ni viceversa. Son dos técnicas complementarias que, aunque dan unos resultados parecidos, no son para nada equivalentes. ¿Acaso es igual de emocionante capturar un instante con la cámara de un móvil que la tensión que genera el revelado de una Polaroid?

Cada disparo en analógico puede ser dinero perdido

Todo el que se quiere acercar al mundo de la fotografía analógica tiene que tener en mente que el aprendizaje a base de “prueba y error” existe, pero se paga caro. Los límites de la fotografía analógica no son virtuales, sino físicos y tangibles. Dependiendo del tipo de carrete y de la cámara podremos hacer 10, 16, 24 o 36 fotografías; y si tenemos la suerte de contar con una cámara de formato cuadrado, podremos sacar la friolera de hasta 72 imágenes, pero nunca una más -y siempre una menos-. La limitación de lo tangible hace que el fotógrafo tenga que pensar muy bien qué quiere encuadrar, qué ajustes establece y cuándo dispara. Aquí no hay sensor que mida la luz y actúe en consecuencia. Estamos solos ante el peligro de sobreexponer o subexponer una foto, y por tanto, de perder un instante para siempre.

La fotografía analógica está recomendada para aquellos, profesionales o amateurs que quieren afianzar sus conocimientos teóricos. Todos sabemos pulsar el disparador de una cámara digital cuando encuadramos algo que nos gusta; pero las cámaras analógicas no funcionan así. La velocidad de obturación, la sensibilidad del carrete, la apertura del diafragma y la iluminación de la escena son conceptos que deben ser siempre tenidos en cuenta a la hora de hacer una fotografía; y más cuando, por un mal ajuste, podemos arriesgarnos a perder una instantánea.

La sensibilidad de la película -lo que conocemos como ISO- viene predeterminada en cada carrete. Por lo que, si tenemos equipado un carrete de ISO 100, no será buena idea hacer fotos en exterior sin flash a las nueve de la noche. Lo mismo sucede con un carrete de ISO 800 a plena luz del mediodía. Comprender la luz y saber en qué medida queremos capturarla es la esencia de la fotografía química.

La previsualización no existe en el formato analógico. Pueden pasar horas, días, o incluso semanas hasta saber qué contiene el carrete utilizado. Todo dependerá de quién se encargue de revelarlo. Este proceso consiste en la aplicación de distintos químicos en sus justas proporciones para que el carrete revele las fotografías y estas puedan ser escaneadas o positivadas en papel. Se necesita un tanque de revelado, oscuridad y tres líquidos: revelador, baño de paro y fijador.

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En un momento en el que la filosofía “do it yourself” se introduce en todos los aspectos de nuestra vida, puede resultar tentadora la idea de revelar en casa. El revelado de película en blanco y negro es sencillo si se compara al revelado de carretes a color, puesto que para revelar un carrete a color hace falta alcanzar la temperatura exacta de los químicos para no alterar el tono de la película. Así, a pesar de que supone un trabajo adicional, los métodos tradicionales tienen un valor añadido que la fotografía digital no ha podido reemplazar. Varios negocios como Sales de Plata (Madrid), Revelatum (Zaragoza) o Carmencita Film Lab (Valencia) se han especializado en el revelado de carretes de todo tipo para satisfacer la demanda tanto de los curiosos como de los profesionales de la fotografía química.

Las 11 millones de fotografías en Instagram bajo la etiqueta #FilmisNotDead indican que la fotografía analógica no ha sido olvidada ante la irrupción de la fotografía digital, sino que sigue viva y cultivada por personas de todas las edades. Al fin y al cabo, el deseo de guardar un instante y hacerlo nuestro es inherentemente humano.

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