Adita, el valor de un gesto
Angelica Caballero @anng_cm//
Sentada en la barra del Castillo Bonavia a 35,8 kilómetros del centro de Zaragoza, con el pelo como Dora la exploradora, un jersey rosa pastel y unos pantalones azules, con tan solo 7 años, me encontraba rodeada en su mayoría de camioneros. Intentaba respirar con normalidad, pero el olor intenso a tabaco me asfixiaba. Delante de mí, un cuaderno de Ciencias Sociales y mi mochila de las Winx. A lo lejos podía observar cómo mi madre servía cafés y cervezas. Isabel tiene 27 años, es mi madre y lleva 5 años viviendo en España, en Bolivia era una estudiante de ingeniería comercial, en España: camarera. Mientras intentaba explicarme los deberes que tenía que hacer, podía observar como su rostro reflejaba angustia y preocupación.
Me despierto a las 8:30 y Dani, mi padrastro, me prepara el desayuno mientras me cambio para ir al colegio. Me quedo en el comedor del colegio hasta las 16:30, a esa hora mi madre pasa corriendo a buscarme y a las 16:55 llegamos al Castillo Bonavía, un hotel restaurante ubicado en el pueblo de Pedrola. Acompaño a mi madre al vestuario y me siento en una esquina de la barra. Un sitio “vip”, según mi madre, aunque con tanto ruido, risas, humo, gritos y olor intenso a comida y tabaco, se hace un poco difícil de creer. Los compañeros de trabajo de mi madre son amables y divertidos. Intentan contar chistes y me sacan postres de la cocina. Mientras tanto espero a que sean las 21:00 para que Dani venga a buscarme. Trabaja en la Opel, una fábrica de coches que se encuentra en Figueruelas, un pueblo al lado de Pedrola. Desde las 19:30 el tiempo pasa muy lento, solo quiero irme a casa a jugar con las muñecas y a ver la tele como hace el resto de niños. Cuando Dani me recoge y vamos a casa, el tiempo se acelera, pasa rápido, muy rápido. Ceno y voy directa a la cama. El momento más esperado se pasa en un abrir y cerrar de ojos…
Un día de noviembre del 2008, apareció Adita en nuestras vidas para salvarme. Una mujer cubana de 55 años que vivía a escasos metros de nuestra casa y tenía una nieta de 3 años llamada Susana que, como en mi caso, sus padres también trabajan todo el día. Adita se ofreció a cuidarme todos los días sin ningún beneficio económico, mi madre tenía miedo de dejarme en casa de alguien que no conocía lo suficiente, pero aceptó la ayuda.
Mi madre me despertaba temprano y me llevaba a casa de Adita, en la urbanización Zafranal a 600 metros de mi casa. Adita me esperaba para desayunar juntas para después ir al cole. Seguía comiendo en el comedor, pero a las 16:30 quien me esperaba a la salida del colegio era esa cubana de pelo corto, blanco nieve y una sonrisa radiante. Cuando llegábamos a casa preparaba la merienda y yo me ponía a jugar con Susana. Adita miraba su novela “Amar en tiempos revueltos”, que duraba una eternidad. Esta mujer me enseñaba a ser creativa, me ayudaba con los deberes y cuando me iba mal en algún examen siempre encontraba las palabras correctas para subirme los ánimos. Me enseñaba historia, su historia, la que ella había vivido tanto en Cuba como en España. Lo difícil de su infancia, cómo perdió al amor de su vida y lo complejo que había sido criar a dos niños pequeños. Me enseñaba los platos típicos de Cuba y al probar aquellos sabores me recordaban a la comida boliviana de mi madre.
Adita me cuidó hasta los 14 años. Después, iría a visitarla porque la echaba de menos. Susana se convirtió en mi hermana pequeña y yo me convertí en la segunda nieta de Adita. Cuando terminé el instituto hice un viaje a la otra punta del mundo: Bolivia. Llevaba desde los 5 años sin ir y a mi madre y a mí nos pareció buena idea que hiciera el bachillerato allí. Viviría con Antonio, mi padre, un hombre al que llevaba más de 13 años sin ver, aunque nunca perdimos el contacto. A pesar de la distancia Adita y yo siempre nos comunicamos vía WhatsApp, mandándonos fotos y llamándonos de vez en cuando.
En octubre del 2020 regresé a España durante unos meses con la intención de sorprender a todos, pero la que terminó sorprendida fui yo: Adita había recaído en el cáncer y esta vez con metástasis. Susana y yo íbamos todas las tardes al hospital, recordábamos viejos tiempos e intentamos animarla un poco, ella siempre nos decía cuánto nos quería y lo orgullosa que estaba de sus nietas. El 15 de noviembre del 2020 recibí una llamada: “Cariño, Adita ya no se encuentra entre nosotros, lo siento mucho”. Con voz temblorosa mi madre me dio una de las peores noticias de mi vida. Adita llevaba muchos meses sufriendo y había llegado el momento de dejar ir todo ese dolor. A veces los grandes cambios se inician con un gesto mínimo, un ligero desplazamiento de los elementos que componen la realidad…Mi vida cambió cuando mi madre aceptó la ayuda de una mujer que no buscaba nada a cambio.
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