Carretera secundaria

Carlota Martínez//

 

 “¿Lo de siempre?”

“Sí. ¿Has oído el parte?”

“Ya lo dijimos hace dos semanas”

“Si nos escucharan los de arriba…”

Es la conversación que Angelines, la propietaria del Bar El Carmen en la localidad de La Peña Estación mantiene junto a uno de sus clientes. Está delgada, mucho. Su tez es arrugada y su cabello largo y encrespado, lleno de canas. No es alta, pero la mirada intimidante que lanza por detrás de la barra hace que lo aparente. Es dueña del único bar de su pueblo y de uno de los pocos que existen en la Antigua Carretera de Jaca – Santa María de la Peña. La pared está llena de fotos de paisajes y pueblos de la zona que rodean una imagen de Yanis Varoufakis con una chaqueta de cuero sobre una moto. “No lo tengo ahí porque me guste como ministro. Lo tengo porque me gusta él y punto. En mi bar pongo y hago lo que quiero”. El local es grande y está dividido en dos partes por un biombo, la del bar y la del comedor, donde acuden cada día los trabajadores de la zona. Una zona que cada vez pierde más habitantes.

Situada a 72 kilómetros de Huesca, Jaca es una de las ciudades más visitadas del Pirineo Aragonés. Al año recibe miles de visitantes de diferentes nacionalidades, en especial franceses. Sin embargo, cada vez son más los turistas que llegan desde Inglaterra, Holanda o Alemania para disfrutar de los deportes extremos, las montañas que conforman el valle y su historia. Desde Jaca, en concreto desde una gran rotonda situada al sur de la ciudad, parten diferentes carreteras. Algunas conducen a grandes poblaciones, como Huesca o Pamplona, y otras parten a lugares desconocidos para la mayoría de los turistas e incluso algunos locales. Una de ellas es la conocida popularmente como Carretera de Oroel, que debe su nombre a la Peña Oroel, la montaña de 1769 metros de altura que preside Jaca.

Vista de la Peña Oroel y Jaca. Fuente: Google Imágenes

Una vez tomado el desvío hacia, puede ser, una de las zonas más deshabitadas del Pirineo, aparecen varias carreteras secundarias. Algunas cuyo destino es una casa particular: abandonada o restaurada con todo tipo de comodidades, y otras que llevan a paraísos vacacionales para los amantes de la naturaleza, la tranquilidad y el aire libre. Durante su recorrido solo se escucha el sonido de los pájaros, acompañados, a veces, de los balidos de ovejas que están a los lados de la carretera. Da igual donde mirar, porque el paisaje es casi siempre el mismo: pinos, rocas y, si miramos hacia arriba, la Peña Oroel desde sus diferentes perspectivas.

Durante el camino es difícil encontrarse con vehículos, tan solo algún coche de montaña que circula con rapidez y cuyo conductor conoce todas y cada una de las curvas y horquillas de la carretera, por muchos, más que odiadas. Sin embargo, la ruta ofrece pausas para aquellos que necesiten un descanso. La primera y, sin duda alguna, la más turística es el Mirador de la Peña Oroel, al que se accede mediante un desvío y que ofrece unas vistas privilegiadas a la montaña con el mismo nombre. Siguiendo por éste y, para aquellos que además de una pausa necesiten llenar el estómago, se accede al Parador Oroel. En él se puede disfrutar de comida típica del Pirineo aragonés: migas, solomillo, ternasco, huevos fritos con chistorra…  con unas vistas espectaculares al Valle del Aragón y a Jaca. Pero no solo eso, el Parador también es el punto de partida de la ruta para subir a la Peña Oroel. “Hay días que la subo incluso dos veces. El camino es fácil y las vistas son una pasada. Para los niños también está muy bien, a mis hijas les encanta venir, ya que no es muy cansado. Después comemos todos juntos en el merendero del parador y disfrutamos del día en familia”, dice Alberto, un zaragozano con apartamento en Jaca y aficionado al senderismo.

Siguiendo por la carretera principal y una vez coronado el puerto, es habitual cruzarse con ciclistas que, o bien vuelven a Jaca o continúan la ruta hacia Riglos. Parece que la montaña quiera agradecerles el esfuerzo, ya que en el punto medio se sitúa la fuente de Barrancofondo. Aunque pertenezca a la pardina situada a su lado, a ella puede acceder todo aquel que quiera disfrutar de agua fresca del Pirineo aragonés. Es más, sus anteriores dueños vivieron casi cien años con perfecta salud. Según se dice, debido a la gran calidad del agua. “Lo mejor es que siempre está bien fresca y te da la fuerza para seguir. Aunque tenga agua en el bidón, siempre paro para rellenarlo. Está buenísima”, explica Fernando, otro zaragozano con casa en las inmediaciones. “Para mí este es uno de los mejores puertos de montaña que hay por aquí. Además, no está muy transitado, por lo que es un lujo”. Como él, muchos son los que de vez en cuando se atreven a subir el puerto que, en varias ocasiones, ha sido testigo de la Vuelta Ciclista España.

Una vez recuperadas las fuerzas, la carretera nos presenta al primer pueblo: Bernués. Su población se encuentra bajo mínimos, ya que tan solo son 15 personas las que viven durante el año. En él no hay tiendas ni bares, sino que son los mismos habitantes los que deben desplazarse para conseguirlo o esperar a que una camioneta pase una o dos veces por semana para vender lo necesario. Sus calles son estrechas, apenas pueden acceder a ellas dos coches al mismo tiempo. Las casas son de piedra y sus tejados de losa, un material autóctono que protege del clima extremo del Pirineo. En algunas puertas de sus casas hay bancos donde se sientan los vecinos a charlar: “Cómo se nota que alarga el día”. Sin embargo, el silencio reina en las calles.

Tejado y chimenea de losa, un material autóctono típico en poblaciones pirenaicas como Bernués. Fuente: Google Imágenes.

Como Bernués, son muchos otros los que están en la misma situación: Osia, Centenero y Ena son los siguientes en el camino. Sin embargo, dos de ellos han recibido lo que muchos de sus habitantes consideran un regalo: la instalación de una casa rural en sus pueblos. En Osia se sitúa la casa rural “A Boira” y en Centenero la “Casa Alamán”. “Tener una casa rural en Centenero significa que el pueblo va a seguir vivo. Por un lado, gracias a los dueños de la casa, que tienen fijada aquí su residencia. Y, por otro, gracias a aquellos que nos conocen y vienen aquí para disfrutar de unos días de desconexión”, dice Juan Carlos. A pesar de que él no viva en Centenero, acude al pueblo todos los fines de semana para trabajar el campo. Allí viven seis personas. Entre todos, ayudan a que el pueblo esté cada vez más activo. “Hace ocho años construimos una piscina para los vecinos del pueblo, así animamos a las familias jóvenes a que vinieran a pasar unos días”, añade. De vez en cuando, los nietos y bisnietos de aquellos que alguna vez vivieron en el pueblo realizan algunas de las excursiones más populares de la zona. En Centenero, una de ellas es la subida a “La Ralla”.

Vista desde una colina situada en Centenero y conocida en el pueblo como “La Ralla”.

La tranquilidad reina en todas las localidades hasta ahora nombradas. Si por algo pudieran ser conocidos, sería por la falta de cobertura que ofrecen. Durante el recorrido, el número de rayas situadas en la esquina superior izquierda de los smartphones que indican los niveles de conexión a internet, habrían vuelto loco a cualquier millennial. Sin embargo, también volverían loco a cualquier amante del silencio, ya que todos ellos conforman el clima perfecto para disfrutar de un buen libro o, simplemente, de no hacer nada.

De nuevo en la carretera y a pocos kilómetros del desvío de Centenero y Ena, se encuentra el llamado “Moto Camping Anzánigo”, situado a las afueras de esta misma localidad. Como indica su nombre, es un camping para moteros, muy frecuentes a partir de esta zona de la carretera por las condiciones que ofrece. Nada más entrar hay un arco formado por la frase “La moto te hace feliz” y, justo debajo, una placa donde está escrito el santo al que está dedicado el camping: “San Glas”, un juego de palabras que conmemora a la antigua marca de motos española Sanglas. Detrás, hay un monumento muy conocido en la zona formado por un motorista atravesando un muro.

Entrada al Moto Camping de Anzánigo. Fuente: Google Imágenes

 

El camping recibe a todo tipo de motoristas de diferentes nacionalidades. Son muchos los que se desplazan hasta esta zona para disfrutar de la velocidad. “He venido hasta aquí desde Colonia por lo buena que es la carretera. Hay muchas curvas, que es lo más divertido de montar en moto, la carretera está bien asfaltada, no hay mucho tráfico y el paisaje es precioso”, confiesa Elmar, un médico alemán que se ha trasladado hasta el Pirineo aragonés para disfrutar de los grandes puertos de montaña. Junto a él, viaja su mujer, Regina, que reconoce: “es uno de los viajes que más estoy disfrutando. La gastronomía es maravillosa, la gente de los campings y hoteles nos atienden muy bien y, de momento, el tiempo está siendo bueno”. 

En el camping, además de ofrecer alojamiento en pequeños bungalós, también hay un restaurante donde se sirve comida típica y básica de la zona. Es más, incluso cuentan con un vino propio llamado “Gastrol”, un “vino de color burdeos para motoristas”, tal y como indica la etiqueta. El bar está decorado con todo tipo de detalles dedicados al mundo del ciclomotor: un mural con fotos, chapas que decoran la barra, objetos de cocina que simulan partes del motor de una moto, premios ganados, manivelas con forma de dispensador de gasolina… un sinfín de objetos que conforman el paraíso para los amantes de las motos. Sin embargo, no todo son buenas noticias en el camping. En el espacio exterior han construido el denominado “muro de las lamentaciones”. Este recoge desde placas conmemorativas para amigos y familiares fallecidos en accidentes, hasta partes de las motos destruidas en estos. Un hueco de silencio que se abre espacio entre el rugido de los motores.

Anzánigo, el pueblo donde se sitúa el camping, es el segundo más grande en la carretera. Para entrar, es necesario cruzar un puente sobre el Río Gállego, uno de los protagonistas de la zona por la cantidad de actividades que ofrece. Anzánigo es uno de los pueblos por los que pasa el Canfranero, la antigua línea ferroviaria que une Zaragoza con Canfranc y que, en la actualidad, se ha convertido en una actividad turística para disfrutar del paisaje que ofrece parte de la comunidad autónoma de Aragón.

La carretera continúa siguiendo los meandros del Río Gállego, que nos llevan hasta La Peña Estación, el mayor pueblo de la carretera y donde está el bar dirigido por Angelines. La carretera pasa por el medio de la población, dejando a un lado casas y a otro la única empresa industrial de la comarca: Eiforsa, situada también en esta localidad. “El pueblo sobrevive gracias a la actividad de la fábrica”, dice Angelines. “Gracias a ellos soy yo misma la que puedo vivir. Les preparo comida a los trabajadores todos los días y después del trabajo se vienen a echar unas cañas al bar. Si no fuera por ellos no sé qué sería de mi bar”, explica. 

La Peña Estación, a pesar de ser un pueblo con 45 habitantes, cuenta también con panadería. Es el único en la carretera que tiene ambos servicios y, la mayoría de los pueblos cercanos, se sirven de ellos durante el día a día. “En verano vienen más familias con críos que pasan aquí los meses que no hay colegio. El pueblo tiene más vida y somos unos 125”, explica Angelines. Desde la Peña se puede acceder a uno de los pueblos que ha quedado abandonado: Yeste. “Mi padre era de Yeste y mi madre de Centenero, así que tengo mucho cariño a los dos pueblos. Sin embargo, ahora solo está activa La Peña. Alguna familia está empezando a reformar las casas en Yeste, pero no creo que vuelva a ser lo mismo”, dice Angelines.

Saliendo de La Peña Estación en dirección Riglos, está situado el último pueblo de la carretera. Su nombre es Triste y resume el sentimiento que cualquiera podría sentir al ver que la zona de la que procede está cada vez más vacía. Triste recoge las lágrimas que cada uno de los pueblos ha ido dejando en el Río Gállego y las junta en el Pantano de La Peña, lugar donde se sitúa el pueblo. Con muy pocos habitantes y sin ningún tipo de servicio, cierra la historia de cientos de personas que, no hace muchos años, vivieron y criaron a sus hijos en una de las zonas más especiales del Pirineo. Hoy, son esos hijos los que ayudan a que se recupere y vuelva a ser lo que era.

El camino desemboca en una rotonda que la conecta con la carretera A-132. Nada más salir de la rotonda se encuentra el Restaurante El Jabalí, que ofrece comida casera para aquellos que deseen comer algo rápido antes de continuar con el viaje. Una vez repuestas las fuerzas y de vuelta a la carretera, merece la pena apartar los ojos de ésta para disfrutar de una de las mejores vistas del viaje: el Pantano de La Peña sobre un puente antiguo de una sola dirección. No existen reglas ni semáforos, tan solo estar al tanto y controlar si no vienen coches en dirección contraria, ya que su anchura no permite el paso de dos vehículos al mismo tiempo.

Carreteras secundarias
Vista desde el puente del Pantano de la Peña

 

El viaje por la Carretera de Jaca – Santa María de La Peña acaba aquí y, aunque parezca asombroso, a pocos kilómetros se sitúa una de las zonas turísticas más visitadas de la comunidad autónoma de Aragón: Los Mallos de Riglos. Riglos y Murillo de Gállego son los principales pueblos y donde se recogen la mayoría de las actividades turísticas. Se puede realizar desde rafting, hasta vías ferratas, puenting, escalada o paintball. Sira trabaja en Verticalia, una de las empresas de la zona situada en Murillo de Gállego. “Sobre todo nos visitan alumnos de colegios, familias o grupos de amigos que quieren hacer alguna actividad de aventura”, explica. Entre las actividades que ofertan está un parque de tirolinas donde, sobre los árboles, hay instaladas diferentes pruebas que deben ser superadas hasta alcanzar las tirolinas. “Es una de las actividades más populares, junto con el rafting. La verdad que son de las más divertidas y, esta en concreto, permite que todos los miembros de la familia puedan participar”.

Además de Murillo de Gállego, Riglos recoge numerosas cafeterías y hostales donde los amantes de la escalada pueden disfrutar de la naturaleza de forma extrema. Los Mallos de Riglos son reconocidos a nivel nacional por ser una de las joyas para practicar escalada. Pero no solo eso, también para realizar excursiones en familia. “Somos de Ardisa, un pueblo de aquí cerca, y nos encanta venir a pasar el día a la zona. Hay una excursión circular que ofrece unas vistas espectaculares de los Mallos y que es fácil para los niños. Al menos una vez al año venimos a realizarla”, dice Cecilia, una aficionada al senderismo. 

Vista desde la excursión circular en los Mallos de Riglos

La ruta acaba aquí, de nuevo en un pueblo lleno de turismo, como Jaca. Ambos recogen a muchos de los turistas que visitan Aragón y ambos envuelven la Carretera de Jaca – Santa María de la Peña. Sin embargo, esta zona está cada vez más despoblada. Los pueblos se quedan sin habitantes, sin industria y apenas sin servicios. La tranquilidad, a pesar de ser una de las características más anheladas en nuestra sociedad, parece no ser suficiente para la carretera de Jaca que, poco a poco, se vacía.

LA RALLA, UN PASEO INTERGENERACIONAL

“La Ralla”, una de las pequeñas excursiones más populares en Centenero, debe su nombre al mismo vocablo aragonés, que significa “montaña de piedra”. Actualmente el camino apenas es visible y, en ocasiones, desaparece. Sin embargo, todavía acuden niños en verano que recuperan el sendero e incluso construyen mojones que pueden ser de utilidad para los turistas de la casa rural que se animan a descubrir la zona.

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