Delitos y Cine: Amores raros

Jorge Marco, Julio Beltrán y Pablo Gracia//

Febrero no es solo un mes extraño, corto, con su día de más cada cuatro años que aun así le impide competir en extensión con marzo o noviembre. Sino que alberga en él una fecha clave para cualquier persona enamorada: San Valentín.

Celebración consumista —¿qué fiesta actual anunciada a bombo y platillo desde todas las instancias de nuestra sociedad no lo es? — y oportunidad para ensalzar todo lo relacionado con el querer entre dos o más seres. Cada 14 de febrero las imágenes de corazones, ositos de peluche y cenas en la Tagliatella colman las redes sociales, acompañadas desde hace unos años por la explotación casi industrial del archiconocido meme que referencia una escena de la primera película de El Señor de los Anillos: Sam Va Lentín, único refugio para aquellos sin reserva en la conocida cadena de restaurantes.

Polémicas aparte, hemos querido tratar en esta edición de febrero cómo el amor —su concepto, maneras, hábitos y forma de desarrollarse— puede resultar también en algo funesto al convertirse en el hogar de prácticas repudiables y usarse como ventaja para imponer la voluntad de uno sobre otro. El terreno de los sentimientos, esa cosa tan indescifrable y difícil de catalogar, es también el lugar donde habitan las acciones de más bajeza moral.

En la película Sacrificio de Andrei Tarkovski, una de las protagonistas afirmaba que cuando dos personas se quieren una siempre ama más que la otra. Es en esa desventaja donde algo que por definición debería ser bello puede dar lugar al chantaje, a la manipulación y a una ristra interminable de comportamientos deplorables. Es por esto por lo que decidimos traer tres películas en las que se muestra la cara oculta de una relación romántica, algo por lo que todas las artes han demostrado especial interés desde prácticamente su nacimiento.

Desde las femme fatale del cine negro hasta la violencia de género. Desde los matrimonios por compromiso hasta el vampirismo. El cine ha dado algunas de las más grandes obras a la hora de mostrar qué puede esconderse detrás de un “te quiero” que resulta no ser verdadero. Las películas presentadas a continuación pueden formar un excelente ciclo para ver con la persona amada y tomar nota sobre aquello que no debe hacerse.

Disfrutad y, sobre todo, no sigáis el ejemplo.

Gaslight (George Cukor, 1944)

Dentro del amplio espectro de abusos psicológicos que existen en el mal querer, ninguno es tan conocido y popular como el gaslighting. Este consiste, grosso modo, en una manipulación premeditada a través de la cual, por ejemplo, se niegan hechos que claramente han ocurrió al tiempo que se afirman otros que no ocurrieron nunca. Finalmente, la victima termina por poner en duda su propia percepción de la realidad, quedando vulnerable e indefensa ante la farsa de su maltratador. La película que ahora nos ocupa, Gaslight, dirigida por Cukor, forma parte de una corriente bastante curiosa de films que fueron rodados en los cuarenta y que se amparaban bajo un mismo tropo narrativo, que la crítica bautizó como “No te fies de tu marido” y que hoy podríamos renombrar como “Amiga, date cuenta”. Como tal vez estéis imaginando, esta película forma parte de la insólita historia de cómo se acuñó este término y su significado. Una historia fuertemente ligada a las artes escénicas y las distintas adaptaciones de cierta obra de teatro de mediados del siglo pasado. 

En 1938 se estrenó, en Londres, la ultima obra del dramaturgo Patrick Hamilton, Gaslight. La pieza relataba la macabra historia de Bella y Jack Manningham, un matrimonio londinense de finales del siglo XIX. A lo largo de la obra, Jack intentará persuadir a Bella de que se está volviendo loca para, mediante un elaborado plan, hacerse con una pequeña fortuna oculta en algún punto de la casa en la que habitan. Entre las artimañas empleadas, destaca la que bautiza la obra: Jack negará que las luces de gas que alumbran la casa estén perdiendo intensidad, haciendo creer a Bella que este efecto es solamente producto de su imaginación. El éxito fue considerable, y el relato de Hamilton llenó los teatros de Inglaterra y Estados Unidos. La adaptación a la gran pantalla era inevitable y corrió a cargo, en un primer momento, del director Thorold Dickinson, que sacó adelante una película que, hoy en día, se considera un clásico del cine británico. Gaslight fotograma 1 (1)No obstante, la historia no termina en este punto. La película de Thorold, si bien goza de una excelente calidad, no fue la auténtica responsable del asentamiento del término gaslighting. Siguiendo una tradición muy americana, los estadounidenses quisieron tener su propia adaptación de la obra, dirigida, esta vez, por el mítico cineasta George Cukor – responsable de obras maestras como Historias de Filadelfia (1940) o Lo que el viento se llevó (1939) –. Para obtener los derechos, la Metro-Goldwyn-Mayer llegó a un acuerdo con la productora británica, que tuvo que comprometerse, entre otras cosas, a destruir todas las copias de la primera adaptación de Thorold, incluso los negativos. Todo muy yankee, si me preguntan. Por suerte, esto no ocurrió y, hoy en día, podemos disfrutar de ambas películas. 

Con esta última y maravillosa adaptación, esta vez sí, la historia escrita por Patrick Hamilton llegó a todos los rincones del mundo y el titulo de la obra, transmutado en verbo, comenzó a utilizarse para describir aquel comportamiento tóxico que busca hacernos dudar de nosotros mismos y de nuestra realidad. 

Gaslight fotogramaArgumentalmente, pese a guardar ciertos cambios respecto a las dos obras anteriores, mantiene el núcleo central. A lo largo de sus casi dos horas de metraje, asistimos, temblando de rabia, a lo que parece un manual de red flags. Charles Boyer, actor que encarna al marido, nos brinda una interpretación gélida, inexpresiva e inquietante, moldeando a la perfección la psicopatía de su personaje. Aun con todo, se ve relegado a un segundo puesto en lo que a calidad interpretativa se refiere, porque la actuación de Ingrid Bergman, que le valió el premio de la academia a mejor interpretación femenina, es tan sublime e inmersiva que impide respirar al espectador hasta el dramático desenlace de la obra. 

La opresiva y claustrofóbica atmosfera que Cukor crea en la casa, esa casa en la que una mujer es prisionera de su marido y de su mente herida, es escenario de una insoportable escalada de tensión narrativa que convierte a Gaslight en uno de los mejores films del director.  

Trouble Every Day (Claire Denis, 2001)

El mito del vampiro siempre ha tenido algo que ver con el erotismo. El Conde Drácula —o cualquiera de las múltiples representaciones que le han tomado como ejemplo— aprovecha la oscuridad de la noche para infiltrarse en el dormitorio de su joven y bella víctima y, tras alargar sus afilados caninos, clavárselos en el cuello para succionar su sangre. Unas veces para matarla, otras para convertirla y en determinadas ocasiones por algo que se podría definir como simple vicio. La naturaleza del vampiro le lleva a cometer este tipo de actos, quiera o no, porque hay algo en su instinto que no consigue hacer reprimir el deseo de volver a hincar sus colmillos y alimentarse, bien para sí mismo o bien para su irrefrenable anhelo que tan parecido resulta a la pulsión sexual.

En este juego de segundas intenciones y subtextos apareció en 2001 Trouble Every Day, dirigida por la excelente cineasta francesa Claire Denis. La película parece querer replantear y expandir esta leyenda del vampirismo llevándola a un extremo brutal donde todo el romanticismo que giraba en torno al concepto de Drácula —tan propio del siglo XIX— desaparece. Como si la entrada en el nuevo milenio anunciara toda la brutalidad que traería consigo y de la que no hemos dejado de ser testigos desde entonces.

troubleveryday poster Ahora el vampiro ya no es producto de una maldición o de una especie de burla hacia Dios, sino que existe como consecuencia de una enfermedad provocada por la avaricia capitalista de los laboratorios farmacológicos. Y la sexualidad ya no se esconde tras la marca de dos colmillos. Ahora no hay metáforas que valgan para ocultar que el deseo más primario es el que puede desencadenar una auténtica carnicería que no termina hasta colmar la apetencia corporal. Es por esto que pocas figuras como la de Denis podían llevar algo así a buen puerto, ya que la directora ya había dado sobrados ejemplos de su atención e interés por la fisicidad del cuerpo humano, como puede comprobarse en ese magnífico estudio sobre la corporalidad del hombre que es Beau Travail. 

Llegamos así a una historia donde dos personas viven aisladas del mundo que les rodea de formas muy distintas. Ella —Béatrice Dalle— vive encerrada a la fuerza en una casa parisina por un doctor que es al mismo tiempo carcelero y pareja. Él —Vincent Gallo—, por su parte, viaja a la capital francesa por su luna de miel. A pesar de tener una aparente libertad de movimientos, la única manera de refrenar ese deseo sinónimo de muerte es vivir permanentemente medicado y en un estado de semiaislamiento y frialdad para con su mujer. En realidad, el viaje a París es solo una excusa para dar con el único otro ser que podría entenderle, y al que conoció tiempo atrás.

Trouble Every Day presenta una especie de dicotomía entre la pasión y el amor. Las respectivas parejas de estos modernos vampiros viven abnegadas, uno dedicado a vigilarla y limpiar los rastros que ella deja cuando consigue escapar; y otra ejerciendo de mera acompañante de un marido que no parece estar muy a gusto a su lado. Las relaciones amorosas de ambos son, por tanto, imposibles de consumar. Frente a ellos tienen a dos seres cuya existencia es castigo. Para ellos y para el resto del mundo.

La película de Denis, a pesar de seguir una cierta trama narrativa, se construye entorno a momentos, sensaciones, espacios. Los diálogos que se pronuncian son mínimos y tampoco ofrecen demasiada información. Donde sí radica la fuerza del film es en ese muestrario de cómo resulta vivir para alguien cuyo instinto más primario puede desencadenar una auténtica tragedia. Algo que se comprobará en los escasos estallidos de violencia que sí se muestran, y que sirven de perfecto ejemplo para imaginarnos la terrible condena que supone culminar el apetito sexual. Más bestias que seres humanos, gimen sobre los restos de sus víctimas y, aun con esa imagen macabra delante de nuestros ojos, parecen vislumbrarse leves gestos de cariño, brotando la necesidad de encontrar al otro en un acto que no deja de ser íntimo.

trouble every day No se quedan lejos tampoco los momentos en los que, aparentemente, “no pasa nada”, ya que están cargados de una tensión escondida tras cierta apariencia de calma que puede estallar en cualquier momento. Por ejemplo, el personaje de Vincent Gallo se encuentra de repente a solas con la chica encargada de limpiar su habitación de hotel. No dice nada, pero en su rostro se observa la contención de un deseo que se acabará por convertir en obsesión. Sólo queda preguntarnos cuántas veces habrá vivido esa misma situación y cuál habrá sido el resultado.

Trouble Every Day trabaja de esta forma mezclando conceptos como el amor, la pasión, la violencia y la soledad trasladados a un entorno terrorífico que como todo el cine de Denis se construye sobre la contemplación de diversas acciones y gestos. No parece haber una tesis. No hay un mensaje. No hay tampoco demasiada información. Tampoco se juzga, consiguiendo que frente al terror y rechazo que genera la imagen de Drácula uno no pueda sino apiadarse y sentir lástima por unos personajes que son conscientes de una enfermedad que no han elegido —sobre todo ella— y que los lleva a no poder siquiera soportar descubren de sí mismos al mirar al otro. Y el único amor que reciben nunca va a estar completo. Primero porque no pueden devolverlo, y también debido a que no deja de ser una prisión —física y literal en un caso, mucho más introspectiva en otro— que les obliga a ser mucho más conscientes de su diferencia con respecto al resto de la humanidad. Conscientes de una condición perversa que no pueden remediar.

En todos los trabajos de la directora gala existe un excelente manejo de una forma de mirar que no deja de causar una mezcla de fascinación y horror. Todo resulta misterioso, todo parece generar preguntas que no tienen respuesta —de hecho, la película comienza después de que haya sucedido uno de esos violentísimos actos— pero es durante esa observación, ese ser testigo de algo con reminiscencias a viejos mitos, donde la obra de Denis realmente adquiere importancia y consigue que no queramos ver más, pero, como les sucede a estos seres de voluntad subyugada por su propio deseo, a la vez sí.

Forajidos (Robert Siodmak, 1946)

Siguiendo la temática de relaciones desafortunadas, hemos seleccionado un ejemplo icónico de femme fatal: Ava Gardner en Forajidos. Aunque su aparición en pantalla se hace de rogar hasta el minuto cuarenta, y apenas alcanza en total los diez minutos, fue suficiente para dejar una impresión imborrable en la historia del cine. Acompañada en casi todos sus planos de una llama, Ava Gardner en el personaje de Kitty Collins encarna la pasión que desde el primer segundo sabemos que traerá la desgracia al protagonista, Ole, alias “El Sueco” (Burt Lancaster). Lo hace con frialdad, consciencia de su poder atractivo, y ninguna otra preocupación que su propio ego. 

Para completar este fatídico destino, el personaje de Lilly Harmon (Virginia Christine) representa la felicidad tranquila que Ole pierde. A diferencia de otros films noir la mujer rechazada encuentra aquí un destino afortunado en el matrimonio junto al policía Lubinsky (Sam Levene), amigo de Ole. 

forajidos poster Los recuerdos de Lubinsky proporcionan buena parte de la trama para que el investigador Jim Reardon (Edmond O’Brien) dilucide el asesinato del propio Ole, que sucede nada más empezar el film. Este principio engancha al espectador a base de preguntas: Dos sicarios profesionales llegan a un pueblo perdido para asesinar a un “don nadie”, que no se defiende y antes de morir confiesa haber cometido un error en un pasado lejano. ¿Cuál? ¿Por qué? ¿Quién son? Y, por supuesto, la pregunta que se hace cualquier espectador que ha visto el cartel de la película: ¿Cuándo aparece Ava Gardner?

Se trata por tanto de una estructura de investigación a base de entrevistas que desvelan en flashbacks la personalidad del protagonista, como se había empleado con éxito antes en Ciudadano Kane (1941), o en Laura (1944). En realidad, esta historia podría considerarse el desarrollo del misterioso relato corto homónimo de Hemingway, publicado en 1927, que trata del asesinato de El Sueco por dos sicarios, pero deja los motivos sin explicitar. También inspiró un cortometraje de Tarkovsky y tuvo una segunda adaptación en el largometraje The Killers (Don Siegel, 1964). 

La fotografía a base de luz dura (con fuentes de luz muchas veces en cuadro) y perspectivas oblicuas recrea el ambiente tenebroso, opresivo, y a veces lujoso del crimen organizado. Corrió a cargo de Robert Burks, nominado al Oscar por este trabajo, y que ya había realizado una histórica fotografía noir en El halcón maltés (1941).


No te pierdas la pieza que hicieron nuestros compañeros de Delitos y cine para celebrar los Diez años de Zero Grados. 

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