Del muralismo posrevolucionario al expresionismo abstracto

Verónica Ethel Rocha Martínez//

El muralismo en México constituyó un medio para comunicar las ideas sustentadas por los gobiernos postrevolucionarios. En ese momento coyuntural importaba sensibilizar a las personas en torno a las virtudes de un cambio que fue radical y violento, reconocer elementos identitarios en la historia de un país que entonces se constituía como un Estado con una Constitución política sustentada en demandas sociales que desde una legalidad de papel daban respuesta a los sectores más desprotegidos y vulnerados en el antiguo régimen.

Es importante destacar cómo en 1921, al final de este movimiento armado, la violencia en las diferentes contiendas de esta guerra había cobrado 500 mil vidas, según datos del historiador Javier Garciadiego en 2020. Por tanto, era un momento delicado que el Secretario de Educación José Vasconcelos supo comprender. Sin duda su gestión fue innovadora y exitosa, (Barbosa, 2007) y su mérito radica en comprender las necesidades educativas de un país devastado.

Vasconcelos, además de crear un programa escolar, fomenta la lectura a partir de libros de texto gratuitos, crea bibliotecas públicas (Barbosa, 2007) y Misiones culturales en las que integró a maestros artistas y otros profesionistas a fin de llevar conocimientos a los pobladores de las regiones rurales en el país. 

También instituyó el mecenazgo estatal en el arte, a decir de Barbosa en 2007, al invitar a pintores y artistas gráficos a decorar los edificios más importantes de la capital del país con murales capaces de retratar la historia de México. En estas narrativas gráficas se buscó reivindicar los rasgos de los habitantes para mostrar una identidad aún sin asumir distinta de los estereotipos europeos y capaz de mostrar la riqueza en la cultura, tradiciones y personas de las diferentes regiones de este vasto territorio.

Diego Rivera constituyó el eje del muralismo posrevolucionario por un período de cuatro décadas. Su obra la podemos apreciar en los murales de Palacio Nacional, en el edificio de la Secretaría de Educación Pública, en el Palacio de Bellas Artes, en la Alameda Central, en el Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria, en la Casa Azul y en el Museo Anahuacalli.

El muralismo: un asunto de identidad nacional
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Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, Diego Rivera. Foto: The Kid. Fuente: https://es.m.wikipedia.org/wiki/Archivo:The_Kid_-_Diego_Rivera.jpg

La identidad es uno de los temas expuestos por Zygmunt Bauman en 2004. La describe como resultado de la necesidad humana por pertenecer a un grupo para adquirir seguridad; para ello, refiere este autor, el individuo debe contar con características en común con el grupo al que desea adherirse y estos rasgos pueden ser valores, principios, rasgos raciales, lenguaje, religión, costumbres o cultura.

El muralismo en México tuvo un propósito claro, fue el medio para generar símbolos ideológicos de identidad nacional. Sin embargo, en 1920 a decir de Roura (2012), pensar lo indio era un reto para muchos artistas gráficos como Diego Rivera, quienes debían quitarse el modelo europeo promovido por Porfirio Díaz por más de 30 años para poder retratar los rasgos de los habitantes de las diferentes regiones del país; muchos artistas tuvieron que romper con esa cultura xenófila institucionalizada arraigada en la academia y cuya manifestación más radical era el desprecio de lo indígena porque su existencia se oponía al progreso.

En la labor por reconocer a las culturas indígenas destacó Manuel Gamio, un arqueólogo mexicano cuyo afán fue reconocer las diversidad cultural, escribió en 1917 el libro Forjando patria. Pro-nacionalismo, texto en el que expuso las profundas diferencias que impiden la integración del país en una nación (Reynoso, 2013). La identidad nacional, es entonces una construcción ideológico-política que sesga la multiculturalidad como elemento distintivo de un país de gran diversidad cultural y natural.

Crear cualquier sentido de pertenencia implica generar acciones de propaganda como lo son el culto a los símbolos patrios y el adoctrinamiento en torno a lo nacional, pero en este momento resulta una reminiscencia anacrónica con miras a crear lealtades dispuestas a trabajar por los intereses de los gobernantes; por tanto, es indispensable reflexionar ante estos intereses políticos a fin de apreciar que dichas acciones no constituyen vías de inclusión y transformación con miras a generar sociedades equitativas e igualitarias.  

Por otro lado, la educación representa el medio para garantizar que los valores requeridos para mantener la idea de nación y una identidad homogénea sean instituidas sin importar lo que realmente se promueve. Es este el motivo por el cual para lograr reconocernos como una nación pluriétnica y multicultural no basta sumarnos al Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (1989), faltan acciones afirmativas al respecto.

De acuerdo con Rodríguez  en 2009, entender esta multiculturalidad implica reconocer una sociedad muy compleja formada por grupos que no son solo étnicos, y que actualmente se distinguen por su género, edad, preferencias, demandas y que en la década de los sesentas no se sentían identificados con un nacionalismo idealizado, de ahí la expresión de su rechazo al sistema político y jurídico manifiesto en el movimiento estudiantil de 1968.

El movimiento de ruptura en el muralismo
Santiago Savi_La revolución y los elementos
La revolución y los elementos, Vlady, 1974. Foto: Santiago Savi

En 1974 Vladimir Kibalchich Rusacov es contratado para pintar murales en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada ubicada en la calle República del Salvador No. 49 en el Centro de la Ciudad de México. Vlady como es conocido este artista, llegó a México en 1941 y paulatinamente destacó en la plástica mexicana hasta fungir como el representante del movimiento de ruptura. Dicho movimiento se manifestaba contra las obras nacionalistas de los principales muralistas, esta postura tenía un fundamento claro y contundente de ahí que escribiera: “Comprendo los nacionalismos. Por eso los abomino. Los padecí y los ví cometer crímenes. Prefiero vivir otras pasiones, alma adentro, la pintura” (UACM, 2023).

El espacio destinado para crear su mural titulado “La revolución y sus elementos” fue de 2000 metros. En esta vasta extensión Vlady desarrolló ampliamente el concepto de “Revolución”; desde su concepción más simple retrató “La revolución francesa”, pero también expuso los cambios radicales en las formas de pensar al ser humano a partir de la revolución sexual planteada por Sigmund Freud en el Psicoanálisis. Realizó una crítica social en torno a la enajenación y el fútbol en México, expresó su profundo dolor ante las circunstancias que llevaron a la locura a su madre y el encarcelamiento de su padre en Rusia por no coincidir con el pensamiento radical del régimen Stalinista.

La invitación de Vlady por el gobierno en turno fue una decisión política que demuestra un cambio radical en la ideología del poder. Este cambio también se da en la plástica mexicana desde una paulatina adhesión a los intereses del mercado ajenos al realismo social y promotores del expresionismo abstracto. Queda claro que entonces no era necesario el adoctrinamiento nacionalista, el partido en el poder era hegemónico y lo fué hasta el año 2000.

El mercado del arte miraba hacia el expresionismo abstracto pues confería al artista aparente autonomía y libertad. Sin embargo, el arte desde esta perspectiva extraía de su esencia cualquier nexo social. Es precisamente esa ausencia la que destaca en los murales de Vlady, no hay una referencia a los acontecimientos sociales del momento, el movimiento estudiantil no encuentra un lenguaje gráfico que lo arrope en esos 2000 metros cuadrados; en ese sentido. Vlady parecía ser el artista requerido para acallar la inconformidad social, sin adhesión, ajeno a una postura nacionalista, extranjero, reconocido mundialmente, el mismo presidente Luis Echeverría encargó la realización de los murales en 1972 ofreciendo las salas sobrantes del Palacio Nacional (UACM, 2023).

Los murales realizados por Vlady en la Biblioteca Miguel Lerdo de Tejada desde un estilo surrealista logran distanciarse del nacionalismo posrevolucionario. No se trata en ellos de enaltecer una identidad nacional; su objetivo es narrar la revolución como un acontecimiento humano que ocurre en diferentes esferas de su acontecer, de este modo hay revoluciones científicas, ideológicas, políticas, religiosas.

La gráfica del 68

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Jesús Martínez, Sin título [Paloma de la paz atravesada por una bayoneta], 1968. Fuente: https://www.laizquierdadiario.mx/La-grafica-del-%C2%B468-mexicano

El movimiento estudiantil de 1968 manifestó la inconformidad de los jóvenes ante un régimen autoritario y denunció la manipulación y desinformación; entre las demandas de este grupo destacó el derogar los artículos 145 y 145 bis de la Constitución Política Mexicana referentes a la disolución social puesto que atentaban a la libre expresión ya que disponían la cárcel a todo aquel que realizara propaganda política, perturbara el orden público o la soberanía del Estado. En oposición a estas medidas, el movimiento estudiantil generó una amplia gama de ilustraciones desplegadas en la Ciudad de México en marchas y mítines que sirvieron como medios de información crítica.

Eran producciones anónimas creadas por estudiantes de diferentes facultades, según refiere la página del MUAC en 2018, los realizaban brigadas de dos instituciones la Academia de San Carlos y la Escuela de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”.

La gráfica del 68 movilizó a partir de imágenes y publicaciones alternativas la denuncia que contrarrestó la desinformación generada por la prensa, la televisión y las publicaciones controladas por el gobierno.

Artistas e ideología

El arte como muchas manifestaciones culturales constituye el medio más eficaz para comunicar ideología; es en ese sentido que las obras se convierten en objetos,  en mercancías del poder. Pintores como Vlady o como Diego Rivera y los diferentes artistas que constituyeron el muralismo posrevolucionario fueron patrocinados por motivos políticos claros y precisos. Sus obras perduran, no yacen en añicos o se muestran en una sala ausente, aún son objetos redituables y valiosos.

Se recuerda a Vlady en el siglo XXI, por su filiación de origen, por ser un referente socialista requerido para fundar un Centro Cultural en su nombre y que por añadidura se ubique en la Delegación Benito Juárez una de las más antiguas de la Ciudad de México y cuya historia nos recuerda aún hoy en sus avenidas y calles la lucha entre liberales y conservadores, en esta emblemática delegación se puede encontrar la casa de Valentín Gómez Farías convertida en Instituto de estudios históricos junto a un convento y enfrente de una Iglesia.

“El arte por el arte” frase acuñada en el siglo XIX que le confería independencia y libertad es una búsqueda para muchos artistas ajenos al mecenazgo. El arte contemporáneo expresa las dolencias de un cuarto de siglo que desborda en problemáticas sociales, ecológicas, en  torno a los derechos humanos de nueva generación, ciberseguridad y planetarias por lo que nuevamente ese nexo social es motivo de las más innovadoras expresiones que suman al activismo.

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