Los soldados que nunca acabaron de regresar

Astrid Otal Beltrán//

La única escapatoria era cubrirse bajo trincheras en la playa de Dunkerque. Una última retirada desesperada. Los camiones de combate ingleses y el armamento pesado quedaron abandonados en el Canal. El caos se había sentido días antes: no quedaban posibilidades en Bélgica y en Arrás los alemanes habían ganado por goleada. Se veían anulados cada vez que los enfrentaban. Harry Garrett, su hermano Ken y el soldado Ebby Lee cavaron en la arena para resguardarse de los ataques. Pensaron que estarían a salvo siempre que no explosionara una bomba cerca. «Cuestión de fe», anotaría Garrett en unas memorias de diez folios 64 años más tarde.

Desde su posición, oían cómo los aviones enemigos las dejaban caer día y noche sin oportunidad de contraataque. Imaginaron conforme pasaba el tiempo que aquella situación se parecía mucho al infierno hasta que escucharon, dos o tres días después, a un marinero de seis pies de altura gritar:

– «Vosotros, chicos. Vamos, próxima parada Dover»

Los días comprendidos entre el 27 de mayo y el 4 de junio de 1940 pasarían a conocerse como El milagro de Dunkerque. Las tropas alemanas habían detenido su avance tres días antes a 250 kilómetros de la costa y se pudo idear el rescate que evacuó a más de 350.000 soldados aliados. Harry Garrett recuerda que zarparon eufóricos, en éxtasis, pero que los bombardeos no cesaron y ante sus ojos se desplegó la escena de docenas de barcos alcanzados que ardían mientras se hundían en el océano. Soldados en el agua esforzándose por aguantar hasta ser rescatados.

Harry Garrett ahora es un anciano de 96 años de aspecto típico inglés: ojos claros, tez blanca, mejillas sonrojadas. Con Wheter’s Original en un bol a la entrada como toda persona ya entrada en edad. Afable, políticamente correcto y extraordinariamente válido para residir solo en su casa a pesar de su vejez. Pero Harry Garrett cambia el tono de su voz cuando se le pregunta por los aspectos que suelen atormentar en la guerra.

En los episodios que relata procura borrar las partes dolorosas; no involucra a las heridas. Repite constantemente ideas que aluden al honor, valentía y orgullo: «luchar por los amigos y morir por los amigos: esa era la actitud que teníamos», enfatiza. Pero nunca habla de los horrores que seguramente vio, ni de cómo uno se siente después de disparar, ni qué vacío queda cuando caen los compañeros. «Yo nunca diré nada sobre ello. Ese lado que viví y lo que hice solo Dios lo sabe», le contestó a un amigo en una ocasión. Y ahora lo repite. Él prefiere contar anécdotas como que solían freír huevos para comer en el capó de los coches.

       -¿Usted nunca ha tenido pesadillas?

-Nunca. Allí nunca reflexionas cómo te sientes. Solo piensas cuando acaba el día: Thanks God. That’s over

Solamente en una ocasión se le escapa «traumática» en una frase rápida, quizá en un momento de despiste en las que sus defensas han flaqueado. Aunque no suele ocurrir a menudo, pues mantiene las alertas encendidas. De alguna manera nunca dejó de vivir en las trincheras: sigue saludando de forma militar, mano en la frente mientras intenta erguirse; el uniforme siempre lo tiene a mano, guardado en el primer armario a la izquierda; el salón parece una base militar cuando exhibe un enorme mapa que guía con flechas la ruta seguida por el norte de África (su segundo destino después de la derrota de Dunkerque). Puede que una parte de Harry Garrett jamás regresara, pero la fracción que volvió le permitió continuar con la aparente normalidad las décadas posteriores.

No obstante, existen aquellos que retornan colapsados, rotos por dentro. La experiencia de la guerra puede que resquebraje toda la cultura tejida. El sabio Sigmund Freud acertó; al menos, para los que veían en el interior humano una explicación de los problemas. Los campos de batalla no son lugares para códigos sociales; las bombas explotan trozos de civilización. Todas las pulsiones reprimidas para la convivencia se desatan. «Impulsos crueles, sádicos, asesinos, etcétera –como escribió el neurólogo galés Ernest Jones-, se despiertan y manifiestan una fuerza extraordinaria». A los individuos se les lanza a cometer todas las acciones que repudian. Y, para Sigmund Freud, los conflictos psíquicos originan todos los trastornos neuróticos.

Los contextos bélicos puede que dejen tantos despedazados psíquicos como muertos. Inglaterra lo sabe, suma una larga lista de guerras: dos guerras mundiales, Corea, Suez, Malvinas, Iraq o Afganistán como ejemplos de su historia reciente. Por eso cada año noviembre significa recuerdo. Las poppies comienzan a adornar el atuendo de muchos de sus ciudadanos. Las amapolas de papel se aprecian en los abrigos, en los escaparates y hasta en la parte delantera de algunos camiones de reparto. Son treinta días en los que el país se envuelve en una atmósfera de duelo y patria. «Para la memoria de los caídos y el futuro de los vivos» resalta el lema. Cada poppy comprada supone un donativo a los que sirvieron y ahora necesitan ayuda. Para el futuro de los vivos.

Los poppies decoran las solapas durante el mes de noviembre. Fuente: O.A
Los poppies decoran las solapas durante el mes de noviembre. Fuente: O.A

Pero a muchos vivos les acosan fantasmas; se ven incapaces de reanudar su vida donde la dejaron. Los vecinos de un pueblo de Kent de no más de cien habitantes se percataron de que T. no podía detener el temblor de su mano. No era fácil encontrarlo caminando por la calle después de Afganistán y se escapaba frecuentemente para desaparecer semanas. Algunos creen que se largaba a beber para aliviar su alma. Descubrieron cuán atormentado podía estar cuando en una fiesta de disfraces a la que acudió su hija, él se marchó después de ver a uno de los chavales con la careta de Bin Laden. Pero él no habla, al menos no con desconocidos.

Suele ser algo habitual, parte de la cultura inglesa. Having a stiff upper lip. Reprimen las emociones para no mostrar nada al exterior. Aprenden a dominar la inexpresión del rostro. Aunque desnudarse después de haber estado en el infierno seguramente cuesta igual en todas las regiones del planeta. Las generaciones de soldados británicos no se caracterizan por mencionar los martirios que acarrean. En la casa de Barry se prohibía la palabra «funeral»; de hecho, no se asistía a ningún funeral. Su padre había regresado de la Segunda Guerra Mundial, al igual que en su día retornó su abuelo de la Gran Guerra, pero jamás supo nada acerca de las experiencias por las que atravesó. Ni tan siquiera las batallitas. Y en la familia de Kirsty Russell todavía se cuestionan si el abuelo pudo ser prisionero en Corea. Pero en ningún caso nadie preguntó, se asume el silencio como norma y los tabúes se respetan.

El 13 de noviembre de 1968, los estadounidenses se despertaron con la primera entrega de La matanza de My Lai. La agencia de modesta tirada Dispatch publicó en sus trece periódicos el artículo de Seymour M. Hersh que ningún gran medio había querido antes. Las páginas recogían un suceso ocurrido ocho meses antes. «Nadie lo vio todo. Algunos, como Roy Wood, ni siquiera supieron el alcance de la matanza hasta el día siguiente. Otros, como Charles Sledge, que aquel día hizo de operador de radio de Calley, vieron más de lo que quieren recordar», arrancaba el reportaje. Los hombres de la compañía de Charlie arrasaron con cuatro aldeas disparando sin discriminar. 504 asesinados en tan solo cuatro horas, gran parte ancianos, mujeres y niños. No encontraron vietcongs, pero la División capitaneada por Ernest Medina actuaba enajenada. El grado de locura extremo.

        -¿Qué pensamientos asaltan en la guerra, Harry?

-Comienza recordando los tanques alemanes, justo cuando los tenían enfrente. «Estás demasiado involucrado en lo que está pasando», sigue tras expresar que en la guerra no se tiene mucho tiempo para pensar. Media hora después hablará de algo relacionado: Luchar es un trabajo duro, angustioso. No sabes lo que el cuerpo está haciendo. Vives como un zombie. Está en tu cuerpo continuar.

Si Harry Garrett hubiera podido y tenido facultades, le hubiera gustado ser escritor; escribir sus memorias en un libro. Pero en la escuela fue pésimo y enseguida comenzó a vender carretillas de estiércol que cobraba a 3 libras el balde, a recoger botellas de cerveza por las que conseguía un penique y a limpiar las escaleras exteriores de las grandes casas. Parte de sus historias no abarcan un libro, se quedaron en una decena de páginas a ordenador con anotaciones en los bordes a mano. La cuarta de ellas rememora el rescate de Dunkerque:

Vimos docenas de barcos hundidos y ardiendo, y muchachos en el agua siendo salvados. Realmente era una escena traumática. Desde el canal hasta casa, fue como una regata, con tantos barcos saliendo y regresando. Más de 250 de ellos fueron hundidos y muchos más dañados en este episodio. Unos 70.000 hombres fueron víctimas -asesinadas, heridas o hechas prisioneras en este periodo-. Nosotros tuvimos bajas en nuestro camino a Dover, pero qué espectáculo digno de ver los blancos acantilados de mi querida Inglaterra. Muchos de nosotros nos rompimos por un momento. Cuando el Wosley atracó en el puerto, ¡qué lágrimas trajo! Una vez en tierra no había té, sándwiches, chocolate, cigarrillos y muchos besos. Allí fue cuando realmente lloré. Estábamos a salvo al fin, por un tiempo.

Había té, sándwiches, chocolate, cigarrillos y muchos besos. Muchos besos. El regreso al mundo humano.

Un comentario sobre “Los soldados que nunca acabaron de regresar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *