El cine ya no es lo que era

Laura Juan//

Ángeles Gracia no pisa una sala de cine desde hace más de cinco décadas. Con noventa y tres años, su relación con el séptimo arte se ha mantenido gracias a la televisión, disfrutando de programas como Cine de barrio y de las películas de sábado por la noche. 

Son las 18:30 de una tarde de domingo y mi abuela Ángeles, de noventa y tres años, está sentada junto con otros señores y señoras de avanzada edad en los asientos colocados enfrente de los cines del centro comercial Aragonia. Lo único que diferencia a mi abuela del resto de las personas que la acompañan en esos asientos, es que ella está esperando a entrar para ver el último filme de Almodóvar. Sin embargo, los demás no llegarán a entrar, sino que dedicarán su tiempo a observar y comentar el panorama.  Durante la espera, mi abuela comparte el entretenimiento de su generación hasta que mi hermana la interrumpe con un reproche:

– Abuela, no se puede hablar en el cine. Hay que estar en silencio -le advierte antes de entrar a la sala.

– ¡¿Qué no se puede hablar en el cine?! -le contesta asombrada. 

En 1955 era habitual hablar en las salas de cine y mi abuela, natural de Arándiga, un pueblo de la provincia de Zaragoza, todavía no se había mudado a la capital aragonesa, donde nacería mi madre, y ya no volvería al pueblo. Pero antes de comenzar una nueva etapa en la ciudad, mi abuela ya visitó Zaragoza en unas cuantas ocasiones, entre ellas, para ir con su hermana a los cines Palafox para ver Duelo en el fondo del mar, una disputa entre dos familias desencadenada por un fatídico accidente. Justo antes de entrar a los cines, mi abuela y su hermana se cambiaron las alpargatas por unos zapatos de tacón a juego con sus vestidos para ocasiones especiales porque el cine en aquella época era un entretenimiento especial al que acudías con tus mejores galas. Y con sus zapatos puestos, subieron las escaleras que se dirigían a las taquillas del Palafox, las cuales aún se conservan en el Paseo de la Independencia. 

Son las 19:00 y estamos en la fila para entrar a las salas. Tras mostrar las entradas a través del móvil, nos dirigimos hacia las escaleras mecánicas. Contamos hasta tres para que mi abuela coloque el pie derecho en el escalón movedizo para que seguidamente coloque el izquierdo.  Esta rápida maniobra provoca que se tambalee. Ya en el piso superior, un aroma a palomitas envuelve la atmósfera y nos acompaña hasta la sala 8, donde proyectarán en quince minutos Dolor y gloria. “Me vas a tener que llevar en brazos, maña”, se queja mi abuela sobre la distancia que nos queda por recorrer y añora el andador que siempre la acompaña en sus salidas. 

Antes no contaban con varias salas en un mismo cine, sino con solo una y de gran tamaño. Tampoco se estrenaban varias películas cada viernes de semana y una sala era suficiente para acoger a todos los espectadores. Sin embargo, a pesar de la inexistencia de una amplia cartelera y de variedad de salas, era otro modelo de cine el de los años cincuenta. Mi abuela recuerda nítidamente el ambiente y aspecto de la gran sala del Palafox: cuantos grupos de amigos y amigas se reían entre las butacas tapizadas, cuantas parejas se acomodaban en los asientos del fondo, el murmullo que acontecía la película, la amplia pantalla que se convertía en el centro de todas las miradas y como la intensidad de la luz se atenuaba.  

Un oscuro y estrecho pasillo entre la pared y el patio de butacas nos conduce hacia nuestros asientos. La sala es pequeña. Mi abuela, que no llega al metro cincuenta de altura, necesita que coloquemos un par de chaquetas para acomodarse en la butaca. Sus pies no tocan el suelo. Al momento, se incorpora para observar al resto de los espectadores que nos acompañarán en las próximas dos horas. Las 19:10 y somos veinte personas, cuya edad media sería de cincuenta años o más sino fuera porque entre los asistentes nos encontramos mis dos hermanos y yo. Por debajo de las conversaciones se escucha “Willow’s Journey Begins” de James Horner, imperceptible para los conversadores, pero la melodía no llega a su final porque Dolor y Gloria empieza. 

Dolor y Gloria es el último filme de Pedro Almodóvar, estrenada el 22 de marzo de este año. La película más personal del cineasta es protagonizada por Antonio Banderas, Penélope Cruz y Asier Etxeandia, profesionales que ya habían trabajado en varias ocasiones junto con el director. 

La última obra de Almodóvar es un coctel de recuerdos, pasiones y enfermedades. Un bloqueo que impide a Salvador Mallo, la encarnación de Almodóvar, escribir y dirigir. Esto provoca que el protagonista esté sumergido en una profunda depresión. La película nos transporta a los momentos más personales del director en una sucesión de flash backs desencadenados por la evasión del protagonista a través de las drogas. Sin embargo, los recuerdos de su primer deseo en Paterna, aquel amor que marcó su etapa adulta y su incalculable amor y devoción por su madre se convierten en una terapia para Mallo y consiguen que se reconcilie con su verdadero amor: el cine. 

Durante la película, mi abuela siente el impulso de volverse hacia mí para comentar alguna escena. No obstante, inmediatamente vuelve la cabeza para volcar toda su atención en el filme. Supongo que en su mente resuena la advertencia de mi hermana. Con todo, no puede reprimirse y contarme que le cuesta respirar ya que le agobia el tamaño y la oscuridad de la sala y la cantidad de espectadores de la misma. A lo que yo le pregunto si se encuentra bien y si necesita tomar el aire, pero rápidamente y susurrando continúa: “No te preocupes, soy corta de respiración. Además, me imagino que estamos solos y se me pasa”. 

Ya ha terminado. Esperamos a que abandone el recinto todo el mundo para salir después con calma. Mi abuela no tarda en desvelarnos su opinión: no le ha gustado en absoluto la última de Almodóvar a pesar de que aparezca una de sus actrices favoritas: Penélope Cruz. Pero no solo eso, sino que tampoco la sala, ni que el cine se encuentre dentro de un centro comercial. Con todo, nos agradece la experiencia pero si hay una próxima vez, le prometemos que será en su añorado cine Palafox.

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