El blockbuster de los 90, un recorrido por la idiosincrasia estadounidense post Guerra Fría

Adrián San Román//

Bruce Willis dijo en 1991: “Ahora en los 90, no puedes coger a un tío y partirle la cara. Tienes que decirle primero algo chulo. Se trata de una frase del libreto de El último Boy Scout (1991), dirigida por Tony Scott, pero que resume a la perfección el espíritu cómico y chulesco que invadió a los blockbusters de la época.

Hace poco mantuve una conversación con un compañero acerca de aquellas películas que levantaban nuestras más intrínsecas pasiones aún a sabiendas de lo malas que eran. Un símil parecido que me pasa por la cabeza es ese momento en el que estas devorando cualquier guarrada prefabricada y algún listillo extiende el interminable listado de productos cancerígenos indicando que (¡sorpresa!) tus deliciosas chucherías no son una excepción. El conocimiento de dicha información no altera ni lo más mínimo tu determinación de seguir devorando como una fiera corrupia el interior de esa bolsa de plástico colmada de basura. ¿Se entiende no?

Pues algo así me pasa con el cine de acción de los 90. No es casualidad que entre mi amigo y yo sacásemos más de veinte títulos y todos ellos correspondiesen a este periodo de diez años. Un periodo en el que los directores del género cogieron los elementos ya presentados en el cine de acción de los 80 y los elevaron al más alto grado de lo épico y lo absurdo. El resultado es una ristra de películas que surgieron en los 90 porque no podrían haber surgido en ninguna otra época, fruto de una tesitura temporal en la que un crisol de patriotismo, militarismo, herencia nuclear, atisbos de conciencia ecológica y una pasión innegable por todo aquello que existe más allá de las estrellas reventó por todas partes dejándonos títulos inolvidables, que nos guste o no, marcaron una época.

Para empezar, tenemos que pararnos a contemplar  la figura del actor que quizás mejor ha definido el blockbuster noventero. Aunque ahora sea un paria renegado de la industria y sobreviva como soldado de fortuna prestando sus servicios entre una película de serie B y otra, hubo un tiempo en que el sobrino de F.F, Coppola, Nicolas Cage, se codeaba entre los gigantes de la industria, y lo mismo trabajaba con David Lynch o Mike Figgis que se dejaba melena y repartía estopa entre un grupo de desalmados presidiarios.

Sí, estamos hablando de esa casposa Con-Air, convictos en el aire que tantos buenos y vergonzosos recuerdos nos ha dejado para la posteridad. Si bien el prototipo de héroe americano ya se nos había presentado en los años 80 con películas como Rambo o Robocop, los  90 aportan al protagonista del blockbuster una profundidad ética especialmente insistente y machacona, que llegará a enlazarse de manera cómica con los principios patrióticos.

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Con-Air, firmada por un novato Simon West que acabaría firmando sagas de acción como Los Mercenarios, Tomb Raider o The Mechanic, solo es la cúspide de una triada que definió el cine de la década. Entre 1996 y 1997, Cage firmó las otras dos películas que acabarían por definir su carrera: una desternillante Cara a Cara junto con John Travolta, y la que posiblemente sea una de las mejores películas de acción de los 90, La Roca, del explosivo Michael Bay. La Roca quizás sea la película más representativa del blockbuster de los 90, un cóctel casi perfecto, un complejo andamiaje de conceptos manidos que se sostiene por arte de magia. En ella se nos presentan la mayoría de los conceptos que marcaron la década, la figura de un científico protagonista, un tipo parlanchín y graciosete que acaba convertido en un auténtico héroe americano. Un exacerbado sentimiento patriótico, edulcorado con una jerga castrense que hace las delicias de los adolescentes hormonados.  Persecuciones de coches y explosiones, muchas explosiones, que llegaron a apuntalar las bases del estilo cinematográfico de Bay, basado en la testosterona pura y dura, y que haría de su particular cruzada en el cine de acción de la década siguiente un meme andante. Por no mencionar la veterana figura de Sean Connery aportando una solemnidad que roza lo chanante; o la aparente seriedad con la que Ed Harris, en su personaje de militar sin escrúpulos, se toma todas las líneas de su guión. Ahí queda la escena de la ducha, la de Rocket Man, o el duelo de machitos de Connery y Cage. También hay aliens en La Roca, aunque no aparezcan explícitamente y solo se hable de ellos.

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Hemos mencionado antes la figura del militar sin escrúpulos de Ed Harris. La figura castrense durante los años 90 se vio sacudida por dos convicciones enfrentadas: aquella que ennoblecía su trabajo, presentándole como salvador de la patria, y aquella que los criticaba haciendo denuncia de su falta de convicciones personales y retratándole como una marioneta del sistema. Starship Troopers, de Paul Verhoeven, es quizás la parodia más incisiva de esta última tendencia, que nos presenta una fantasía húmeda adolescente en las que mancebos descerebrados viajan a planetas lejanos para descargar plomo sobre insectos gigantes, ocupando sus ratos muertos en juergas universitarias, sexo y música a todo volumen. Cualquier similitud con la guerra de Vietnam es pura coincidencia y lo que a priori pudiese parecer una oda al militarismo es en realidad una profunda crítica hacia una sociedad que se enorgullece de su belicismo, recomponiendo la figura de Verhoeveen no como un director comprado por el inframundo comercial y sin principios de Hollywood, sino como el mayor maestro de las bromas pesadas  de la historia del cine.

Otra película esencial para entender esta militarización del cine noventero es Stargate: La Puerta hacia las estrellas, una película en la que volvemos e encontrarnos con el protagonista científico listillo abriéndose paso en un mundo de adustos hombres de acción de pelo rapado y pocas palabras. James Spader y Kurt Russel coprotagonizan esta cinta, que si bien se desmarca dentro de la tónica realista para saltar a la ciencia ficción, no por ello deja de ser menos reveladora. Aquí nos volvemos a encontrar con el personaje militar corto de miras que ya veíamos en La Roca, solo que en este caso, el testigo de Harris pasa a Russel. Ambos tendrán un momento epifánico en el que empezarán a pensar por sí mismos gracias a un soliloquio humanista del científico protagonista. Estados Unidos se jacta de tener el cuerpo militar más implacable del mundo, así como más concienciado por el bien común.

La temática militarista se engancha directamente con otro género, que si bien cuenta con ejemplos reducidos, ha gozado de un impacto sin precedentes. Ya sean alienígenas, olas gigantes o meteoritos del tamaño de Kansas, el mundo se enfrenta a la aniquilación en el género apocalíptico. La perspectiva de una aniquilación absoluta ofrece  a los guionistas una oportunidad única, la oportunidad de explorar la forma en la que la humanidad intentaría organizarse para combatir la destrucción absoluta. Sin embargo, y tal y como se puso de moda en la década siguiente, la humanidad de los noventa no se encuentra desorganizada, aterrorizada, ni mirándose el ombligo. Si por algo se rige el cine apocalíptico noventero es porque la humanidad está preparada para el caos absoluto. Existe una tendencia globalizada a la solidaridad y a la ayuda cooperativa y Estados Unidos, como herencia de una tradición nuclear que supo manejar, dirige y vertebra todas las acciones de ayuda humanitaria. Tras la caída del comunismo, Estados Unidos es el líder indiscutible, la antorcha que guía al mundo, el responsable de tender los puentes de cooperación entre las diferentes naciones del planeta tierra.

De este modo, nos encontramos títulos como Armageddon, de Michael Bay, -que vuelve a aparecer en nuestra lista-, o Independence Day, dirigida por Roland Emmerich. Este conformaría la tercera cúspide, la triada noventera junto a Bay y Verhoeven. Hubo otros títulos que gozaron de un menor reconocimiento, como Deep Impact o la posterior película de 2003, herencia directa de esta corriente, El Núcleo, de  Jon Amiel, que apenas tuvo repercusión en taquilla al realizarse demasiado tarde, lejos del cenit de la ola, o lo que es lo mismo, a destiempo. Si antes decíamos que La Roca es posiblemente la película más representativa de esta década, Armageddon e Independence Day le siguen muy muy de cerca. Ambas parten de premisas profundamente absurdas y ambas presentan de nuevo esa dimensión ética chabacana, ese sentido del sacrificio americano que esculpe a los verdaderos héroes de la patria.

Armaggedon, de Michael Bay, será recordada eternamente por varias razones, como por perforar las mentes de toda una generación de jóvenes al son de I don’t wanna miss a thing, de Aerosmith –la hija de Steve Tyler, Liv Tyler, tuvo un papel en la película-; por dar a conocer a Ben Affleck; pero, sobre todo, por lanzar al aire la eterna pregunta ¿Qué es más fácil, entrenar a unos astronautas para perforar un meteorito o entrenar a unos mineros violentos, drogadictos, alcohólicos y obesos para que se embarquen en el viaje espacial más complejo de la historia de la humanidad? Claro está que si Bay hubiese utilizado el sentido común no habríamos disfrutado de un Steve Buscemi montando una cabeza nuclear al estilo Dr. Strangelove en suelo meteorítico, ni de Bruce Willis viajando al espacio junto con su futuro y odiado yerno. Pero ese tipo de cuestiones nunca abandonan la cabeza de quien ha visto este filme.

Al margen de la coña fácil, Armageddon presenta una serie de elementos que puede que, a priori, pasen desapercibidos, pero que dicen mucho de la generación que acudió a los cines a verla. Armaggedon habla de una nación dividida donde astronautas de la NASA, orgullo de la nación, se ven obligados a convivir con la mayor chusma imaginable: ese equipo de perforación que representa a la América más profunda, paleta y eminentemente republicana. O lo que es lo mismo, la convivencia entre dos grupos opuestos para, finalmente, ofrecer un cierre en el que los astronautas quedan como títeres de un poder superior sin conciencia, capaces de detonar una bomba nuclear matando a millones de personas -quien dice astronautas dice militares-, y donde el hombre de a pie, el cateto, el inculto, les da una lección de ética apostando por lo imposible. Establishment puro y duro. Una lección de idiosincrasia estadounidense para aquellos que todavía se extrañan de que ganase Trump. Mención aparte merece el personaje de Peter Stromare, ese cosmonauta soviético, sucio y malhablado, que tacha a los americanos de nenazas, un pequeño gesto que no pasa desapercibido y que dice mucho de la perspectiva que tienen los americanos se su propio ombligo y de su correspondiente campo gravitatorio de influencias post-Guerra Fría.

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Y de aquí pasamos a Independence Day, el panfleto patriótico más hortera jamás rodado -y eso que Roland Emmerich es alemán-. Una vez más, Independence Day nos pone en el papel protagonista a un científico listillo, ese neurótico y recién divorciado Jeff Goldblum que tiene que colaborar con el militar graciosillo del Bronx, ese acertadísimo Will Smith, en uno de los mejores papeles de su carrera -porque quien a estas alturas siga pensando que El Príncipe de Bel Air tiene algo que aportar al cine dramático es que no quiere darse cuenta-.

Para quien no haya visto esta obra maestra de lo chanante, aquí va un breve resumen: los alienígenas vienen a darnos mantequilla sin razón aparente y ninguno de nuestros misiles les hace ni cosquillas, de modo que el presidente -interpretado por Bill Pullman- echa mano de los restos de la nave alienígena accidentada en Roswell en 1947que se guarda en el Área 51, porque nada le gusta más a un americano que regodearse en los mitos de su historia. Después el presidente moviliza a todo aparato volador para encabezar un ataque aéreo y descargar un virus de ordenador para… ¿Desactivar una nave alienígena? Si, damas y caballeros. En los 90 términos como Internet o software aún se consideraban jerga avanzada y se cometían gazapos del tamaño de catedrales. Internet era como ese saco de sueños imposibles, ese recurso narrativo Deus Ex Machina que todo lo podía, esa constante fuerza todopoderosa capaz de resolver tramas como quien vende churros.

Pero ante todo, Independence Day es una película patriótica. Una película que habla sobre cómo una nación se defiende con uñas y dientes de unos perversos aliens el día del aniversario de su independencia, haciendo un paralelismo notable entre el motivo que celebran -la victoria sobre los ingleses, los antiguos tiranos opresores- y el reto que se les viene encima -vencer a los alienígenas, los nuevos tiranos opresores-. Y es este patriotismo el que enlaza con la última corriente a analizar en este artículo, el que quizás sea el género más exponente del blockbuster noventero: el cine presidencialista.

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En algún momento de los años 90 la figura del presidente de los Estados Unidos trascendió de su mera dimensión política para convertirse en un líder espiritual del modo de vida americano más mamporrero. Ese hombre sacrificado, excombatiente, dispuesto a mancharse las manos para proteger a los suyos. Un presidente que en ningún momento se especifica si es republicano o demócrata, pero que sale a defender a su patria de cualquier enemigo, extranjero o nacional. El presidente se convirtió en un héroe de acción. Es el caso, como ya hemos visto, de Independence Day, y lo es también del último título de nuestra lista, Air Force One, dirigida una vez más por Wolfang Petersen. Una película en la que, a diferencia de Independence Day que manejaba un reparto más o menos coral, el único e indiscutible protagonista es Harrison Ford encarnado al presidente James Marshall. El cine presidencial es, quizás, el mayor exponente de esta corriente patriótica que imperó durante los años 90. Fue la sublimación abiertamente hortera de una corriente que estipulaba el principio de la fuerza mayor, algo que pudimos ver unos años después de una manera desnatada en películas como Olympus has Fallen (2013) o White House Down (2013, también dirigida por Rolan Emmerich), donde el presidente de los Estados unidos volvía a enmarcarse dentro del perfil de héroe de acción aunque de un modo abiertamente menos patriótico y más escéptico con respecto a los valores nacionales.

El resultado de este compendio de calamitosas películas es una corriente única, una serie de filmes que crearon escuela y que posiblemente no podrían haber prosperado en ningún otro momento histórico. Una especie de microclima favorable, un reducto imbatible, un caldo de cultivo recóndito que nos dio auténticas joyas del blockbuster de culto. Una declaración de independencia audiovisual aderezada de armas, aliens y coches volcando a 200km por hora. Unas películas que retrataron un sentimiento patriótico único hasta el momento, el de una nación que se enorgullecía de sus pilares por encima de sus posibilidades de hacerlo mediante un tratamiento comedido y que no cayese en la mofa.

Durante los años siguientes hubo intentos notables de volver a reenganchar la tónica de aquella época. Hemos mencionado antes algunos títulos como El Núlceo (2003), Olympus Has Fallen (2013) o White House Down (2013), pero la película que quizás mejor recoge esta herencia para moldearla como algo semi-nuevo es National Treasure (2004), de John Turtletaub -mal traducida en España como La Búsqueda-. Una película -y su secuela- en la que nos encontramos con todos los elementos característicos de los 90. A saber: el protagonista listillo intelectual, el mundo de militares-mercenarios adustos, los aliens -solo mencionados-, patriotismo, oda a la reciente historia de América, Nicolas Cage, el Presidente de los Estados Unidos, persecuciones, etc. Una simple comparación entre la saga Indiana Jones y la saga de Nic Cage nos revelará las diferencias sustanciales entre ellas dentro del género de aventuras, que es principalmente la brecha de temática y narrativa entre los 80 y los 90. Pero eso lo dejamos para otro artículo.

Autor: 

Irene Lozano nombre Irene Lozano foto

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22 años, hater profesional. Siempre me ha seducido el arte bisagra, aquel que juega en el terreno de lo comercial sin olvidar la perspectiva del autor. Aquel que te invita a entrar, a conocer, y en definitiva, a ser una persona más crítica y completa.

Twitter Irene Lozano


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