Una vuelta al estoicismo

Por Elías Achón //

La felicidad es aquello que nos mueve a cumplir nuestros objetivos, que nos realiza como personas y nos ayuda a tener un bienestar emocional. Desde hace siglos, los filósofos ya la trataban como una de las máximas metas de las personas. La concepción que existe hoy en día de “felicidad” es distinta a la que se podía entender en el pasado, debido a la influencia que han generado en dicho concepto los aspectos relacionados con el entorno que rodea a las personas y al consumo material.

Vivimos en un mundo lleno de oportunidades. Tomando como referencia la mayor parte de los aspectos de la vida occidental, tenemos la oportunidad de satisfacer casi cualquier necesidad, lo que se puede traducir en una mayor posibilidad de ser feliz. Pero no siempre es así. Debemos entender que la felicidad es una condición individual, es decir, algo que hace feliz a una persona, puede que no genere la más mínima reacción en otra. Ahí entra en juego el concepto de bienestar subjetivo y cómo el individuo se identifica con su entorno y las personas que lo conforman. En el estudio sobre la felicidad de los españoles de Francisco Mochón, se analiza cómo se forma el bienestar subjetivo y paralelamente ofrecer alguna luz adicional sobre determinados conceptos.

Al ser algo propio en cada uno de nosotros, requiere verla como un esfuerzo individual continuo. La lucha individual debe entenderse como el fortalecimiento de las virtudes que permiten afrontar con un mayor optimismo la vida, virtudes como la autoestima o la capacidad de reacción ante diversos problemas. Esto no significa que haya que buscar un nuevo horizonte de felicidad día a día.

El apreciar aquello que nos rodea, nuestro entorno más cercano, nos ayuda a cultivar nuestro “yo”. Conseguir centrar nuestra mente en una sola meta nos sirve como un faro con el que guiar nuestro camino hacia esta meta vital. Tal y como afirma Mihaly Csikszentmihalyi en Fluir: la psicología de la felicidad (Editorial Kairos, 1996), “la búsqueda de un objetivo trae orden a la conciencia porque una persona debe enfocar su atención en la tarea que está llevando a cabo y olvidarse momentáneamente de todo lo demás”.

La felicidad, en muchas ocasiones, conlleva riesgos. Las personas que desean desarrollar sus metas tendrán que exponerse a muchos factores de su entorno, ya que aquellos miembros de una sociedad que no sientan la necesidad de avanzar no serán felices. Estos últimos mantienen un perfil que les lleva a la satisfacción momentánea a través de pequeños placeres que, si entran dentro de nuestra rutina, acaban siendo imperceptibles.

Con ello es necesario que entendamos la importancia que tiene trabajar en nuestras capacidades y el entorno que nos rodea, algo que hoy en día no es fácil, debido a su magnitud. El desarrollo de las redes sociales y el mundo mediático favorece la aparición de necesidades que jamás se habían planteado antes. Esto, en principio, no es bueno ni malo: simboliza el avance de la sociedad. Refleja la manera en la que hemos cubierto las necesidades más básicas y la búsqueda la satisfacción de aquellas que consideramos nuevas.

El macroentrono de las redes sociales

El entorno de las personas condiciona por completo su felicidad y la manera en la que desean alcanzarla. Como explica Csikszentmihalyi, “las percepciones sobre nuestras vidas son el resultado de muchas fuerzas que conforman nuestra experiencias y cada una provoca un impacto que hace que nos sintamos bien o mal”.

Al hilo de esto, es necesario resaltar uno de los experimentos más destacados en cuanto a la relación que existe entre el entorno, actitud y forma de vida con la felicidad. Se descubrió que durante la década de 1930 un grupo de 178 monjas de clausura estadounidenses habían redactado una serie de cartas en las que explicaban los motivos por los que habían dedicado su vida a Dios. Los resultados de cruzar las variables de longevidad y felicidad fueron muy claros: el 90% de las monjas que reflejaron un mayor optimismo y alegría en sus palabras habían vivido más de 85 años. Por otro lado, tan solo un 34% de aquellas que mostraban un perfil más pesimista sobrepasaban esta cifra de edad.

¿Qué tiene que ver este experimento con todo lo planteado hasta ahora? Es muy simple. Estas mujeres no fueron elegidas al azar. Son personas que no se exponen a hábitos como fumar o beber alcohol, además de mantener una alimentación y estilo de vida muy estable. En otras palabras, viven en entornos diferentes al resto. Imaginemos esta noción de entorno-condicionante hoy en día, momento en el que la población vive más expuesta que nunca. Además de convivir con esos hábitos tan nocivos, encontramos dos elementos clave: internet y las redes sociales.

Aspectos como nuestra condición física o forma de vestir siempre van a depender, en última estancia, de nosotros mismos, en el sentido de querer cambiarlas o no. No obstante, cuando uno de los dos elementos que se acaban de citar entra en escena, todo cambia. La imagen de un influencer disfrutando de unas idílicas vacaciones en Punta Cana, las cuales han sido pagadas mediante contratos publicitarios o por el propio hotel en el que se aloja, hace que veamos nuestras vacaciones de la costa brava de nevera y sombrilla algo insulso. Lo que deseabas que llegara año tras año, ahora lo ves demasiado común. Puede parecer que lo ignoramos, pero son ideas que se graban en nuestro inconsciente. El ver la alegría de esa persona a la que seguimos o admiramos llegará a generar una dependencia de aquello que le hace feliz.

La realidad actual está enfocada al consumo de productos o experiencias que afirmamos necesitar, pero es necesario saber distinguir entre “necesitar” y “querer”. Una “necesidad” es aquello que conforma una parte fundamental de nuestras vidas, algo que es totalmente vital en nuestros procesos más básicos del día a día. Las redes no solo nos enseñan tipos de felicidad, sino que son un escaparate en el que creamos una imagen o el reflejo que queremos mostrar a los demás.

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Ante esto, los más jóvenes son los más vulnerables. La mayor parte de la publicidad que consumen los jóvenes se encuentra en las redes sociales, uno de los entornos digitales en los que más horas consumen. Si este macroentorno llega a ocupar gran parte de su tiempo, puede degenerar en una presión social continua hacía el “qué dirán”.

Un estudio conjunto entre España y Colombia, el cual ha sido editado por la Universidad de Huelva, revela que entre los perfiles de Facebook seleccionados como objetos de la investigación “la imagen que los adolescentes publican para ser identificados  en la red social es uno de los elementos a los que dedican mayor tiempo: piensan su imagen, la diseñan, la crean, la producen, la editan… la reeditan”. No obstante, es necesario destacar que este hecho se podría extrapolar a las personas de distintas generaciones. La identidad que cada uno mantenemos en la redes sociales es igual de importante, independientemente de la edad que uno tenga.

Alejandro Simón Partal subraya este condicionante social existente hoy en día que puede llegar a generar agobio en el individuo. El poeta y filólogo malagueño está elaborando un estudio sobre cómo se vincula la felicidad en las artes, mediante la residencia que lleva a cabo en el centro de arte y tecnología Etopia. “En mi estudio defendemos otros modelos de felicidad más centrados con la resistencia o la sumisión como recogimiento” -afirma- La sumisión entendida como la cercanía a otro”. La perspectiva de la resistencia se presenta como la confrontación al capitalismo como dogma de vida. Esto podría derivar en la autorreflexión por parte del individuo, ser capaz de ver lo que verdaderamente le satisface y lo que no.

A pesar de estar más expuestos a distintas influencias, John F. Helliwell y Robert D. Putnamun determinan, mediante  un estudio (The social context of well-being, 2004) de las diversas variables que condicionan el bienestar de la población, que los jóvenes son más propensos a considerarse personas felices debido a que apenas tienen responsabilidades. No obstante, a través de los resultados que obtienen, establecen que las personas mayores también tienden a estar más satisfechas con sus vidas, a pesar de tener una salud más frágil, tener una renta reducida por la jubilación y, en algunos casos, vivir sin pareja. Esta afirmación es demasiado generalista para no matizarla dentro del contexto occidental. Es más que cuestionable que esta conclusión se pueda extrapolar a zonas subdesarrolladas.

La felicidad de lo material

La propia Real Academia Española defiende la felicidad como “estado del ánimo que se complace en la posesión de un bien”. En la actualidad, vivimos en una sociedad basada en el consumo más radical, lo que lleva a la generación nuevos tipos de necesidades, entre las cuales surgen las falsas necesidades: objetos que no son vitales, pero que queremos comprar de manera compulsiva, por el simple hecho de tenerlo. Esto no genera otra cosa más que un efecto de felicidad momentáneo, de una mejora del bienestar temporal. ¿Quiere decir esto que el consumo es algo negativo? En absoluto, salvo que se haga hincapié en el consumo y este nos genere sensación de dependencia.

Al tener las necesidades básicas cubiertas, la población occidental ha tenido que buscar otro tipo de metas basadas en la adquisición de diversos productos o experiencias que les reconforten y generen un buen recuerdo en sus memorias. No obstante, hay que dejar claro que el concepto de felicidad ha evolucionado mucho a lo largo de los siglos o, mejor dicho, se ha sofisticado. Varios siglos atrás, una persona podía ser feliz teniendo un techo y un plato de comida cada día. Con el paso del tiempo, ya no basta con tener un plato de comida, sino que ahora queremos comer cosas variadas y que nos apetezcan. Esta sofisticación de la vida occidental no es otra cosa que un proceso que se desprende de lo que llamamos “civilización”. Ya no basta con alimentarnos todos los días, ahora necesitamos elegir con qué llenamos los platos.

Vivimos en una realidad que se mueve con un ritmo vertiginoso. Durante la mayor parte de nuestras vidas contamos con poco tiempo para el ocio, la principal fuente de alivio de las personas. La dependencia del consumo ha hecho que entre en juego una variable que condiciona el camino a la felicidad actual de manera directa: el dinero. La situación económica nunca había sido tan importante para mantener un estado de bienestar, o eso pensamos. La concepción actual de conceptos como “ocio” o “entretenimiento” ha fomentado que surjan necesidades basadas en comprar o consumir productos de manera casi irracional. Esto, unido a tener momentos muy limitados para el tiempo libre, hace que no nos resulte extraño que cada vez busquemos caminos que nos conduzcan a una satisfacción inmediata.

El ejemplo de la influencia del estatus económico queda evidenciado en el estudio La felicidad  de los españoles: factores explicativos (Revista de Economía Aplicada, 2010) de Fernando Mochón. En él, se afirma que “los estudios evidencian un efecto positivo de la renta sobre la felicidad. Las personas con niveles más elevados de renta tienen más oportunidades de alcanzar lo que desean y además tienen un estatus social más elevado”. Hoy en día es posible que el dinero no de la felicidad, pero queda claro que es un elemento muy importante.

Un concepto cambiante

La persecución del auténtico significado de “felicidad” ha sido algo constante en la historia de la humanidad. Aristóteles relacionaba hacer el bien con ser feliz y veía la felicidad eterna como algo posterior a la muerte. De esta manera, la filosofía que los estoicos mantenían ante la vida fue uno de los ejes principales sobre los que ha ido girando el concepto de felicidad durante siglos. Los seguidores del estoicismo apoyaban “la idea de autarquía, de lo que tiene ousfa o consistencia y por ello posee libertad e independencia frente a lo contingente o circunstancial” tal y como explica Juan del Agua cuando cita al escritor Julián Marías y su obra Felicidad humana (Alianza Editorial, 1987).

No obstante, según Julían Marías, la introducción de la moral cristiana durante el siglo XVIII modificó esta concepción. Trajo de nuevo una visión aristotélica, afirmando que la felicidad se alcanza entre el buen comportamiento en este mundo y la muerte. La paz del alma basada en la contemplación del mundo que nos rodea propuesta por aquellos que adoptaban esta doctrina es la máxima sobre la se construyen los modelos alejados del consumismo y los macroentornos de internet. La sobreexposición al mundo consumista y mediático que nos rodea ha creado una imagen materialista de la felicidad, llena de lo que podríamos clasificar de “momentos artificiales”, según estas teorías.

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Para Alejandro Simón Partal, la felicidad no es algo que surge en el momento. “Con el paso del tiempo asimilaremos en la memoria eso como momentos felices y eso nos hará recordarlos”, -explica- Rara vez identificamos la felicidad con el presente, nos pasamos mucho tiempo planificando la manera de ser felices”. Este concepto es construido mediante instantes en los que las personas se sienten completas, fragmentos vitales en los que todo queda olvidado y solo existe “el ahora”, lo que está sucediendo en ese momento, pero que necesitan ser grabados en la memoria. Para este autor, todo aquello que se vincula con la felicidad instantánea se relaciona más con la euforia, ya que el ser feliz “requiere reflexión o perspectiva de tiempo”.

El problema surge cuando se abre esa gran ventana que llamamos redes sociales. El concepto de felicidad emocional se trunca hacia una suerte de felicidad artificial basada en la obtención de aquello que se ve delante de las pantallas. Como se ha mencionado, esto no es necesariamente malo. Conseguir tener una felicidad eterna puede verse como un imposible, al menos, en este mundo.

Ser felices es una lucha continua que tenemos que realizar en nuestro día a día, la clave de esto está en lo ambiciosos que seamos. El dicho “no es más rico el que más tiene, sino el que menos necesita” es un tópico demasiado extendido, pero es real. Una persona cuya felicidad se base en elementos de su entorno más cercano, como las personas que le rodean, conseguirá ser más feliz que aquella que centre sus necesidades en aspectos relacionados con lo material o el consumo compulsivo. Por todo ello, parece que retomar la concepción estoica de la felicidad es cada vez algo más necesario, tanto para vivir lo más alejados posible del consumo compulsivo como de las falsas necesidades.

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