Las mujeres que aprendieron a llorar

Sara Zuluaga García (Universidad de Quindío)//

Una crónica sobre el dolor propio y, a veces, el ajeno

A las 2:50 de la tarde el sol enorme y naranja parece latir. La luz golpea sin piedad las paredes despellejadas en el barrio Olaya Herrera, en Cartagena de Indias. Desde el callejón se ve una ventana en la que hay una cortina azul corrida hacia un lado y sostenida por  un gancho de los que usan las mujeres para el cabello. En el fondo, un televisor prendido en un canal infantil con el volumen muy alto. Un niño sentado en frente, sin camisa, comiendo arroz con la mano. Al lado, una mujer está sentada en el borde de un sofá viejo; tiene la cabeza en alto y la mirada pobre. Si sus manos empiezan a temblar las aprieta entre sí. Si su pie derecho empieza a moverse de un lado a otro se cruza de piernas de tal forma que quede abajo, ahorcado por el que no tiembla, como obligando al cuerpo a no enterarse.

Cuarenta minutos antes, el que era su hijo mayor estaba probablemente cerrando los ojos con fuerza: cuatro puñaladas, patadas y puños. Resistió seis minutos después de la tortura.

Son casi las cuatro de la tarde y Soledad todavía está sentada en el sofá cerca de su nieto, pensando qué hacer con el cuerpo de su hijo que ahora cae como derritiéndose mientras los vecinos lo levantan.

***

Dos días después, el barrio Olaya está vestido de blanco. La gente camina lento y hay un tambor que retumba en el estómago de los familiares y amigos. Y de alguien más. Hay una mujer negra cargando a un niño. Sus labios tiemblan. Muchas personas caminan a su lado despacio, cuidando cada gesto. Llevan licores de todo tipo. Desde las ventanas del segundo piso se ve, en medio de la gente, un ataúd con una grabadora de la marca Sony encima. Suena una canción que se escucha en todas las cuadras. La gente canta las terminales con desgano. Al lado de Soledad hay una mujer pequeña y delgada, tiene ojeras marcadas y no para de llorar. Por momentos cubre su rostro con un retazo de tela. Sólo Soledad sabe quién es.

En Cartagena de Indias hay aproximadamente 2.760 muertes al año, de las cuales se realiza velorio al 80%. De ese 80%, sólo un dos o tres por ciento tienen una plañidera. Plañir significa sollozar. Las plañideras de velorio son mujeres que cobran por llorar en los entierros. Viven de lamentarse por las muertes ajenas. Son mujeres que alquilan el dolor, como si con el suyo no fuese suficiente.

En internet circulan distintos artículos que explican de qué trata el oficio: Las lloronas bien vivas y pagadas; Lloronas, lágrimas con precio; Un negocio con futuro: te pagan (y muy bien) por ir a llorar a funerales de desconocidos. Entre tanto, también hay un vídeo en un portal mexicano en el que muestran un concurso de plañideras donde cada una tiene entre diez y doce segundos al aire para llorar y quejarse. Según explica el fotógrafo Manuel Pedraza en una conversación telefónica, todo en Colombia es show, y cualquier hecho que parezca ficción se convierte en una burla antes que en un ritual sagrado.

Algunas plañideras de Cartagena y San Basilio de Palenque dicen: “Yo hago esto porque a las mujeres nos queda fácil llorar”; “Soy plañidera porque mi Dios me dio el don de lamentarme por los otros”. Pero hubo un testimonio maravilloso: “Plañir es el sollozo por los otros y por nosotros mismos”. Entonces recordé un poema de Edgar Lee Masters:

«En pocas palabras:

bastaría un solo rasgo de los que se elaboran en la trama

para mostrar la cercanía de una vida,

por humilde que sea,

con respecto a todas las vidas del planeta.»

Antonia Pérez, cartagenera, dice que en Colombia hace unos años fue desapareciendo este oficio porque las plañideras más importantes de los pueblos empezaron a morir de viejas y el legado se empezó a perder. Pero asegura que a la gente todavía le encantaría pagar por una plañidera, porque es el homenaje más bello que se le puede hacer a un ser querido. Y quizá esté desapareciendo un oficio que le hacía honor a un rasgo de la condición humana: el efímero lamento por la desgracia ajena, acompañado del inagotable lamento por la propia.

Pero aquí el asunto es otro. El asunto no son las familias que pierden seres queridos, ni la tradición de las plañideras, ni el oficio de ir llorar y cobrar por ello, ni mucho menos los muertos. El asunto es todo lo que sucede en la cabeza de una plañidera cuando sabe que tiene que llorar.

En la época en que casi todos los velorios tenían plañideras, que fue antes del 2000, eran consideradas algo así como prostitutas y en el pueblo se les miraba con desdén. Lo que cuenta Basilia es que una plañidera era una mujer con esposo, hijos, deudas. Y que como a cualquier mujer, le tocaba salir a la calle a buscar qué llevar a casa. Como menciona Basilia, muchos medios que querían cubrir el tema se preguntaban si el oficio de las plañideras era igual que el de un actor. Basilia, con enojo, me contó que cuando hicieron ese comentario ella dijo: “No tiene nada que ver lo uno con lo otro. A un actor le pagan más y no sufre. Ellas sufren, y por eso cobran”.

El libro Un beso de Dick, de Fernando Molano, cuenta quizá la historia más infantil y bella de amor que conozco. Empieza así:

Hoy es lunes, Hugo. Y usted murió hace cuatro años. ¡Cuatro años ya, pelotudo!

Yo estoy aquí: tirado junto al lago, mirando el cielo. Esperando que abran el colegio. Mirando el cielo… ¿Y usted dónde anda?: bien arriba, espero.

Felipe, que es quien habla, empieza a contarle a Hugo que ha hecho un dibujo de un muchacho tirado en el pasto antes de que lo aplaste un meteoro. Lo dibujó boca abajo para que no sintiera miedo. Le dice que el muchacho tiene sueños en la cabeza y que el meteoro se la va a aplastar. Pero nadie lo sabe, sólo él. Y que eso es lo malo de los dibujos.

Luego Felipe recuerda la primera vez que vio a Hugo, después de muerto. Recuerda una calle larga con más gente que aire; recuerda un rostro frente al él. Recuerda que tembló y que esto se repitió una y otra vez. Explica que cuando eso sucede se queda mirándole el pie a todo nuevo Hugo que se le aparece, y ve que ese pie no se mueve como lo solía hacer el de Hugo; que esos zapatos que tiene no son los suyos y tampoco ese pantalón tan grande. Luego el nuevo Hugo se pasa la mano por el rostro.

Es como si se borrara la cara porque uno descubre que esa no es la cara de Hugo: ¡Ni siquiera se le parece! ¡Maldición!… Es como ver a Hugo otra vez morirse.

– Hugo siempre se está muriendo…Debí ponerle ese título al dibujo.

Ilustración: Natalia Tabares
Ilustración: Natalia Tabares

Y entonces creo que ese es el asunto: las plañideras, para cumplir con su labor, quizá sólo tengan que concentrarse mucho y soltar lágrimas. Puede ser que se llenen de lástima por el dolor de los otros y se conmuevan. Quizá les pase lo que a Felipe y, al mismo tiempo que ven a Juan el hijo de Soledad, o que ven a Marisol la hija de Marina, estén viendo a sus hijos aprendiendo a montar en bicicleta, a su esposo riendo, a sus hermanas contando un chisme. Quizá –nunca lo sabremos– maten una y otra vez en cada velorio a quienes alguna vez amaron, y es por eso que no paran de llorar.

Recuerdo a Antonia diciendo que hoy cualquiera estaría encantado de tener una plañidera. La recuerdo y cuando dice hoy pienso en lo que significa esa palabra para Colombia. Pienso en un acuerdo y pienso en un porcentaje de personas que conocen cifras, que saben que hay gente en el campo sufriendo. Pienso en la violencia y pienso en gestos de incertidumbre. Personas que saben qué está pasando, pero que no lo entienden. Y entonces creo a Antonia y creo que a Colombia le hace falta algo de esas mujeres que aprendieron a llorar la desgracia ajena, y que vieron en ella otra forma de recordar la propia. La gente siempre se está muriendo. Debí poner ese título.

*Artículo publicado originalmente en Viceversa Magazine

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