Machado: Andaluz de sangre, soriano de vida

Lucía Hernández//

Cinco años vivió Antonio Machado en la tierra de Soria. Allí se casó y allí perdió a su esposa, Leonor, a quien adoraba. Fue el tiempo más feliz del poeta, que partió de la ciudad aquejado de una pena insoportable. Y no regresó a ella hasta el 5 de octubre de 1932 cuando el ayuntamiento lo nombró hijo adoptivo en un acto multitudinario. Se reconocía así el legado literario, humano y político de un hombre comprometido con las causas populares, de un caminante solitario que llegó a la cabeza de Extremadura como forastero y la abandonó como soriano.

Quizá fue un fogonazo. O la culminación de un sentimiento de huida acallado que nunca llegó a fenecer. Nadie sabe a ciencia cierta por qué decidió abandonar su vida más o menos bohemia en Madrid hacia 1905. Puede que la muerte de su abuela paterna, doña Cipriana Álvarez, único sostén de la familia desde el fallecimiento de su padre y de su abuelo, lo empujara a escoger ese camino. Tampoco su situación profesional lo detenía: los treinta le llegaron sin oficio ni beneficio, por lo que cualquier oportunidad que se le presentase sería bienvenida. Así que se atrevió. Quizá fue un destello. O la explosión de un impulso que él no quiso silenciar. ¿La única certeza? Que esa tarea, la de impartir clases, no era su vocación. Aun así, respondiendo a la sugerencia de Francisco Giner de los Ríos, padre de la Institución Libre de Enseñanza, se animó a participar en unas oposiciones a cátedras de francés. Su resolución lo llevó con 32 años a la Soria de 1907, un pequeño universo de apenas 7.000 habitantes en el que recorrió los puntos y las comas de todas sus calles y en el que cambió sus tiernos recuerdos en alegres patios andaluces por gélidas tardes de invierno.

Apenas conocía la ciudad cuando a finales de octubre de 1907 paró, ligero de equipaje, en la antigua y hoy desaparecida estación de ferrocarril de San Francisco. La única referencia con la que contaba era la que había leído en la literatura de Bécquer. Tras apearse de su vagón de 3ª, se dirigió a la pensión de la principal arteria de Soria, la calle del Collado nº54, regentada por Isidoro Martínez y por Regina Cuevas, la hermana de la que años más tarde sería su suegra. En ella, convivió con otro catedrático, un médico y un delineante de obras públicas.

Durante los albores de su estancia soriana, Machado compaginaba sus clases de francés a los alumnos de 1º y 2º de Bachiller en el Instituto General y Técnico de Soria —que hoy lleva su nombre— con algunas tardes en el Casino de la Amistad y con sus paseos “Collado arriba-Collado abajo”, que dicen sus ciudadanos.

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Sin embargo, el itinerario preferido del poeta no se encontraba en la ciudad, sino a sus pies, entre San Polo —con su leyenda de templarios, con sus árboles que se alzan al cielo— y San Saturio por donde se dibuja la Ribera del Duero, percibido por el poeta como una fuente inagotable de inspiración: Soria.

He vuelto a ver los álamos dorados, 
álamos del camino en la ribera 
del Duero, entre San Polo y San Saturio, 
tras las murallas viejas 
de Soria —barbacana 
hacia Aragón, en castellana tierra—. 

Estos chopos del río, que acompañan 
con el sonido de sus hojas secas 
el son del agua, cuando el viento sopla, 
tienen en sus cortezas 
grabadas iniciales que son nombres 
de enamorados, cifras que son fechas. 

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis 
de ruiseñores vuestras ramas llenas; 
álamos que seréis mañana liras 
del viento perfumado en primavera; 
álamos del amor cerca del agua 
que corre y pasa y sueña, 
álamos de las márgenes del Duero, 
conmigo vais, mi corazón os lleva!

Movido por el amor a la naturaleza que le brotó cuando era niño, Machado, reflexivo, meditabundo y solitario, experimentó a orillas del Duero un importante encuentro entre la pluma y el exterior. A lo largo de sus primeros poemas, presenta una teoría de la tierra y una teoría del hombre castellano que constituyen una deliciosa comunión entre el paisaje y el paisanaje. A través de A Orillas del Duero”, Machado integra en un solo poema dos aptitudes aparentemente dispares, la una descriptiva, la otra interpretativa, que dan cuenta del inexorable paso heraclitano del tiempo. A partir de estas composiciones y durante toda su trayectoria autoral, el poeta andaluz no solo contempló la naturaleza como vía hacia una experiencia extática o como fondo ornamental, sino también como su alter ego, un espejo del dolor humano ante tanta desazón y desasosiego. Por ello, el momento favorito del poeta fue siempre la tarde —que él dedicaba a sus ensimismados paseos— en la que acontecen la pérdida de la luz, el ocaso y el despertar del pesar nocturno:

Es el campo ondulado, y los caminos
ya ocultan los viajeros que cabalgan
en pardos borriquillos, 
ya al fondo de la tarde arrebolada
elevan las plebeyas figurillas
que el lienzo de oro del ocaso manchan. 
Mas si trepáis a un cerro y veis el campo
desde los picos donde habita el águila, 
son tornasoles de carmín y acero, 
llanos plomizos, lomas plateadas, 
circuidos por montes de violeta, 
con las cumbres de nieve sonrosada.

Conforme avanzaban los días, Machado se fue aclimatando a la ciudad. Como profesor, los alumnos le respetaban y durante sus clases reinaba un silencio reverencial. En ellas, Machado aplicó algunas de las aportaciones que la Institución Libre de Enseñanza le había inculcado: la responsabilidad ética individual, marcados ideales pedagógicos, con trato amistoso entre profesores y alumnos, pasión por la cultura y el arte y el sentido de la dignidad del trabajo. Además, sus pupilos no podían quejarse de la indulgencia que manifestaba como examinador: jamás suspendió a nadie.

En diciembre de ese año Isidoro Martínez y su esposa abandonaron Soria y cedieron la pensión a la hermana de Regina Cuevas. Isabel, su marido Ceferino Izquierdo, un guardia civil retirado, y sus tres hijos, Leonor, Antonia y Sinforiano, trasladaron el negocio a la Calle Estudios 7, esquina con Teatinos. Este hecho pareció dar suerte al poeta, que fue nombrado vicedirector en marzo de ese año.

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Placa distintiva de la pensión

También deparó un cambio decisivo en su vida amorosa. Allí, Machado se dio de bruces con unos ojos negros, los de Leonor Izquierdo Cuevas, de 13 años. El hechizo fue instantáneo. Quedó profundamente prendido de la adolescente con la que, iniciada su relación, se sucedían los caminitos, las noches de luna, los paseos y las misas:

En Santo Domingo, la Misa Mayor.

Aunque me decían hereje y masón,

Rezando contigo, ¡cuánta devoción!

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Iglesia de Santo Domingo, caracterizada por su escultura monumental románica

La relación medraba a medida que morían los días, hasta que el poeta le pidió la mano a la muchacha el 27 de junio, poco después de que Leonor cumpliera su decimoquinto aniversario. La petición sorprendió a sus padres y a toda la ciudad. La diferencia de edad y algunos hábitos del poeta como su conocido “torpe aliño indumentario” cubierto siempre por ceniza se debatían abiertamente en cada calle de Soria. Sin embargo, las habladurías no consiguieron frenar a la pareja, que se dio el sí quiero el 30 de junio en presencia del claustro de profesores y de un buen número de amigos en la Iglesia Santa María la Mayor —donde tres años y tres días después se celebró el funeral de Leono— al amparo del reloj de la audiencia, en el que Machado ya había reparado antes.

¡Soria fría! La campana
de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! Bajo la luna.

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Réplica escultórica de la famosa foto de boda de la pareja

Como más tarde Machado reconoció en sus cartas a Guiomar, el enlace fue un verdadero martirio, resultado de las muestras de descortesía que unos cuantos jóvenes presentaron ante el novio, tan molestas que trascendieron a la prensa. Lo que después siguió fue la época más feliz del poeta: dos años idílicos, durante los que de luna de miel la pareja viajó por Zaragoza y el País Vasco, hasta que en 1910 la recién fundada Junta para la Ampliación de Estudios adjudicó al maestro una pensión para estudiar filología en París, a la que se mudó con su esposa. En la capital francesa, un vómito de sangre el 13 de julio de 1911, víspera del día nacional del país, encendió todas las alarmas: la hemoptisis había contagiado a Leonor. Machado, asustado, se desespera buscando un médico. Al fin, tras varias semanas de reclusión en la clínica Maison de Santé, los doctores aconsejan al andaluz que su esposa inspire aire puro, un aire que Machado solo había respirado en Soria.

El poeta se vio obligado a pedirle un préstamo a su amigo Rubén Darío para poder regresar a la ciudad castellana. A sus alturas, en las inmediaciones de la Ermita del Mirón, Machado alquiló una casa para que Leonor inhalase las corrientes saludables y purificadoras de la sierra. Durante ese tiempo, el andaluz se desvivió por su amada y mandó la fabricación de un cochecito con el que pudiera transportar a la joven por todos los caminos que se abrían a sus ojos. Pero Leonor estaba demasiado cansada. A falta de un tratamiento fiable, el poeta, para desahogarse, recurrió a sus versos, que se tiñeron de una tristeza insalvable y una intensidad atronadora, y se aferró a lo único que le quedaba: la esperanza. “A un olmo seco”, una de sus mejores composiciones, si no la mejor, significó el punto de partida de una serie, el “ciclo de Leonor”, jalonada por el grito personal de angustiada ilusión que ahogaba y auxiliaba a partes iguales al poeta. El conmovedor romance, que comprende una reminiscencia literaria del poema renacentista “L’ aubépin”, escrito por el francés Ronsard, está empapado de la preocupación por el tiempo, como evidencia la proliferación de tiempos verbales que aportan el sentido lingüístico de lo inmediato. Sus tres versos finales, íntimos, intimísimos, se asocian con el sentimiento vital que reconcomía al poeta cuando sostenía su pluma: una llana, apagada plegaria que encarna la esperanza desalentada de un milagro casi imposible, el que necesita su mujer para curar su hemoptisis; el mismo que requiere el olmo para sanar su grafiosis:

Al olmo viejo, hendido por el rayo

y en su mitad podrido,

con las lluvias de abril y el sol de mayo

algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina

que lame el Duero! Un musgo amarillento

le mancha la corteza blanquecina

al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores

que guardan el camino y la ribera,

habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera

va trepando por él, y en sus entrañas

urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,

con su hacha el leñador, y el carpintero

te convierta en melena de campana,

lanza de carro o yugo de carreta;

antes que rojo en el hogar, mañana,

ardas en alguna mísera caseta,

al borde de un camino;

antes que te descuaje un torbellino

y tronche el soplo de las sierras blancas;

antes que el río hasta la mar te empuje

por valles y barrancas,

olmo, quiero anotar en mi cartera

la gracia de tu rama verdecida.

Mi corazón espera

también, hacia la luz y hacia la vida,

otro milagro de la primavera

Olmo
Olmo conmemorativo del poema y posterior a su elaboración. El auténtico, el que le sirvió de inspiración, se encuentra, según los expertos, en la Ribera del Duero

Sin embargo, ese milagro nunca llegó. El 1 de agosto de 1912, a las 10 de la noche, la muerte despojó a Machado de lo que más había querido hasta entonces:

Una noche de verano

—estaba abierto el balcón

y la puerta de mi casa—

la muerte en mi casa entró.

Se fue acercando a su lecho

—ni siquiera me miró—,

con unos dedos muy finos,

algo muy tenue rompió.

Silenciosa y sin mirarme,

la muerte otra vez pasó

delante de mí. ¿Qué has hecho?

La muerte no respondió.

Mi niña quedó tranquila,

dolido mi corazón,

¡Ay, lo que la muerte ha roto

era un hilo entre los dos!

Con el fallecimiento de Leonor, concluyó la etapa soriana del poeta, que una semana después del entierro huyó en su vagón 3ª, ligero de equipaje, de esa ciudad que en cada esquina, en cada baldosa, en cada camino, le recordaba lo que había perdido, y se instaló en Baeza, donde reanudó su carrera docente el 1 de noviembre. A partir de este momento y durante un tiempo, la temática de su poética se manchó de un dolor tan insoportable que, como le confesó a su amigo Juan Ramón Jiménez en una epístola, lo llevó a pensar en el suicidio: “yo trabajo lo que puedo, repuesto por voluntad desesperada de una honda crisis que me llevaba al aniquilamiento… Cuando perdí a mi mujer pensé pegarme un tiro”. Solo el éxito de su libro, publicado unos meses antes, en la primavera de 1912, y su acusado sentido de la responsabilidad y del esfuerzo lo salvaron de esa tristeza tan densa y tan fría, como las tierras del espino en las que su amor descansa.

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Tumba de Leonor Izquierdo, con una simple dedicatoria de su marido

Acompañado de su madre, se entregó al trabajo, lo que dio a luz en los próximos dos o tres años un gran repertorio de poesía, reseñas, cartas y apuntes. En la ciudad jienense, compartía con su estancia en Soria algunas rutinas, aunque en Baeza la soledad y el desconsuelo poco tenían que ver con la felicidad de la que disfrutó en tierras castellanas: allí también encontró su paseo favorito, por el camino de Úbeda, mientras contemplaba con admiración su paisaje y su emblema esencial, los olivares. Como en el Casino de la Amistad, ahí también asistía a distintas tertulias. Y en 1913 buscó la inspiración en otro gran río, el Guadalquivir.

Sin embargo, su día a día en Baeza tenía mucho que envidiar al de Soria, donde sufrió las tres heridas abiertas por Miguel Hernández —la del amor, la de la muerte, la de la vida— y donde Machado se topó sin pretenderlo con esa unión, esa identidad, que todos anhelamos, entre nuestro paisaje interno y el externo. Aunque lejos de ella, —a la que volvió en 1932 cuando lo nombraron hijo adoptivo—, el poeta continuó recordando la ciudad en la que más feliz se había sentido y a la culpable de esa felicidad, llevando a la práctica su propia máxima vital y literaria de “se canta lo que se pierde”.

Allá, en las tierras altas,

por donde traza el Duero

su curva de ballesta

en torno a Soria, entre plomizos cerros

y manchas de raídos encinares,

mi corazón está vagando, en sueños…

¿No ves, Leonor, los álamos del río

con sus ramajes yertos?

Mira el Moncayo azul y blanco; dame

tu mano y paseemos.

Por estos campos de la tierra mía,

bordados de olivares polvorientos,

voy caminando solo,

triste, cansado, pensativo y viejo.

Un comentario sobre “Machado: Andaluz de sangre, soriano de vida

  • el 6 julio, 2017 a las 5:21 pm
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    Antes de morir le preguntaron Antonio Machado que de donde era y el contestó: “no es de donde se nace sino de donde se quiere morir” y el siempre quiso ser enterrado en Soria al lado de Leonor, pero las dificultades por envidia o vaya usted a saber porqué si enterrado en Colliure.

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