Poliamor en pandemia

Paula Giral Hernández//

*Polidrama. Dícese de las ralladas mentales de alguien que se complica la vida en pareja. Porque si ya resulta difícil gestionar una relación, imagina varias.

El pasado mayo me reuní con una amiga para tomar un café y actualizar los *polidramas acontecidos en los tres meses de confinamiento domiciliario. Ella contaba que no se le había hecho demasiado duro, de hecho, había sido más que satisfactorio. Sus amigables y atractivos vecinos habían tenido que ver. La estancia en el piso alquilado del barrio de Torrero junto a una de sus parejas, hacía de la cuarentena algo más emocionante que aquellos que la pasaron con sus padres. Entre resistiré y resistiré había conocido a sus vecinos de enfrente, y congeniaron tan bien, que la química le llevó a hacer de la cuarentena un juego incluso excitante. Al menos despertaba en camas diferentes de vez en cuando, cosa que muchos no pudimos permitirnos. Así que más que polidrama fue un poliéxito.

En cambio lidiar con una ruptura y echar mucho de menos a tu otra pareja es una experiencia bastante más desagradable de aguantar estando encerrada en casa de tus padres. Polilloros a punta pala. Situación que desencadenó en la fantasía fortuita de idear un plan para escapar forajida a casa del otro vínculo sorteando a la policía. La materialización o no de esta aventura queda al arbitrio del lector.

Kollontai y el amor rojo

Mientras jugaba con la cucharilla del café, escuchaba a mi colega hablar de su pareja como su “compañero”. Término que me recordó al concepto de amor de camaradería que propone la política Kollontai en sus escritos y de la que mi amiga es tremendamente fan.

Llevarle la contraria a la monogamia no es una creación millenial. Cuestionarse la manera en la que nos relacionamos con nuestro entorno es un debate que tiene una longevidad que supera el centenar de años. Ya en 1910 Alejandra Kollontai analizaba las consecuencias que los modelos relacionales tenían sobre la sociedad y más en concreto sobre la figura de la mujer. La política rusa ponía el foco de sus estudios en la emancipación de la mujer a través de la caída del sistema capitalista y en una reforma de la moral sexual y de género.

“Toda la experiencia de la historia nos enseña que un grupo social elabora su ideología y, en consecuencia, su moral sexual, en el proceso de su lucha con las fuerzas sociales hostiles”, así lo contaba en su obra Relaciones sexuales y lucha de clases (1911), en la que ensalzaba la necesidad de poner en el mismo plano tanto la cuestión económica y de clase como la sexualidad y la posición de la mujer trabajadora.

Poliamor en pandemia
Ilustración de Marta Villarte

Kollontai distingue en su obra ¡Abran paso al Eros alado! (1923) dos conceptos de amor:  el aburguesado (monogamia) y el amor de camaradería (amor libre).  El sistema de producción (infraestructura) configura el marco jurídico, político e ideológico de una sociedad (superestructura). Las relaciones, por lo tanto, nacen fruto del interés burgués de la elevación del ideal de propiedad, donde la mujer se objetifica a través del matrimonio quedando subyugada al marido. 

“La moralidad burguesa, con su familia individualista encerrada en sí misma basada completamente en la propiedad privada, ha cultivado con esmero la idea de que un compañero debería ‘poseer’ completamente al otro”, apunta Kollontai. La política incide en la anulación y alienación de los individuos que reflejan el funcionamiento del sistema a través de su forma de relacionarse.

A su vez, propone una alternativa relacional basada en la solidaridad, confianza y comunidad. Entender el amor como algo común y alejado de lo individual es la base para lo que la política rusa denomina amor de camaradería. Este modelo sexo-afectivo prima los intereses de clase sobre los valores aburguesados de la acumulación de capital y propiedades. Para Kollontai este tipo de “amor” supone “el reconocimiento de los derechos y la integridad de la personalidad del otro, un apoyo mutuo, simpatía sensible y capacidad de respuesta a las necesidades del otro”. En síntesis, una visión de las relaciones como algo compartido.  Una solidaridad que no solo debe mirar por la promoción de los intereses de la clase trabajadora, sino también por la creación de lazos afectivos sanos y comprometidos entre los compañeros con el fin de alcanzar un proyecto en común aún más consolidado.

Kollontai fue una de las primeras mujeres en asentar las bases de los potenciales modelos relacionales que han desafiado al capitalismo más conservador. Y aunque ahora el objetivo primordial no es para la mayoría -o sí- la socialización de los medios de producción y la abolición de clases, sus reflexiones han calado en la construcción de alternativas al modelo monógamo y en la construcción de vínculos llenos de responsabilidad afectiva.

Resulta frustrante la idea de que hace ciento diez años hubiera personas que empezaran a hablar de amor libre y que, ahora, en pleno 2021, a la gran mayoría les vuelva loca la existencia de dicho concepto. Los raros somos nosotros, los perros verdes. 

Tan insólita resulta la noción de no exclusividad, que las barbaridades que se pueden escuchar al respecto no son pocas. Personas monógamas que se sienten amenazadas por la existencia de algo más allá de ellos, como si el objetivo fuera extinguirlos. Contundentes discursos afirman que cualquier modelo relacional ajeno a la monogamia no existe. Tan solo comunas hippies transitorias que acaban terminando en forma de parejas exclusivas. Incluso se realizan equiparaciones desorbitadas entre las relaciones poliamorosas con la familia del asesino en serie Charles Manson. Poco tienen los no-monógamos de asesinos, eso sí, los cadáveres emocionales existen. 

La policía poliamorosa

La responsabilidad afectiva es el elemento clave en la base de cualquier relación. Los cuidados deben ser el eje central para la consolidación de vínculos sanos, sean o no románticos. 

En las relaciones alternativas a la monogamia cobra aún más importancia el cuidado mutuo debido a la complejidad y tiempo que estas exigen. La libertad que ofrece el poliamor no consiste en una emancipación emocional, sino en todo lo contrario, supone hacerse cargo de cada vínculo que se genera. Sea fugaz o duradero, nunca hay que olvidar que estamos ante personas que sienten y padecen. Tomar la parte por el todo es el mayor pecado poliamoroso. 

La periodista feminista Luciana Peker explica la necesidad de crear el concepto de responsabilidad afectiva: “En principio, lo de responsabilidad suena como una idea completamente opuesta a la de pasión. Pero es un concepto que surge porque, en algún momento, se pasó a la idea de que el amor libre implica que el otro no importa”. 

El germen individualista que persiste en nuestra sociedad, alimenta ese “no puedo hacerme cargo” tras una retahíla de excusas para justificar la exención de cualquier signo de empatía. No obstante, esta cuestión no cesa el frenético impulso por el que seguimos conociendo y consumiendo vínculos sin descanso. El policonsumo de cuerpos alimenta nuestro ego.

Pero, ¿Qué es ser responsable en una relación? ¿Qué no lo es? Tamara Tenenbaum, periodista argentina, reflexiona sobre la ambigüedad que ofrece el término: “La misma acción puede parecerle «responsable afectivamente» a una persona y lo contrario a otra” -ejemplifica-  “un mes de espera después de una separación, es un tiempo de espera «responsable» para poder  blanquear una nueva pareja, mientras que a la otra mitad de esa separación le pueda parecer prontísimo”. 

Poliamor en pandemia
Ilustración en pandemia

Tenenbaum incide en la eliminación de cualquier sentimiento de superioridad moral entendiendo que no todos poseemos las mismas concepciones de lo “correcto”.  Apela a la conversación como elemento fundamental con el que podemos “pensar en maneras de navegar nuestros deseos contemporáneos”. Jugar a ejercer de policía de lo moral o ser el “asesino” de los cadáveres emocionales deben ser roles de los que se ha de huir. El ranking de “mejores personas” no es más que una falacia para esconder de nuevo la satisfacción de nuestro ego. 

Construcciones capitalistas que configuran nuestra forma de amar, incluso habiendo desafiado las barreras de lo ya establecido. Resulta contradictorio cómo el no-monógamo cuestiona el amor capitalista, pero, a su vez, devora cuerpos a una velocidad de vértigo. Reproduce las dinámicas de consumo y hace del amor una mercancía más del capitalismo. El individualismo, la competitividad y el consumismo no pueden ostentar una relación que busca liberarse de las ataduras que ya en su momento Kollontai señaló de aburguesadas. Pese a que estas afirmaciones, no tienen por qué representar a la mayoría, se trata de una construcción enterrada en nosotros. Florezca o no. Seamos monógamos o poliamorosos.

La empatía, la conciencia crítica, y cómo no, la responsabilidad afectiva en su forma más humilde, son buenos remedios para combatir este germen. No obstante, relacionarse de manera sana y responsable no te exime del dolor. Si yo dejo de estar con un chico que quiere seguir estando conmigo, por más cortés y respetuosa que sea al decirle que no quiero seguir, le va a doler”, explica Tenenbaum, y concluye: “La responsabilidad afectiva no va a salvarnos de todo sufrimiento”.

Corazones florecidos

El fondo de la taza reflejaba el sol y la cucharilla andaba ya mareada de tantas vueltas. Tras pagar los cafés, nos levantamos de las incómodas sillas de metal típicas de terraza española, que te dejan el culo plano, y nos despedimos con un abrazo. 

Antes de separar caminos, como es habitual, intercambiamos pequeños politesoros que sirven de terapia para calmar nuestro lado más sensible. Ese que se sigue sintiendo extraño en sociedad. Películas, series, canciones, libros etc. Objetos culturales donde lo no-monógamo forma parte del plano y que son casi imposibles de localizar. Esta semana tocaba serie: Sense8. Ya tengo algo que hacer esta tarde.

Siempre resulta agradable sentarse a compartir, ya no solo los polidramas, sino las reflexiones logradas  desde el afán por cuestionar todo lo que nos viene dado. Hoy llegas a unas conclusiones pero quizás mañana la idea haya dado un giro de 360º. Es necesario conservar ese espíritu crítico que impide la alienación de nuestro intelecto y el amedrentamiento de nuestra curiosidad. Y si encima es un proceso que compartes con tus amigas, no solo tendrás la cabeza más cultivada, sino el corazón lleno de flores. Al fin y al cabo, el verdadero amor son las amigas.

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