Solo en español se ama

Alba Ortubia Pérez//

“Mi primera lengua es palpitación. La segunda, cavilación. La primera brotaba de mis entrañas, la segunda de mi cerebro”. Cualquiera que haya aprendido una segunda lengua se identifica con el testimonio de Theodor Kallifatides. En Otra vida por vivir vuelve a su lengua materna, el griego, después de casi medio siglo de vida en Suecia. Kallifatides relata el tormento de expresarse cuando, en cada diálogo, temes cometer un error. “Con esa espada de Damocles pendiente siempre sobre mi cabeza, he escrito a lo largo de más de cuarenta años. Y cuarenta años más que escribiera, seguiría sintiéndola encima.”

Otra vida por vivir fue el primer libro que leí al inicio de mi Erasmus en Francia. Como no creo en el libre albedrío, diremos que el destino quiso que encontrara en la literatura, una vez más, un reflejo de mis propias preocupaciones. Cuando empecé las clases en la universidad, me di cuenta de que había entrado en la que llamo “fase incómoda” de aprendizaje de un idioma. En esta etapa, el oído ya se ha adaptado por completo, los nativos te entienden casi siempre en las conversaciones cotidianas e incluso puedes leer un libro en la lengua extranjera sin que te suponga un esfuerzo desmedido. 

Pero las cavilaciones no desaparecen. Discutir en el nuevo idioma es una odisea, y empiezas a avergonzarte de tu acento, que se niega a difuminarse con los sonidos más difíciles de la lengua aprendida. En el momento menos esperado, regresa ese incómodo tartamudeo al comienzo de cada frase. Evitas que tu vocabulario sea pobre o el ceceo muy marcado. Y sobre todo, no hablas ni tan alto ni tan rápido, porque suena “muy poco francés”. 

Resulta frustrante sentir que ni la academia más prestigiosa es capaz de corregir las carencias de la “fase incómoda”. La inmersión completa durante estancias prolongadas se presenta como la única solución para estos defectos, y a veces, ni siquiera los arregla. Según la hipótesis de Sapir Whorf, puede existir una relación entre las categorías gramaticales de una lengua y la forma de ver el mundo de los hablantes. Esta teoría lingüística supone que la lengua da forma al pensamiento.

Por tanto, la concepción del entorno de un nativo en francés nunca será la misma que la de un hablante de español, pues desde su niñez ha edificado una estructura de pensamiento basada en su idioma materno. Me parece curioso que, en francés, palabras que en español son masculinas como “el dolor”, “el problema”, “el terror”, “el temor”, “el miedo” comparten un denominador común: designan realidades desagradables y su género es femenino. 

El desconocimiento sobre el país de acogida también se convierte en un obstáculo para el aprendizaje íntegro de una segunda lengua. Entender el contexto sociocultural es imprescindible para comprender buena parte de los refranes, chistes y expresiones de sus ciudadanos. Recuerdo que mi amiga francesa me preguntó si me había equivocado al explicarle una tradición que denominé “muy española y mucho española”. Por mucho que le enseñara quién es Mariano Rajoy junto a ejemplos de su particular retórica, quedan ciertos matices complicados de asimilar para quienes no han crecido en España. Por ejemplo, el uso bromista, incluso irónico que se le atribuye en la actualidad a esa expresión para designar los elementos más estereotípicos de la identidad española.

Albert CamusDe la misma forma, una de mis profesoras francesas afirmó que Macron no preferiría a su madre antes que a la justicia. Albert Camus es el autor de la frase original, concebida como respuesta a un estudiante que reclamaba justicia para Argelia en su lucha por la independencia. “En este momento se arrojan bombas contra los tranvías de Argel. Mi madre puede hallarse en uno de esos tranvías. Si eso es la justicia, prefiero a mi madre”. Los estudiantes extranjeros, poco instruidos en la obra camusiana, no inferimos que la docente francesa criticaba la falta de escrúpulos de Macron a la hora de mantenerse en el poder.

En ese momento, no me sentí ignorante. Puede que desconozca las citas célebres de los autores francófonos de culto, pero mi lengua posee algo que el francés adolece: la gradación del amor. Si en mi diccionario solo existiera el término “aimer”, no podría matizar que quiero estar en Francia pero amo mi vida en España. En francés no hay amor supremo, porque la lingüística ha igualado “querer” y “amar” en un mismo término. Cuando el querer se queda corto, regreso al español; pues solo el idioma materno domina la jerga del alma. Solo en español se ama.

 

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