Elevación del espíritu lésbico o mis amigas son seres superiores

Rocío Durán Hermosilla//

Fuera, la lluvia mojaba el empedrado y el bosque ya hacía días que tenía cara de otoño, o lo que la gente de ciudad vemos: un enorme pantone de marrones y verde musgo. Dentro, el canto de los monjes y el órgano retumbaban en las paredes de piedra y al levantar la vista hacia la bóveda gótica el frío desaparecía y, ciertamente, se sentía una ligera elevación del espíritu. O lo que es lo mismo, calculadamente los graves gregorianos rebotaban contra la roca y atravesaban nuestros cuerpos haciendo vibrar nuestro interior lentamente. 

 

Física o fe, en ese momento me era inevitable pensar en que si el cura de mis campamentos nos hubiera puesto cantos gregorianos en vez de un tío aporreando una guitarra probablemente ahora creería en Dios y me gustaría el rock.

Quizás mi imperio romano sea la religión y cada cierto tiempo sienta la necesidad de querer creer en alguna de esas fes que te permiten relegar responsabilidades a un ser superior. Sobre todo en épocas como éstas, donde la incredulidad queda en suspenso y nos permitimos imaginar a seres que cruzan la noche repartiendo regalos, que frotarnos con una planta alejará las malas energías y que una lista de buenos propósitos va a cambiar nuestra vida.

En los cambios estacionales hay una especie de mística que nos envuelve a todes y nos permite abandonar nuestras ansias de control para abrazar los placeres de la sumisión a entes, seres o creencias extracorpóreas. Una especie de BDSM espiritual.

Casualidad o no, estos meses tan introspectivos han llegado a mis manos algunos títulos que han agitado las conciencias y los grupos de WhatsApp de mis amigas. Es imposible hablar de espiritualidad en 2023 y no mencionar a La Mesías. La nueva serie de “Los Javis” nos ha hecho a todes volver a hablar de Dios y ha puesto sobre la mesa los mismos conceptos de espiritualidad, religión y fe. ¿No son para mucha gente el crossfit, el horóscopo, la tierra plana, las piedras espirituales o el trabajo dogmas inquebrantables?

Todo el mundo tiene un tótem al que le reza, le piensa o le respira diez veces antes de empezar el día. Incluso yo, atea convencida, cuando una amiga necesita una “ayuda extra” enciendo una vela de Britney Spears que decoré yo misma en pleno mental breakdown. También acudo semanalmente a yoga como quien acude a misa los domingos: para expiar mis pecados y preparar mi alma (y mi cuerpo) para los días que vienen.

Hace un par de meses, antes de que Montserrat y los aliens interrumpieran en nuestras vidas, llegó hasta mis manos un ejemplar del libro de Fannie Flagg, “Tomates verdes fritos”. Esta novela descatalogada es uno de los iconos lésbicos de los años noventa. La película que hicieron después muestra tímidamente la relación entre Ruth y Idgie, tan sutil que un gran sector (heterosexual) se ha empeñado en asegurar que tan solo eran amigas. 

Una frase de la novela y zanjo esta digresión: “Idgie le sonrió y miró hacia el cielo azul que se reflejaba en sus ojos, sintiéndose tan feliz como pueda sentirse en verano todo enamorado”.

Lo cierto es que disfruté descifrando cada capítulo en los que Flagg juega con los diferentes formatos y los saltos temporales, leyendo entre líneas y sobre líneas pero, quizás, lo que más llamó mi atención fue el especial papel que tiene Dios en toda la novela

Casi me convence cuando Evelyn acude a misa y, tres cánticos después, Jesús y la comunidad de fieles de Birmingham (Alabama) hacen desaparecer su depresión. Cuando cerré el libro tras leer la última página pensé en lo cerca que había estado de creerme todo aquello. Tantas misas obligadas en campamentos no eran nada comparado con leer cómo Idgie y Ruth, lesbianísimas ellas, encontraban en Dios el consuelo que tanta gente necesitamos.

También estos días ha llegado a las pantallas Teresa de Paula Ortiz. Una película delicada y preciosista en la que las dudas de Santa Teresa de Jesús se convierten en las tuyas y donde resulta irresistible no canonizar a la mística como icono feminista. 

amigas

Después de acabar extasiadas de tanta belleza, mis amigas y yo tuvimos la suerte de asistir a un coloquio en el cine Cervantes. Ahí, su directora nos devolvió a la tierra y nos recordó que, aunque mucho de la vida de la santa y de sus enseñanzas podrían ser consideradas feministas o progresistas, lo cierto es que Teresa de Jesús sigue siendo una monja del siglo XVI.

Esto mismo explican en sus podcast Las Hijas de Felipe, donde acercan al presente historias y biografías, sobre todo de monjas, de los siglos XVI y XVII bajo el lema de que “todo lo que te pasa a ti ya le pasó a alguien en el barroco”. Aunque ellas nos advierten de los peligros de romantizar la vida conventual, ¿a quién no le seduce? No sería la primera vez en la que una conversación entre amigas deriva en imaginarnos en un conventito pequeño, lejos del asfixiante capitalismo y de la misoginia cotidiana. ¿No era eso lo que quería la santa con la fundación de la Orden de las Carmelitas Descalzas?

Si nos ponemos estrictas, ¿qué separa a Montserrat de Teresa? La clase social y el acceso a la cultura (generalizando muchísimo). Por lo demás (otra vez), ambas podrían padecer de lo mismo y tienen un mismo objetivo: proteger a quienes consideran familia. Una en una casa de campo con verja y otra en un convento de clausura.

Algo de ese romanticismo cristiano y su iconografía resuenan en nuestros oídos cuando escuchamos a Rosalía y su “segundo es chingarte, primero es Dios” o cuando leemos que Daddy Yankee se retira de la música para entregarse a su fe como ya hiciera Farruko. ¿Se convertirá (pido perdón de antemano) en el Padre Yankee?

Los neumas de las partituras del coro de monjes se acabaron y sus voces se extinguieron. La iglesia se quedó en silencio y volví a mí de nuevo con la duda entre los dedos, ¿sería capaz de creer ciegamente en algo solo por tener la conciencia tranquila?

En ese momento, el sacerdote interrumpió el silencio y mis pensamientos: “Antes de nada debemos recordar que todos somos pecadores”. Mierda. Y continuó: “Y Adán respondió: ‘La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y yo comí’. Entonces Dios dijo a Eva: ‘¿Qué es lo que has hecho?’ Y dijo Eva: ‘La serpiente me sedujo, y comí’. A Eva le dijo: ‘Aumentaré tus dolores cuando tengas hijos, y con dolor los darás a luz. Pero tu deseo te llevará a tu marido, y él tendrá autoridad sobre ti”.

Cuántas cosas mal aquí. Me acuerdo de Liv Strömquist y El fruto prohibido donde explica como San Agustín en vez de dedicarse a “cosas célibes” dedicó gran parte de su vida a pensar sobre el sexo, las mujeres y su diabólico órgano sexual. 

No, la tranquilidad no se valora tanto. Nos miramos entre nosotras y nos levantamos. Aquel refugio de la lluvia se había convertido en lo que había sido siempre y habíamos olvidado al suspender nuestra conciencia: un lugar hostil, misógino y colonialista.

Salimos a la lluvia tranquila y al otoño fresco que ahora nos parecía liberador, corrimos al coche mientras nos reíamos de cómo aquellos monjes habían comprado las dinámicas neoliberales de subir misas a YouTube y vender su monasterio a turistas en pantalones Quechua pero eran incapaces de actualizar un cuento de hace 2000 años.

Si tengo que elegir una religión elijo a las amigas, con sus tradiciones, sus fiestas de guardar y sus libros sagrados. Estos meses nos hemos pasado las unas a las otras Un amor de Sara Mesa y acudimos en procesión a ver la película de Isabel Coixet. Caminamos por el bosque hablando de lo que tiene el trigo de O corno de Jaione Camborda y despedimos el año bañándonos con romero como nos dijo Berta en nuestro podcast (sí, también tenemos un podcast). Puedo decir sin temor a equivocarme que mis amigas son seres superiores y no necesito pruebas para demostrarlo.

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