Svetlana Alexiévich: la periodista que mira dos veces

La presentaron como una escritora de prosa documental y polifónica que cuenta las historias pequeñas, aquellas disimuladas en los relatos de poder, las ignoradas por la versión oficial. Wikipedia dice que Svetlana Alexándrovna Alexiévich (1948) es una periodista bielorrusa de lengua rusa, galardonada con el Premio Nobel de Literatura en 2015. Sí, pero no, o no solo eso. La invitada de honor al evento Hay vida en Martes…, realizado el 17 de mayo en el Auditorio Espacio de la Fundación Telefónica, en Madrid, es como una báscula que mide el peso exacto de lo sucedido  ̶ la Segunda Guerra Mundial, la guerra en Afganistán, la catástrofe nuclear de Chernóbil ̶   y luego lo convierte en palabras, en periodismo narrativo, en un libro.

Mientras otros dirigen la mirada -y la lente, el micrófono y la pluma- hacia el conflicto, ella prefiere observar a dos enamorados encepados en esto, en el conflicto. Los observa y, en el esmero, un entendimiento superior, a menudo obviado, se le revela: no se trata de un hombre y una mujer besándose, sino del acto de besarse como un desafío, una provocación frente al exterminio de la vida. “La historia omitida, los sentimientos de la gente, su mundo interior; los detalles humanos fundidos en la gran historia. El gato, el pájaro…”, son los componentes primarios de los relatos que ha vertido en obras como La guerra no tiene rostro de mujer (1983), Los últimos testigos. Cien relatos nada infantiles (1985), Los chicos de zinc (1989) y Voces de Chernóbil (1997).

̶  La guerra en la época soviética fue muy masculina. Las mujeres no existían. Privadas de su pasado, algunas no querían hablar, no querían volver al infierno; en cambio, otras, hablaron para no ser enterradas con su sufrimiento.

Svetlana Alexijevich en una discusión en el salón de Roter en Berlín. Fuente: Wikipedia
Svetlana Alexijevich en una discusión en el salón de Roter en Berlín. Fuente: Wikipedia

Este es el tipo de reflexiones que, con voz tersa, pausada y convincente, Svetlana ofrece generosa a los asistentes a este encuentro, rebosante de mentes prestas a aspirar un poco del polvo de sabiduría que solo se pega a los zapatos de quien anda por las sendas que la mayoría rehúye, esas que obligan – a los osados-  a clavarse las uñas en el pecho y, solo después, a buscar un poquito de verdad. Sin embargo, y para evitar confusiones, ella misma lo deja claro: “No me veo como terapeuta, sino como alguien de otra época tratando de entender. Mi infancia transcurrió en una aldea de Bielorrusia y los relatos que escuché me impresionaron mucho”. Tal vez esta sea la razón por la que, para esta reportera natural, la calle siempre fue más seductora que los libros:

̶  Yo no hablo ni entrevisto como si fuera una autoridad, sino como alguien que quiere entender por qué la gente se mata. A diferencia de los hombres, las mujeres nunca hablan de la guerra como una proeza. Recuerdo a cierta enfermera que, me dijo, experimentó compasión por los muertos y heridos de ambos bandos de la guerra. Son el tipo de comentarios que solo se encuentran en los relatos de mujeres.

Esta oreja gigante que conecta saberes, en apariencia dispersos, es contundente al insistir:

̶  No soy una súper mujer. Un cirujano, el oncólogo de un hospital infantil, ha visto cosas peores. Sí, me amenazaron y emigré, pero es parte de mi profesión.

Ver las armas -minuciosamente fabricadas, incluso estéticas- de los yihadistas o estar presente cuando se recoge -con cucharas- lo que queda de un ser humano reventado por una mina, es parte de lo que Svetlana llama su profesión, una en la que “no puedes echarte a llorar porque tienes que hacer tu trabajo”. Y, aunque ha visto de todo, reconoce que su robustez también tiene un límite: “Mi capa de protección está perforada. Hoy ya no puedo entrar a un hospital y ver a jóvenes sin brazos ni piernas”, comenta y, de nuevo, en cada una de sus frases deja rastros de la modestia con la que ejerce el oficio que Gabriel García Márquez definió como el mejor del mundo y para el cual Ryszard Kapuściński dijo que era condición ser buena persona, el periodismo:

̶  No hay secreto especial para acercarme. Lo hago como amiga. Hablo con los campesinos, escucho a los ancianos. Tienes que ser humilde frente al dolor, nunca ser más grande que el dolor de las personas. Tampoco trato a nadie como víctima porque una víctima siempre es alguien incompleto; prefiero tratarlos como seres humanos que han conocido el dolor y, a pesar de ello, han elegido ir hacia arriba, elevarse más allá del dolor.

Fue un piloto en Chernóbil quien le advirtió sobre la brevedad de la existencia al expresar “no tengo tiempo” con el apremio y en la consciencia plena de que pronto moriría, resultado de su exposición a materiales tóxicos y radioactivos. Alguien más le pidió: “Apunta todo lo que te diga. Chernóbil es el futuro, aún no hemos entendido todo”. Gente que tenía las horas, los días o los años contados, testigos exclusivos -inigualables  en el peor de los escenarios. Estas son las silentes, las ignoradas voces que una periodista como Svetlana supo transformar en memoria del mundo, en un bien mayor del cual extrae, y ahora comparte, breves pero esenciales lecciones:

̶  Todo mi libro [La Guerra no tiene rostro de mujer] es sobre las diferencias entre hombres y mujeres. Por ejemplo, el hombre es un rehén de la guerra, siempre está presente en su vida como algo normal, en la mujer no.

Para la filósofa Marcia Tiburi, la política “es un lazo amoroso entre personas que pueden hablar y escucharse no porque sean iguales, sino porque han dejado de lado sus caparazones de odio y han roto el muro de cemento donde estaban enterradas sus subjetividades”. Svetlana condensa esta misma idea en una sencilla oración: “El odio, la venganza no nos van a salvar”. Y así continúa esta charla entre la periodista y un público -en el que predominan los mayores de 35 años- que formula sus preguntas vía mensajes de Twitter.  Los únicos con micrófono abierto son Rodrigo, Irene, Andrea y Natalia, el cuarteto de adolescentes invitados que se comportan con toda ceremonia, intentando -como si fuera posible-  disimular la fabulosa inocencia que se les escapa por su todavía diminuta humanidad. Mientras tanto, otra niña hija de maestros, nacida en Stanislav, ahora de 68 años, mantiene fija la atención de quienes se han dado cita para escucharla:

̶  Hay que matar las malas ideas, no a la gente. Le temo más al hombre armado que a Dios. El mal, la muerte se transforman; lo vemos en Siria con la destrucción de Palmira. Habría que cuestionar el progreso tecnológico y preguntarnos si nuestros recursos humanistas serán suficientes para detener tal destrucción. Dentro de 100 o 200 años hablarán de nosotros como unos bárbaros. Hannah Arendt lo expresó muy bien al decir que vivimos tiempos de oscuridad.

Erich Fromm señaló que difícilmente habrá otra actividad o empresa que comience con tremendas expectativas y en la que se fracase tan a menudo como en el amor, un tema tácito y recurrente en los textos de la reconocida escritora que en su juventud fue profesora de historia y de alemán en la Provincia de Brest. Ella -ascética, paciente, precisa- pone todas sus capacidades al servicio de otros porque, después de todo, aprendió que esto de salir, mirar, regresar y contar, está más relacionado con el amor que con los géneros periodísticos y las estrategias narrativas:

̶  Todos debemos llevar una vela de amor. El amor existe y cada uno tenemos que mimarlo. Apoyar a la gente y al amor.

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Svetlana recuerda que su abuela contaba muy bien. Su voz de cronista la acompaña cada vez que organiza el remolino de información que recibe, cuando contrasta datos, los edita y, principalmente, cuando escribe.

̶  Hago hablar a gente muy distinta para cruzar relatos y acercarme a la verdad. Desde niña escuché relatos de la vida y la muerte con voces femeninas, eso me ayudó a tratar con el mal, pero cuidando la estética para hablar del amor. Entretejo la guerra con el amor porque ver el mal es un fenómeno ya conocido y popular. El mal es bello, como bellas pueden ser las armas. Conocí a una mujer que firmaba sentencias de muerte. Tenía el dedo cansado de tanto firmar y en ocasiones solicitaba la ayuda de un masajista para aliviar su dolor. Es una vida incomprensible y hay que contarla de manera que la gente lo entienda.

Contar el bien sabiendo que “se han escritos millones de libros y la gente se sigue matando”; contar el bien con la confianza puesta en que “quizás se matarían más si no escribiera”. Así es la fe de Svetlana en este quehacer -también vocación- que en  palabras de la italiana Oriana Fallaci  es un privilegio extraordinario y al mismo tiempo terrible. Pero un privilegio, al fin, que ahora permite a Svetlana hablar de Rusia –antes la Unión de Repúblicas Soviéticas Socialistas ̶  con la certeza del que estuvo ahí para mirar:

̶  Recorrí universidades en las que hay libros de Trotsky y Gramsci. Ahí los jóvenes piensan que hace falta una nueva revolución. Dostoyevski se refirió a ellos diciendo que se comportan como si el pasado no existiera. Dijo que son los que leen a Marx y omiten los muertos. Son altivos, piensan que lo harán mejor que sus padres. Su nostalgia es por el país destruido. Hay muchos perdedores. Siete de cada 100 personas tiene la riqueza. Nosotros no queríamos el capitalismo, sino un socialismo humano, pero lo que vivimos es un capitalismo crudo, como el de los años treinta del siglo pasado en Chicago. El sentimiento es de pérdida, de derrota, de rencor. Putin reorientó este descontento hacia el exterior, hacia Estados Unidos y Europa. La gente quiere una gran Rusia. Mi padre vivió noventa años, fue comunista. Yo viví liberada de sus sueños comunistas y en cierta ocasión le dije: “Papá, somos asesinos, nos mentiste”. Él no hizo más que llorar.

“Los niños de las tabernas siempre estarán soñando con una revolución”, es la cita del autor de Crimen y Castigo que Svetlana emplea para ilustrar el sentir de una nación que, en su perspectiva, vive nuevamente un régimen totalitario, una guerra fría que ha vuelto y va durar. “La gente no puede participar, somos impotentes en una dictadura”, es como expone la situación actual del país más extenso del mundo. No obstante, Svetlana es enfática al afirmar que “hay otro camino sin revolución y con desarrollo social paulatino, como en Suecia”. Pero hablar de Rusia con equidad implica, además, aludir a su literatura, máxime cuando se tiene oportunidad de estar frente a una mujer -una de las 14 ganadoras del Nobel de Literatura- que reivindicó, sin proponérselo, las bondades del periodismo que toma recursos de la ficción para contar una historia real; es decir, algo que no surgió de la imaginación sino del reporteo, la revisión de archivos o la lectura de libros, entre otras tantas cosas:

̶  Me gusta la poesía de Olga Sedakova, una poetisa contemporánea. Leo a personas que nos llevan al futuro y no repiten las banalidades que repiten los periódicos. Rusia tiene una tradición oral de contar historias, pero no de forma periodística sino documental y artística. Ales Adamovich ofrece un mosaico de relatos, es mi gran maestro.

Nada en esta plática es ocioso, pero hay que ser muy sordo -o muy necio- para no percatarse de algo que se repite como una filtración de agua a través de techo:

̶   Yo escribo sobre el amor. Tengo en proceso dos libros, uno sobre la vejez y otro sobre cómo entienden los hombres y las mujeres el amor. Me lleva muchos años escribir un libro y este último es una posibilidad de comprender qué es la felicidad. Putin sostiene que quien no le ayuda es traidor a la patria. Qué lenguaje tan militarista. La gente solo quiere ser feliz y disfrutar del amor.

Locuciones cortas, casi aforismos, es lo que Svetlana convida en las múltiples entrevistas, charlas y conferencias a las que es invitada. Para ella, la gran enseñanza que entrañan sus historias es “una oración por el hombre, por el ser humano”. Su tiempo en la Fundación Telefónica está por concluir, no sin que antes responda a una última pregunta, tal vez la más común y morbosa de todas: ¿Tiene miedo?

̶  No quiero pensar en el futuro, es imposible predecirlo. Sentí miedo en Afganistán, ahora es solo una alarma sobre el futuro.

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La periodista durante el acto en el que se le concedió el Premio Nobel de Literatura en 2015. Fuente: Flickr

El caricaturista Enrique Flores -presente en este coloquio- ha terminado el retrato, la representación que a manera de historieta reseña lo dicho por una mujer sobria de palabras inconmensurables: Svetlana, la que permanece el tiempo que haya que permanecer a fin de conocer la guerra y comprender, solo entonces, que no tiene rostro de mujer. O para escuchar a Liudmila Ignatenko y luego contárnoslo así: “Esta gente se está muriendo, pero nadie les ha preguntado de verdad sobre lo sucedido. Sobre lo que hemos padecido. Lo que hemos visto. La gente no quiere oír hablar de la muerte. De los horrores… Pero yo le he hablado del amor… De cómo he amado”.

Y de lo mismo vino a hablar la escritora que no olvida aquello que vio con ojos de periodista, curiosidad de niña e instinto de mujer. Los minutos transcurren, la presentadora agradece su aproximación y la despide haciendo referencia a este pasaje que describe, perfectamente, en qué consiste el arte de ser un buen narrador: “No es necesario que escribas sobre nosotras… Un recuerdo es más valioso… Hemos estado hablando contigo. Hemos llorado. Tú, cuando te despidas, mira atrás, date la vuelta para vernos a nosotras y a nuestras casas. No mires una vez como si fueras una extraña, hazlo dos veces. Como hacen los nuestros. No hace falta nada más. Gírate para mirarnos”.

Esta es Svetlana Alexiévich, una periodista que  ̶ para serlo ̶  sabe que invariablemente hay que hacer eso: mirar atrás,  mirar dos veces.

Autora:
Gloria Serrano foto Gloria Serrano

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Periodista mexicana en Madrid, siempre buscando la grieta en el muro. Máster en Gestión de Políticas y Proyectos Culturales (Universidad de Zaragoza). “Saber mirar y saber decir” son los principales retos del periodismo que aspira a no quedarse en el olvido, que intenta contar algo más que una simple historia. Para mí, cultura se escribe en plural, es la fiesta de lo colectivo.

Twitter Blanca Uson


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