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Una historia que necesitaba ser contada: «Nela, 1979». Una charla con Juan Trejo

Periodista: Inés Díaz Esteban

Fotógrafa: Mariangel Barra Navas

La Sala de Grados de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Zaragoza ha acogido este 25 de febrero a las 19:00 la conferencia «Nela 1979: Crónica de una pérdida y novela de un hallazgo».  El escritor Juan Trejo ha protagonizado esta primera conferencia del Seminario Permanente Transficción, que fue inaugurado por Alberto Castán Chocarro, vicedecano de Cultura y Proyección Social y por María Ángeles Naval López, catedrática de Literatura e investigadora principal del grupo «Transficción: Discursos y relatos de la Transición». Trejo compartió mesa con María Angulo Egea, coordinadora del Seminario y también investigadora del grupo.

Juan Trejo ha desvelado las entrañas de su proceso creativo como escritor en Nela, 1979, una obra que navega entre la memoria de una familia y una cultura olvidada. Habiendo publicado otros libros como La barrera del sonido y La máquina del porvenir, el autor ha compartido el viaje que supuso reconstruir la historia de su hermana Nela, fallecida en 1979, en «un intento de subsanar una herida causada por el olvido». Desde Zero Grados hemos tenido la oportunidad de coincidir con él antes de la conferencia para preguntarle sobre su última obra, el proceso de escritura y los temas que ha desarrollado.

Bueno, Juan: eres escritor, traductor, periodista cultural y profesor universitario, pero hoy estamos aquí para hablar de tu libro Nela 1979. Una obra que escribiste sobre tu hermana, cuarenta años después de su muerte, motivado por la emoción que te generó la película Sonrisas y Lágrimas, que te hizo recordarla. A partir de ahí, iniciaste un proceso de investigación que finalmente se convirtió en la crónica literaria que tenemos ahora. ¿Cómo decidiste darle ese enfoque narrativo?

Una de las dificultades de esta historia fue encontrar no solo una voz, sino también una estructura. Sabía que quería escribir sobre mi hermana, y es cierto que Sonrisas y Lágrimas fue como la chispa que puso el proyecto en marcha. Tenía ganas de escribir sobre ella, pero no sabía cómo. Al principio, lo concebí como un ensayo o una crónica periodística, al estilo de Manuel Chaves Nogales o Leila Guerriero. Sin embargo, al investigar, me di cuenta de que tenía muy poca información sobre su vida. Entonces comprendí que no podría escribir la crónica que había imaginado y que tendría que darle un enfoque más artístico y narrativo, aunque siempre basado en hechos reales. No fue fácil, pero pronto entendí que no sería una crónica al uso, sino algo diferente.

¿Cuándo supiste cómo hacerlo?

El proyecto tuvo, quizás, siete versiones diferentes. Al principio, tenía más material informativo y documental, pero en un momento dado, cuando ya había escrito buena parte del libro, me di cuenta de que necesitaba un cambio radical: narrar desde el punto de vista de mi hermana. Ella tenía que ser visible en la novela, que el lector pudiera seguirla e incluso identificarse con ella. Ese giro llegó bastante avanzado el proceso, cuando ya tenía redactada cerca de la mitad del libro. Fue entonces cuando entendí cuál sería la forma definitiva.

Hablas de siete versiones distintas. El proceso de documentación y escritura debió ser largo. ¿Cuánto tiempo te llevó este proyecto?

Aunque no llevé un cronómetro, empecé a interesarme por este tema incluso antes de terminar mi libro anterior. Me puse a trabajar en serio a partir de 2019, investigando y recopilando información. El libro se publicó en 2024, y estuve retocándolo hasta junio de ese mismo año. En total, fueron cinco años. Aunque suena como si hubiera estado escribiendo sin parar, no fue exactamente así. Tuve que compaginar el proyecto con mi trabajo. Gran parte de ese tiempo, unos tres años, lo dediqué a la documentación: leer bibliografía, hacer entrevistas, revisar hemerotecas… Fue un proceso largo de acumulación de datos. Una vez que tuve clara la estructura, la redacción fue más rápida. Las diferentes versiones surgieron porque, al ver el texto completo, podía identificar lo que faltaba o sobraba. Por eso hablo de cinco o seis versiones, todas similares pero con diferencias significativas.

En el libro relatas una escena en la que Nela consigue La familia de Pascual Duarte gracias a una profesora de su colegio. ¿Cómo lograste recrear esas anécdotas más subjetivas? ¿Te las contó alguien o las conocías de casa?

Es una recreación basada en posibilidades. Sé que mi hermana estudió en ese instituto y que ese fue uno de los primeros libros que leyó, por cómo está firmado. A lo largo de su adolescencia, se ve cómo va cambiando su firma: de Manuela a Manela, y luego a Nela, como un proceso de búsqueda de identidad. Ese libro está firmado como Manuela, con una letra todavía escolar. La profesora, si no existió, podría haber existido. Es una de las partes noveladas, pero plausible.

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Tu madre te dijo que escribir este libro era “desenterrar lo que ya estaba enterrado”, aunque para ti significó dar un cierre adecuado a una historia que nunca se había contado. Con el reconocimiento que está teniendo tu obra, ¿crees que lo has conseguido?

¡Uf, eso es mucho decir! (risas). Más allá del reconocimiento, el día que el libro se publicó y tuve la versión definitiva en mis manos, sentí que había cumplido. Había hecho todo lo que podía hacer. Fui muy consciente durante la escritura de lo que quería lograr: un libro digno, respetuoso con la memoria de mi hermana, y que me permitiera sentir cierta tranquilidad. El título, Nela, 1979, con el nombre que ella eligió y el año de su muerte, fue como una lápida simbólica para cerrar su historia. Estoy satisfecho, y eso es lo más importante. El reconocimiento es un regalo adicional, algo que va más allá de lo que yo esperaba.

En el libro mencionas que Nela comenzó a ser adicta antes de lo que muchos piensan, no durante el auge de la heroína en los 80, sino una década antes. ¿Cómo fue eso?

Sí, fue algo que me sorprendió mucho. Hoy asociamos la heroína con los años 80 y la figura del yonqui, pero en realidad la droga entró antes, a mediados y finales de los 70. Era un fenómeno diferente, vinculado a la clase media-alta: jóvenes con estudios, formación e intereses culturales. Incluso en una España que todavía vivía bajo el franquismo, aunque este ya estaba en transformación. La contracultura en Barcelona, por ejemplo, se desarrolló entre 1973 y 1978, y la heroína formó parte de esa escena.

Has mencionado negligencias médicas y trabas burocráticas en el libro. ¿Has recibido testimonios de personas afectadas por situaciones similares?

Sí, hablé con enfermeras de esa época que me confirmaron la existencia de negligencias médicas. En el libro, hablo de un posible prejuicio hacia las personas que consumían drogas, especialmente heroína. Se les veía como viciosos, como si merecieran lo que les pasaba. También había un gran desconocimiento y falta de infraestructura. En aquel entonces, en urgencias había uno o dos enfermeros para atender a decenas de personas. Era un contexto muy diferente al actual.

¿Has recibido alguna disculpa o reconocimiento por parte del hospital?

No, nada de eso. Hoy sabemos que muchos expedientes médicos se perdieron, especialmente después de la DANA. Esos documentos no tenían prioridad para nadie. No había interés en conservarlos.

En tu obra comparas la contracultura de los últimos años del franquismo, cargada de significado político, con una transición vacía de esa carga. ¿Crees que ese olvido político en el arte está relacionado con el silencio que hubo en los hogares?

Sí, todo está muy unido. Cuando empecé a investigar, había poca bibliografía sobre la contracultura. Se la veía como algo previo, casi anecdótico, sin peso real. Pero la contracultura fue pionera en temas como el feminismo, la ecología y los derechos de los homosexuales. Aunque no tuvo la voluntad de perdurar, sentó las bases para muchos debates actuales. Sin embargo, fue enterrada por lo que vino después: la movida, un discurso más lúdico y menos crítico.

En tu investigación, fue clave la publicación de una foto de Valerio, la última pareja de Nela, en Facebook. ¿Cómo fue eso?

Sí, las redes sociales tienen cosas buenas (risas). Fue algo muy curioso. La foto se publicó en la página de Vanessa Roghi, una escritora italiana, y luego un periódico la convirtió en noticia. Eso desencadenó una reacción que me permitió avanzar en mi investigación. Fue un giro maravilloso que transformó un proyecto que parecía estancado en algo mucho más satisfactorio.

¿Crees que la escritura es un buen método para lidiar con el duelo de un ser querido?

Puede serlo, aunque no sé si es un método universal. Hay gente a la que le ayuda y a otra no. Yo no empecé a escribir con la idea de hacer duelo, pero este libro se convirtió en mi manera de vivirlo. No sé si la escritura es terapéutica en sí misma, pero para mí fue una forma de cerrar una historia que necesitaba ser contada.

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La conferencia, que llenó las butacas de la Sala de Grados, abordó cómo afrontar la escasez de información con la que se encontró Trejo sobre su hermana. El autor explicó cómo encontró la salida en la concreción del tono y la voz de la obra. La extensa ronda de preguntas final giró en torno a cómo el autor decidió dar por terminada la obra.

Cuando terminaste tu novela, ¿tuviste la sensación de que ya estaba completa, de que no había nada más que indagar? ¿Cómo viviste ese momento de decidir que habías terminado?

Hay dos maneras de abordar esa pregunta. Por un lado, yo no me puse a escribir hasta que tuve claro cómo empezaba y cómo acababa la novela. Tenía una estructura definida, sabía dónde quería que terminara y por qué caminos debía pasar la historia. Aunque no sabía exactamente cuáles serían las palabras finales hasta que las escribí, sí tenía muy claro que quería que acabara. La novela estaba dividida en tres partes, y aunque el contenido de esas partes cambió muchas veces durante el proceso, siempre supe que quería que terminara en un punto concreto. Cuando llegué a ese punto, supe que había acabado.

¿Cómo fue el proceso de corrección y edición de la novela?

Una vez que terminas un libro, comienza el trabajo de corrección. Este libro tuvo al menos seis versiones diferentes antes de llegar a la final, y luego hubo más cambios durante la fase de galeradas. La corrección fue más un proceso de restar que de añadir. A veces descubres que tienes que eliminar capítulos que están muy bien escritos pero que no aportan a la historia. Mi primer editor solía citar a Hemingway: «Cortar siempre mejora». Para mí, esa es una máxima. Mis libros suelen ser mucho más extensos en su primera versión y se van acortando hasta llegar a lo que considero perfecto. Es un proceso adictivo, quitar cosas, aunque a veces duele.

¿Cómo decides cuándo parar de corregir y dar por terminado el libro?

Hay un momento en el que tienes que decir «ya está». Como decía García Márquez, si no paras, siempre encontrarás algo más que cambiar. Yo soy un poco obsesivo, así que si no me detengo, nunca terminaría. Leer el libro tiempo después de haberlo terminado me ayuda a verlo con más claridad. A veces me sorprendo, otras veces me avergüenzo, pero es parte del proceso. Lo importante es saber cuándo parar.

¿Cómo manejaste la inclusión de recuerdos personales y familiares en la novela?

La memoria es algo muy complicado. En el libro hay recuerdos que son reconstrucciones, como hacemos todos. Por ejemplo, hay un recuerdo de mi hermana Carmen que cambió en una versión anterior del libro. La música que sonaba en ese recuerdo era diferente, y eso me hizo dudar de la veracidad de la escena. Pero al final, lo que importa es que ese recuerdo me vale, le da un toque especial a la historia. La memoria no es algo fijo, es una reconstrucción constante. En mi familia, por ejemplo, nunca se hablaba de mi hermana después de su muerte. Eso también influye en cómo recordamos las cosas.

¿Cómo fue la reacción de tus hermanos al leer el libro?

Tenía mucho miedo de que mis hermanos lo leyeran. No les dejé ver nada hasta que el libro estaba impreso y a la venta. Mi hermano, que no es un gran lector, se lo leyó en una tarde y me dijo: «Eres un crack». Mi hermana tardó un poco más en leerlo, pero también lo aceptó. Creo que lo hicieron suyo. Aunque hay cosas en el libro que no compartimos, como ciertos enfoques sobre nuestra madre, ellos lo aceptaron.

¿Cómo manejaste la estructura de la novela?

La estructura es una obsesión para mí. Sabía que quería que el libro tuviera tres partes, aunque el contenido de esas partes cambió muchas veces. Una buena estructura no garantiza que el libro sea bueno, pero te ayuda a no perderte. Kundera, por ejemplo, siempre hacía libros con siete capítulos por una cuestión musical. Cada escritor tiene sus métodos. Para mí, la estructura es casi más importante que el destino de los personajes. Es como hacer una tortilla de patatas: puedes tener los mejores ingredientes y seguir los pasos correctos, pero eso no garantiza que la tortilla quede bien. La magia está en el trabajo constante, en volver a empezar si es necesario.

¿Qué consejo le darías a alguien que quiere escribir una novela?

Lo más importante es que te guste el proceso de escribir. Si no te divierte corregir, cortar, reescribir, entonces quizás esto no es para ti. La escritura es un trabajo duro, con momentos de magia, pero sobre todo es constancia y dedicación. Si no te apasiona, es mejor que busques otra cosa.

La conferencia llegó a su fin poco antes de las nueve de la noche, tras responder a las numerosas preguntas de los asistentes. Así concluyó una jornada satisfactoria tanto para el público como para el propio escritor, quien partió con la expectativa de llegar a tiempo para ver la semifinal de la Copa del Rey.

 

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