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Ready, Steady, Go

¿Macarrones con tomate o espaguetis carbonara?, ¿pelo largo o rapado? Nunca he sido una persona decidida. La vida es una elección constante y es una putada para quienes, como yo, nos cuesta decidir; sin embargo, hay una cosa de la que siempre he estado segura: sacarme el carnet de conducir. No por placer, ni por independencia: desde que era pequeña, cada cumpleaños iba acompañado de la voz de mi padre, que me susurraba que ya quedaba menos para apuntarme a la autoescuela.

Lucía Padilla Gracia// @luciiapgr

A U T O E S C U E L A, once letras que te cambian la vida. Para bien, si todo va sobre ruedas; para mal, si acaba siendo un trauma de esos de “una y no más”. He escuchado decir que no todo sale a la primera, que hay un aprendizaje continuo basado en prueba y error. Pero créeme, cuando llevas toda la tarde realizando test de conducción y compruebas cómo las casillas, al igual que los semáforos, cambian de verde a rojo, empiezas a plantearte si este tipo de enseñanza se está riendo de tí… y acabas por desear, aunque solo sea, un esperanzador color intermitente.

A los 17, fui con mi padre a matricularme en la autoescuela, no sin antes cerciorarse de que era la mejor de las tres academias cercanas a casa para inscribir a su hija. No lo culpo: es algo habitual en los padres. Me apunté, sí, y, bueno, al principio, no voy a negar que la idea de verme con mi coche en unos meses me hacía ilusión. Y sí, digo mi coche porque mi padre ya me lo había comprado antes siquiera de tener la licencia, dicen que las prisas nunca son buenas, pero él no pareció enterarse.

Comencé los cursos intensivos y todas las tardes acudía a las clases para avanzar con el temario, pero digamos que con el tiempo lo aparqué. Opté por entrenarme con los exámenes y, bueno, qué decir, los tipo test nunca han sido mi punto fuerte, y menos aún cuando te plantean una situación en la que están implicados un vehículo de tracción animal, un vehículo de gran tonelaje y una raya continua —dichosas rayas continuas—.

Cuando empiezas a leer el temario del libro aprendes señales dirigidas a peatones, a turismos, a patinetes, incluso a tranvías, hasta tal punto en que piensas: ¿Todo esto es necesario? Al final lo único que quieres es sacarte el carnet, algo que termina convirtiéndose en una odisea.

El examen consta de dos partes. La prueba teórica, un test de 30 preguntas en las que puedes cometer tres errores; y la prueba de conducción, o como yo la llamaría: angustión. A veces pienso: “Qué mal, qué bache estoy pasando», pero luego me acuerdo de los ilusos aprendices de conductor y mis males parecen menores.

Pasé el teórico a la primera, lo que conllevaba dos oportunidades para gastar en el práctico.  En su momento me alegré, pero después de la risa, llegó el llanto, apruebas el primer examen pero debes esperar semanas —en el mejor de los casos— o meses, para comenzar con las clases de conducción. 45 minutos que parecen pocos, pero son suficientes para salir temblando del vehículo.

Después de un número elevado de clases, diré que recibí más de 40 y tras un primer intento fallido: lo conseguí, aprobé el práctico. Recuerdo que el día anterior le comenté a mi profesora que no estaba preparada para volver a examinarme. Ella no me hizo caso y me pidió que confiara un poco más en mí. No es que sus palabras me animasen, pero accedí a realizar la prueba  porque el mayor fracaso es no intentarlo, o eso dicen.

Cuatro pares de ojos cómplices y pensativos me miraban hasta que el examinador me dijo: usted está aprobada. Alivio, eso fue lo que sentí.

Al día siguiente, me acerqué a la autoescuela para recoger mi preciada L, no sin antes sacarme la foto de rigor y despedirme de un lugar al que nunca volvería a entrar —al menos como alumna— . Con el distintivo colocado en la parte trasera de mi pequeño Peugeot 206 color naranja metí la llave y, tras una leve vacilación, llegó la hora de conducir.

Después de dos años, he sumado kilómetros y canciones, desde mis inicios acompañada de Vino Tinto de Estopa, hasta lo nuevo de Harry Styles. Me he aplicado el cuento y como dice la canción: Ready, Steady, Go.

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