Chinchín
Estoy arreglándome para ir a celebrar el cumpleaños de una amiga cuando la pantalla de mi teléfono se ilumina por una notificación. Es un whatsapp de un amigo del colegio que me escribe para quedar a tomar algo porque ha terminado los exámenes de la carrera. Tengo que organizarme porque la semana que viene es la primera fiesta de mi graduación. Lo celebramos todo: un cambio de trabajo, un aniversario, una ruptura, una mudanza… Da igual que sea algo bueno o malo, siempre sacamos una excusa.
// Ainhoa Montero Tolosa
A veces me abruma tanta celebración, pero luego recuerdo la cantidad de días especiales que quedarán grabados en mi memoria. Cuando era pequeña me encantaba ver una y otra vez la película Alicia en el país de las maravillas donde el Sombrerero Loco celebraba con entusiasmo su no cumpleaños. Alicia no lo entendía y yo me reía porque tampoco mucho. El Sombrerero le explicaba que, mientras su cumpleaños es solo un día, hay 364 días por delante para celebrar tu no cumpleaños. Parecía algo sin sentido, pero estas palabras hoy calan en mí. No hace falta esperar a que suceda algo totalmente relevante para festejar el presente. Cualquier motivo es importante, ya que este es el impulso que nos lleva a detenernos en medio del fresení de la vida cotidiana y, de esta forma, ser mucho más conscientes de la vida junto a las personas que, sin estos pretextos, no veríamos tanto.
¿Por qué celebrar la vida un único día siendo que lo puedes hacer durante todo el año? Esta visión contrastaba con la actitud del Conejo Blanco que, de forma continua, iba estresado porque llegaba tarde. El Sombrerero Loco le arreglaba su reloj sacando los engranajes y poniendo té, mantequilla, azúcar, mermelada y un chorrito de limón. Y es que, qué necesario es un Sombrerero en tu vida que sea capaz de parar el tiempo y que aporte los ingredientes necesarios para poder sobrellevar la cotidianidad de este mundo acelerado de la mejor manera posible.
Cuando festejamos nos permitimos estar presentes. Miramos a nuestro alrededor y agradecemos el motivo que nos ha llevado a celebrar. Nos ayuda a mirar con gratitud lo que haya sucedido y mirar el lado positivo de las cosas. También es una forma de romper con lo sucedido y poder comenzar de nuevo. En la realización de este tipo de actos, las personas son las más importantes. A veces por la rutina, esto queda relegado. Pero, qué bonito es ver a la gente que quieres compartir tu felicidad.
Por años me negué a esto porque, cuando es un día especial, las ausencias aún se notan más frías. Las sillas se van vaciando, y la Navidad cada vez nos gusta menos. Los cumpleaños comienzan a pasar de forma más discreta a cuando éramos pequeños. Y las fechas importantes dejan de estar señaladas en el calendario. Se pierden las ganas de festejar. El impacto de esto debería ser completamente diferente. En mí ahora lo es. La vida cambia de un momento a otro, sin avisar. Estar concentrado en lo que no se puede cambiar nos hace no ser conscientes de lo que ahora tenemos y que algún día anhelaremos.
Mientras ellos desearían estar en estas celebraciones, nosotros nos negamos a hacerlo ante sus ausencias. Ausencias físicas, claro, porque ellos en estos días están más presentes que nunca. Cada mañana de mi cumpleaños, al despertarme, oigo en mis recuerdos a mi abuelo con sus felicitaciones telefónicas; el día de Navidad veo a mi abuela a través de las recetas que, ahora, cocina mi madre… Las personas viven en nosotros y en nuestro recuerdo. Seamos un poco más como el Sombrerero Loco y endulcemos la vida por los que ya no pueden brindar por una buena noticia. Chinchín por vosotros.

