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Delitos y Cine: Pálpitos del veranito

Jorge Marco, Julio Beltrán, Pablo Gracia//

El pasado 20 de junio, en nuestro calendario astronómico, dio lugar el comienzo del verano. Da inició, una vez más, la estación del año más anhelada y cargada de significado para el común de los mortales. El aire caliente trae consigo la tramposa promesa del cambio. Es cierto que, para la mayoría, el verano no empieza tan pronto y, hasta dentro de un mes, muy pocos afortunados podrán comenzar a disfrutar de sus encantos. Para los menos agraciados, y desde aquí les mandamos un empático abrazo, el trabajo y las inaplazables obligaciones del día a día provocarán que el verano y sus beneficios no lleguen este año a sus vidas, que deberán continuar su ritmo habitual. 

En cualquier caso, y pese a que su significado varíe enormemente entre los individuos, el verano es una estación mágica y cubierta por un halo de misticismo. Es el tiempo, simultáneamente, del descanso y de las aventuras. Es el tiempo, sobretodo, de la infancia y su recuerdo. Los fantasmas de aquellos veranos de juventud, que poblaban nuestras vidas de paisajes y gentes nuevas, vuelven inevitablemente a nosotros. El monte, el mar, el pueblo, los abuelos, los hermanos, los amigos, los amores… Todos los veranos estos recuerdos son invocados en el presente y, eso mismo, hace de la estación soleada un momento sentimentalmente singular.

No es de extrañar entonces que, en el cine, el verano sea uno de los escenarios favoritos de directores y guionistas. Introduce una atmosfera de cambio y aventura sin necesidad de grandes explicaciones y construye un escenario que resulta agradable y familiar para el espectador. Es un campo de cultivo perfecto para escribir historias, especialmente versadas sobre la infancia, la juventud y el amor, que se desarrollan en unos pocos meses y cambian para siempre a sus protagonistas. Es obligatorio, cuando se habla del verano y el séptimo arte, mencionar a uno de los maestros por antonomasia de esta combinación, Éric Rohmer. El cineasta galo, uno de los máximos protagonistas de la Nouvelle vague, basa gran parte de su filmografía en el verano y lo que representa para el individuo. Sus películas, serenas, sencillas y pasionales, se funden completamente con los escenarios vacacionales en los que se desarrollan. Las más representativas, entre muchas, serían Le Rayon vert (1986), Pauline à la plage (1983) y Le genou de Claire (1970). Rohmer aparte, encontraremos mil ejemplos de cineastas que, atraidos por la magia del verano, lo han convertido en protagonista de sus films. Por mencionar a una directora patria, Carla Simón también ambienta sus dos aclamados largometrajes – Estiu 1993 (2017) y Alcarràs (2022) – en esta época del año. 

Para explorar más y mejor la riqueza cinematográfica que nos da el verano y, de paso, para despedir esta temporada de nuestra sección, hoy os traemos una selección de películas ambientadas en estos calurosos meses. Esperamos que las disfrutéis en los muchos tiempos muertos con los que deberemos rellenar este el verano. 

El nadador (Frank Perry/Sydney Pollack. 1968)

El nadador se basa en el relato homónimo de John Cheever, publicado en 1964 en The New Yorker. Cheever, también conocido como el Chéjov de los suburbios, conocía la clase media alta americana, y reflejó sus inseguridades e infelicidad con una mirada naturalista a la par que simbólica, como se muestra en el film. Se trata de un viaje existencial sencillo en su planteamiento: Ned Merrill (Burt Lancaster) visita la piscina de unos vecinos, y entonces decide regresar a su casa pasando por todas las piscinas de sus viejos amigos, a los que hace como mínimo dos años que no visita. El simbolismo aflora en el propio concepto de “volver nadando a casa”, que el propio protagonista romantiza cada vez más a lo largo de la historia, hasta nombrarlo el río de Lucinda, en honor a su mujer. Y si bien la acción no sucede en California, meca de las piscinas privadas americanas, sino en Connecticut, la situación es perfectamente extrapolable a toda la clase media adinerada de los EEUU. 

El nadador poster
Poster El nadador

Se trata de una estructura episódica semejante a films como Fresas salvajes, donde el protagonista se replantea su vida en escenas a lo largo de un camino (Si bien en El nadador queda sin respuesta la pregunta de por qué ese día ha comenzado el viaje). Así, cada piscina va profundizando en su sensación de vacío, de incredulidad respecto a su propia edad y a los que eran sus seres queridos. Poco a poco se nos revela la realidad del protagonista, que por las referencias de sus amigos sabemos que fue un respetado y adinerado padre de familia, y que ahora lo ha perdido todo, tanto económica como afectivamente. 

La elección de Burt Lancaster para representar la decadencia de esta clase adinerada es uno de los mayores aciertos de la película. En sus años de madurez Burt Lancaster adquirió un aura de persona todavía poderosa pero envejecida, que le sirvió para reflejar esta condición de ocaso, de antiguo esplendor que ahora no tenía lugar en el mundo.

De hecho, Lancaster tenía cincuenta y tres años cuando interpretó este papel, teniendo en cuenta que la película estaba terminada en 1966, aunque no se estrenó hasta 1968. Tres años antes había encarnado al Príncipe de Salina en El Gatopardo, de Visconti. Tanto en esta película como en Confidencias (1974), también de Visconti, Burt Lancaster representa la decadencia de todo un estamento histórico, la aristocracia italiana tras la segunda mitad del siglo XIX. No deja de ser una ironía cultural ver a un actor americano representando a aristócratas italianos, es decir, familias nobles de larga ascendencia que la joven América no ha conocido. 

Sin embargo, es en El nadador cuando Burt Lancaster representa la decadencia de la clase media de su propio país. Se trata de una clase social caracterizada por la exaltación del individuo, y así se muestra en el largometraje, que se centra de principio a fin en el protagonista sin perderle un solo segundo. 

El nadador fotograma
Fotograma El nadador

Acorde a ello la puesta en escena busca la exageración, la ruptura, y la disonancia, propia de su desesperación. Desde el principio sentimos la loca necesidad de afecto que siente Ned mediante sus primeros planos, las imágenes desenfocadas o las secuencias ralentizadas, a la vez que percibimos algo extraño, quizá por el montaje abrupto, por los puntos de mira inusuales, o la situación de un reencuentro que no termina de cuadrar. 

Este estilo cinematográfico es tan acorde a la historia que cuesta creer que el director Frank Perry fuera sustituido en mitad del rodaje por Sydney Pollack, que se encargó de escenas como el reencuentro de Ned con su examante Shirley Abbott. 

En definitiva, esta es una película otoñal que sucede en verano, así que tiene la ventaja de ser especialmente recomendable durante la mitad del año. 

Un verano en casa del abuelo (Hou Hsiao-Hsien, 1984)

Último día del curso. Comienza el verano y los hermanos Tung-Tung y Ting-ting se preparan para pasarlo en el campo, en la casa de sus abuelos. Pero antes de partir acuden al hospital para despedirse de su madre, que se encuentra internada en el hospital por una seria enfermedad. ¿Hasta aquí la premisa le resulta familiar a alguien? Si es así no están equivocados, ya que el maestro de la animación japonesa Hayao Miyazaki resultó especialmente influido por esta historia a la hora de realizar su ya archiconocida Mi vecino Totoro, estrenada cuatro años después.

Es cierto que en la película que nos ocupa no hay tintes mágicos ni aparecen figuras reconocidas de la mitología de Taiwán, pero sí tienen en común el mismo afán por tratar de representar ese lugar común conocido por todos como son las vacaciones estivales desde el punto de vista de los más pequeños. Un decisión que Hsiao-Hsien traslada también al terreno formal, ya que todo parece estar visto desde cierta distancia —algo común en el cine del director taiwanés, siempre mucho más preocupado en mostrar que en forzar la emoción, como puede comprobarse en una de sus grandes obras maestras: Millennium Mambo—.

Aquí predominan los planos generales, como si se tratara de rehuir la proximidad al mundo de los mayores, en el que siempre parecen verse las consecuencias pero nunca las causas de las que se derivan. Los rituales propios de la tradición, la presión social y la violencia no son más que elementos muy difíciles de entender desde el punto de vista infantil, aunque eso no les quite razón. Si uno se para a pensarlo por un momento, ¿no es cierto que muchas veces las complicaciones y los problemas que asolan la vida adulta no dejan de ser insignificantes si se miran con perspectiva? Al final parecen más fruto de cómo se deben llevar a cabo ciertos comportamientos —supuestamente— dentro de un orden social que del acto en sí.

un verano... poster
Poster de Un verano en casa del abuelo

Y es este otro de los motivos por los que el cine en general, y esta película en particular, pueden llegar a ser tan enormes. La capacidad de verse reflejado en una historia que ocurre a más de 10.000 kilómetros de distancia otorga al espectador una especie de comunión con todos los seres humanos del mundo. Todos somos iguales, todos hemos vivido lo mismo, a todos nos preocupan las mismas cosas. En Un verano en casa del abuelo los niños van al río a bañarse, pescan, se aburren, discuten, hacen enfadar a los mayores… ¿quién no ha experimentado alguna de esas cosas?

Esto resulta en un argumento infalible para aquellos que dicen que el cine de otros países —normalmente el que se hace fuera de Europa y Estados Unidos— es raro o difícil de entender. ¿Qué hay de complicado en El sabor de las cerezas, dirigida por el iraní Abbas Kiarostami, en la que a través de unas simples conversaciones pueden apreciarse elementos tan cercanos a nosotros como la inmigración, el desempleo o la depresión?

Volviendo al film, otro punto interesantísimo es el contraste que se plantea entre esas escenas típicas del verano y una especie de premonición que parece representar la realidad mezquina de la adultez, cuyo peso y gravedad acaba empapando, aunque sea en ocasiones, la inocencia infantil. La preocupación por una madre enferma, un embarazo no deseado, las relaciones con el mundo criminal… situaciones que se aprecian pero que no se explican en profundidad. Ni falta que hace. Si la película la cuentan unos niños que sólo ven a sus familiares durante dos meses al año, ¿cómo van a saber con pelos y señales la amistad de su tío con unos atracadores? ¿Cómo van a conocer que cuando algo sucede en el pueblo los hombres más mayores se reúnen para decidir lo que se va a hacer?

Y es así como una película aparentemente ligera va ganando peso, y lo que pretende contar queda muchísimo más claro de lo que se ve a simple vista. El abuelo, que parece gruñón y en ocasiones hasta violento, de repente se sienta conmigo a leer y escuchar música. ¿Por qué llora la abuela, si estamos con ella? Momentos vitales de extrema importancia pero que acaban por diluirse dentro de una cosmovisión del mundo en la que una cosa sucede a otra sin prestarle demasiada atención. Y de repente lo más importante es montar una carrera de tortugas. 

Mientras, el verano pasa, y la vuelta en el coche de papá parece cerrar una etapa en la que se ha vivido muchísimo —y de gran importancia— pero de lo que todavía no se es consciente.

Un verano en casa del abuelo quizás no ocupe un lugar destacado en las grandes listas de películas imprescindibles que uno no se puede perder. Pero ahora que se acerca el calor, poder comprobar cómo en una isla del mar de China la gente vive de forma sorprendentemente parecida a la nuestra, resulta un ejercicio casi hasta necesario para poder confiar de nuevo en nosotros, al menos durante un rato. Y el viaje nostálgico que supone esta obra de Hou Hsiao-Hsien puede completarse en una doble sesión con Mi vecino Totoro, nada menos. Pocos planes mejores para una tarde de agosto se pueden tener.

Beautiful Thing (Hettie MacDonald, 1996)

Toca explorar una de las facetas más cliché del verano, el amor de juventud. Pero lo haremos desde una perspectiva que, en su momento y parcialmente hoy en día, fue rompedora y sorprendente. Hablaremos ahora de Beautiful Thing, un clásico británico del cine queer. 

En un barrio obrero a las afueras de Londres, Jamie vive junto a su madre hacinados en un pequeño apartamento de un macrobloque de viviendas. Evita asistir al instituto, donde sufre bullying por parte de sus compañeros y pasa los calurosos días del recién inaugurado verano encerrado en su habitación. En el portal de enfrente vive Ste, su único amigo, que sufre constantes abusos físicos y psicológicos por parte de su padre y su hermano mayor, quienes le ningunean y someten a su voluntad. Escapando ocasionalmente de aquel infierno, Ste pasa buena parte de su tiempo en la casa de Jamie, donde, poco a poco, se va forjando un amor que, debido a sus complicados contextos, tambaleará las precarias vidas de ambos jóvenes.  

Beautiful thing fotograma
Fotograma de Beautiful thing

Lo que a todas luces parece un dramón fácil, resulta en un ejercicio tremendamente original y liberador. Porque Beautiful Thing es una comedia. El escenario, trágico, precario y decadente, está habitado por personajes luminosos y alegres que encajan sus desventuras con toda la dignidad y el humor que consiguen aunar, al tiempo que sueñan con un futuro más feliz. Esto no aplica solo al dúo protagonista, ya que la película cuenta con un reparto muy diverso y excéntrico de personajes.  Leah, por ejemplo, que es la vecina de Jamie y Ste, es una joven negra obsesionada con Mama Cass que pasa los días cantando sus melodías por los rellanos. O la Madre de Jamie, una mujer divertidísima y luchadora que, sin embargo, es problemáticamente pasional e irascible. 

Por si el hilarante guion de Jonathan Harvey – escrito en un primer momento como obra de teatro – no fuera lo bastante encantador, otro punto fuerte de Beautiful thing es conocer al equipo que hizo posible esta película. Y en este punto no podemos mencionar otras grandes películas en las que participaran actores o la directora porque… no las hay. Los actores son en su mayoría absolutos desconocidos, amateurs reunidos con el único fin de dar vida a su personaje y a esta preciosa fábula sobre el amor. Su directora, Hettie MacDonald, centró el resto de su carrera en la televisión y el teatro, siendo este uno de los únicos dos largometrajes que produjo. Viendo el resultado, uno no puede sino fascinarse de que un montón de gente tan ajena al cine y a su industria se reunieran a mediados de los noventa para regalarnos una película que rebosa tanta pasión y ganas de pasarlo bien. 

Beautiful thing fotograma 2
Fotograma de Beautiful thing

Como su propio nombre indica, esta obra es, sencillamente, una cosa bonita. Es cierto, han pasado casi treinta años desde su estreno y, tratando las temáticas que trata, el tiempo le ha levantado alguna que otra aspereza, pero no por ello deja de ser una película genial y bienintencionada. Una película que nos recuerda que el amor debe celebrarse ahí donde surja, incluso si lo hiciera en un lugar en el que todo le es hostil. Que incluso un amor aparentemente condenado, con un horizonte negro y desgraciado, debe saborearse ardientemente en el presente. 


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