Camino a la Bufadora
Fernando Domínguez Pozos//
Al Puerto de Ensenada, de manera cotidiana arriban cruceros turísticos en los que ciudadanos de distintas nacionalidades desembarcan para llegar a uno de los sitios más enigmáticos de la península de Baja California, conocido internacionalmente como “La Bufadora”. Este lugar -propio de la naturaleza- obtiene su nombre del singular sonido que el mar genera al impactar con la abertura que se ha creado en una roca, producida por la erosión del mar, haciendo que el aire y el agua salgan a presión, emulando al canto de una pequeña ballena, tal como cita el misticismo de este lugar.
Según la leyenda de la Bufadora, durante una de las migraciones de la ballena gris que realiza anualmente de los aguas frías de Alaska hasta las cálidas aguas del Océano Pacífico, una ballena bebé se separó de su grupo para explorar las costas bajacalifornianas y, en este pequeño resquicio de la delegación de Maneadero, se quedó atorada entre las rocas. Allí hoy miles de visitantes asisten a escuchar un espectáculo natural o enigmático, de acuerdo a las creencias de quienes llegan a este pequeño espacio donde la montaña y el mar se entrelazan.
El camino hacia la Bufadora desde el Puerto de Ensenada representa la oportunidad para que el turista recorra la zona sur de la Cenicienta del Pacífico, donde convergen colonias populares con los nuevos desarrollos inmobiliarios de una ciudad emergente. De igual manera, la ruta atraviesa por Maneadero, región apropiada por migrantes (en su mayoría del sureste de México), quienes viven y conviven con el campo y el desarrollo agrícola que es visible para quienes transitan por la renovada carretera transpeninsular, que enmarca el inicio de la Baja.
Además, el camino a la Bufadora es la oportunidad perfecta para prepararse emocionalmente para conocer uno de los cuatro sitios exclusivos del mundo donde este fenómeno natural puede ser presenciado. El trayecto final hacia la Bufadora representa la salida de la península hacia un trayecto que parece llevar a los visitantes a la vida cotidiana de una pequeña isla. Allí las casas permanecen abiertas las veinticuatro horas del día, los cerrojos de las puertas son opcionales y, sobre todo, el tiempo avanza a un ritmo distinto, simplemente porque aquí el clima, el misticismo y la naturaleza permiten vivir en un período vacacional permanente.
En ese trayecto final, poco antes de abandonar la península, se ubica un pequeño y acogedor restaurante llamado “Pueblo Bonito”. Su fachada representa una tradicional casa frente al mar, donde un par de palmeras y unas escaleras de piedra llevan a locales, visitantes, nacionales y extranjeros a ingresar a un modesto pero acogedor lugar donde el arte está presente en cada una de sus paredes. El rostro de una mujer, cubierto por una pañoleta roja y cuya mano tapa su boca al tiempo que sus ojos transmiten timidez, observa a quienes toman una taza de café y leen detenidamente el menú que en español e inglés da la bienvenida a un sweet summer.
En este pequeño pueblo, viven tanto locales como estadounidenses que han decidido vivir su etapa de jubilados en una zona que les permite disfrutar de las amenidades del Pacífico sin los elevados costos de la vida americana que se encuentra a tan solo un poco más de 158 kilómetros de distancia. Mientras tanto, en “Pueblo Bonito” unos tradicionales chilaquiles rojos acompañados de unos frescos camarones y una taza de café traído desde el estado de Veracruz ofrecen la energía perfecta para recorrer en auto los últimos quince minutos de camino hacia La Bufadora.
Estos últimos quince minutos son propios de un camino enmarcado por los paisajes singulares de una montaña que se conecta con las nubes y que, al mismo tiempo, permite observar la inmensidad del mar que aparece a orilla de una carretera, que asombra por la estrecha distancia entre el mar y la montaña. Al final del camino aparece una calle estrecha donde la soledad de los últimos kilómetros contrasta con el bullicio y la multitud de personas que caminan a lo largo de una gran oferta turística de la cultura mexicana, dirigida particularmente a turistas internacionales, visibles por sus colores, idiomas y expresiones.
Es complicado describir el número de locales de venta de juguetes, joyería, artesanía, gastronomía, tejidos, esculturas, pinturas y demás productos que se ofrecen a quienes solo buscan llegar a un pequeño y particular espacio donde el sonido de esa pequeña ballena es perceptible, es decir, donde el mar decidió bufar.
El espectáculo final es natural y caprichoso, ya que puede ser que el día de tu visita “La Bufadora” sea tímida y su actuar sea poco perceptible; sin embargo, también puede ser que el momento en que arribas sea diferente, con una expresión del mar que impacte a quienes por primera vez han asistido y a quienes cotidianamente frecuente este lugar. Ciertamente, visitar “La Bufadora” en Ensenada, Baja California, es una oportunidad de vida, ya que es un lugar similar a lo que el Machu Picchu representó para los Incas o el propio Amazonas para Sudamérica. Se trata de un espacio natural donde espíritus ancestrales decidieron que la energía fuera diferente, donde no se trata de estructuras artificiales o grandes expresiones mercadológicas, sino de una decisión de la Pachamama.
No te pierdas todas las crónicas que nos llegan desde el otro México.

