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Javitxu: “Soy uno de los 6 de Zaragoza, pero quiero dejar de serlo”

“Santiago Abascal el otro día nos llamó terroristas callejeros en el Congreso. Bueno, perdona, a mí no se me ha condenado por terrorismo”. Javier Aijón (Zaragoza, 1997), conocido como Javitxu, fue condenado a siete años de prisión por desórdenes públicos por el Tribunal Supremo. Es uno de los seis jóvenes encausados en el caso de “los 6 de Zaragoza” a raíz de la protesta antifascista contra un mitín de Vox en enero de 2019.

Victoria Cazcarro (@vcazcarro_)//

— Cuando tenía 15 años empecé a politizarme. Yo era consciente de que te podía pasar: te montaban un montaje policial, te mentían descaradamente en sede judicial, y te metían en la cárcel. Pero nunca crees que te va a pasar a ti.

— ¿En qué momento empezaste a ser consciente del rumbo que estaba tomando?

— Yo pensaba que no me iba a pasar nada. Éramos muchos; no tenían pruebas; no había hecho nada. Pero cuando la Audiencia Provincial nos condena a 6 años, me di cuenta de que nos han cogido como cabezas de turco. Quise evitar entrar en la cárcel, pero en caso de entrar, por lo menos hacer una campaña de denuncia.

— ¿Tuviste dudas durante la campaña?

— Cuando, después, el Tribunal Superior de Justicia nos subió la condena a 7 años. Me estás diciendo que estoy exponiéndome en todos los ámbitos para que coja un juez y castigue la campaña que hemos hecho. Ahí yo… Creo que es la única vez en toda la campaña que he tenido dudas. Pensaba que quizás todo esto no sirve de nada, que igual mi única salida era pasar por la cárcel.

— ¿Cómo fueron esos meses antes de entrar? 

— Después de que el Supremo aumentara la condena, entré en una depresión gorda. El haber perdido mis convicciones y mis principios hizo que me preguntara si merecía la pena. Es la vez que peor lo he pasado, peor incluso que cualquier cosa que me haya pasado en la cárcel.

— ¿Sí?

— Ir al banquillo es peor que estar en la cárcel. Estás con una ansiedad y con una incertidumbre… Estás con tu pareja y no sabes si hacer planes de futuro. Me sentía culpable incluso al decirle que la quería, porque igual iba a la cárcel y luego tenía que estar siete años viniendo a visitarme. Te ponía en una tesitura… Al final, cuando me encerraron, fue como… ya está. Ya sabía a lo que me tenía que enfrentar.

— ¿Cómo han sido estos años para vosotros?

— Ella, desde que me conoció en 2019, sabía que yo tenía este proceso judicial pendiente. Siempre intenté ser bastante cuidadosa en ese sentido, de decir: “Me parece perfecto que nos enamoremos, pero ten cuidado; puedo ir a la cárcel y no quiero que te encierres conmigo”. Pero me ha esperado, bueno, quiero decir… tenemos una relación abierta, ella puede hacer lo que quiera. Le he dicho siempre que no se sintiese culpable y me alegra saber que ella ha sido libre, pese a todo esto. 

— ¿Cómo fue una vez dentro? 

— Pese a que lo viví con dignidad, hay situaciones que te superan. A mí ningún funcionario me ha tocado un pelo, pero yo sí que he visto abusos físicos muy fuertes. Ver cómo entre cuatro funcionarios le meten una paliza a un preso es algo que se te queda grabado. No lo olvidas. Como ordenanza también trabajaba de apoyo a las enfermeras de atención técnico-sanitaria. Veía la gran desatención sanitaria que hay. Me acuerdo de un caso de una persona que jugando a fútbol, la rodilla se le fue para otro lado. Hasta donde sé, todavía no le han hecho una radiografía.

— ¿Y cuándo pasó esto?

Hace un año. Lo único que hacían era recetarle Enantyum para el dolor.

— ¿Y no había manera de  llevarlo al hospital?

A mí me sacaron para quitarme las muelas del juicio… Fue una experiencia muy fea. Sales en una furgoneta de la Guardia Civil con otros presos, así esposado todo el viaje. Llegas, te sacan y entras en el Miguel Servet esposado rodeado por la Guardia Civil. Y ves cómo todo el mundo te está mirando… Te quitan las esposas para operarte, pero te atan a la camilla con unas cintas. Es una experiencia horrorosa.

— ¿Y cómo era la convivencia entre los compañeros?

— No es como te lo pintan las películas, había compañerismo. Aunque el trato entre los presos está embrutecido, con una masculinidad muy tóxica. No es mi lugar; con todo lo punki que soy, me considero blandito (risas). Pero hay cosas que no procesas. Estoy yendo a terapia porque tengo estrés postraumático. Hay momentos en los que estoy en una conversación y de repente, ya no estoy aquí, estoy en la cárcel otra vez. 

Javitxu relata que su paso por la cárcel le marcó psicológicamente, pero reforzó su conciencia social y su compromiso político. “No pretendía cambiar el sistema penitenciario, pero sí hacerlo un poco más habitable para las personas”, afirma. Informaba a otros de sus derechos, escribía instancias y ayudaba a entender trámites. Los presos acudían a Javitxu en busca de ayuda. Pese a que su potestad como ordenanza era escasa, se extralimitaba en sus funciones. “No tendría por qué, pero quería hacerlo”, explica. Una capacidad de empatía que ha vertebrado su vida, en la cual ha estado presente la movilización política desde su adolescencia. 

—Recuerdo el día en el que tomé conciencia política. Tenía 14 años y estábamos hablando de los países del tercer mundo. Empecé a hacer un discurso político sobre redistribuir los recursos. Coge el profesor y me dice “Ya, pero eso es comunismo y no salió bien”. Me asustó de verdad. Yo lo había dicho con toda mi buena intención y me hizo pensar que había dicho una barbaridad. 

— ¿Y cómo entraste en el entorno punki?

— Con 12 añicos vivía en la Magdalena. Había una cuadrilla de punkis que se llevaba muy bien con mi madre y con el padre de mi hermana. En aquella época era un chavalín flaco y me hacían bullying. Un día, los punkis me vieron llegar a casa llorando y me preguntaron qué me pasaba. Se lo conté y vinieron a buscarme al colegio. Le cogieron del brazo y le dijeron: “¿Tú te pones a hacerle bullying al chaval?”. Era un crío como yo, pero se les descojonaron en la puta cara.

— ¿Te hacían bullying?

— Sí. Al principio, lo pasaba muy mal y tenía muy baja autoestima. Pero hubo un momento en el que dije: “No me toquéis más los huevos”. No defiendo la violencia, pero me puse agresivo y se solucionó. También es triste que haya que ponerse así para conseguir que pararan. El único momento en el que los profesores hicieron algo fue cuando yo le devolví las tortas. 

Una actitud combativa que continúo expresando a través de la música. Actualmente trabaja en una orquesta tocando el bajo, en la cárcel tocaba música en la iglesia y era miembro de un grupo punk, Froom. 

—Cuando tomé conciencia política, buscaba de propios grupos que hicieran una crítica hacia la sociedad, que fueran tocapelotas como yo. Desde 2018 hasta 2021, no milité en ningún partido. Me apetecía también disfrutar de mi juventud, habían sido seis años de actividad política muy intensa. Aunque descansé, no dejé de militar, ya fuera con la música o acudiendo a manifestaciones.

—No has parado entonces…

—Una frase que me gusta mucho es: “Para que el mal triunfe, solo hace falta que los buenos se queden parados”. Me ha marcado mucho y siempre la he tomado en práctica. Siempre he intentado no quedarme quieta del todo.

— ¿Por qué a veces empleas el femenino?

— Sí, es que… A ver, yo el pronombre que uso es “elle”, el neutro porque a veces me siento más femenina, a veces más masculino, a veces no me siento de ningún modo. Hay partes de mi masculinidad con las que sí que me siento cómodo, pero hay partes de mi personalidad que no se identifican para nada con esta masculinidad. Y bueno, mucho bullying que me hacían era porque tenía pluma y porque era muy amanerado. Incluso a veces usaba el pronombre femenino sin darme cuenta. Se reían mucho: “¡Es una tía, no tiene pene!”. 

— ¿Crees que el tiempo dentro te sirvió para reflexionar sobre tu identidad?

— Sí. Hubo un momento en prisión en el cual tuve el privilegio de quedarme solo en la celda. Al tener muchísimo más tiempo para tener más intimidad conmigo misma, para incluso mirarme en el espejo y pensar en mi identidad. Al leer ciertas lecturas de transfeminismo que intentan superar el tema identitario, me sentí reflejada con muchas de las cosas que ponían.

La campaña de denuncia del caso ha generado una imagen pública que, según Javitxu, no coincide con la realidad. Javitxu explica que la cobertura del caso ha tendido a personalizar en exceso su figura. Señala que detrás del proceso hubo muchas personas implicadas —su familia, su pareja y diversas organizaciones— y que reducirlo todo a un único nombre distorsiona lo ocurrido.

— A mí, mucha gente, cuando he salido me ha dicho: “Ostia, Javitxu, eres un referente”. No, no soy un referente. He cometido muchos errores a lo largo de mi vida, me arrepiento de muchísimas cosas… He sido punki, he hecho mucho el cabra; he sido muy rebelde, muy tocapelotas. Hay muchas cosas de las que no me enorgullezco, pero no me arrepiento de haber asistido a la manifestación. Yo soy Javitxu de los seis de Zaragoza, pero quiero dejar de serlo, porque tengo otras cosas más valiosas que enseñar y que comunicar al mundo.

Javitxu en un acto en apoyo a las 6 de La Suiza en 2022 | Fuente: David Aguilar Sánchez
Javitxu en un acto en apoyo a las 6 de La Suiza en 2022 | Fuente: David Aguilar Sánchez

— ¿De qué te arrepientes? 

— De actitudes que he tenido muy negativas. También tengo mucha mala hostia, a veces no digo las cosas con todo el cuidado necesario. A mí me ha tocado pedir perdón a muchísima gente. Prefiero ser un referente por haberme equivocado y haber pedido perdón, que por algo por lo que no me arrepiento.

— ¿Hay alguien de tu círculo que te haya decepcionado?

— Sí, de mi círculo cercano, mucha gente. El que fue mi mejor amigo hasta hace poco. Cuando entré en la cárcel, me di cuenta de que lo idealizaba muchísimo. Esperaba que me escribiese una carta; que se acercara a casa; o que le preguntara a mi madre cómo estaba. Ese tipo de gestos que no tuvo. Al final, ahí dentro pensé mucho y no debería haberme sorprendido porque es una persona que no se preocupa por estas cosas por orgullo varonil. Yo creo que es la mayor desilusión que he tenido con una persona en el ámbito cercano.

— De nuevo, esa masculinidad tóxica…

— Yo también soy súper orgulloso. Mi mayor defecto siempre ha sido el orgullo, pero a veces toca tragárselo, agachar la cabeza y decir “Me he equivocado, lo siento”. Eso también es algo que me ha costado mucho aprender. 

— ¿Ahora eres menos orgulloso? 

— Mucho menos, mucho menos. Ahora puedo pedir perdón al momento. Antes era incapaz, aunque supiese que estaba equivocado, yo seguía y seguía y seguía y seguía… Era muy orgulloso, demasiado. He tenido muchísimos problemas con amigos, compañeros de banda y compañeras de militancia por no querer reconocer mis fallos. 

—A veces el tiempo ayuda a ver todo con más perspectiva.

—Sí. Cuando empecé a ir al psicólogo por los problemas de ansiedad y tal, pues me puso deberes: “Pide perdón como mínimo a tres personas, las que tú quieras”. Costó muchísimo. La primera persona fue mi mejor amigo, le pedí perdón, una cosa que había pasado hace tiempo y le pedí perdón. Me costó muchísimo, lloré muchísimo y mi amigo lloró muchísimo también. Pero después, me sentí bien y lo seguí haciendo. Ahora, alegre y contenta de haber descubierto pedir perdón.

—¿Cada vez es más fácil?

— Depende del tema. Al final es también lo que me da esperanza. Igual me falta un largo recorrido por hacer, pero de cómo era antes a cómo soy ahora… Si ves las fotos de mi Instagram de cuando tenía el pelo largo, ponía unas caras de asco… En una foto de Instagram, en uno de los conciertos que mejor me lo he pasado, tenía una cara… No sonreía nunca.

Foto de Instagram de Javitxu | Fuente: @javitxu.aguijon.6zgz
Foto de Instagram de Javitxu | Fuente: @javitxu.aguijon.6zgz

— ¿Tanto has cambiado?

— La gente me dice que no me reconoce. Compañeros míos de militancia de los Colectivos de Jóvenes Comunistas que estuvieron en la manifestación del 1 de noviembre y se acercaron y me dijeron: “Es una pena que ya no milites con nosotros, pero qué gustazo verte ahora”. Claro, yo era un chaval de 15 años militando en una organización, el más joven por encima tenía 18. Era el chaval al que había que cuidar y era un terremoto. En la manifestación me vieron ahí tan…  la palabra que usó fue “sensato”. Me alegré de haber cambiado.


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