La fuerza de lo multicultural

Giada Garau//

La hibridación es un fenómeno cada vez más habitual en nuestra sociedad: parejas formadas por personas de procedencia y origen diferentes que tienen hijos, creando una generación de individuos multiculturales. Esta variedad no pasa desapercibida en el desarrollo de los niños. ¿Qué significa para alguien criarse bajo una doble –o triple– influencia de distintas nacionalidades?

Cada familia es única. Vivir en un hogar en el que conviven varias nacionalidades puede afectar de una forma u otra a las personas, sobre todo a los hijos e hijas, que se nutren desde neonatos de esta pluralidad. La familia ha sido siempre esencial en el desarrollo de los aspectos culturales –algo que evoluciona de generación en generación– y en la transmisión de valores y creencias.

Según el estudio de 2019 de Bayona “España se mezcla: uno de cada seis ciudadanos ya es hijo de padres extranjeros”, alrededor del 17% de la población española desciende de progenitores extranjeros. Esto no es más que una consecuencia del aumento de la formación de parejas híbridas en el país: llegó a alcanzarse la cifra de 100.000 en dos años. Ha surgido también el concepto de “españoles de segunda generación”, es decir, aquellos nacidos en este país y cuya ascendencia es inmigrante. Que un miembro de la pareja, o incluso ambos, sea de otro país es una realidad cada vez más frecuente, debido al crecimiento de las corrientes migratorias y la globalización.

Los hijos de “personas mezcladas” se crían bajo varias influencias culturales, de identidad y, en muchas ocasiones, lingüísticas. Si se mira bajo el enfoque de la diversidad, resulta un fenómeno muy provechoso. El descendiente de una pareja mixta genera –o tendría la capacidad de hacerlo– una cultura nueva a partir de las que ha mamado. Pero, ¿qué nacionalidad adquiere? ¿Esta coincide con la que se siente identificado? Aunque el porcentaje esté en alza, ser hijo de padres extranjeros sigue pareciendo algo diferente y raro, sobre todo para la persona implicada.

Educar desde la variedad

El fenómeno de la hibridación tiene efectos en los descendientes. Estos impactos pueden darse de dos formas: los hijos criados en España de parejas compuestas por un español y un extranjero o por extranjeros del mismo país reciben valores y educación por parte de dos culturas; y las personas que viven en España cuyos padres tienen distinta procedencia entre ellos y con su país de residencia toman influencias de tres lugares y culturas diferentes.

Estos aspectos tienen especial importancia en la infancia y adolescencia del niño o niña. Llega un momento en el que se percibe la diferencia entre estos estímulos. Desde pequeña, he sido consciente de la variedad cultural que alberga mi casa: padre italiano, madre venezolana y amigos, en su mayoría, españoles. La pluralidad de maneras de actuar, de pensar y de ver el mundo es más que evidente. Sientes que eres una representación heterogénea de voces, una mezcla de corrientes destinada a coger lo mejor de cada una o a adaptarse a los distintos contextos.

Yeritza Montañez publicó en 2002 un análisis sobre lo positivo y lo negativo de ser criado por matrimonios híbridos –“Los hijos multiculturales”–. En él, pone sobre la mesa la relación entre la multiculturalidad y las formas de educación. La comunicación y el entendimiento juegan un papel esencial, sin importar el origen de cada progenitor. Montañez opina que las relaciones familiares se basan en el planteamiento de cuestiones como qué religión enseñar, qué tradiciones mantener y qué hábitos inculcar; si tomar un solo camino o si combinar ambas tendencias.

En su crecimiento y desarrollo, el niño, adolescente o adulto interracial encuentra diferencias con sus contemporáneos. Con dos o más frentes culturales abiertos en sus círculos cercanos, suelen tener mayor capacidad de comprensión de los diferentes estilos de vida y una mente más abierta en lo que a ello se refiere. Crecer bajo la influencia de varios orígenes puede desarrollar en los pequeños una evolución de su madurez en aspectos como la tolerancia, la aceptación y la comprensión de culturas y de los modos que tienen las personas de relacionarse entre sí, así como un incremento de su pensamiento crítico y de la creatividad.

El bilingüismo, un punto a favor
La hibridación multicultural
Alumnos de diferentes procedencias en una misma clase. (El País, 2016)

Aunque no se da en todas las familias multiculturales, una de las consecuencias más plausibles de la mezcla de culturas es que los hijos sean bilingües o estén en proceso de conseguirlo. No solo hay que preocuparse de compartir las religiones y tradiciones, sino que también se debe atender a las diferentes lenguas que conviven en el núcleo del hogar. Esto solo puede traer ventajas a los niños y niñas híbridos. Mi lengua materna es el castellano y también es la que hablo en mi día a día con todos los que me rodean, incluso con mis padres independientemente de su idioma natal. Cambiar de código lingüístico puede darte la impresión de convertirte en una persona totalmente distinta: además de variar los sonidos, el vocabulario y la gramática, te adaptas a un contexto fuera del habitual, con expresiones únicas y actitudes contrapuestas.

Conseguir que los hijos multiculturales accedan en las mismas posibilidades y condiciones a las diferentes lenguas de su entorno es una de las cuestiones más complicadas, si bien una de las más provechosas de la doble o triple influencia cultural. Criar a un niño o niña bilingüe significa apoyar todavía más esa aceptación y comprensión que ya hemos comentado. Supone fomentar el desarrollo de aptitudes lingüísticas, cognitivas, culturales y sociales por encima de la media de la edad del descendiente híbrido.

El hecho de criarse con dos idiomas puede ser fruto de un acto voluntario o responder a una obligación. Es decir, una pareja de padres que tienen lenguas maternas diferentes puede escoger inculcar ambas a sus hijos y buscar intencionadamente que estos sean bilingües. Pero en el caso de un niño que vive en España y en cuya casa solo se habla el francés, está forzado a desenvolverse en los dos códigos lingüísticos para sobrevivir en su sociedad. De lo contrario, según introdujo Guerrero con otros ejemplos en su estudio “Bilingüismo y educación multicultural” de 1994, “difícilmente podrían beneficiarse de la educación escolar”.

Construyendo una identidad

El dilema de los híbridos es que no encuentran una denominación apropiada para su identidad cultural. Tal vez porque no la hay. Está siempre en proceso, un proceso que quizás no tiene fin. Son de todos lados y de ninguno a la vez. “¿Y tú de dónde eres?” La única pregunta que puede tener mil respuestas, pero también cero. En este sentido, Montañez define la identidad como “un sentimiento de pertenencia, de identificación con algo que es parte de nosotros” y que “da una idea de cómo comportarnos y relacionarnos de acuerdo con nuestro grupo”.

No tener una identidad definida ni anula como persona ni obstaculiza encontrar y mostrar una personalidad característica. Motiva a seguir buscando ese qué de nosotros mismos. Estas personas –los híbridos, mixtos o mezclados– son habitantes del mundo hasta que se demuestre lo contrario, y esto resulta para el resto una faceta exótica y especial. Como defiende María Isabel Toledo en su texto “Sobre la construcción identitaria”, la singularidad es un aspecto importante de la identidad de una persona porque es la que “le asegura ser única y no confundirse con otra”.

la hibridación multicultural
Ilustración del texto “Reflexión sobre la nacionalidad y la identidad” de Quan Zhou Wu (2016).

Esta ilustración de “Reflexión sobre la nacionalidad y la identidad” de Quan Zhou Wu recoge la idea que se viene discutiendo. Las dos figuras que aparecen muestran confusión a su manera: la del hombre se debe a que no comprende la relación entre las palabras de ella con su aspecto físico (seguramente esperaba un “Soy de China” o “Soy de Filipinas”) y la de la mujer a no tener una respuesta definida para la pregunta sobre su procedencia. Zhou critica en su texto la dificultad y la hipocresía que ha percibido de los españoles, que les cuesta reconocer a un compatriota en una persona híbrida. “¿Cómo nos vamos a sentir españoles si nos rechazan? […] No sabéis lo mal que se pasa al crecer sintiendo que no perteneces a ninguna parte, y remando hacia no se sabe dónde”. Son algunas de las duras y sinceras declaraciones que identificarían con facilidad a mucha gente en su misma situación.

Esa gran duda que tienen la mayoría de los híbridos acerca de qué nacionalidad les representa se hace bola. Para llegar a tragarla, si es que es posible, hay que tener en cuenta una multitud de factores. Seguramente la percepción propia sería otra si la nacionalidad del padre hubiera sido la de la madre o viceversa, o si variase el lugar de nacimiento y/o de domicilio. El entorno en el que naces y creces (en mi caso, el mismo) es casi decisivo, por no hablar de cómo te ven los demás, la gente con la que te relacionas. Aunque tampoco hay unanimidad. Parece que se puede cambiar de opinión según el contexto. A veces, conviene llamarte español por haber nacido en España. Otras veces tu nacionalidad u origen extranjero tiene más peso.

Nada es capaz de definirte al 100%, ni tu lengua materna ni tu acento ni tu círculo social. Ni siquiera tú mismo la mayor parte del tiempo. Lo que está claro es que somos multiculturales, sin importar el porcentaje en nosotros de cada cultura. Somos de donde y quienes queramos ser sin olvidar de dónde venimos. Tomar una nacionalidad u otra no es más que un tema burocrático y político. Pero el sentimiento de cada uno no tiene por qué coincidir con las leyes. No depende de cuestiones artificiales, sino que se lleva por dentro como algo abstracto.

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