El mundo empieza en Amiens

Alba Ortubia Pérez//

Veinte mil libras esterlinas apostó Phileas Fogg, convencido de que conseguiría dar la vuelta al mundo en ochenta días. Acostumbrados a los caprichos millonarios de los magnates actuales, la cantidad de dinero en juego puede parecer moderada. Si tenemos en cuenta que el salario de un trabajador inglés en 1880 era de 56 libras y que el mismo protagonista reconoce poner en jaque la mitad de su fortuna, solo podemos preguntarnos qué llevaría a un gentleman inglés a lanzarse a una empresa suicida

Quizás le moviera el orgullo de apostar por las innovaciones (una motivación muy de hombre y más de hombre rico). Aunque lo cierto es que la periodista Nelly Bly se embarcó en la misma empresa poco después y logró superar la marca establecida por el escritor francés. Sea como sea, a Phileas no le tembló el pulso al asegurar que el 21 de diciembre estaría de vuelta en Londres para acallar las burlas de sus compañeros desconfiados.

El artífice del caballero británico, el escritor Julio Verne, depositó grandes dosis de su personalidad en este personaje. Obsesionado con los viajes, muchos biógrafos cuentan que intentó colarse en un buque con destino a la India a la tierna edad de once años. No es de extrañar que el testimonio de George Francis, un empresario del ferrocarril que aseguraba haber dado la vuelta al globo, avivara las brasas de su imaginación.

Julio Verne viajó a Estados Unidos en 1863, cuando cruzar el atlántico suponía una travesía de varias semanas. Sin embargo, uno de los mayores giros de su vida lo dio dentro de las fronteras de su país natal. En mayo de 1856 deja París para acudir a la boda de un conocido. El enlace se celebraría en Amiens, una pequeña ciudad a algo más de cien kilómetros de la capital francesa. Allí se enamora de la hermana de la novia, Honorine, con la que se casará al año siguiente.

La casualidad y el amor fueron las culpables de que Julio Verne se mudara a Amiens en 1878. Las dos mismas guerreras que provocaron mi Erasmus con destino a Amiens, la capital de la Picardía. La casualidad, porque no conocía la existencia de la ciudad hasta que escuché su nombre de refilón en una charla sobre intercambios universitarios a la que no tenía pensado asistir. Y el amor, porque fue mi pasión por la literatura la que logró despertar mi curiosidad.

Julio Verne y su globo terráqueo

Recuerdo escribir “Amiens” en el buscador y que este me respondiera al instante con el retrato en blanco y negro del escritor francés más traducido de la historia. Igual fue su talante excéntrico y brillante a partes iguales lo que me desafió a seguir indagando sobre la ciudad; los canales y su arte gótico hicieron el resto para terminar de conquistarme.

Julio Verne no daría crédito al ver que, gracias a las aerolíneas lowcost, una estudiante sin oficio ni beneficio ha empezado su particular vuelta al mundo. Ya no hace falta amasar una fortuna en el país más pudiente de Europa, ni pasar días confinado en un camarote con tufo a salitre para explorar tierras desconocidas. El mundo está en la palma de nuestras manos y qué mejor etapa que la juventud para empezar a hurgar entre las líneas de la vida.

Ahora que la ciencia ficción parece ir encontrando el reconocimiento que merece, reivindicamos al padre de la misma en el territorio francés. Hace un siglo y medio, ya imaginó cómo recorrería el mundo a su antojo o surcaría el cielo en globo aerostático. También bocetó el submarino y los viajes al espacio para probar que sus inventos ya habían triunfado en la ficción, que no es más que el prefacio de la realidad. Quiero pensar que estaba convencido de que, en el futuro, los jóvenes podrían dar rienda suelta a sus deseos de conocimiento.

Si la fortuna le acompaña en sus andanzas, Phileas Fogg atravesará la puerta del Reform Club el 21 de diciembre ante la mirada ojiplática de sus colegas. Las coincidencias han hecho que el mismo día, pero de 2023, yo aterrice en Zaragoza. Allí me esperará mi familia, a la que podré narrar las anécdotas acumuladas estos meses para revivirlas en sus reacciones. Mientras tanto, dejaré algunas de mis peripecias plasmadas en estos artículos para que el recuerdo quede marcado con fijeza en la tinta de la memoria. Pase lo que pase, espero acuñar mis notas con el mismo título que Julio Verne coronó el último capítulo: Donde se demuestra que Phileas Fogg no ha ganado con dar la vuelta al mundo sino la felicidad”.

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