Natalia Gómez del Pozuelo: «En todo viaje nos buscamos a nosotros mismos»
Antonio Machado poetizó en Proverbios y cantares: “Caminante, no hay camino, se hace camino al andar”. Para Natalia Gómez del Pozuelo (Madrid, 1967), el camino empezó mucho antes de calzarse las botas; cuando decidió cambiar el rumbo de su vida ligada al mundo empresarial para dar rienda suelta a su faceta de escritora y amante de la naturaleza. Senderos, montañas, soledad y miedos fueron sus acompañantes durante días. En esa travesía, consiguió cartografiar algo difícil de medir con herramientas geográficas: todo aquello que cada uno lleva consigo cuando decide ponerse en marcha. Una experiencia que quedó plasmada en La mirada del corzo, donde el viaje exterior se entrelaza con otro mucho más íntimo.
// Sheila Lafuente (@sheilafuentte)
— ¿Cuándo comienza realmente tu viaje?
Empieza muchos años antes, cuando tuve la crisis de los 40, que dejé de trabajar para dedicarme a escribir. Empecé un viaje de desprendimiento de un montón de automatismos que te vienen con un determinado tipo de vida.
— ¿Qué es lo que querías al deshacerte de todos esos elementos cotidianos?
Cuando fui a salir, realmente yo lo que quería ver era lo mínimo imprescindible que necesitaba para vivir.
— O sea, el viaje comenzó mucho antes de planear tu camino…
Exacto. Los viajes arrancan cuando naces, porque naces dentro de un entorno sociocultural y tu organismo, tu ser más profundo, te está pidiendo lo que te está pidiendo: la búsqueda de uno mismo.
— Tu círculo te dijo una retahíla de miedos que debías tener al emprender este viaje de manera solitaria…
Eso hizo que no solo viajara con mis miedos, sino también con todos los miedos ajenos.
— Tus lectores también formaron parte del camino. ¿Cómo reaccionaban?
La mayoría de las personas han soñado con salir a donde te lleve la vida. Nuestras células gritan para decir, camina, o sea, ve, tira, pilla hasta donde te lleve.
— Sal, descubre…
Eso se notaba muchísimo en el entorno: todo el mundo, hombres y mujeres, se proyectaban en mi viaje, y por eso me hablaban tanto de los miedos, porque me hablaban de sus propios miedos.
— Sin darte cuenta, llevaste una doble mochila, ¿no?
Claro. Pero los miedos no tienen nada que ver con la realidad. En medio de la naturaleza, donde sabes que no hay más humanos que tú, el miedo pierde sentido.
— ¿Cómo fue despojarse de esos miedos?
Me convertí en corza. Nosotros andamos siempre como previendo, tratando de controlar la vida cuando la vida es incontrolable.
— ¿A qué hay que tener realmente miedo en el camino?
A perder la propia mirada. La protagonista arranca con una mirada que se va pareciendo cada vez más a la mirada del corzo.
— ¿De qué tipo de mirada estamos hablando?
De una muy presente en la realidad, sin expectativas, sin miedos, a no ser que haya algo que produzca miedo de verdad.
— ¿Hay algo que hizo que esa mirada se perdiera?
Un romance con el que [la protagonista] pierde completamente su mirada .
— ¿En qué se transforma?
En una mirada llena de expectativas, de miedos, de automatismos.
— ¿No crees que puede haber un amor romántico sin que pierdas tu propia mirada?
Si le quitas el apellido de romántico, sí que puede haber un enorme amor pleno. Necesitamos liberarlo de etiquetas y de cosas preconcebidas que damos por sentado en el momento en que nos acercamos a algo que puede ser llamado pareja.

Echa la vista atrás y se fija en todas aquellas mujeres sumisas escritas por hombres que, admite, le han “disgustado profundamente”. La incomodidad que le recorría le hizo indagar en lo romántico y descubrir, gracias a La mirada del corzo, de dónde nace ese “amor”: de lo neurótico.
— En el subtítulo, se describe tu novela como “un diario novelado de una caminante en lucha contra los automatismos aprendidos del amor”. ¿Qué ocurre cuando estos automatismos se ponen a prueba?
En la novela, ella está con su vida plena, sus caminos, su jardín, su familia, sus amigos, y de pronto aparece un señor y te desbarata. Y se mete en el mismo centro de sí misma y ocupa un espacio que no le quiere dar.
— ¿Y por qué decide darle ese espacio, entonces?
Por el subtítulo de la novela, por los automatismos amorosos. Nos los han inculcado en vena desde siempre, y más en el universo femenino.
— Todo ello pone en juego algo importantísimo para cada uno de nosotros…
Yo, que estaba operando desde un lugar de libertad, de pronto siento ese desplazamiento de mi libertad, y entonces eso es lo que produce precisamente el conflicto en la novela.
— ¿Qué es lo que llevaste que ahora, una vez completado, consideras que no debía haber empezado el camino contigo?
El miedo. La culpa.
— Caminaste de la mano con otro aspecto que da mucho miedo: la soledad. ¿Qué supuso para ti ocupar ese espacio de esa manera?
Caminar en soledad no es muy habitual. No me encontré con ninguna mujer en el camino, y en cambio me encontré con un montón de hombres.
— ¿Por qué crees que ocurre?
Todo el mundo te dice: ¡qué miedo!, y tú piensas que además tienes responsabilidades de cuidado que te impiden delegar cuidados y priorizarte.
— Te priorizaste en el viaje…
Para mí el camino fue súper importante, porque para mí era fundir mis dos pasiones, caminar por la naturaleza y escribir. En muchas ocasiones había pensado en hacerlo, pero hay otras cosas que te retienen.

Recorrió más de 700 kilómetros, dejando atrás una vida calculada y atravesando caminos y pueblos donde el silencio formaba parte del paisaje. Entre esos parajes estaba también una España que, según Natalia, late a otro ritmo. Allí aparecieron personas que marcaron el viaje, pero una concreta se convirtió en el centro del relato: ese ciclista francés que terminó ocupando un lugar inesperado en el rumbo de la protagonista.
— En uno de tus días de caminanta hablas de “mantener la red ambulante que formaba parte del débil latido de la España vaciada». Después de todo, ¿realmente crees que la España vaciada solo es un pequeño latido?
No hay nada sin vacío. A veces pensamos que lo menos poblado está vacío. De hecho, ahora siempre he cambiado la forma de referirme a esa zona y la llamo la España menos poblada, porque en realidad había ciervos, había nubes, había árboles.
– Ha cambiado tu percepción.
Correcto. La población no es solo lo que llena un lugar y lo que le da sentido. Pero, para la vida humana, sí. Ese es el débil latido de cara a la vida humana en esos lugares.
– Durante tu travesía te encuentras a otras personas que emprenden su nuevo viaje, pero hay uno que destaca especialmente durante todo el libro: Joss. ¿Qué hizo que te fijaras en él?
En la mirada chispeante. Y también en los automatismos.
– ¿A qué te refieres?
Funcionó absolutamente el prototipo, aunque era un señor mayor, era un señor alto, delgado, con ojos claros… guapetón. Hay patrones que funcionan en ti a pesar de ti.
– Es algo inevitable, entiendo…
Pero él buscaba a un hada que le quitara su soledad. Estaba buscando algo para él, no para mí. No había una interacción horizontal plena. Pero lo intentas, porque es un hombre atractivo, porque es guay tener pareja. Por todo por lo que yo lucho: los automatismos.
– ¿Qué has descubierto respecto al amor?
Que está en todas partes.
– A veces no llamamos amor a esa relación con los padres, con los hijos, con los animales… pero es amor igual.
Y en los vegetales. Cuando esa encina me acogió en sus brazos después de la noche con los jabalís, yo sentí verdadero amor.
– Cambiar la mirada…
Claro.
– ¿Has cambiado la forma de mirar al amor en otros aspectos?
El trabajo más importante que yo he hecho a lo largo de mi vida ha sido abrazar a mi madre tal como es, porque ha sido una mujer muy autoritaria. El haber sido capaz de vivir el amor hacia mi madre, viviéndola completa con todo, creo que así es como se pueden vivir los amores cuando les quitas las etiquetas.
— Sin expectativas, ¿no?
Qué bonito cuando te relacionas con alguien sin esperar nada. Sino aceptando lo que te ofrece.
– Después de recorrer montañas y caminos alejados de la urbe, ¿crees que hay que tenerle más miedo a la ciudad?
La mayoría de las violencias suceden por la agrupación. En los pueblos hay otras problemáticas.
– ¿De dónde crees que viene ese miedo a lo desconocido?
Es un tema muy cultural, y más en el caso de las mujeres. A la gente le cuesta mucho habitar en la propia compañía. Y luego a la gente le cuesta mucho el vacío; el silencio da mucho miedo.
– Tú pasaste mucho tiempo contigo misma…
Yo me di cuenta de lo bien que me caigo. Parece una tontería, pero es una maravilla porque ya no te aproximas a nadie desde la necesidad.
– Con tu viaje, ¿ratificas el dicho de ‘más vale malo conocido que bueno por conocer’?
Más vale escucharte. Lo conocido te puede estar haciendo un daño enorme y necesitas irte. Y lo por conocer no sabes. Yo creo que de lo que se trata es de no anticipar, sino de observar y sentirte.
– ¿Qué es lo que buscabas con este viaje?
En todo viaje nos buscamos a nosotros mismos.
– ¿Y qué es lo que has encontrado?
Me he encontrado.
– Mirando al futuro, ¿cuándo volverás a coger ese sombrero con cola y los bastones para emprender un nuevo viaje?
Ahora estoy empezando un nuevo proyecto que habla de otro viaje, pero es radicalmente distinto. Todavía no quiero hablar mucho porque luego hay proyectos que se quedan por el camino, pero todos son viajes en la vida. Cualquier cosa que emprendemos es un viaje. Sea una relación, sea un proyecto, sea un viaje crítico a nivel de lo que conocemos por viaje.
– Eso es la vida, ¿no?
Exacto. La vida es un viaje.
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