La Roma non si discute, si ama

Andrea Gil Modrego//

Esta es la historia de una de las grandes hinchadas del fútbol europeo. De los seguidores del equipo de Falcao, de di Bartolomei, de Bruno Conti, de Pruzzo, de Tancredi y de Totti. Y es una historia cantada y gritada, impregnada de cambios políticos y estéticos, que recuerda amargamente los días de gloria que en la década de los 80 hicieron dichosas a la Roma y a su afición a la vez que las convirtió en un mito.

Es un gran bramido que resuena en un estadio que no importa que esté a rebosar o medio vacío. Es una coordinación que surge natural, casi innata, y que no parece ni tan siquiera dirigida. Es un fogonazo que hiere a los ojos. El rojo de una bengala y el amarillo del oro. Blasfemias, insultos y canciones con melodías de Raffaela Carra se unen para conformar los coros que animan a la Associazione Sportiva Roma. No importa dónde o cuándo, no importa que llueve, truene o haga sol. ***

Fui con mi acompañante a comprar las entradas para el Roma-Cagliari y la chica que trabajaba en el Roma Store nos preguntó qué zona y qué asientos preferíamos. Yo dejé las respuestas en boca de mi colega y me limité a intentar seguir la conversación.

– En la curva nord, por favor.

– No tengo asientos contiguos, sólo uno encima del otro.

– Sí, sin problema.

Me sorprendió un poco la elección tan arbitraria de los asientos y pensé que quizás, en el estadio, podríamos intercambiar sitios con los que estuvieran al lado, así que ni me preocupé. Después me daría cuenta que ni siquiera era un aspecto importante. En el estadio las cosas funcionan de otra manera.

Se podría decir que la historia de los ultras de la Roma está marcada por dos momentos que la han hecho evolucionar hasta hoy. Cuando lo explican, el discurso es farragoso, desordenado y salteado por fechas que se recuerdan por uno u otro partido, por aquel gol o aquel jugador. El primer acontecimiento es la elección de la posición de la hinchada en el Stadio Olímpico y no es una nimiedad. El campo se comparte actualmente con el otro equipo de esta ciudad, la Lazio, aunque antiguamente no era así ya que cada escuadra tenía sus propias instalaciones.

El día 11 de marzo de 1973, durante el derbi de la ciudad, los seguidores de la Roma ocupan sus asientos habituales en la curva sud. Varios forofos de la Lazio se colocan compartiendo el mismo sector. No hace falta mucho para deducir qué fue lo que pasó y lo que ocasionó que, desde aquel partido, la curva sud del Olímpico fuera el lugar que ocuparían los ultras romanistas hasta la actualidad. Desde aquella temporada 1972-1973, estos tifosi comienzan a organizarse, se generan diferentes secciones de un mismo movimiento y también, cómo no, comienza a haber cambios en la organización y en la dirección de la hinchada que provocarán una ruptura y la consecuente disgregación de los integrantes de la curva sud por todos los asientos del campo del fútbol.

El día del partido amaneció turbio, oscuro y nublado. Hacía frío, era diciembre puro en Roma, y la lluvia comenzó a caer más fuerte mientras se acercaba la hora a la que teníamos cita en el Stadio. Era imposible aparcar el coche cerca del campo de fútbol y los carabinieri nos informaron de que tendríamos que dejar el vehículo o en Ponte Milvio o al otro lado del río. Un caos de circulación, de charcos y de gente nos acogían mientras nos dirigíamos a una plaza que diligentemente nos guardaban. Un par de horas antes, paramos en un bar y entre cervezas nos fuimos juntando con gente que se dirigía al mismo destino que nosotros en medio de un ambiente festivo.

Stadio 4

Iniciamos el rumbo hacia el Olímpico y en el parquin, desierto, nos tomamos un botecito de café Borghetti para intentar entrar en calor. La presencia policial era casi ostentosa, ya que hasta había oficiales a caballo y no pocos efectivos rodeando el perímetro del estadio. Todo un despliegue. La seguridad no era menos para entrar al campo, ya que aparte de controlar los documentos de identidad y la entrada, además de los típicos registros de bolsos y mochilas, bajo la incesante lluvia, las paredes estaban adornadas con cámaras de vigilancia. Subimos corriendo para escuchar el himno mientras nos colocábamos en la curva nord, entre saludos y gente desordenada. Entendí porque daba igual el número de asiento: no se utilizaron en ningún momento. Todos y todas permanecíamos de pie, saltando y gritando, y nadie osó sentarse ni por un momento.

El segundo acontecimiento que marca la evolución de la hinchada giallorossa es mucho más cercano en el tiempo. Durante la temporada de los años 2011 y 2012, en un intento de control policial camuflado de iniciativa de márquetin, se implementó la llamada tessera del tifoso, un carnet que permite acumular puntos con una lógica bancaria y con funciones de tarjeta de crédito si se usaba en escenarios relacionados con la Roma. ¿La trampa? La investigación de antecedentes policiales o penales relacionados con el fútbol para concederla y la arbitrariedad de esta concesión.

Además de esta criba previa, se convertiría en necesario declarar a las fuerzas de seguridad cualquier pancarta o letrero que se quisiera entrar en el estadio. Así, la curva sud de los romanistas, formada por al menos una decena de grupos divididos según ideología o edad, entre otros factores, se homogeneiza. Es decir, en aras de impedir la identificación policial y con clara muestra de rechazo, los ultras del equipo disuelven sus diferencias entre los mencionados grupos y acceden al estadio como parte de una misma afición que ya no paga abonos de temporada, si no entradas individuales para cada encuentro. Divididos entre curvas y asientos, las coreografías y los cánticos resuenan en todo el estadio ya que, en el fondo, lo importante es ir al partido y seguir apoyando al equipo.

Stadio 3

Un deber sagrado

Comenzó el partido y, a la vez, el espectáculo. Fueron 90 minutos de tensión, algunos más si contamos la prórroga. Me impregné del ambiente y de las letras. Intenté observar hasta el más mínimo detalle, no quería que nada se me escapara. En cuanto el primer jugador rozó el balón, un muchacho bajito y de pelo moreno corto se giró hacia nosotros y nosotras y empezó a dirigir los cánticos.

Cuando no le seguíamos, se frustraba y enfadaba.

– Daje, daje!

Junto a él, había un hombre de más de cincuenta años y otro de unos treinta que le daban un poco de apoyo o le sustituían cuando iba al baño. Tanto entusiasmo tenía que venir de algún lado. Se miraban con el animador personal del otro sector para ir coordinados. Yo no podía más que pensar si estos chicos se enteraban de algo de lo que sucedía en el césped.

La AS Roma es la charla con los vecinos en el bar del barrio. Es el reflejo de la sociedad romana, lo fue en los 70 y los 80 y lo es ahora. Es un sentimiento. Los ultras van a Cluj-Napoca por un partido de Champions, a Londres para ver un amistoso o hasta Moscú o Dontsk. Incluso se quedan fuera del estadio cuando su equipo juega en casa si es necesario hacer una protesta. No se trata de gustos o jugadores, sino de una historia, una tradición y un sentimiento de deber que podría decirse patriótico. Esta hinchada ha sido una de las más representativas en toda Europa, al más puro estilo hooligan.

Dentro del estadio cabían cerca de 90.000 personas aunque, tras las reformas, el número se quedó en unas 84.000 y actualmente el aforo está en 79.000. Tras llegar al punto de no identificarse, no llevar pancartas y tampoco comprar abonos es difícil controlar los grupos en los que se subdivide esta hinchada, aunque llegarían a la decena. Si calculamos que en cada curva caben unos 20.000 asistentes y que, cuando no se celebra el derbi, ambas están ocupadas en su mayoría, se podría aproximar el número de tifosi giallorossi que acuden a los partidos. También hay que tener en cuenta a todos aquellos romanos desperdigados por otras ciudades europeas que siguen con fervor a su equipo pese a la distancia, como por ejemplo se puede presenciar en Barcelona.

Stadio 5

Se acercaba el final y el marcador estaba empatado. Mis compañeros de grada no se lo podían creer. Gritaban, se quejaban y se llevaban las manos a la cabeza. La frustración se palpaba… Y llegó el minuto 90. Y la prórroga. Nos cambiamos de posición y nos colocamos en las escaleras, fuera de la zona de asientos. De repente el estadio se sumió en un grito casi gutural cuando el balón cruzó la portería del equipo contrario. Ni siquiera sé quién marcó. Hubo un minuto de silencio tenso, ya que había dudas sobre si había sido en fuera de juego…

Me contaron que ser de la Roma es un sufrimiento interminable. No tiene nada que ver con jugadores de fútbol que se creen estrellas de cine ni con la estética, sino con un sentimiento. Es un culto que vertebra la vida y la rutina de cualquiera que decida dedicarse a él. Son las lágrimas que brotan de tantos ojos de tantas edades distintas cuando Totti juega su último partido. Y son las palabras del Papa diciendo que en Roma Francesco sólo hay uno. La AS Roma, desde que se fundó en 1927 tras la fusión de tres equipos distintos, representa a la sociedad popular de la Ciudad Eterna y contrasta con el trasfondo burgués del que se abandera su equipo rival.

mural de di Bartolomei en Roma

Desde niños, los romanos crecen viendo en las paredes del barrio la imagen de Falcao o de di Bartolomei. Escuchan a sus padres y madres hablar del fútbol. Lo ven en la tele y tienen ídolos que comparten su día a día, su realidad pisando los adoquines de más de dos mil años de algunas partes de la ciudad. Como ultras, exigen respeto a los colores y compromiso por parte de los jugadores así como critican duramente a aquellos que no cumplen con su parte sobre el césped.

Súbitamente escuché un sonido ensordecedor y alguien me abrazó por la espalda. Me descoloqué, miré el marcador y después a mi alrededor. No entendía nada. El compañero que me rodeó con sus brazos incluyó al otro colega a la celebración, mientras saltaban a mi lado. El cigarro que me estaba fumando desapareció de entre mis dedos, como intentando escapar de aquella locura colectiva. Habían aceptado el gol y así, la Roma, salió triunfadora de aquel partido de diciembre contra el Cagliari.

 

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