«Caso cerrado» y el espectáculo televisivo
Pilara Subías//
Tras un largo día de trabajo, llego a casa y mi mente es incapaz de concentrarse. Mi cerebro reclama una dosis de serotonina efímera que atenúe el cansancio acumulado. Puede ser una canción, un vídeo en TikTok, un programa de telebasura… La misión es evadirse durante unas horas contemplando un relato ajeno a todo lo que me incumbe. Un relato construido con el espectáculo de la vida de los demás. Es curioso que el ritmo acelerado de nuestras vidas se reduzca con esta fuga mental. Sobre todo, si lo comparamos con la filosofía y su afán por aprehender la realidad. Desde Platón, Kant, Descartes, Lacan, Sartre… Todos ellos han trabajado sobre cómo el hombre puede afirmar la existencia de su ser, de lo que ve, del mundo que le rodea. Sin embargo, ¿qué ocurre cuando las personas sienten mayor afinidad con lo irreal?
Los medios de comunicación en sus orígenes adquirieron una forma de representar la realidad como un collage de relatos yuxtapuestos. Es decir, se aportaba un cierto sentido a la realidad basándose en una confluencia de voces. Pero si seguimos los enfoques posmodernos, en la actualidad vemos que la mercantilización del mundo social ha provocado una ruptura de los códigos sociales y la incapacidad de la cultura para representar lo real. Esto evidentemente afecta a la televisión, considerada como el medio por excelencia en la cultura de masas, la cual ha dejado de construir una serie de relatos yuxtapuestos de la realidad para crear una infinidad de historias donde lo único comprensible es el entretenimiento.
Cabe preguntarse de dónde surge el afán por el entretenimiento, y la respuesta nos la ofrece Guy Debord en La sociedad del espectáculo: en la sociedad moderna la realidad ha sido sustituida por imágenes y representaciones mediáticas que alteran a los espectadores. Ello es fruto del capitalismo, doctrina que produce unas “imágenes alienantes” que transforman a las personas en objetos pasivos en vez de sujetos activos. Dichas representaciones mediáticas nos resultan atractivas, porque en cierto modo, nos ayudan a evadirnos de nuestros males. La cuestión es que los problemas son causados por el sistema, y es el propio sistema quien nos ofrece “distracciones” para no ser conscientes de ello.
Sartre ya planteó algo parecido con su teoría de la mirada del otro; todos somos solamente como nos perciben los otros. La mirada del otro sobre mí le muestra a esta persona que hay un ser que existe. Sin embargo, mi solo ser, es decir, mi cuerpo, puede ser percibido por esta mirada y mi conciencia, mi alma, no puede ser percibida por los ojos, y, por lo tanto, no puede considerarse como existente. Yo solo soy lo que es visto por la mirada de los otros. Este otro, al mirarme, básicamente me convierte en un objeto.
Siguiendo esta idea, podría parecer que el sujeto tiene poder frente al cuerpo que es observado, pero nada más lejos de la realidad. El objeto seduce la mirada del espectador, y la seducción es, a su vez, el ejercicio de un determinado poder, el poder sobre el deseo del otro. El deseo actualmente es movido por historias que no tienen relación alguna con la realidad, son relatos teatralizados que generan cierto morbo. El problema radica en que el espectador considera que aquello que observa contiene tintes de lo real, por el simple hecho de observar.
Tras la mercantilización de la cultura, las televisiones han aprovechado la imposibilidad de disolver ese espejismo para crear contenido que no respeta la ética del periodismo, pero que eleva su actividad a una posición privilegiada en el mercado de consumo. Tal y como ocurre en el programa Caso cerrado.
CASO CERRADO
En este episodio de Caso cerrado conocemos a Amanda, una joven que dice estar embarazada de Carlos. Ella recrimina que él no quiere hacerse cargo del bebé, y este asegura que no es suyo. De momento, se nos presenta una historia que gira en torno a dos elementos clave a la hora de activar la pulsión escópica del espectador: el sexo y la desgracia ajena. Esto es algo muy común en los programas de entretenimiento e incluso en algunos informativos; lo primordial es mantener la mirada del espectador y para ello el deseo debe ser atractivo.


Es importante conocer los distintos protagonistas del espectáculo que se crea en Caso cerrado. Por un lado, tenemos a los demandantes, quienes representan el objeto principal a observar. Por otra parte, está la doctora Polo —se incluyen a su vez a todos los ayudantes de la Dra. Polo— quien dirige el entretenimiento. Y por último, el público que guía la reacción de los espectadores que ven el espectáculo a través de la pantalla.
Tras las declaraciones de los demandantes, la doctora. Polo decide hacer una prueba de paternidad, entra en escena Misael González, médico del programa. El resultado de la prueba demuestra que Carlos no es el padre. El público comienza a alborotarse, marcando así nuestra reacción como espectadores. La tensión no acaba aquí, aparece un testigo.
Pedro es el hermano de Carlos, lleva enamorado de Amanda desde el primer día que la conoció. Echa en cara a su hermano que mientras estuvo con ella, él no abandonó sus “jueguecitos”. En este instante interviene Polo para pedir que explique a qué se refiere, ya que “necesita saber todo”. La clave para mantener la mirada del espectador es velar porque el conflicto esté bien explicado. No se puede dar nada por sentado. Pedro confiesa que su hermano le ofreció mantener relaciones con Amanda mientras se encontraban borrachos en una fiesta. Él jura que rechazó esa propuesta, aunque hubo alguien que sí que la aceptó: Raúl, el padre de ambos. De hecho, Pedro tiene una muestra de cabello de su padre y está dispuesto a hacer una prueba de ADN. La prueba afirma que Raúl dejó embarazada a Amanda.
Llegados a este punto, los actores que conforman el espectáculo comienzan a exagerar sus reacciones, y no es para menos. Vemos un relato que se asemeja más a una tragedia griega que a una historia real. Pero, ¿por qué decidimos creer este tipo de historias? Y lo más importante, ¿por qué somos incapaces de dejar de mirar la pantalla?

Siguiendo la obra de Freud, El malestar de la cultura, detrás del gusto por estos programas se encuentra el hastío de toda una sociedad. La vida nos ha sido impuesta, nos resulta demasiado pesada, nos depara excesivos sufrimientos y decepciones. Para poder soportar necesitamos distracciones; algo que amenice el dolor que ella misma nos provoca. En definitiva, una satisfacción que nos haga olvidar lo que hay ahí fuera. Es aquí donde se construye el capital más importante de la telebasura: funciona como vía de escape.
Cuando se contempla un relato de este tipo, se activan una serie de mecanismos de proyección e identificación con los protagonistas. Son programas que cuentan con los elementos indicados para que esto suceda: proporcionan un entretenimiento fácil, es decir, permiten evadirse y no requieren esfuerzo, no plantean retos complejos o inalcanzables. Combinan cuestiones muy primarias como las emociones, los sentimientos, los conflictos, el sexo, la venganza. Todo ello despierta el morbo y la necesidad de saber qué pasará a continuación. Por tanto, es sencillo atrapar la mirada de cualquiera que observe.
Aunque parezca difícil de creer, el espectador se regocija en la miseria que está viviendo Amanda. Todos tenemos problemas, pero si conocemos las desgracias de otra persona, es inevitable pensar que nuestra vida no está tan mal, ya que hay alguien que lo pasa peor. Asimismo, decidimos creer en la espectacularización de la televisión, porque para nosotros es una alternativa a nuestro padecimiento. Evidentemente, la industria televisiva aprovecha esto para crear contenido que distorsiona lo real bajo una “inocente” etiqueta de entretenimiento.
Tal vez, la audiencia debería aprender de Augusto Pérez, protagonista de la novela Niebla de Unamuno. Los relatos absurdos e ininteligibles que consumimos son la niebla que nos impide ver más allá. Nadie quiere reconocer la dureza de la vida, pero esconderla solo sirve para vivir sedados ante la realidad.
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