Crudo, el precio que hay que pagar por “ser normal”

Alicia Sánchez Beguería//

¿Es capaz un grupo de neutralizar nuestra esencia? Crudo, la ópera prima de la directora y guionista francesa Julia Ducournau que provocó algún desmayo en su estreno el pasado verano en el Festival de Cine de Toronto, plantea una interesante reflexión sobre la forma de comportarnos en comunidad y sobre el descubrimiento de la naturaleza humana a través de tabúes, juegos psicológicos y un tema tan poco común como es la antropofagia.

Julia Ducournau recupera el nombre de Justine, de la conocida novela del Marqués de Sade: Justine o los infortunios de la virtud, un texto que pone su foco de atención en la delgada línea que separa la mesura del desenfreno, para contar la historia de una joven francesa criada en un ambiente muy estricto, sin probar carne, sin salir de fiesta y sin haber llevado jamás un vestido. Su vida se resumía en estudiar. Quería cursar veterinaria y seguir así la estela que había marcado a toda su familia. Sin embargo, cuando por fin ingresa en la universidad –la misma a la que va su hermana- tiene que hacer frente a los veteranos y a sus impúdicas novatadas. Justine las afronta con determinación hasta que la obligan a comer un riñón de conejo crudo, algo que va en contra de su voluntad y de los valores en los que había sido educada. La joven se niega a hacerlo en repetidas ocasiones y es su hermana, Alexia, quien la insta a engullir el que, desde su punto de vista, es el pasaporte directo a la aceptación dentro del grupo.

Lo que no sabía es que ese acto también era el billete de ida al rincón más oscuro y primario de su mente: a sus instintos. Desde ese momento, una parte de Justine empieza a sentir un deseo irrefrenable por comer carne sin importar dónde, cuándo y de quién provenga. Julia Ducournau intenta transmitir de una manera bruta, agresiva y -en muchas ocasiones- desagradable la catarsis que supone para la joven el comienzo de la  universidad y, sobre todo, la ruptura con la vida casi ascética que había llevado hasta ese momento. Justine descubre al mismo tiempo el alcohol, las drogas, el sexo y el sabor de la carne humana, y esa mezcla de nuevas experiencias acaba por generarle una obsesión incontrolable y un asfixiante estado de enajenación mental que no puede por menos que sentir el propio espectador en la sala de cine. También es curiosa la forma en la que la directora trata el tema del despertar sexual de la joven y su preocupación por gustar a los hombres, por entrar a formar parte de unos cánones establecidos que se basan en la depilación, el maquillaje o los tacones. Se ilustra como un proceso violento, como un fin último al que debe aspirar, como una necesidad más social que biológica.

Crudo es una película absorbente, un filme que atrapa al público a través de la brillante actuación de las hermanas Justine -Garance Marillier- y Alexia -Ella Rumpf-, y que sabe jugar con el suspense de los planos cortos, con los movimientos de cámara, con alguna toma subjetiva y con los cambios repentinos de luces para crear un ambiente nauseabundo y estimular la pulsión escópica de los espectadores. La música también es importante, una melodía estridente y electrónica –que podría representar el mismísimo sonido del miedo- acompaña los momentos más representativos de ese estado de psicosis en el que se encuentra sumida la protagonista. Las notas, además, se intensifican y se fusionan con otros sonidos aún más discordantes conforme la parte más animal de Justine va saliendo a la luz.  

La directora se decanta por escenas muy explícitas y largas que hacen que el espectador poco aficionado al cine gore se retuerza en la butaca y clave sus uñas en el reposabrazos más cercano, presa del pánico. Mantener la mirada en la pantalla ante escenas como la deglución de un dedo humano se hace difícil por la dureza y la frialdad con la que han sido filmadas.

El largometraje juega también con tabúes que pueden causar el mismo impacto, o más, que la citada antropofagia. Se incluyen secuencias sin ningún tipo de censura a las que el común de los mortales no estamos acostumbrados, como una terrible erupción alérgica, una descarnada disección o la práctica del ‘eyeball licking’ que consiste en lamer los ojos de alguien con el fin de procurarle placer.

En definitiva, Crudo es una de esas películas tras las que necesitas recobrar el aliento y tomarte unos minutos de reflexión nada más salir del cine para asumir lo que acabas de ver, pero también para analizar el mensaje que Ducournau pretende transmitir. Más allá del evidente impacto visual, adornado con toneladas de sangre y acallado en ocasiones bajo los sonidos guturales de sus animalizados personajes, se suscribe una crítica muy potente de la sociedad actual, que aparece dibujada como una manada a la que todo el mundo debe pertenecer. El grupo encarna el bien, representa un lugar seguro en el que refugiarse pero, de forma paradójica, también es el hacha capaz de sesgar la propia naturaleza del individuo y acuciar sus diferencias.

El canibalismo, pese a ser el tema principal de la película, se aborda como una metáfora, como una exageración de la vida misma y del precio que hay que pagar por conseguir el respaldo y la aceptación de los demás. Tanto Justine como su hermana ocultan su verdadera naturaleza, y solo se permiten sacar a la luz su peculiar filia cuando están a solas o con su único amigo, Adrien -Rabah Naît Oufella-, un joven que, por su condición sexual, también tuvo que ocultar una parte de sí mismo durante mucho tiempo.

Pese a sus imágenes efectistas y morbosas, Crudo se puede concebir como el paradigma de la tensión, del desasosiego, de la respiración desacompasada y de los latidos desbocados. Una película de narración dura y de un terror más psicológico que real, una denuncia de la homogeneidad que impera en nuestros días y, sobre todo, de la indiferencia que conlleva. Desde luego, podría considerarse en sí misma una obra maestra que embaucará a los amantes de las emociones fuertes.

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