De Lilith a María: la visión del patriarcado en el prerrafaelismo y en el simbolismo

Sara Millán//

La imagen de la mujer en del arte se ha construido mediante estereotipos y arquetipos mentales. Han pasado milenios desde que los prehistóricos hicieron sus primeras obras en las cavernas y el arte ha evolucionado, pero lo ha hecho en paralelo a las ideas machistas de una sociedad patriarcal. Tanto en los dibujos esquemáticos del cavernícola como en las refinadas telas de los pintores victorianos, la esencia de la mujer siempre ha quedado atrapada por una mirada masculina.

En el mundo occidental, desde el auge del cristianismo, la mujer es la que derramó el pecado sobre el mundo y causó la expulsión del hombre del paraíso. Como afirma la historiadora del arte Erika Bornay en Las hijas de Lilith, esta primera mujer representa el mal puro que ofrece el deseo. Eva muestra una maldad más atenuada, al estar hecha ya con una parte del hombre. Es la mujer, curiosa y desobediente por naturaleza, la que se inclina hacia lo prohibido desde que aquella primera esposa se negara a someterse a los deseos de Adán y a seguir el mandato de ser la esclava del hombre, hecha para acompañarle y servirle. De toda esta mitología en torno a la predisposición a lo perverso de la mujer nace la demonización de su figura, presente desde antes de la Edad Media en el arte. Solo hay una excepción: la virgen María es la figura sumisa y virtuosa, redentora de todas las mujeres pecadoras como madre del mesías.

El nacimiento de la femme fatale

El prerrafaelismo, pese a su gran modernidad en la época, no es diferente. La hermandad prerrafaelita y el simbolismo surgen en la Inglaterra del siglo XIX, en la que el puritanismo y la perversión son las dos caras de una misma moneda. En el imaginario romántico se empieza a configurar el perfil de la femme fatale o mujer demoníaca que llega con plena salud hasta la era victoriana. La mujer es ese objeto de deseo prohibido que incita al hombre y lo arrastra tanto al placer como a la destrucción social.

Este recorrido por los estereotipos femeninos puede empezar por una de las grandes fascinaciones de la hermandad prerrafaelita: las leyendas del ciclo artúrico. La seducción de Merlín de Edward Burne-Jones muestra a una pérfida Nimué que se aprovecha de sus encantos para hechizar al mago y dejarlo indefenso. La misma temática podemos observar en Vivien, obra de Frederick Sandys, que representa a otra mujer que sedujo a Merlín para que la introdujese en la magia. Las plumas de pavo real simbolizan la lujuria, y la manzana que sostiene, la tentación.

Dentro de la imagen lujuriosa de la mujer, hacemos una incursión al simbolismo y nos fijamos en Cierro la puerta tras de mí del pintor Fernand Khnopff, obra en la que una pelirroja de mirada fija y perturbadora observa al espectador directamente. Es un súcubo cuyo misterio radica en la dualidad y la perversidad de la mujer encerrada en sí misma. El simbolismo surge de la mano de un misticismo religioso, así que es prolífico en vírgenes y ángeles, pero existe siempre ese toque de erotismo perverso que contamina como una sospecha las imágenes de mujeres virginales. Ese aire indolente y sensual que tienta al hombre también lo encontramos en Junio en llamas de Frederic Leighton o en Silver favourites de Alma Tadema, y llega a ser abiertamente sexual en las Danae de Max Slevogt o de Gustav Klimt y en El Pecado de Franz Von Stuck. Son mujeres lujuriosas e insaciables, que perturban a religiosos como en La Tentación de San Antonio, interpretada tanto por Felicien Rops como por Fernand Khnopff. Cabe destacar también El Castigo de las Lujuriosas, de Giovanni Segantini, quien además critica en Las Malas Madres a aquellas que descuidan la que es su única obligación y acto que las purifica: la maternidad.

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También queda patente la relación de la mujer con la muerte, desde la Ofelia de Millais a la de Odilon Redon pasando por La dama de Shalott de Waterhouse. En estas obras aparecen los tintes románticos de la tragedia, la conjunción de Eros y Thanatos, a veces de manera siniestra como en  Thanatos de Jacek Malczewski.

El cristianismo recogió ideas de otras religiones previas pese a considerarlas paganas. Convirtió algunos mitos griegos y romanos en parábolas para ejemplificar su propia ideología. Así, vuelven del mundo grecorromano mujeres como Pandora —su particular Eva, la justificación de la maldad de la hembra representada en múltiples ocasiones por Rossetti y Waterhouse y explicada por Panofsky en La caja de Pandora: aspectos variables de un símbolo mítico—, o Eurídice, captada por Gustave Moureau en su Orfeo.

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También nos sirve para arrojar luz sobre esta cuestión otra obra de Sandys con inspiración literaria que aaptura a Medea, una de las mujeres fuertes de la mitología griega, en el momento de mezclar el veneno que matará a sus hijos. Su expresión vengativa contrasta con el semblante casi arrepentido de la Medea de Evelyn De Morgan, una de las pocas mujeres pintoras del momento. En la Biblia cristiana también encontramos numerosísimos ejemplos de representación de mujeres, como Salomé y Judith.

Otro fenómeno en la representación de la maledicencia de la mujer es su semejanza con animales o su relación con ellos, escudado también en temas mitológicos y literarios. Las sirenas, las harpías, Lilith con cuerpo de serpiente, Circe convirtiendo a la tripulación de Ulises en cerdos… Los prerrafaelitas y los simbolistas explotan estas imágenes de la Antigüedad, y por ejemplo en Edipo y la Esfinge de Gustave Moreau o en La Esfinge de  Fernand Khnopff, ese poderoso símbolo de la sabiduría, pero también la crueldad, que es esta mujer con cuerpo de león y alas de águila que acosa a un reticente y sorprendido Edipo. En la interpretación de Franz Von Stuck en su Beso de la Esfinge, la atmósfera sugiere incluso más violencia que en los anteriores. Otro ejemplo de animalización, esta vez con el temor hacia la mujer devoradora, es La Araña, de Julio Ruelas.

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La prostitución era otro de los temas candentes en la pintura y poesía prerrafaelita y en la sociedad victoriana en general, ya que ocupaba el cuarto puesto entre las profesiones de las mujeres, y la salvación de las prostitutas se consideraba una causa noble. Es un tema que se ve recogido en obras como El despertar de la conciencia de William Holman Hunt, Pensamientos del pasado de Stanhope y Encontrada de Rossetti. Rossetti dedica incluso un poema titulado Jenny a este tema, en el que se refiere a la prostituta con palabras como “tiene mucho cariño a un beso, y también a una guinea, que destacan su supuesta avaricia.

Para acabar con las mujeres pérfidas observamos Sidonia Von Bork, cuadro inspirado en la protagonista de Sidonia en el monasterio de las brujas de Johann Wilhelm Meinhold. Era una mujer muy bella que seducía a los hombres para cometer crímenes. No es casual ni siquiera el tipo de belleza femenina prerrafaelita: jóvenes de larga, cobriza y salvaje melena —Bornay lo comenta en su ensayo La cabellera femenina: un diálogo entre poesía y pintura—, y de mirada provocadora, que encarnan la personificación de la tentación. Esta obra de Edward Burne-Jones forma pendant con Clara von Bork, la mujer de su primo, que por el contrario es ejemplo de virtud y mansedumbre. Las serpientes entrelazadas del vestido de Sidonia y el gesto calculador contrastan con el nido de palomas que Clara sujeta en las manos con expresión dulce.

La redención de María

Así llegamos al tipo de mujer angelical, fiel y virtuosa en contraposición a la mujer súcubo, con ejemplos como El Silencio de Fernand Khnopff. Destaca también la reinterpretación casi autobiográfica del amor platónico de Dante Alighieri que Rossetti hace en Beata Beatrix. La modelo es su mujer, muerta hace una década, a la que representa con las manos juntas y el rostro vuelto devotamente hacia el cielo. Pia de Tolomei y Proserpina, también de Rossetti, representan la sumisión a su destino, ambas encerradas por sus maridos. Isabel y el jarrón de albahaca de Holman Hunt, transmite la devoción de una esposa fiel hasta la locura. Como representación de la pureza más absoluta encontramos obras como Pensamientos de convento, de Charles Allston Collins y La vigilia de Santa Inés, tanto de Millais como de Holman Hunt.

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La figura femenina es tan solo musa, y la autoría se sigue reservando a los hombres, pese al talento que demuestran las contadas artistas de estos movimientos. No es de extrañar que la misoginia en el arte haya llegado hasta la actualidad con unos precedentes que, en este caso, se remontan al siglo XIX, pero llevan siglos vigentes en la sociedad. La idea de que el hombre tiene mayor capacidad creativa se ha ido infiltrando en el imaginario a lo largo de generaciones, lo que relega a la mujer a un puesto subsidiario en el proceso artístico: o musa o autora en géneros de menor importancia.

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