Cuento de nieve, corazón de galleta

Daniel Calavera//

Tras resucitar a un superhéroe y presentar personajes locos e inolvidables, Tim Burton decidió contarnos un cuento para antes de ir a dormir. Un cuento extraño pero familiar a la vez; un cuento maravilloso, original y libre que perdura en el tiempo: Eduardo Manostijeras.

Una niña está acostada en su inmensa cama. Su abuela la arropa y fuera está cayendo nieve desde un cielo azul apagado que nos recuerda al Londres de Mary Poppins y nos evoca las historias que leíamos de pequeños. La niña, con la inocencia y la curiosidad que caracteriza a los más pequeños, hace una pregunta a su abuela: ¿Por qué nieva?

La anciana, recostada sobre su vieja silla, comienza la historia del origen de la nieve en ese pueblecito, en ese pequeño escenario de juguete lleno de casas unifamiliares en cuya cima más alta se yergue un caserón oscuro rodeado de jardines.

Y de repente, ya estamos metidos de lleno en el cuento de Eduardo Manostijeras (Tim Burton, 1990). Nos acomodamos y la extraordinaria banda sonora de Danny Elfman nos transporta a ese terreno de nuestro subconsciente, ese en el que vive un niño al que le atrae el terror que provoca ese caserón oscuro y encantado, pero que a la vez nos avisa de que no debemos tener miedo. El piano, la voz y los coros nos abrazan susurrándonos que nos van a contar el cuento más maravilloso de la historia del cine.

Al escribir el libro Tim Burton por Tim Burton (Alba Editorial, 2006) el director propuso, como no podía ser de otra forma, que su viejo amigo Johnny Depp escribiese el prólogo. En él, Depp asegura que mientras leía el guion de Eduardo Manostijeras se sintió inmediatamente identificado con Burton y con la historia: “¿Cómo podía explicarle a este loco de pelo enmarañado que yo era Eduardo Manostijeras?”. En su momento la película fue un éxito de taquilla. No estuvo al nivel de las grandes superproducciones pero consiguió alcanzar un estatus superior que solo otorga el tiempo: se ha convertido en una película de culto y, para muchos expertos, en una de las mejores películas jamás realizadas. El ahora ya clásico, familiar y plagiado estilo visual de Burton comenzaba entonces a asomar la cabeza en una industria que lo mimó como el portento que suponía, un autor que se amoldaba a grandes presupuestos sin perder su sello. Comenzó a despuntar en su cortometraje Frankenweenie o en el imprescindible Vincent; después, en su debut con La gran aventura de Pee-Wee y también en su siguiente película, Beetlejuice, tan original como divertida. Su característico estilo se consolidó con el éxito de Batman donde, en una ciudad que nos recordaba a la Metrópolis de Lang, un héroe enmascarado con grandes traumas se enfrentaba a un bufón gánster y sociópata.

Sin embargo, fue en Eduardo Manostijeras donde Burton dejó escrita su magia ya que no solo es su película más personal, también es la que mejor le define. Más incluso que su pieza maestra, Ed Wood, o su musical adaptado como una ópera grotesca y magistral: Sweeney Todd.La historia continúa y vemos a una Dianne Wiest embutida en un vestido tan rosa e inocente como sus intenciones. Nuestros ojos son testigo de los más extraordinarios y a la vez más simples escenarios imaginables en un entorno tan común como el de un barrio: un barrio lleno de casitas Eduardo Manostijerasde chocolate azul y morado. La mundanidad de este vecindario consigue inundarnos de fantasía gracias a unos escenarios mágicos, donde las grandes figuras de hierba en los jardines de la mansión de Eduardo y los muros derrumbados con ventanas tétricas e inacabadas nos transportan a través de una historia que atrae y, a la vez, aterra. Una escalera interminable conduce al espectador hasta el refugio de un chico recién nacido. Un robot al que su creador da vida poniéndole un corazón de galleta. Un joven perfectamente interpretado por Depp que no conoce el mundo, que está solo y que tiene tijeras en lugar de manos. Y con este curioso personaje sigue el cuento. El extraño y llamativo ser se adentra en un mundo banal y perversamente chismoso, donde reina una doble moral que primero lo acoge y después lo excluye por salirse de la normalidad establecida. De entre todo este remolino de nuevas sensaciones, el chico con manos de tijera se enamora perdidamente de Kim -Winona Ryder-: es la reina del baile del instituto, la chica más guapa de la clase, la ninfa que el inadaptado adora pero que, por desgracia, está con el rudo e insensible capitán del equipo.

Comedia y drama se dan la mano en escenas tan melancólicas como entrañables con las que Burton nos cuenta el origen del chico de corazón de galleta dentro de aquel inmenso caserón. Su inventor, un elegantísimo y mitificado Vincent Price, aparece como una mezcla de Gepetto y Dr. Frankenstein, con sentimientos de oro clásico. Pero la fulminante muerte de
este personaje deja a Eduardo solo e inacabado, acariciando torpemente la mejilla de su papá dormido. Es en este momento y en la escena final del cuento, con ese plano de los dos protagonistas junto a la ventana, cuando descubrimos el destino de nuestro héroe y caballero inadaptado, de nuestro monstruo incomprendido: surge el amor entre él y Kim y, como todas las grandes historias de amor del cine, termina de forma trágica aunque, en este caso, haciendo gala de una melancolía en la que no habitan ni la vida ni la muerte sino un sentimiento que vemos en el beso final, en ese “te quiero” que hace que Eduardo sienta de nuevo y para siempre su corazón. Una historia de un amor que no termina, que perdurará porque se le da un final antes de que acabe.

“A veces aún bailo bajo la nieve”. Así termina la abuela el cuento. Mientras nieve, él sigue vivo. Y mientras él siga vivo, seguirá nevando hasta que ella ya no esté. Las flores y el miedo se evaporan entre los copos de nieve, y nosotros volvemos a la realidad un poquito más niños, más conmovidos, y menos enfadados con el mundo. Un mundo en el que el cine nos cuenta historias como esta, la de Eduardo Manostijeras, que vive en la lágrima de la imaginación de un gran autor que quizás no siempre cumpla, pero que escribió su corazón y el nuestro en el gran libro de los cuentos.

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