Delitos y Cine: A reivindicar (vol. I)

// Jorge Marco, Julio Beltrán y Pablo García

En Delitos y Cine estrenamos una nueva sección fundamentada, principalmente, en una selección de películas olvidadas sobre las que merece la pena detenerse un momento para rescatarlas y redescubrirlas.

Puede que la mayoría de títulos seleccionados sean conocidos o resulten familiares para aquellas personas más interesadas en el mundo del cine, pero nuestra intención va encaminada también a que cualquier persona pueda acercarse a una serie de obras sobre las que quizás nunca había oído hablar. Desde el cine soviético hasta el independiente norteamericano, existen multitud de cinematografías capaces de romper cualquier prejuicio acerca de la dificultad para acercarse a estos films, poniendo de manifiesto que pueden disfrutarse y valorarse sin necesidad de un gran entramado intelectual detrás.

Con esta sección, que esperamos repetir cada cierto tiempo, buscamos por encima de todo hacer que se pierda el miedo por ver películas distintas. Y aseguramos que librarse de algunas ideas preconcebidas merece la pena en la mayoría de ocasiones, ya que abrirse a nuevas formas de expresión puede permitir dar con algo que, sin saberlo, faltaba.

Toca pasarlo bien.

 

Teniente Corrupto (Abel Ferrara, 1992)

El año 1992 el mundo descubría a un tal Quentin Tarantino, joven debutante que había dirigido su primera película: Reservoir Dogs, en la que ya se podrían ver algunas claves de todo su cine como la violencia exagerada, los diálogos alargados hasta el extremo y su predilección por el trabajo con los actores. En esta ocasión contaba en el rol principal con el enigmático Harvey Keitel, una rara avis dentro del mundo del espectáculo hollywoodiense. Pero la mejor película de Keitel en 1992 no fue la ópera prima de Tarantino.

Ese mismo año un director más viejo, más violento y mucho más oscuro estrenaba una película sobre un policía neoyorquino que esnifa, bebe, apuesta y abusa al mismo tiempo que parece luchar constantemente contra sí mismo. Estamos hablando de Teniente Corrupto y su director es Abel Ferrara, un tipo nacido en el Bronx en 1951 e interesado en el cine desde muy niño. Su versatilidad una vez se ha repasado su filmografía es digna de elogio, ya que parece jugar permanentemente con los argumentos propios del cine B para luego retorcerlos y explorar con ellos todas las posibilidades del cine. 

Ha dirigido desde películas como Ángel de Venganza, en la que una chica muda decide castigar al hombre que la violó, hasta una especie de revisión de Romeo y Julieta trasladada a la frontera entre Little Italy y Chinatown con China Girl, pasando por películas sobre la mafia, la dualidad de la representación cinematográfica, los recuerdos —con homenaje a Hitchcock— y su propia vida. Se trata, en resumen, de uno de los realizadores norteamericanos más interesantes de la actualidad, y por eso parece necesario reivindicar una película como Teniente Corrupto.

El film narra, aunque parece más una sucesión de distintas situaciones que van poniendo a su personaje principal cada vez más al límite, la investigación en torno a la violación de una monja. Un acontecimiento reflejado en la pantalla no sólo como la corrupción de lo puro sino como una desacralización de todos los elementos cristianos de tal calibre que hasta aparece un Cristo agónico gritando en la cruz. Y es que en realidad estamos ante una película profundamente católica, en la que no dejan de aparecer y repetirse conceptos como la fe, el perdón, la expiación o la culpa. Elementos todos que carga sobre sus espaldas el personaje interpretado por Harvey Keitel, del que no sabemos ni su nombre pero sí que existe algo que le atormenta desde hace tiempo.

Este teniente de la policía neoyorquina es mártir y victimario a la vez, ya que el abuso de sustancias o las apuestas que realiza parecen ser un castigo que se da a sí mismo. Se trata de un hombre solitario y triste que vive con su familia aunque para él no sean mucho más que un adorno. Despierta por las mañanas hecho una mierda en el sofá del salón solo para mirar la tv y enterarse del partido sobre el que había apostado. Ni siquiera mira a su hija pequeña, que también se encuentra caminando por la habitación. Es alguien además que se siente impune, con una especie de aura que lo salva de todo, ya que mientras conduce por la ciudad a pleno día se droga, bebe y le mete un tiro a la radio cuando su equipo de béisbol pierde.

La película de Ferrara está envuelta por la violencia y la pobreza moral de un hombre que parece existir única y exclusivamente para sí mismo. Ni siquiera en las relaciones sexuales toma parte con otra persona, siempre es onanista, siempre todo es para sí mismo. En un momento de una incomodidad elevada al cubo detiene un coche con dos mujeres jóvenes amparándose en su placa, para después obligarlas a fingir cómo practicarían el sexo oral mientras él se masturba de pie en la calzada, arropado por la noche. En otro momento aparecen dos mujeres sadomasoquistas mientras él bebe en un extremo del cuarto. El único contacto que tiene con ellas es para bailar. 

Fotograma de Teniente Corrupto (1992)

Todos estos actos terminan por dar la sensación de que en cierto modo está buscando su final, algo que acabe con él, que le imponga un justo castigo. Por eso en un determinado momento de la trama, que no se puede desvelar, no comprende la decisión de la monja que sobrevivió a la violación. Y así se encuentra él solo de rodillas en una iglesia gimiendo y aullando como una especie de bestia herida hasta que Cristo se le aparece de una forma espeluznante, con las marcas de la crucifixión por todo su cuerpo, incluido el lanzazo que lo mató, y portando la corona de espinas. Es una aparición muda, escalofriante, que provoca algo en ese pobre policía —pobre por su miseria moral y su deseo de redención— que no se llega a entender del todo. 

Y es que si Cristo se sacrificó por los pecados de la humanidad él parece querer sacrificarse por los suyos propios. Una relación de iconografías que queda meridianamente clara cuando él, totalmente desnudo, parece sollozar con los brazos extendidos en cruz, no sabemos si por culpa de algún mal viaje producido por el abuso de sustancias o porque se trata de un hombre que está a punto de estallar.

Es cierto que una película de estas características no resulta fácil de ver, más bien todo lo contrario, hay momentos de una dureza y un horror que prácticamente dejan a Taxi Driver como una historieta y a Tarantino como el normal de la clase. Pero también es justo reivindicar que Ferrara no muestra la violencia como mero espectáculo —de hecho, en la película hay tres disparos contados y solo uno es contra una persona— o como forma de despreciar a la humanidad o la sociedad que habita. Más bien se trata de un film de un gran calado cristiano, agarrado a la realidad de un hombre perdido e incontrolable, convertido casi en un animal en busca de su propio placer y de su salvación que, al mismo tiempo, no deja de purgarse por sus pecados. Se aprecia así que Ferrara firma un ejercicio con multitud de capas y lecturas, demostrando que es mucho más que una historia de excesos y oscuridad. En el fondo es un film existencialista sobre la moral y el perdón, que elimina cualquier crítica social facilona para embarcarse en un viaje sin destino hacia la penumbra del ser humano. 

Teniente Corrupto se alza de esta forma como una gran película que consigue dar una imagen distinta del cine norteamericano, sorprendiendo incluso que se pudiera llevar a cabo con un actor de la talla de Harvey Keitel, que ha demostrado en numerosas ocasiones sentirse cómodo y arriesgarse a explorar unos tipos de producciones muy alejadas del confort de Hollywood. 

Por todo lo dicho anteriormente, y por todo lo que no se ha podido decir, la cinta de Abel Ferrara merece ser vista y reflexionada, siendo casi un imperativo urgente incluirla en esta lista de películas a reivindicar.

 

Ascensión (Larisa Shepitko, 1977)

Larisa Shepitko es sin duda uno de los casos más injustos del anárquico olvido al que está sometida la historia del cine. Sin apenas proyecciones ni restauraciones de sus cintas, es casi imposible acceder a su filmografía. Por suerte en la actualidad su figura está siendo reivindicada poco a poco sobre todo a nivel de festivales y filmotecas nacionales, siendo en España el esfuerzo más importante el ciclo proyectado en Octubre de 2021 en la Filmoteca nacional en Madrid. 

Larisa hubo de superar las barreras propias de ser mujer cineasta y defender un cine de autor en la unión soviética durante los años sesenta y setenta. Y lo hizo sin ningún tipo de concesión en sus obras: Siempre declaró que sus obras eran estrictamente feministas, y que jamás había rodado un solo segundo que no fuera coherente con la moral que ella quería defender con su vida y con su obra. Con este tesón la gran directora soviética fue elaborando un lenguaje cinematográfico que combina el realismo más crudo con la poética más lírica, a la vez que insistía en argumentos que giraban sobre los problemas sociales tras la guerra. Su gran éxito internacional (Oso de oro en Berlín a mejor película) fue su última película y es la que nos ocupa hoy: La ascensión. Por desgracia mientras buscaba localizaciones de rodaje para su siguiente película la directora, de tan solo cuarenta años, junto con otros miembros del equipo, murieron en un accidente de tráfico. Seis años después el cineasta Elem Klimov, su marido, terminó esa película y se la dedicó a su mujer. Se titula Adiós a Matiora

Es imposible imaginar cómo habrían sido los siguientes films de una directora que había alcanzado su etapa más alta de madurez creativa, ya que en Ascensión muestra todo un control absoluto de todos los recursos narrativos aprendidos a lo largo de su trayectoria. Por ejemplo, la integridad narrativa, las ensoñaciones puramente visuales de un partisano, la combinación de pausas contemplativas y rapidez en una misma secuencia etc. Pero en especial sobresalen las composiciones visuales que en largos planos transmiten una naturaleza poética, podríamos decir incluso religiosa, que tiñe el sórdido ambiente de violencia y muerte donde se desarrolla el argumento. De hecho, esta lírica en el formato clásico 1:1 nos remite a otros films soviéticos como La infancia de Iván, de Andrei Tarkosvki. En cuanto al argumento, este es muy sencillo: Dos guerrilleros se separan del grupo para conseguir algo de comida. En su misión son sorprendidos por los alemanes y para proteger su vida terminan ocultos en una granja. A mitad de la película el argumento gira totalmente porque allí también serán encontrados, y el resto del film versará sobre su trasladado a prisión junto a la granjera (que deja atrás a sus hijos), el interrogatorio y la sentencia. Esta mitad del film, mucho más introspectiva y reposada que la aventura y acción primeras, desarrollará incluso un aura de alegoría religiosa que recuerda sin duda al Nuevo testamento. Se representa la traición como la confesión de un partisano para sobrevivir como espía alemán y su posterior arrepentimiento e intento de suicidio; y se representa el martirio como el otro compañero ejecutado en la horca.

Fotograma de Ascensión (1997)

Para finalizar la recomendación de esta película vale la pena recordar la coherencia moral que Larisa defendió con tanta contundencia. Pues es esta misma exigencia la que plantea al receptor de su obra. Lejos de la pasividad propia del consumo de cine comercial Larisa pretende conmover, sacudir profundamente la intimidad en sus escasos y afortunados espectadores.

 

El sanatorio de la clepsidra (Wojciech Has, 1973)

El cine olvidado, sea de forma injusta o por méritos propios, es, por definición, un cajón desastre. Un enorme cúmulo de millares de obras, de toda clase y color, que rara vez tienen la fortuna de resucitar, aunque sea brevemente, a través de la pantalla de algún curioso cinéfilo. Introducirse en este sombrío feudo del cine y escoger una película sin guía o conocimiento de aquello a lo que va uno a enfrentarse es, en opinión propia, casi un juego de azar. Uno, sin duda, muy divertido. 

Por supuesto, al igual que ocurre en cualquier juego, en este se puede ganar o perder. Pero no escribiremos sobre derrotas. En esta ocasión os presentamos lo que es sin duda uno de los premios gordos, Sanatorium pod klepsydra o El sanatorio de la clepsidra, en español. De las seis acepciones para la palabra “raro” que actualmente acepta la RAE, El sanatorio de la clepsidra se adecua a todas ellas. No importa cuanta explicación se diese o dejase de dar en este breve artículo, ya que estamos hablando de una película que más que un relato narrado es una experiencia. Una extraña amalgama de surrealismo, drama y terror

Fotograma de El sanatorio de la clepsidra (1973)

Su director, Wojciech Has, dejó este mundo en el año 2000, dejando a las puertas del nuevo siglo una interesantísima carrera cinematográfica repleta de obras que atentan contra los límites de la originalidad y la excelencia técnica. Seguramente, su obra más conocida más allá de las fronteras polacas fuera El manuscrito encontrado en Zaragoza (Rekopis znaleziony w Saragossie), que fue reconocida por el propio Luis Buñuel como una de sus películas favoritas, lo cual dice mucho en todos los sentidos acerca de este director polaco y de su obra. 

Hoy, sin embargo, comentamos El sanatorio de la clepsidra, que le otorgó también cierto renombre internacional al recibir, en Cannes, el premio del jurado en 1973. Como toda obra de gran complejidad, parte de una breve y sencilla sinopsis: Joseph sube a un tren para ir a visitar a su padre moribundo, el cual vive en un sanatorio. Esta liviana premisa se rompe rápidamente cuando, a lo largo del trayecto, las ventanas, el paisaje y el ambiente en el tren comienzan a dibujar un ambiente de realidad amorfa e incoherente. El resto de pasajeros permanecen en un estado de trance, como si solo Joseph fuera capaz de percibir el absurdo mundo en el que se está introduciendo de manera irreversible. Al llegar al sanatorio, el aroma a surrealismo se mantiene y, mediante una loca sucesión de escenas que hacen oscilar al espectador entre el escalofrío y la incredulidad, Joseph experimentará una travesía a lo largo de su pasado, presente y futuro. 

Realmente, y pese a que la reseña resulte algo escueta, no conviene desvelar o profundizar más en el mágico mundo que con tanta excelencia nos legó Has en esta película. Como ya se mencionó, este tipo de cine debe experimentarse y sentirse antes de ser analizado, ya que son la experiencia y las emociones que resultan de maravillarse durante el visionado el principal objetivo del metraje. Quien desee pasar un rato extraño, en el mejor sentido de la palabra, o quien, simplemente, goce intentando descifrar lo inescrutable, encontrará en esta película un estrafalario placer.

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