Delitos y Cine: Los Obispos de Roma
Jorge Marco, Julio Beltrán, Pablo Gracia //
Hace poco más de una semana falleció el papa Francisco, tal vez más conocido en algunos lugares por su nombre secular, Jorge Mario Bergoglio. Este acontecimiento, que se ha repetido ya más de doscientas veces desde los tiempos de San Pedro, desencadena un acontecimiento religioso que, además de revelarse interesante y oscurantista, hará las delicias de los aficionados a las intrigas políticas. Hablamos, por supuesto, del cónclave.
En esta ceremonia, los miembros del Colegio Cardenalicio de la iglesia católica, en absoluto aislamiento con el exterior y supuestamente guiados por el espíritu santo, eligen de entre ellos mismos al más indicado para heredar el papado, la jefatura del estado vaticano y el obispado de Roma. Por supuesto, en la práctica, este evento no es mucho más que la elección de un líder político para una institución ridículamente grande y que alberga en su interior multitud de sensibilidades que, eventualmente, intentarán imponerse las unas sobre las otras.
Con un escenario tal, que combina el cariño por lo enigmático, las simpatías políticas y los rituales religiosos, no es de extrañar que, en el cine, se haya utilizado multitud de veces como telón de fondo sobre el cual rodar películas y series. Ya sea en forma de drama histórico, ficción o comedia, las intrigas de la curia romana se han colado en el séptimo arte dejando tras de sí obras enormemente variadas en tono y enfoque. Para el artículo de hoy, analizamos y recomendamos tres de estas películas que, cada una a su manera, escarban en la misteriosa ceremonia que en unos días comenzará en la capital italiana.
Habemus Papam (Nanni Moretti, 2011)
Habemus Papam, la famosa frase en latín que anuncia al mundo entero la elección de un nuevo pontífice sirve, como cualquier noticia expresada en público, un acto de cara a la galería, al exterior, que consigue tranquilizar a más de mil millones de fieles católicos al saber que ya tienen un nuevo interlocutor entre ellos y Dios. Pero, ¿qué sucede de puertas para adentro? ¿Ha sido la persona escogida la correcta?
Nanni Moretti, el genial cineasta italiano, pareció plantearse estas mismas cuestiones en su película Habemus Papam, que cuenta la historia de un pontífice recién elegido incapaz de asumir su cargo. Justo mientras se está anunciando la decisión del cónclave frente a la multitud reunida en la plaza de San Pedro, un ataque de pánico paraliza al cardenal Melville, dejándolo totalmente abrumado ante su nueva función como pastor de la Iglesia católica ,
Esta premisa, que podría ser el inicio de una comedieta, sirve sin embargo a Moretti para explorar el lado más humano de los máximos representantes eclesiásticos. Se inscribe así en una tradición de cineastas que a pesar de su ideología —en este caso, un izquierdista consumado— parecen entender como nadie qué hay realmente detrás de la opulencia y las liturgias del Vaticano. Un camino emprendido ya por otro director italiano polémico, marxista y homosexual de sobras conocido: Pier Paolo Pasolini. Su película El Evangelio según san Mateo no es solo una de las mejores obras de índole religiosa que se hayan filmado, sino que hace apenas diez años fue nombrada como la mejor película sobre Jesucristo por el L’Osservatore Romano, el periódico de la Ciudad del Vaticano.
Del mismo modo que en la película de Pasolini uno no necesita ser creyente para admirar su belleza, en Habemus Papam no es preciso tener simpatías hacia la estructura eclesiástica para disfrutar y dejarse conmover por el tratamiento afectivo que se hace sobre los hombres detrás de las sotanas. Porque ya sean obispos, cardenales, o el mismo Sumo Pontífice, también son seres humanos. Personas que dudan, que tienen pasiones y defectos. Que toman medicación para poder dormir o que buscan aprovechar el viaje a Roma para visitar exposiciones de arte. Que piden el café con poca espuma.
Es maravilloso ver cómo alguien como Moretti, cuyas películas suelen estar repletas de humor e ironía, parece haber abandonado cualquier prejuicio o mala opinión —que seguro que la tiene— para ahondar en por qué alguien no querría ser Papa. El cardenal Melville, hundido en una posición que no desea y que parece haberle aplastado con la fuerza de una apisonadora —durante toda la película justifica su inefectividad con un: “estoy cansado”— se da cuenta de que no sabe quién es realmente cuando el portavoz del Vaticano decide traer a un psicoanalista para ayudarlo, interpretado por el mismo Nanni Moretti. Pero la crisis existencial que se ha cernido sobre Melville es demasiado fuerte, y las normas en la primera casa de Dios no permiten que se le pregunte sobre el sexo, su madre o su infancia, por lo que el terapeuta se encuentra casi sin herramientas para llevar a cabo su trabajo.
Vista la gravedad de la situación, con el mundo entero todavía aguardando a que se pronuncie el nombre del nuevo pontífice, se decide sacar a escondidas al cardenal para hablar con otra psicoanalista —que resulta ser ex-mujer del primero—, situación que Melville aprovecha para escapar. Y como si este enredo fuera poco, nadie puede abandonar el Vaticano ya que según las reglas del cónclave el proceso todavía no ha finalizado puesto que no ha sido proclamado el nombre del nuevo Papa, por lo que el resto de cardenales y el psicoanalista quedan encerrados en esa cárcel de oro hasta que todo consiga arreglarse. Para tratar de levantar el ánimo, al personaje de Moretti se le ocurre montar un torneo de volleyball formando equipos que representen a los continentes de los que provienen todos los eclesiásticos.
La película abre así dos cauces en los que por una parte podremos observar el viaje físico de Melville deambulando por Roma —que al mismo tiempo se convierte en un camino espiritual sin ningún tipo de connotación religiosa, puesto que ahora lo más importante para este Papa huído es llegar a comprender quién es y qué ha hecho en su vida para acabar terminando en la posición en la que se encuentra— al mismo tiempo que en el Vaticano, todavía cerrado a ojos del mundo, se dirime un torneo deportivo intercontinental que Moretti consigue remarcar con momentos de una belleza inimaginable, más allá de lo risible de la situación. La hazaña aquí es cómo la humanidad de cada cardenal aflora de tal forma que dejemos de ver el puesto eclesiástico que ocupa, y cómo los hombres de fe también pueden ser presumidos, competitivos y hasta divertidos.
Habemus Papam es, sin duda, una película más extraña de lo que pudiera parecer a simple vista. Si uno lee su sinopsis pensaría en la típica comedia amable italiana que suele llegar a nuestro país de tanto en cuanto, pero en realidad cuando uno se sienta a verla descubre que encierra temas y ofrece puntos de vista muchísimo más profundos. Hecho que sin ningún tipo de duda se debe a la mano de Nanni Moretti, cineasta irrepetible que a través de un corpus cinematográfico envidiable ha conseguido narrar durante varias décadas la historia de su país a la vez que la suya propia, y viceversa. Solo un autor con un posicionamiento político tan claro —aunque resulte una paradoja— podría atreverse a retratar un universo como el de la Iglesia, tan alejado de él, con tanto mimo y cuidado. Incluso con algún que otro dardo cargado de ironía, este film es capaz de conmover simplemente porque lo humano será siempre mucho más interesante que lo divino. Y a pesar del oro, la opulencia, el rito y el silencio un cardenal es una persona de carne y hueso que, incluso con una creencia férrea, puede dudar.
Cónclave (Edward Berger,2014)
Como no podía ser de otra manera, hemos incluido en esta sección el film Cónclave, de Edward Berger, que junto a Los dos Papas (2019, Fernando Meirelles) han disparado sus visualizaciones tras la reciente muerte del Papa.
De hecho, Cónclave, aunque representa hechos y personajes ficticios, no deja de tener una relación tan estrecha con el Papa Francisco que cualquier espectador la reconoce al instante. Estas similitudes se reflejan sobre todo en el carácter popular y afable del pontífice, su apertura reformista a favor de la iglesia periférica y la oposición de los conservadores. De hecho, la muerte del Papa en la película plantea un escenario similar al actual, donde la Iglesia debe decantarse por continuar el progresismo o por recular a una dirección más conservadora.
A partir de aquí Edward Berger plantea una serie de intrigas que logran mantener el suspense a lo largo de todo el film. Hay cuatro candidatos que abarcan el abanico desde el progresismo al tradicionalismo más reaccionario. A ellos se une otro candidato inesperado en el último momento, pues había sido nombrado cardenal en secreto. A partir de ahí las estrategias para desautorizarse entre ellos y buscar el apoyo del colegio cardenalicio se suceden en espiral.
El argumento podría encuadrarse en un film de thriller político (de hecho, el film se basa en la novela homónima del escritor de bestsellers Robert Harris) donde se compite por una candidatura a presidente, igualando la elección del representante de Dios en la Tierra a la que se ejerce en cualquier gran estructura de poder jerárquico. Así, los secretos, el compañerismo, las traiciones, y, en definitiva, el egoísmo y la buena fe se suceden en un clima de urgencia que funciona muy bien dramáticamente.
Esta atmósfera opresiva se transmite en especial gracias a la fotografía de Stéphane Fontaine mediante planos enmarcados casi siempre en espacios cerrados, llegando incluso a iluminaciones que rozan la abstracción, como el patio de butacas rodeado de oscuridad donde el Cardenal Benítez (Carlos Diehz) expone un eficaz alegato contra la venganza y el odio promovidos por otros cardenales.
Quizá el mejor acierto de Berger sea el reparto y el tempo contenido de la película, muy acorde también al género de thriller político ya mencionado. El estilo interpretativo persigue la extrema seriedad y sobriedad como el propio ritmo de los planos, que parecen avanzar con sigilo y precaución en cada uno de sus pasos, manteniendo su duración sin precipitarse, con cautela, como los propios personajes. En concreto, John Lithgow, Stanley Tucci, Sergio Castellitto, e Isabella Rossellini defienden a los roles secundarios con absoluta veracidad, dando esa impresión de gran responsabilidad en cada uno de sus actos. Por su parte, el protagonista Ralph Fiennes mantiene una lucha interna entre la confianza que le tenía al anterior Papa y la Iglesia sucesora a la que debe entregar sus últimos esfuerzos.
Sin necesidad de hacer ningún spoiler, no cabe duda de que el final es polémico y valiente y dependerá mucho del gusto del espectador. En cualquier caso, hay que reconocer que abre nuevas preguntas en cuanto a la tolerancia de la Iglesia y a la posibilidad de nuevos avances en el seno de la misma.
La pontífice (Sönke Wortmann, 2009)
La notable película de Sönke Wortmann es la versión ficcionada de un acontecimiento histórico que, si bien durante cientos de años fue dado por verídico, resultó ser, a su vez, otra ficción. Una historia que funciona como fábula para criticar a la iglesia por uno de los tantísimos elementos censurables que arrastra su tradición conservadora: la exclusión de la mujer.
Nos situamos en el siglo noveno después de Cristo. Entre los sajones nace, en el seno de una familia sumida en la pobreza, Juana, una niña extremadamente inteligente y la que el destino tiene grandes planes reservados. Su padre, un predicador, se esmera en transmitir sus conocimientos a los hermanos de Juana, no así a esta última, quien por ser mujer tiene vetada toda formación académica. Abriéndose paso frente a las hostilidades paternas, Juana encuentra refugio en su madre, quien le enseña a leer y escribir a espaldas del cabeza de familia.
Con el pasar de los años, Juana comienza a travestirse para acceder, paulatinamente, a ambientes académicos y teológicos más elevados. El devenir de los acontecimientos termina transportándola a Roma, donde traba amistad con varios miembros notables de la curia, quienes la consideran una auténtica erudita. Sin sospechar ni por un momento que pudieran encontrarse frente a una mujer, la curia vaticana termina tomando una decisión cuyas implicaciones tambalean los pilares mismos del cristianismo: Juana es nombrada papa.
El papa, o papisa en este caso, se verá en la complicada situación de deber negarse a sí misma para, además de salvar su vida del severo castigo que le infringiría la iglesia al averiguar su sexo, alcanzar el estatus y reconocimiento que su inteligencia superdotada le ha facilitado. No contenta con las evidentes complicaciones ya planteadas, Juana deberá compatibilizar la farsa que ha construido con el romance que, en secreto, mantiene con Gerold, un noble que le dio cobijo y protección en otros tiempos.
En el plano técnico, deben destacarse, además de la genial ambientación medieval que logra el film, el magnífico trabajo de interpretación de la protagonista, encarnada por Johanna Wokalek. Las miradas contenidas, el pánico que transmite por momentos y la fuerza espiritual que emana de su personaje, hacen de esta una de las mejores interpretaciones de su carrera.
Finalmente, todos los hechos aquí narrados están, hoy en día, desmentidos por el trabajo de los historiadores, que han desvelado la historia de la papisa Juana como una simple leyenda. En cualquier caso, el hecho de que la iglesia considerase durante siglos que estos eventos fueron verídicos, revela la compleja relación que guarda la historia con la iglesia y con la fe. Por desgracia, la exclusión de la mujer en la iglesia no se ha movido de lugar en los once siglos que nos distancian de la leyenda de la papisa y, viendo las reacciones eclesiásticas a esta misma cuestión en el presente, no parece probable que la discriminación y criminalización de la mujer en el ámbito religioso cambien pronto.
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