Delitos y Cine: encuentro con Joshua Oppenheimer
Jorge Marco, Julio Beltrán, Pablo Gracia//
Ocurre muchas veces que, inconscientemente, intentamos inferir el carácter de un autor a través de sus obras. Es cierto que, en cada película, el director y el resto del equipo vierten algo de si mismos en el resultado final, pero aun así uno suele verse sorprendido ante al ser humano real que se escondía tras la creación.
Apenas unas horas después de haber visto su última película, The End (2024), nos reunimos con el director Joshua Oppenheimer, que tuvo la inmensa amabilidad de concedernos un poco de su tiempo para profundizar en la obra que este año presentaba a la sección oficial del Festival Internacional de San Sebastián.
Oppenheimer, a pesar de los temas terriblemente trágicos y crueles que opera en sus obras, resultó una persona tremendamente cálida, afable y apasionada. En su carrera cinematográfica anterior, es necesario resaltar, además de su brillante formación académica en instituciones como Harvard o la Universidad de las Artes de Londres, The Act of Killing (2012), un aclamadísimo documental acerca del genocidio que tuvo lugar en Indonesia en los años sesenta. Para profundizar en este criminal capítulo de la historia del país asiático, Oppenheimer expone los testimonios de algunos de los protagonistas más sanguinarios, que no tienen ningún problema en relatar su macabra implicación en la persecución y exterminio del Partido Comunista de Indonesia y de sus simpatizantes.
Este documental, prácticamente la ópera prima de su director, le valió a Oppenheimer una serie de galardones y reconocimientos – como el BAFTA a mejor película documental – que le catapultaron al primer plano de la industria cinematográfica mundial. Ahora, doce años después, presenta un producto que no podía ser, en forma al menos, más diferente a esa primera obra que tantos éxitos le trajo. Dando un enorme salto de formato, Joshua Oppenheimer compitió en San Sebastián con The End, una película de ciencia ficción y musical en la que analiza, en un escenario de apocalipsis climático, cuestiones tan interesantes y sensibles como la justicia intergeneracional, la solidaridad, la autopercepción y, sobre todo, la culpa.
Acerca de este cambio, en apariencia tan extremo, del documental a la ficción musical, Oppenheimer explica que no lo percibe como un cambio de paradigma. Para él, utilizar un formato u otro se circunscribe únicamente a como de eficazmente podrá plantear las preguntas y reflexiones que quiere transmitir en cada obra. Habiéndose formado cinematográficamente con el eminente director yugoslavo Dušan Makavejev, que trabajaba en la frontera entre el documental y la ficción, no es de extrañar esta plasticidad formal y narrativa.
La idea que originó The End, nos cuenta, estalló en la convivencia de Oppenheimer con una familia que había comprado un bunker en el que refugiarse en caso de catástrofe mundial. El director quedó prendado por la idea de aislarse en un lugar seguro mientras se ignora un mundo en plena destrucción. “¿Cómo se sentirían acerca de las personas que no trajeron al Bunker? ¿Cómo lidiarían con la culpa de haber contribuido al fin del mundo, dado que la familia estaba en el negocio del petróleo? […] ¿Qué pasaría cuando todo esto descendiera a un abismo de falta de sentido y no significara nada más? No podían hablar de eso.” Haciéndose estas preguntas comprendió que la película que realmente él quería rodar era la que se desarrollaría cuando esta familia hubiera tenido que pasar 25 años, refugiados y aislados en seguridad, dentro de aquel bunker.
Esta fascinación por el escenario elegido se refleja perfectamente en la película, donde una adinerada familia vive enclaustrada en un bunker repleto de comodidades, ostentosas obras de arte y vánales entretenimientos burgueses. Sobre esta mágica mansión subterránea, en la que han construido una vida entera, se posa un mundo postapocalíptico, del que ni saben ni quieren oír hablar. La atención argumental se centra sobre el hijo de la acomodada familia, que, al haber nacido ya dentro del bunker, no conoce nada que sea ajeno al mismo. Cuando una joven proveniente del mundo exterior logra llegar hasta ellos, se comenzará a desarrollar una relación de amistad con el muchacho que hará tambalear los frágiles pilares de mentiras y engaños que han permitido, durante tantos años, una convivencia pacífica en el refugio.
Obviamente, pese a esta versatilidad, los distintos retos que plantea la ficción supusieron para Oppenheimer una curva de aprendizaje. “Fue algo que aprendí a través de un trabajo muy generoso de Michael Kretschmann, nuestro director de fotografía, a lo largo de un año y medio. Si sumas todo el tiempo que estuvimos juntos, probablemente trabajamos cinco meses a tiempo completo, lo cual creo que es inédito para un director de fotografía. Todo fue para averiguar cómo filmar cada una de estas escenas y luego, una vez que lo averiguamos, el trabajo más difícil fue cómo montar las canciones.” En esta línea, otro desafío importante al que debió enfrentarse en su primer trabajo de ficción fue el de dirigir a sus actores. En The End vemos en pantalla a artistas tan potentes como Tilda Swinton o Michael Shannon quienes, obviamente, están mucho más familiarizados con el proceso de la actuación que Joshua. Lejos de asumir su inexperiencia dirigiendo a actores como una debilidad, Oppenheimer decidió aprovechar al máximo el talento y la experiencia de sus actores. “Me di cuenta muy rápidamente de que mi trabajo era trabajar de cerca con estos artistas de brillantez inigualable para que entendieran mis intenciones más profundas y pudieran traducir eso en su propio ser interior y enriquecerlo con su experiencia e interpretación. Y luego, durante la filmación, también aprendí que mi trabajo era ofrecerles un espacio de juego donde pudieran sorprenderme y dar la bienvenida a esas sorpresas.” Esta estrategia, la de entregar mayor libertad creativa a los actores y nutrirse de lo que ellos le aportan, le recuerda también al proceso del documental, incidiendo de nuevo en la proximidad fundamental de estos dos formatos. Joshua Oppenheimer rechaza y encuentra aburrida esa célebre reflexión de Hitchcock en la que decía que todo es preproducción y los actores son solo figuritas que mueves.
En cualquier caso, está claro que para él todos los esfuerzos que realizó para adaptarse a este nuevo medio merecían la pena. La pasión, la sensibilidad y la extensión con la que habla acerca de las tesis profundas de su obra dan una acertada idea de lo personal que es este proyecto para él. La película es, a nivel político, una crítica a las oligarquías y a su impunidad a la hora de dañar irreparablemente el medio ambiente del que todos dependemos. Pero no se queda ahí. Lo que realmente le interesa a Oppenheimer es la realidad psicológica que se esconde tras esa supuesta impunidad. Porque, como explica él, la ausencia de justicia no significa ausencia de castigo. “Todos enfrentamos la impunidad. Todos creemos, y digo creemos entre comillas, que disfrutamos de la impunidad porque nos da el poder de no mirar las consecuencias de nuestras acciones si no queremos. Pero, en realidad, no lo disfrutamos porque nos destruimos al vivir vidas deshonestas. De muchas maneras, esta idea es tan antigua como Sócrates, quien dijo: la vida no examinada no merece ser vivida.” Para Oppenheimer, quien no realice este ejercicio de honestidad con la propia vida está condenado a terminar sus días como un cascarón vacío, una sombra de lo que pudo haber sido.
Estas sentencias morales no caen con igual intensidad sobre todos los hombros. Los secretos y la culpa que pesan sobre los adultos contrastan con la inocencia de los personajes más jóvenes que, al descubrir la verdad, no podrán sino sentirse cruelmente traicionados por sus mayores. Y es que The End trata también sobre una deuda moral intergeneracional. En asuntos clave como el reparto de la riqueza o la crisis ambiental, los jóvenes heredan un mundo con un horizonte oscuro e incierto y, si bien la culpa no se reparte por igual entre todos sus miembros, las generaciones inmediatamente anteriores cargan en su conciencia buena parte de la misma. Podría ser esta la razón por la cual las lecturas con las que el espectador abandona la sala pueden variar enormemente según las características del mismo: “En el Festival de Cine de Telluride, donde hablé sobre la película con personas jóvenes, vi que tenían una reacción completamente diferente hacia la película que la audiencia mayor y rica que suele acudir allí. Los jóvenes se identificaban principalmente con el hijo y la chica, y sentían la traición generacional que estamos infligiendo ahora a nuestros hijos y nietos. Es decir, estamos heredando un mundo que no sabemos si será habitable para nuestros hijos”
En síntesis, para Joshua Oppenheimer vivimos en una sociedad donde se nos alienta a ser egoístas, a ser actores económicos racionales, a tratar de ganar tanto dinero como sea posible para gastar lo máximo posible. Y esta doctrina está íntimamente articulada a través de la figura que en esta película se diserta: la familia. En sus propias palabras: “De algún modo, la familia nuclear es la cuna del actor económico racional y egoísta, que es el principio del capitalismo”. El director, en contraposición a esta turbia realidad, aboga por expandir nuestro concepto de familia a uno en el que todos tengamos cabida: la familia humana. Un concepto que nos libre de este estado de competición enfermiza en el que un ser humano explota y condena a muchos otros buscando su propio beneficio y el de su familia nuclear. “[…]Así que creemos que nos beneficiamos de la exclusión y la miseria del resto del mundo, de la familia humana, para el beneficio de nuestras familias privadas. Cada vez que hacemos eso, nos estamos mintiendo. Vivimos voluntariamente en un búnker, como esta familia, y estamos vaciando nuestras relaciones con aquellos a quienes amamos, con nosotros mismos y con el planeta.”
Como guinda en el pastel, y para satisfacer nuestra curiosidad, preguntamos a Oppenheimer acerca de una enigmática cita de T. S. Eliot, proveniente de su poemario Cuatro cuartetos, con la que comienza su película y en la que el poeta plantea cuestiones relativas al fin de la civilización humana. “Me encantan los Cuatro Cuartetos, pero de repente recordé: aquí hay una cita que significa algo completamente distinto en el contexto actual de esta película de lo que significaba para Eliot. T.S. Eliot hablaba del diluvio bíblico cuando decía “las casas se hundieron en el mar”. Ahora, obviamente, es una imagen del cambio climático. “Los bailarines han ido bajo la colina.” Está hablando de la extinción de la cultura humana, pero estamos haciendo un musical literalmente bajo tierra. Así que pensé que tiene todo el significado original, más estos nuevos matices.”
Para terminar, a modo de aviso, el seis de diciembre de este año se estrenará en cines este extraño y genial experimento cinematográfico. Una obra tremendamente personal que arrastra la sensibilidad y las reflexiones más profundas de su autor. Un ejercicio exigente para el espectador pero que puede verse enormemente recompensado para quien logre conectar sentimentalmente con la película.




